Problemas de fundamentación. Sobre el debate acerca de la “ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia” marxiana

Por Michael Heinrich

Los problemas de la prueba y la refutación

La “ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia” presentada por Marx en el tercer volumen de El Capital sigue siendo una de las partes más controvertidas de su crítica de la economía. No obstante, en torno a este punto es mucho menos frecuente que los marxistas discutan con los críticos de Marx, que los debates se lleven a cabo sobre la base de la propia teoría marxiana. Esto no es sorprendente, ya que la mayoría de los críticos de Marx refutan la teoría del valor de Marx, por lo que no necesitan preocuparse por los resultados formulados sobre este fundamento.

El hecho de que la disputa marxista interna fuera (y siga siendo) tan feroz se debe a la importancia atribuida a la ley de la tasa de ganancia, sobre todo por quienes la defienden. Para ellos, suele ser la base más importante de la teoría de la crisis de Marx, o incluso de una tendencia al derrumbe del capitalismo a través de una crisis. Sin esta ley, no hay una razón convincente para la propensión del capitalismo a las crisis. Si esto fuera admitido, se infiere a menudo, entonces no habría “necesidad objetiva” para superar al capitalismo, sino a lo sumo una razón moral subjetiva. Por lo tanto, para muchos que defienden la ley de Marx no se trata solo de la coherencia de un análisis específico, sino que con las críticas a esta ley parecen alejarse del terreno político. Sin embargo, no solo se puede negar la ley de tasa de ganancia de Marx, sino también la supuesta proximidad entre ella y la teoría de la crisis de Marx. Si la teoría de la crisis es independiente de esa ley, entonces renunciar a la ley sería mucho menos dramático de lo que suelen asumir sus defensores.

Los argumentos utilizados para criticar la fundamentación marxiana de la ley de tasa de beneficio son relativamente simples. Los intentos por escapar de ellos generalmente conducen a construcciones bastante complicadas. En este caso, la ley de tasa de ganancia a menudo se “prueba” en condiciones que difieren significativamente de las asumidas por Marx, así que no es la ley de Marx la que así queda probada. En otros casos entran en la argumentación supuestos aparentemente evidentes, pero tienen premisas problemáticas, de ninguna manera evidentes, y que por lo tanto aún no se han justificado. O no se tienen en cuenta las consecuencias de su propio argumento; el argumento simplemente se interrumpe en un punto conveniente, sin reparar en las conclusiones de los propios argumentos, que cuestionan el resultado deseado.

Muchos defensores de la ley de Marx no parecen ser plenamente conscientes de la dificultad de su tarea. Podría decirse que los defensores y los críticos de la ley están en una posición asimétrica. Los críticos solo tienen que demostrar que hay constelaciones bajo las cuales la tasa de ganancia no cae ni aumenta. Mientras los críticos no prueben una “ley al incremento tendencial de la tasa de ganancia” no necesitan demostrar cuán frecuentes o probables son esas constelaciones. Más bien esa es la tarea de los defensores de esta ley. Para hacerla posible no basta que la tasa de ganancia pueda caer. Para probar la ley de Marx se debe demostrar que los factores que trabajan para una caída en la tasa de ganancia realmente prevalecerán. Sin embargo, no es suficiente simplemente demostrar que los factores opuestos se debilitan en el curso del desarrollo. Falta aún demostrar que los factores que trabajan en un caso son realmente más fuertes que los factores débiles que se oponen a la caída, por lo que en cualquier caso debe hacerse una comparación de las fuerzas involucradas, y esta comparación es extremadamente difícil.

La contribución de Christoph Henning en el Marx-Engels Jahrbuch 2005 se ocupa también de la ley de la tasa de ganancia de Marx[1]. Allí, así como en su libro Philosophie nach Marx[2], emprende una defensa firme de esta ley, que considera la “pieza central de la teoría de la crisis de Marx”[3]. Los argumentos que Henning  utiliza no son en absoluto nuevos. Ha recopilado bastante de lo que se ha dicho en las últimas décadas, sin discutir, sin embargo, sus razones para su conclusión. La discusión de los argumentos citados por Henning, por lo tanto, puede dejar muy claro dónde se encuentran los déficits en la fundamentación de la ley de la tasa de ganancia.

Si, como señalé anteriormente, las objeciones contra la fundamentación de la ley son relativamente simples, surge la pregunta de por qué el propio Marx no las vio. Por un lado, uno tiene que responder que hoy la simple formulación de las críticas es solo el resultado de una discusión continua de esta ley. Es aquí, como también en otras ciencias: que la teoría de la relatividad hoy sea muy simple de formular, no dice que su descubrimiento haya sido un asunto simple. Por otro lado, Marx estaba lejos de terminar su proceso de investigación, y El Capital seguía siendo un trabajo inconcluso. Lo que conocemos como el tercer volumen de El Capital es un resultado provisional de este proceso de investigación, editado por Engels. Ni siquiera se considera en absoluto un argumento desarrollado en el primer tomo de El Capital, que cuestiona fundamentalmente la argumentación citada por Marx en el manuscrito del tercer tomo, (véase la Sección 7). Esto tal vez habría cambiado en una reelaboración final. Que Marx, sin embargo, no estaba de ninguna manera satisfecho con su exposición de la ley de la tasa de ganancia, también queda claro en el presente texto: varias veces se produce un nuevo intento de prueba, después de haber subrayado que el asunto ha quedado ahora finalmente esclarecido. Esto es aún más claro en el manuscrito original de Marx, publicado en MEGA➁ II / 4.2, que en la más bien remozada edición de Engels. Otro punto que también aparece claramente en el manuscrito original: Marx de ninguna manera ha visto una conexión tan estrecha entre la teoría de la crisis y la “ley”, como lo sugiere la edición de Engels, y como fue asumido por muchos marxistas. No solo en este punto el MEGA ha arrojado nueva luz sobre viejos problemas.

El status categorial de la ley en la exposición de Marx

A mediados de la década de 1860, cuando Marx escribió sus consideraciones sobre la “ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia”, la economía política clásica, que en ese momento todavía era la “doctrina dominante”, consideraba como un hecho inevitable que la tasa de ganancia social promedio caía en el largo plazo[4]. Esto era lo que señalaban los datos conocidos[5]. Por lo tanto, tanto Adam Smith como David Ricardo habían tratado de explicar de diferentes maneras que la caída empíricamente observable de la tasa de ganancia no era simplemente un fenómeno pasajero, sino que resultaba de las leyes internas del desarrollo del capitalismo.

Adam Smith había sostenido que el capital aumentaría la competencia, obligando a los capitalistas a aceptar ganancias menores. Pero no vio el aumento de los salarios como la causa de la disminución de la tasa de ganancia, sino la competencia en sí misma: en un país con mucho trabajo y mucho capital, la competencia de los trabajadores deprimiría el salario y la competencia de los propietarios del capital reduciría las ganancias[6].

El argumento de Smith no es particularmente plausible. Es cierto que un solo capitalista, para mejorar su posición competitiva, puede bajar el precio de mercado de su mercancía y conformarse con una ganancia menor. Pero si la mayoría de los capitalistas lo hacen, entonces disminuirán los precios de mercado de todos los productos básicos y con ello los costos de las empresas, lo que aumentará nuevamente las ganancias. Esa reducción general de precios, que reduce automáticamente la tasa general de ganancia, es una falacia basada en una generalización inadmisible de la situación de un solo capital[7].

La explicación smithiana de la tasa de ganancia ya fue criticada por David Ricardo[8]. Ricardo supuso que, aparte de algunas excepciones, la tasa general de ganancia solo podría caer si aumentaran los salarios. Ricardo asume que a medida que se necesita más y más medios de subsistencia en tanto que la población crece, habría que cultivar tierras cada vez más pobres, lo que aumentaría el precio del trigo. Como los salarios deben cubrir los costos de reproducción de la fuerza de trabajo, con el alza de los precios de los medios de subsistencia también aumentarían los salarios, lo que reduciría las ganancias. Los capitalistas no se beneficiarían del aumento de los precios del trigo: en los peores suelos los costos de producción son altos; en los mejores suelos, los costos de producción ahorrados en comparación con los peores suelos fluyen como renta para los propietarios de la tierra[9].

Marx respondió a este argumento diciendo que también en la agricultura podría aumentar la productividad, de modo que el precio del trigo puede no subir e incluso puede caer. La posibilidad de aumentar la productividad agrícola no era tan claramente visible para Ricardo como lo era para Marx: este último era contemporáneo de Justus von Liebig, cuyos descubrimientos químicos revolucionaron la producción agrícola[10].

Marx no fue entonces el primero en sostener una caída a largo plazo en la tasa de ganancia como resultado de una regularidad intrínseca del capitalismo, pero sostuvo ser el primero en haber encontrado una razón concluyente para esta ley[11]. Marx elaboró sus reflexiones en el manuscrito principal, escrito en 1864/65, del tercer volumen de El Capital, publicado en MEGA➁ II / 4.2[12]. Este manuscrito también se basó en la edición de Engels, que se incluye en MEGA➁ II / 15 y en Marx-Engels-Werke (MEW), volumen 25. Sin embargo, en comparación con el texto original de Marx, la edición de Engels tiene una serie completa de cambios de texto no insignificantes, y gran parte de la subdivisión proviene de Engels[13].

El tercer capítulo del manuscrito de Marx está dedicado a la “ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia”. Como Engels convirtió los siete capítulos marxianos en siete secciones, esta es la tercera sección de la edición de Engels. En el manuscrito de Marx, este tercer capítulo no tiene subdivisiones. Engels dividió la tercera sección en tres capítulos (capítulos 13-15), haciendo especialmente en el capítulo 15 una serie de transposiciones. Los primeros dos capítulos siguen de cerca el original de Marx. Además, los títulos elegidos por Engels para los capítulos 13 y 14 se corresponden muy cercanamente con las dos partes de la exposición de Marx. Como señaló Engels en estos títulos, Marx distingue la “ley como tal” de las “causas contrarias”. Marx primero quiere explicar por qué hay una tendencia al descenso de la tasa de ganancia. Luego analiza una serie de factores que pueden contrarrestar esta caída, detenerla e incluso convertirla en una alza temporal.

En ambos momentos de su exposición, Marx se mueve en el nivel del “promedio ideal” del modo de producción capitalista. Ya en el prefacio del primer volumen de El Capital, Marx había puntualizado que no le interesaba el análisis de un solo país o época de desarrollo capitalista, sino las “leyes mismas” que subyacen a este[14]. Al final del manuscrito para el tercer volumen, caracterizó la materia de su presentación como “la organización interna del modo de producción capitalista, por así decirlo, en su promedio ideal”[15]. En la presentación de este “promedio ideal” no se debe considerar ningún momento particular, sino solo lo que es típico de un capitalismo desarrollado. Para argumentar la “ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia”, Marx no asume ninguna forma especial de mercado o condiciones competitivas, sino simplemente el desarrollo capitalista de las fuerzas productivas a través del uso creciente de la maquinaria. Esta es la forma típica del desarrollo de las fuerzas productivas propio de un capitalismo maduro[16]. Si una ley derivada en este nivel de abstracción es correcta, entonces debe aplicarse a todas las economías capitalistas desarrolladas. Las “causas contrarias” tratadas por Marx también son factores que tienen una gran generalidad, aunque pueden ser muy diferentes en diferentes países y en diferentes momentos.

Según el argumento de Marx, la “ley como tal” conduce a la caída de la tasa de ganancia, que puede ser disminuida o incluso revertida temporalmente por “causas contrarias”; sin embargo, a largo plazo prevalece la tendencia descendente. La interacción de la “ley como tal” y las “causas contrarias” explican, por lo tanto, cursos muy diferentes de la tasa de ganancia.

La “ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia” no puede ser probada ni refutada mediante observaciones empíricas. Mientras que cada observación solo puede afirmar algo sobre una temporalidad limitada, la ley de Marx está dirigida, sin embargo, a un futuro ilimitado. El mero hecho de que la tasa de ganancia se haya desarrollado de cierta manera en el pasado no nos permite concluir su desarrollo futuro. Un aumento en la tasa de ganancia tampoco es una refutación de la ley (la ley no requiere de monotonía, sino solamente una caída tendencial), ni queda demostrada por una caída (porque la ley no solo hace una proposición sobre el pasado: formula una tendencia que siempre debe existir mientras exista un capitalismo desarrollado). Sin embargo, el hecho de que la ley de Marx no pueda ser probada o refutada empíricamente no significa en absoluto que no pueda ser examinada o discutida. La pregunta es, claro está: ¿cómo?

En referencia a Thomas Kuhn, Henning subrayó acertadamente la diferencia de paradigmas entre la teoría económica moderna y la crítica de Marx a la economía política y los “problemas de traducción” resultantes[17]. Luego propuso en dos pasos la “plausibilización científico-teórica” de la ley de Marx, que anunció en el título de su artículo: en un primer paso quiere hacer plausibles los supuestos básicos de Marx contra la doctrina neoclásica prevaleciente, y en el segundo, quiere mostrar que la ley de Marx en realidad puede derivarse de estos supuestos básicos.

Aunque Henning se refiere a Kuhn, en su primer paso intenta un simple ataque empírico al paradigma neoclásico. “¿Cómo debería uno decidir ante tal contraposición de paradigmas? La disputa no puede resolverse dentro de uno de los dos (…). Por lo tanto, una forma factible es exponer los supuestos básicos frente a la realidad experimentable y verificar su plausibilidad. Tal prueba habla claramente a favor de la versión marxista”[18]. Pero el punto del argumento de Kuhn es precisamente que cada una de estas comparaciones con la “realidad experimentable” siempre es posible solo dentro de un paradigma: no podemos hablar de una “realidad experimentable” independientemente de los paradigmas. Kuhn justamente había afirmado que entre paradigmas no es posible una decisión basada en resultados empíricos, ya que los paradigmas sirven, en primer lugar, para estructurar estos resultados. Kuhn dejó en claro que no hay acceso inmediato a la “realidad experiencial” sino es mediante paradigmas. Aparentemente, las confirmaciones empíricas de los supuestos básicos de un paradigma convencen solo a aquellos que ya lo han aceptado. Esto también queda claro en el “control de plausibilidad” de Henning. Los neoclásicos toman las mismas tendencias orientadas a la crisis con las que Henning quiere hacer plausible la superioridad de los supuestos básicos de Marx contra el neoclasicismo como evidencia de que los mercados reales todavía son demasiado inflexibles y la intervención del gobierno en la economía aún es demasiado extensa, lo que confirma brillantemente su tesis básica de que solo los mercados flexibles y no regulados pueden producir resultados óptimos. Si una simple mirada a la “realidad experiencial” realmente fuera suficiente para hablar sobre la plausibilidad de lo paradigmático, Henning habría podido salvar la discusión de los “problemas de traducción”: la idea de una comparación directa de los supuestos teóricos con la “realidad experiencial” se debe a un ingenuo empirismo que está muy lejos de los debates científicos, y no solo del siglo XX.

Sin embargo, no tenemos que seguir adelante con este punto. Porque con la “ley de la tendencia decreciente” los problemas de ninguna manera comienzan con la traducción a otro paradigma. Esta ley ha sido criticada en el pasado, especialmente dentro del paradigma de Marx. La crítica paradigmática interna, sin embargo, se refiere a si la derivación de la ley se puede hacer de manera concluyente sobre la base paradigmática aceptada, un tema al que Henning también se dirige en su segundo paso. Este debate paradigmático interno se discutirá a continuación.

Condiciones bajo las cuales debe valer la “ley”

En la discusión de la “ley”, se debe distinguir dos puntos. Uno es la relación de la “ley como tal” con las “causas contrarias”. Marx enumera varios factores diferentes como causas opuestas, reconociendo que estos factores pueden aumentar temporalmente la tasa de ganancia, aunque, sin embargo, afirma que la tendencia a la baja prevalecerá a largo plazo. No obstante, las razones por las cuales este tiene que ser siempre el caso a largo plazo siguen siendo vagas. Si Marx no da tal fundamentación, eso no significa que no exista. Por lo tanto, se podría discutir su relevancia a largo plazo para cada una de las causas opuestas.

Sin embargo, el segundo punto debe distinguirse de una discusión de los argumentos que Marx cita para una caída en la tasa de ganancia, incluso antes de hablar de las “causas contrarias”. Eso es lo que Engels presentó en el capítulo 13 de su edición bajo el título “La ley como tal”. Si ya hay problemas a este nivel, entonces las causas opuestas no necesitan ser discutidas en absoluto. Lo que sigue tratará sobre este segundo punto.

Para Marx, la caída de la tasa de ganancia “es solo una expresión peculiar del modo de producción capitalista en el desarrollo continuo de la fuerza social productiva del trabajo[19]. El desarrollo específico capitalista de las fuerzas productivas del trabajo ya fue expuesto por Marx en el primer volumen de El Capital, en el tratamiento de la producción del plusvalor relativo. Marx se refiere a esta exposición en el volumen tercero.

En el volumen primero, Marx había argumentado que el aumento de la productividad conducía al abaratamiento de las mercancías. Si estas mercancías son medios de consumo, entonces reducen los costos de reproducción de los hogares de los trabajadores, por lo que disminuye el valor de la fuerza de trabajo. Por lo tanto, decrece el “tiempo de trabajo necesario” –es decir, la parte de la jornada laboral que los trabajadores necesitan para reproducir el valor de su fuerza laboral–, de modo que el tiempo de trabajo adicional del trabajador individual y, por lo tanto, la tasa de plusvalor, aumentan, incluso si la duración de la jornada laboral no cambia. Tal aumento en el plusvalor fue descrito por Marx como la producción de “plusvalor relativo”.

Marx hace hincapié, en el capítulo 10 del primer volumen, en que el motivo de un capitalista que introduce un aumento de la productividad no es en modo alguno reducir el valor de la mercancía fuerza de trabajo[20]. Este efecto se produce solo a largo plazo y como resultado del mayor poder productivo en varias ramas. Por el contrario, la capacidad productiva aumenta para producir más barato que la competencia, de modo que la venta de los productos al valor de mercado anterior alcanza un “plusvalor extra”[21]. Incluso si para lograr mayores ventas se vende ligeramente por debajo del valor de mercado, se mantendrá un plusvalor adicional siempre que la diferencia con el valor de mercado sea menor que la reducción de costos. Para Marx, el motivo central del capitalista individual para introducir un aumento de la productividad es la búsqueda del “plusvalor extra” o, como podemos formular al nivel de presentación del tercer volumen, obtener un beneficio superior al promedio.

Al vender por debajo del valor de mercado, el capital singular que ha introducido el aumento de la productividad, está presionando a sus competidores: para evitar ser expulsados del mercado, también deben vender y producir más barato. Por lo tanto, el aumento de la productividad se generalizará, con el resultado de que surgirá un nuevo valor de mercado más bajo, con la excepción de que el valor extra alto desaparecerá: la productividad superior al promedio es ahora el nuevo promedio.

Al vender por debajo del valor de mercado, el capital singular que ha introducido el aumento de la productividad está presionando a sus competidores: para evitar ser expulsados del mercado, también deben vender más barato y producir más barato. Por lo tanto, el aumento de la productividad se generalizará, con el resultado de que surgirá un nuevo valor de mercado más bajo, con lo que el plusvalor extra desaparecerá: la productividad superior al promedio es ahora el nuevo promedio.

Por lo tanto, hay dos procesos que distinguir: Primero, la búsqueda de un plusvalor extra, lo que conduce a aumentos constantes en las fuerzas productivas. Este plusvalor adicional desaparece cuando el aumento de la productividad se ha generalizado y el valor de la mercancía producida ha disminuido. En segundo lugar, una reducción en el valor de la fuerza de trabajo, no solo por el menor valor de esta mercancía, sino como resultado del aumento de la productividad en varias ramas. La reducción del valor de la mercancía fuerza de trabajo es un efecto a más largo plazo, que se expresa en un aumento en la tasa de plusvalor.

En los capítulos 11 a 13 del primer volumen de El Capital, Marx analiza los diversos métodos fundamentales para aumentar la productividad: cooperación, división del trabajo, uso de maquinaria. Sobre todo, ve este último como el método característico del capitalismo: en el proceso de producción, el trabajo vivo es reemplazado por el uso creciente de las máquinas. Aunque estas requieren mayores gastos, al mismo tiempo los costos salariales se reducen. Mientras los costos salariales ahorrados por producto sean mayores al costo adicional por producto debido al aumento de la maquinaria, el capital produce más barato que sus competidores y logra un plusvalor adicional. Pero esto desaparece a medida que el uso de la nueva maquinaria se generaliza y el valor del producto disminuye. Como resultado, sin embargo, la proporción de capital constante c y capital variable v también ha cambiado: debido al mayor uso de maquinaria, c ha aumentado; debido al ahorro de trabajo vivo, v ha disminuido, la composición del valor del capital c / v aumenta.

También aquí se debe distinguir dos procesos: primero, c / v aumenta con el aumento de la productividad; v se reduce en proporción a c, no porque el valor del trabajo haya disminuido, sino porque el trabajo vivo se ahorra por unidad producida. En segundo lugar, a medida que disminuye el valor de los productos, el valor de la fuerza de trabajo disminuye a largo plazo. A la larga, v caerá una vez más, no porque se esté utilizando menos trabajo vivo, sino porque el valor del trabajo individual ha disminuido. Solo esta reducción de v provoca un aumento correspondiente el plusvalor p y el plusvalor p / v. Como resultado del desarrollo capitalista permanente de las fuerzas productivas, existe una composición de valor en constante aumento c / v de capital y una tasa de plusvalor en constante aumento p / v.

Marx tiene la intención de mostrar en el tercer volumen de El Capital que la tasa de ganancia g = p / (c + v) cae bajo la consideración de ambas tendencias[22]. Es cierto que los capitalistas individuales que iniciaron el desarrollo de las fuerzas productivas querían lograr un plusvalor extra y, por lo tanto, una mayor tasa de ganancia individual, pero según Marx, después de la aparición de un nuevo valor de mercado más bajo para el producto y el mayor uso de capital constante, la tasa general de ganancia cae por debajo de su valor anterior, a pesar de una mayor tasa de plusvalor. Este es un resultado no intencional del desarrollo capitalista.

Ahora se debe discutir si este proceso realmente puede fundamentarse. Antes de entrar en esta discusión en detalle, Henning está de acuerdo con el lector en que Marx debe tener razón en cualquier caso. Henning primero quiere demostrar que la caída en la tasa de ganancia como resultado del desarrollo de las fuerzas productivas “parece bastante plausible”[23]. Como muchos otros autores, Henning construye un escenario específico para un caso de tasa de ganancia para este propósito; sin embargo, no se plantea la pregunta de si las condiciones de este escenario coinciden con las cuales Marx argumenta la caída de la tasa de ganancia.

Henning considera que un nuevo proveedor con una tecnología de producción mejorada, que requiere una mayor cantidad de capital constante, quiere penetrar en un mercado específico. Según Henning, si este nuevo proveedor penetra en el mercado a través de una “política de precios agresiva”, también podría aceptar una tasa de ganancia más baja que los proveedores anteriores, ya que hasta ahora no ha obtenido ningún beneficio. Sin embargo, los anteriores competidores tendrían entonces que bajar los precios y, por lo tanto, su tasa de ganancia disminuiría (Henning insinúa extrañamente que los proveedores anteriores “continúan trabajando con la tecnología anterior”)[24], de modo que, como resultado, la tasa de ganancia en toda la industria disminuiría.

Este escenario de Henning difiere de varias maneras de las condiciones bajo las cuales Marx busca establecer la caída de la tasa de ganancia. Si un nuevo proveedor presenta una nueva tecnología, que es más rentable que la tecnología anterior, puede vender entonces por debajo del valor de mercado, aun así lograr un plusvalor adicional, y por lo tanto una tasa de ganancia más alta que sus competidores. Pero Henning afirma ahora que el nuevo proveedor aceptaría una tasa de ganancia más baja a precios más bajos. Sin embargo, este es solo el caso si el nuevo proveedor baja los precios en más de los costos ahorrados. Por qué debería hacerlo sigue sin estar completamente claro, en particular porque Henning supone que los otros proveedores no introducen tecnología más rentable. Sin embargo, si suponemos que el nuevo proveedor de Henning, que está satisfecho con una tasa de ganancia más baja, realmente existe, entonces el aumento de la productividad será superfluo para todo el argumento. Porque no es la nueva tecnología la que genera la caída en la tasa de ganancia, sino la voluntad del nuevo proveedor de Henning de vencer los precios de los competidores y obtener una tasa de ganancia más baja en las compras. Por lo tanto, no es, como en Marx, el aumento de la productividad a través del uso creciente del capital constante, lo que lleva a un aumento en la tasa de ganancia, sino que básicamente es solo competencia de precios pura debido a una proliferación de los proveedores. Obviamente, Henning pasó por alto que su primer “control de plausibilidad” de la ley de Marx consiste en apoyarlo con el razonamiento smithiano de la caída de la tasa de ganancia, ya criticado por Ricardo y Marx. Explicar la tasa de ganancia afirmando que los capitalistas aceptan conscientemente una tasa de ganancia más baja en la competencia, fue descrita por Marx como una “idea superficial tal como existe en las cabezas de los agentes de la competencia”[25].

Marx quería mostrar el caso de la tasa de ganancia como el resultado no deseado de la búsqueda de ganancias cada vez mayores. Sin embargo, para Henning la tasa de ganancia se debe al hecho de que el nuevo proveedor está preparado desde el principio para aceptar una tasa de ganancia más baja[26]. Para Marx, por otro lado, la motivación para introducir una nueva técnica es el logro de un plusvalor extra; es decir, una mayor tasa de ganancia. Por lo tanto, a Marx no le importa en absoluto si el impulso para aumentar la fuerza productiva proviene de un nuevo participante en el mercado o de uno de los productores anteriores; el “nuevo proveedor” como argumento para la caída de la tasa de ganancia es una invención de Henning[27].

Pero incluso si aceptamos al nuevo proveedor y su deseo de una tasa de ganancia más baja, las cosas no mejorarán. La tasa de ganancia social promedio, que Marx desarrolla en el tercer volumen, y a cuya caída se refiere en última instancia, es la tasa de ganancia que cada capital (en un país determinado en un momento dado) puede esperar en todos los sectores como explotación promedio. En contraste, Henning supone que el nuevo proveedor no puede esperar esta tasa de ganancia promedio, y por tanto debe estar satisfecho con una tasa de ganancia más baja. Tal situación puede suceder, pero habría que justificar por qué es así. Para una sola rama, esto puede deberse a barreras de acceso o saturación generalizada para el producto en particular. Sin embargo, si se quiere explicar una caída de la tasa de ganancia promedio en tales situaciones, se tendría que justificar que tales condiciones son permanentes en la mayoría de las ramas. En Henning uno busca tales razones en vano. Pero incluso si buscara tal fundamentación, solo podría citar circunstancias especiales y de ninguna manera circunstancias generales. Mientras que Marx depende de la exposición del “promedio ideal” del modo de producción capitalista, Henning argumenta con un caso especial (no más fundamentado). Sin embargo, si se quiere fundamentar la ley de Marx de la caída de la tasa de ganancia, se debe estar preparado para aceptar las condiciones bajo las cuales Marx formula la ley.

Fundamentaciones de la “ley”

Parte 1: Límites de la tasa de plusvalor

Para fundamentar la caída en la tasa de ganancia en el tercer volumen de El Capital, Marx primero asume una tasa constante de plusvalor y considera una composición de valor creciente en un ejemplo numérico[28]. Esto conduce a una tasa de ganancia decreciente. Aunque no de manera explícita pero sí sustancial, en este análisis Marx usa una fórmula de la tasa de ganancia que deriva de la primera ecuación

(1)

g’ = p / c+v

Dividiendo el numerador y el denominador por v, se obtiene:

(2)

p/v

g’=———

(c/v)+1

Si, como supone primero Marx, el numerador (p / v) sigue siendo el mismo y el denominador ((c / v) +1) crece a medida que c / v crece, entonces está claro que el valor de la fracción total cae. Sin embargo, el numerador no permanece constante. La producción de plusvalor relativo significa que la tasa de plusvalor está creciendo. En nuestra fracción crecen numerador y denominador. Esto también estuvo claro para Marx, y poco después del ejemplo introductorio insiste en que la tasa de ganancia cae incluso con una tasa de plusvalor en aumento. La disputa sobre la ley de Marx gira esencialmente en torno a si Marx puede justificar de manera concluyente esta proposición de que la tasa de ganancia cae incluso si aumenta la tasa de plusvalor.

La tasa de ganancia, sin importar qué fórmula se use, es siempre una razón de dos cantidades; matemáticamente es una fracción. Si en una fracción el numerador y el denominador crecen al mismo tiempo, entonces el valor de la fracción depende de quién crece más rápido: si el numerador crece más rápido que el denominador, el valor de la fracción aumenta; si el numerador crece más lentamente que el denominador, el valor de la fracción disminuye. Si se desea demostrar que la tasa de ganancia cae, debe demostrarse que el numerador crece más rápido que el denominador. Henning describe este requisito para la fundamentación de la ley de tasa de ganancia, que se deduce del cálculo fraccionario elemental, como una “ilusión matemática”[29]. Con esta expresión algo desafortunada, critica la opinión de que el numerador y el denominador en el término de tasa de ganancia se desarrollen independientemente: “La creencia en un posible equilibrio entre el crecimiento de la composición del capital y el aumento en la tasa de explotación se debe a la omisión de su contexto interno, específicamente capitalista.”[30]

Henning parece malentender la situación que surge cuando uno quiere fundamentar la ley marxiana de la tasa de ganancia. En general, quien afirme una proposición científica también debe probarla. Pero la crítica exitosa de una prueba no existe solo cuando el crítico ha demostrado lo contrario de la supuesta proposición, sino cuando se han encontrado lagunas en la prueba citada. Con respecto al debate sobre la tasa de ganancia, esto significa que los críticos de la ley no deben de ninguna manera “creer” en un equilibrio entre el aumento de la composición del capital y el aumento de las tasas de plusvalor (ni, en absoluto, probarlo); son más bien quienes defienden la “ley” de Marx quienes deben demostrar de manera convincente que dicha compensación no puede tener lugar a largo plazo, si uno considera todas las conexiones.

El argumento presentado por Marx en este contexto es que el aumento en las fuerzas productivas (que se logra mediante el aumento en el capital constante) conduce a un aumento en el plusvalor por trabajador individual, pero siempre con menos trabajo vivo en relación con el uso de capital constante, de modo que la tasa de ganancia finalmente disminuye. Henning quiere aclarar este argumento mediante un ejemplo numérico en el que el capital constante y el plusvalor aumentan a la misma tasa, y a pesar de ello hay una caída en la tasa de ganancia[31]. Sin embargo, la caída en la tasa de ganancia en el ejemplo numérico de Henning se basa en dos errores muy graves: uno en la fracción; el otro, en la relación entre la composición del valor y la tasa de plusvalor.

Henning supone que c, v y p tienen el valor de 10, y calcula la tasa de ganancia de acuerdo con la fórmula (2), pero simplemente omite el sumando +1 en el denominador. Que no se puede dejar algo en una suma que está en el numerador o denominador de una fracción (Henning lo llama “abstracción”, lo que no mejora las cosas), en realidad uno debería saberlo de la clase de matemáticas. Consideraremos las consecuencias al final. Primero, seguimos la fórmula falsa de la tasa de ganancia de Henning. Como la primera tasa de ganancia recibe:

(10/10)
g’1= ———— =1
(10/10)

Luego, supone que el capital constante invertido aumenta en un 20%, el capital variable disminuye en un 20%, por lo que ahora tenemos c = 12 y v = 8. Dada la tasa de exceso de valor del 100% disponible hasta ahora, una v de 8 agregaría 8 en valor adicional. Henning ahora también supone un aumento del 20% en el plusvalor, de 8 a 9.6 y, por lo tanto, llega a una nueva (segunda) tasa de ganancia, que es más baja que la primera.

(9,6/8)

  g’2 = ————  = 0,8

(12/8)

Que en el ejemplo de Henning, el aumento de c vaya acompañado de una reducción de v no es objetable: el mayor uso de c hace posible que la misma cantidad de bienes sean producidos por menos fuerza de trabajo. El hecho de que v disminuya de 10 a 8 expresa precisamente esta reducción en la fuerza de trabajo.

Sin embargo, la forma en que Henning aumenta el plusvalor es defectuosa. Él supone que la menor fuerza de trabajo proporciona un 20% más de plusvalor. ¿Pero de dónde viene este plusvalor? En Henning simplemente está allí. En Marx ello resulta del aumento de la productividad (no solo en esta sino en muchas ramas) y de la disminución en el valor de la fuerza de trabajo. Por lo tanto, no solo consideramos el primer efecto (que Henning tiene en cuenta) que v disminuye en relación a c, porque se utilizan menos trabajadores para producir una cierta cantidad de bienes. También tenemos el efecto de disminuir v debido a la reducción del valor de la fuerza de trabajo, y solo entonces se produce el aumento del plusvalor. Si Henning aumenta el plusvalor en un 20%, entonces también habría tenido que reducir el valor de la fuerza de trabajo en la cantidad correspondiente. Para que el ejemplo de plusvalor de Henning aumente de 8 a 9.6 después de la introducción del aumento de la productividad, v debe caer de 8 a 6.4. Utilizado  la fórmula (incorrecta) de la tasa de ganancia de Henning resulta:

(9,6/6,4)

g’2 = ————- = 0,8

(12/6,4)

Es el mismo valor que da Henning y, por lo tanto, sigue habiendo una caída en la tasa de ganancia. Sin embargo, la situación es diferente si en lugar de la fórmula incorrecta se usa la fórmula correcta de la tasa de ganancia, en la cual el denominador no se “abstrae” simplemente de +1. Entonces, para la primera tasa de ganancia (donde c, v, y p son 10 cada uno), resulta:

(10/10)

p1= ———— = 0,5

(10/10) + 1

Y para la segunda tasa de ganancia con c = 12 y p = 9,6 resulta:

(9,6/6,4)

g’2 = ————- = 0,52

(12/6,4) + 1

Si uno se adhiere a las leyes del cálculo fraccional, así como a la argumentación de Marx para el aumento del plusvalor, entonces el propio ejemplo numérico de Henning conduce de una caída a un aumento en la tasa de ganancia.

Pero Henning no se queda en su ejemplo numérico; sabe que tales ejemplos no prueban mucho. Por lo tanto, trata de deshacerse por completo de la molesta tasa de plusvalor, y afirma que hay factores que impiden un aumento ilimitado de esta. Cita dos de esos factores.

(a) La tasa de plusvalor está limitada “por la duración de la jornada laboral, que no puede exceder las 24 horas (y, por lo tanto, tiene su límite de 23 a 1 en relación con las horas de trabajo remuneradas no pagadas).”[32] Por qué este límite calculado de 23 a 1, es algo que no se deduce. Henning es un poco más claro en su libro, donde dice:

“Si se establece el tiempo de trabajo necesario al mínimo de solo una hora (una hora de trabajo es la unidad mínima de trabajo, de modo que los minutos iniciados cuentan como una hora), la tasa de plusvalor puede en casos extremos aumentar hasta 23 (sobre 24 horas de trabajo en un día)”[33].

El argumento suena bastante absurdo: ¿una hora es el tiempo de trabajo mínimo necesario, porque una hora de trabajo es la unidad de trabajo más pequeña? ¿Si el valor de la fuerza laboral pudiera reproducirse en media hora, entonces los capitalistas aún pagarían el valor creado en una hora, porque no podrían contar con una unidad más pequeña?

Si uno realmente quiere fundamentar un límite máximo para la tasa de plusvalor, entonces tendría que demostrar, de facto, que para el tiempo de trabajo necesario, en el que se produce el valor de la fuerza de trabajo, hay un mínimo que no se puede reducir. Dado que el valor de la fuerza de trabajo disminuye con cada nuevo desarrollo de la fuerza productiva, suponer dicho límite equivale a suponer que la fuerza productiva no puede incrementarse más allá de cierto punto. Ni Henning ni nadie han intentado demostrar esto. Pero incluso si uno lo pudiera hacer, no ayudaría con la tasa de ganancia. Habría entonces un límite superior para la tasa de plusvalor, pero debido a la falta de oportunidades para aumentar aún más la fuerza productiva, la composición de valor no aumentaría porque no habría una nueva tecnología mejorada. La tasa de plusvalor y la composición de valor permanecerían constantes, y por lo tanto también la tasa de ganancia.

(b) Tan inconsistente como el primero es el segundo argumento presentado por Henning:

“Además, la competencia entre los capitalistas obliga a todos a bajar sus precios. Por supuesto, precios de venta más bajos con los mismos precios de producción significan un margen de beneficio más bajo y, por lo tanto, una cobertura para la tasa de plusvalor (p/v)”[34].

Por “precios de producción”, Henning obviamente no se está refiriendo a los precios de producción en el sentido marxista (precios que permiten la misma tasa de ganancia promedio para todos los capitales), sino a los costos de producción. El problema de esta afirmación no es el manejo negligente de la terminología, sino el desprecio de la lógica elemental. Si, como señala Henning, “todos y cada uno de los capitalistas” bajan sus precios, ¿dónde están estos capitalistas simplemente comprando, de modo tal que sus costos de producción no cambien? Cuando todos los precios caen, también lo hace el precio de las materias primas, maquinaria, etc., y, por lo tanto, el costo de producción. Los únicos precios que no caen automáticamente, porque no son fijados solamente por los capitalistas, son los salarios. Pero si los salarios permanecen realmente estables cuando los precios en general están cayendo (lo que generalmente no sucede), ocurre que los salarios reales aumentan. La tasa de plusvalor y la tasa de ganancia caen entonces, pero solo porque los trabajadores obtienen una mayor parte del producto de valor que antes. Esta “cobertura para la tasa de plusvalor” y la caída resultante en la tasa de ganancia se basa entonces exactamente en esa teoría de “compresión salarial”, de la cual Henning se había apartado decisivamente al comienzo de su ensayo[35].

Fundamentaciones de la ley

Parte 2: Relación entre el trabajo vivo y el trabajo objetivado

Ciertamente, Henning no quiere limitarse únicamente a tales objeciones al aumento de la tasa de plusvalor. Al final de su ensayo, presenta un argumento que se ha formalizado en el debate sobre la tasa de ganancia desde la década de 1970[36], y que también se encuentra en el manuscrito de Marx: la disminución en la proporción de trabajo vivo (en términos de valor: v + p) respecto al trabajo objetivado (expresado en términos de valor: c) concluye en una disminución en la tasa de ganancia[37].

Henning designa el valor total agregado por el trabajo vivo gastado como L = v + p, y escribe la fórmula habitual de tasa de ganancia (1) como

(3)

L-v

g’=—–

c+v

Para no tener que lidiar con los cambios en la tasa de plusvalor, Henning inmediatamente considera la tasa máxima de ganancia que resultaría si v = 0, y establece como una nueva fórmula para la tasa de ganancia:

(4)

L

g’=—–

c

Henning concluye: si la proporción de trabajo objetivado aumenta sobre el trabajo vivo, entonces la expresión debe ser L / c, y por lo tanto la tasa de ganancia debe ser menor.

¿Demostró Henning la caída de la tasa de ganancia? ¡No, en absoluto! Dos razones importantes hablan en contra. Primero, Henning justificó la caída de la tasa de ganancia solo para la expresión en la fórmula (4), es decir, suponiendo que v = 0 mientras c continúa aumentando. Por lo tanto sus supuestos no solo son poco realistas (ya que v nunca es igual a cero), sino que también son inconsistentes. Los capitales individuales solo aumentan c para ahorrar costos; es decir, para reducirlos. Sin embargo, si v ya es cero, entonces un aumento de c no puede reducir costos. Si v fuera realmente cero, uno esperaría que c disminuya y se reemplace por trabajo vivo, lo que no costaría nada en absoluto. Y eso sería bastante plausible: ¿por qué los capitalistas deberían usar máquinas adicionales que cuestan dinero, si pueden ganarse la vida de forma gratuita?

En segundo lugar, incluso si dejamos de lado esta objeción y asumimos que hay capitalistas que reemplazan el trabajo vivo (sin costo) con trabajo objetivado (con costo), solo mostraría que la tasa de ganancia cae desde el momento en que v es igual a cero. Solo que esta situación carece por completo de interés: v no alcanzará el valor cero y lo que queremos saber es cómo se desarrolla la tasa de ganancia cuando v es mayor que cero. Los mismos dos argumentos se aplican a la “argumentación formal” de Henning, que se basa en una transformación adicional de la fórmula de la tasa de ganancia[38]. Como nueva abreviatura, introduce K = c + v, y ahora escribe la fórmula (1) como:

(5)

p/v         L

g’=——  x  —

p/v+1       K

La tasa de ganancia se muestra aquí como el producto de dos factores. Con el aumento de la tasa de plusvalor, el primer factor es, de hecho mayor, pero se acerca cada vez más al valor 1. De aquí Henning concluye:

“La tasa de plusvalor puede afectar la tasa de ganancia, pero cuanto más aumenta, menor es su influencia. Puede llegar al infinito sin afectar la tendencia dominante ya que (p / v) / (1 + m / v) alcanza el límite 1 a medida que aumenta p / v. La tasa de ganancia, por lo tanto, sigue dependiendo de la tendencia dominante, el aumento en la composición del capital, especialmente en el caso de una tendencia al alza en la tasa de plusvalor. A medida que aumenta K / L (o c + v / p + v), disminuye L / K y, por lo tanto, la tasa de ganancia. Quod erat demonstrandum[39].

Henning no parece ser en absoluto consciente de lo que realmente ha demostrado aquí. En su argumento no diferencia entre dos condiciones muy diferentes: una tasa de plusvalor finitamente alta y una tasa de plusvalor infinitamente alta.

Si asumimos una tasa de plusvalor infinitamente alta en la fórmula (5) el primer factor toma el valor de uno. En este caso y solo en este caso, el valor del producto depende únicamente del valor del segundo factor, por lo que se puede concluir que cuando este disminuye, el valor del producto disminuye también. Aunque nuevamente no está completamente claro por qué cualquier capitalista debería usar aún más maquinaria a una tasa de plusvalor infinitamente alta (es decir, en v = 0), si de todos modos lo hace, la tasa de ganancia cae.

Sin embargo, parece totalmente distinto cuando la tasa de plusvalor es grande y creciente, pero finalmente finita. En este caso, el primer factor en la fórmula (5) siempre es menor que uno, pero con cada aumento en la tasa de plusvalor este primer factor también aumenta. Suponiendo que la tasa de plusvalor aumenta, pero siendo finita, y también aumenta la composición del capital, se deduce que tenemos un producto cuyo primer factor está en constante crecimiento, estando el segundo factor en disminución constante. Para mostrar que el valor del producto en su conjunto cae (por tanto, la tasa de ganancia), uno tendría que demostrar que la caída del segundo factor compensa en exceso el aumento del primer factor. Por lo tanto, mientras la tasa de plusvalor sea finita, no es suficiente, como supone Henning, que aumente la composición del capital. Para que se produzca una caída en la tasa de ganancia, la composición del capital debe aumentar tanto que en la fórmula (5), el segundo factor disminuya tanto que compense el aumento del primer factor. Así que volvemos a la necesidad de comparar dos tendencias opuestas. Que el crecimiento del primer factor tenga un límite superior (siendo siempre menor a 1) quizá puede ser útil para hacer tal comparación, pero eso por sí solo de ningún modo hace que ésta sea inútil.

Los dos casos de v = 0 y p/ v = ∞ considerados por Henning sobre la base de las fórmulas (4) y (5) no dicen lo más mínimo acerca de la ley de Marx. Obviamente, Henning creía que enfrentaba a los críticos de la ley de Marx cuando suponía que v no solo se vuelve cada vez más pequeño, sino que es cero, o que el plusvalor tendría un valor infinito. Sin embargo, el caso es lo contrario: Henning ha demostrado la caída de la tasa de ganancia solo bajo el supuesto especial v = 0, o p / v = ∞. Sin embargo, este caso especial no dice nada sobre la caída como tal. A saber, que v es mayor que cero y p / v es menor que infinito. Henning simplemente ha demostrado que si la tasa de ganancia ya ha alcanzado su valor máximo teórico, y luego c (por cualquier motivo extraño) se incrementa aún más, la tasa de ganancia debe caer nuevamente. El argumento de Henning tiene la misma lógica absurda que si la industria tabacalera estuviera tratando de probar la inocuidad del tabaco argumentando que en el peor de los casos el fumador ya está muerto; Si luego sigue fumando, su condición no empeorará, por lo que fumar no puede ser dañino. En el mejor de los casos, se “probó” que el humo del cigarrillo no sigue dañando el cadáver, pero esto no dice nada sobre su influencia en el cuerpo vivo. Es lo mismo con el argumento de Henning. Que la tasa de ganancia caiga desde el punto (que nunca se alcanzará) en el que v = 0, nada dice de lo que sucede cuando v no es cero.

Conclusiones provisionales

Todos los argumentos presentados por Henning para justificar la ley de Marx, con una inspección más cercana resultan inadecuados[40].

Eso no es por problemas de traducción entre paradigmas, sino porque tampoco consideran las condiciones para la tasa de ganancia consideradas por Marx: en lugar de la búsqueda de un plusvalor extra, como hizo Marx, la caída de la tasa de ganancia se justifica por el que un nuevo proveedor desde el principio está satisfecho con una tasa de ganancia más baja, o se supone que el valor de la fuerza de trabajo no puede continuar disminuyendo, lo que solo sería posible si la fuerza productiva no puede continuar aumentando. O porque el argumento en sí es inconsistente: todos los capitalistas reducen los precios, pero sus costos de producción permanecen sin cambios; o la caída en la tasa de ganancia se prueba para un caso especial irreal, del cual no se puede hacer ninguna deducción sobre los cambios en la tasa de ganancia bajo supuestos reales.

Entonces, ¿qué hay más allá de los detalles particulares respecto a la dificultad para fundamentar la caída de la tasa de ganancia? Independientemente de la fórmula que usemos para escribirla, siempre incluye dos variables, una de las cuales aumenta la tasa de ganancia en el curso del desarrollo de las fuerzas productivas, y la otra la reduce. Si bien es cierto que los defensores de la ley marxista sobre la tasa de ganancia destacan que estas dos variables no son independientes entre sí, esta idea no los libera de la tarea de demostrar (si quieren probar la ley de Marx) que el movimiento que causa una caída en la tasa de ganancia, realmente más que compensa el movimiento del otro factor.

La forma más fácil de explicar por qué este problema es tan difícil es usar la fórmula (2), que contrasta el movimiento de la tasa de plusvalor y la composición del capital. Si la composición del capital aumenta c / v y, por lo tanto, produce un cierto aumento en la productividad, por ejemplo una duplicación, entonces el efecto sobre la tasa de plusvalor es claro: el valor de la fuerza laboral se reduce a la mitad y esta mitad de v aumenta el plusvalor por ejemplo a uno; entonces ahora es igual a tres. ¿Pero cuánto tuvo que aumentar la composición de capital para lograr esta duplicación de la productividad? No lo sabemos, y tampoco podemos saberlo. Porque no hay una conexión genérica entre un aumento determinado en las fuerzas productivas y el aumento necesario en la composición de valor. A veces, se puede lograr un cierto aumento en el poder productivo con solo un pequeño aumento en la composición del capital; a veces solo con uno grande. Sin embargo, debido a que no sabemos esto y no podemos saberlo de antemano, no es posible decir si la composición del capital aumentará tanto que compensará o no a largo plazo el aumento en la tasa de plusvalor. Por lo tanto, básicamente no puede verse cómo justificar de manera concluyente la ley de Marx sobre las tasas de ganancia.

El teorema de Okishio

Todavía hay un punto que debe abordar Henning, el “Teorema de Okishio”[41]. Henning parece pensar que ahí está la razón principal del rechazo de la ley marxiana sobre las tasas de ganancia[42]. Sin embargo, como se puede ver en la discusión anterior, todos los argumentos de Henning a favor de una caída de la tasa de ganancia podrían ser refutados sin utilizar este teorema. Y las consideraciones hechas en la sección anterior sobre los problemas fundamentales de establecer la ley de Marx tampoco se basan en ese teorema. La crítica de la ley de Marx sobre las tasas de ganancia no depende en modo alguno de este. Sin embargo, se examinará aquí porque ilumina un punto importante.

La recapitulación que hace Henning del teorema de Okishio es, no obstante, incorrecta. Él dice:

“Si con la ayuda de una nueva tecnología un proveedor logra generar mayores ganancias –y esa es la única razón concebible para su introducción desde una perspectiva de elección racional– la tasa de ganancia promedio aumenta. Pues para esta alza es suficiente que al menos uno de los participantes del mercado esté mejor. Este es, esencialmente, el llamado teorema de Okishio (…)”.[43]

Si este hubiera sido realmente el núcleo del teorema de Okishio, difícilmente habría habido una revista que hubiera aceptado el texto como ensayo. Sin embargo, antes de entrar en la exposición real del teorema de Okishio, son necesarias algunas aclaraciones, ya que Henning no tiene mucho cuidado al usar términos marxianos.

La tasa de ganancia promedio no es de ninguna manera, como sugiere Henning, simplemente el promedio aritmético de todas las tasas de ganancia que ocurren realmente en los capitales individuales. Más bien, es la tasa de ganancia que se puede esperar (en un país en particular en un momento particular) si invierte capital en condiciones promedio. Esta tasa de ganancia promedio es el resultado de desplazamientos compensatorios de capital de ramas con bajas tasas de ganancia industriales hacia ramas con altas tasas. Si un solo capitalista descubre mejores condiciones de valorización y, por lo tanto, aumenta su tasa de beneficio individual, esto inicialmente no cambia nada en la tasa de beneficio promedio. Este movimiento compensatorio solo tiene lugar cuando estas mejores condiciones de valorización se vuelven generalmente accesibles. Entonces otros capitales también estarán tratando de utilizar estas mejores condiciones. Hay movimientos de capital y movimientos de precios, y solo como resultado de esto se desarrolla una nueva tasa de ganancia promedio.

También es incorrecto cuando Henning sugiere que solo los enfoques de “elección racional” justificarían la introducción de nuevas tecnologías, al decir que con ellas se deberían obtener mayores ganancias. Esto es exactamente el punto que Marx señala en el Capítulo 10 del primer volumen de El Capital, con el que Henning aparentemente no está muy familiarizado. Allí, Marx resalta que el motivo del capitalista individual para introducir un aumento en las fuerzas productivas es el “plusvalor adicional” que se puede lograr.

Si fuera coherente, Henning también tendría que refutar a Marx, para acusar a Okishio de asumir una “condición de arranque armoniosa”, ya que la nueva tecnología solo podría provenir de un proveedor que ya estaba en el mercado[44]. En ninguna parte, ni en el primer ni en el tercer volumen, Marx se refiere a ello, ni incluso insinúa que un nuevo proveedor ingresa al mercado y debido a que es nuevo tenga que aceptar una tasa de ganancia más baja. Como ya se explicó en la sección 3, este escenario, inventado por Henning para el razonamiento de Smith para sustentar la caída de la tasa de ganancia, no coincide con el proporcionado por Marx.

Entonces, ¿en qué consiste el siniestro “Teorema de Okishio”? Lo que Okishio trata en un lugar central en su artículo, y que Henning ni siquiera menciona, es un límite para el crecimiento del capital constante que Marx discutió en el primer volumen de El Capital. Los defensores de la “ley” de Marx siempre están en busca de argumentos sobre por qué el crecimiento en la tasa de plusvalor podría ser limitado, pero generalmente suponen, a partir del capital constante, que podría crecer indefinidamente. Ahora, Marx señaló en el capítulo 13 del primer volumen que este no es el caso. Bajo el título “Transferencia del valor de la maquinaria al producto”, dice allí:

“Considerado únicamente como un medio para abaratar el producto, el límite para el uso de maquinaria es que su propia producción cueste menos que la fuerza de trabajo que su uso reemplaza. Este límite se expresa más estrictamente para el capital. Como no paga por el trabajo realizado, sino por el valor de la fuerza de trabajo, el uso de la máquina se limita a la diferencia entre el valor de la máquina y el valor de la fuerza de trabajo que reemplaza.”[45]

Es decir, que un único capital solo usará una nueva máquina si los costos adicionales causados por la máquina (la transferencia de valor de la maquinaria al producto) es menor que los costos ahorrados en salarios. Por ejemplo, si con una nueva máquina, el tiempo de producción por producto se reduce en una hora y el salario por hora es de 10 euros, la nueva máquina solo se utilizará si el valor de la maquinaria para el producto individual (es decir, el valor de la máquina dividido por el número total de piezas producidas en esta máquina) es inferior a 10 euros. Si el plusvalor fuera mayor, el uso de la nueva máquina aumentaría los costos de producción en lugar de reducirlos.

De ninguna manera se utiliza una máquina a cualquier costo para ahorrar tiempo de trabajo vivo. La nueva máquina puede ser más costosa que la anterior, pero solamente mientras la transferencia de su mayor valor al producto individual no sea mayor al salario ahorrado. Marx ha dado un criterio de costo que hace que el uso de maquinaria dependa de los salarios o del valor de la fuerza de trabajo. En el ejemplo anterior, si la transferencia de valor adicional de la máquina al producto individual es de 9 euros, entonces su uso para el capital se amortizaría: los costos adicionales de 9 euros se compensarían con un ahorro de 10 euros en salarios, y los costos de producción por producto serían alrededor de un euro menos. Si el valor de la fuerza de trabajo fuera menor, por decir, solo la mitad, luego una hora menos de tiempo de producción ahorraría solo 5 euros en costos salariales. En este caso, el costo del producto individual aumentaría en 4 euros con la nueva máquina, y entonces no se usaría. Marx subraya esta conexión inmediatamente después de la afirmación que acaba de ser citada:

“Dado que la división de la jornada laboral en trabajo necesario y trabajo excedente varía en diferentes países, así como en el mismo país en diferentes períodos (…) la diferencia entre el precio de la maquinaria y el precio de la fuerza de trabajo a ser reemplazada puede variar ampliamente, aunque la diferencia entre la cantidad de trabajo requerida para producir la máquina y la cantidad total de trabajo que reemplaza siga siendo la misma. Pero es solo la primera diferencia que determina el costo de producción de la mercancía para el propio capitalista, y lo influye a través de las leyes obligatorias de la competencia. Por lo tanto, hay máquinas que se inventan hoy en Inglaterra y solo se usan en Norteamérica (…).”[46]

Cuanto menor es el valor de la fuerza de trabajo, más reducido es el límite para el uso de maquinaria costosa a la que se refiere Marx. Si los salarios en Inglaterra son más bajos que en América del Norte, es rentable usar algunas máquinas en América del Norte, pero no en Inglaterra.

Esta consideración también tiene consecuencias para el debate sobre la caída de la tasa de ganancia. Si en el curso del desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas, el valor del trabajo disminuye, entonces la extensión en la cual el capital constante puede aumentar también se reduce. El capital constante está creciendo, pero no puede crecer ilimitadamente, como lo muestra el ejemplo numérico indicado. Sin embargo, el límite para el crecimiento del capital constante formulado en el primer volumen de El Capital no fue tomado en cuenta por Marx en el manuscrito del tercero. Los defensores de la “ley” de Marx tampoco lo han hecho.

Okishio tiene en cuenta este límite. Él asume que esas técnicas solo se introducen cuando el valor adicional agregado por la maquinaria al producto es menor que los costos ahorrados de fuerza de trabajo. Si un solo capitalista introduce una técnica de este tipo, logra un plusvalor extra. Se desata una competencia de precios que finalmente obliga a toda la rama a introducir la nueva tecnología. Como resultado cambia el valor de mercado del producto en esta rama. Dado que este producto también se usa en la producción de otros bienes o en la reproducción de la fuerza de trabajo, sus valores también cambian y, en consecuencia la tasa de ganancia promedio también se modifica. Ahora bien, Okishio de ninguna manera afirma, como dice Henning, que la tasa de ganancia promedio esté aumentando porque un solo proveedor produzca con una tasa de ganancia individual más alta. Más bien, Okishio sigue toda la cadena de efectos que emana de la introducción de la nueva tecnología, y también tiene en cuenta que los mercados capitalistas no comercian a valores sino a “precios de producción”: precios que permiten que el capital individual alcance la misma tasa de ganancia promedio.

En la discusión sobre El Capital también es muy controvertida la “transformación de valores en precios de producción”, que trata Marx en el segundo capítulo de su manuscrito (segunda sección en la edición de Engels). El propio Marx ya había señalado que la forma aritmética en la que llevó a cabo esta transformación es estrictamente incorrecta, pero no buscó una fórmula correcta[47]. En las discusiones del siglo XX se propusieron varias versiones corregidas y se discutieron sus consecuencias, sin que este debate llegara a una conclusión definitiva. Okishio utiliza un cálculo de los precios de producción y de la tasa de ganancia promedio basándose en las interdependencias materiales de las ramas consideradas individualmente, y que se apoya en el modelo “neoricardiano” de Piero Sraffa[48]. De manera matemáticamente correcta, muestra que bajo la condición realizada (cumplimiento del criterio de costo del primer volumen de El Capital) y teniendo en cuenta todas las repercusiones del aumento de la productividad, la nueva tasa de ganancia promedio no es menor que la anterior. El problema con el razonamiento de Okishio es que argumenta solo dentro de un modelo de precios de producción neoricardiano. Sin embargo, si este modelo puede aceptarse como una versión corregida de la teoría marxista de los precios de producción o no, es un asunto muy controvertido.

Sin embargo, la idea básica de Okishio –esto es, tomar en cuenta el criterio de costo del primer volumen en la discusión sobre la caída de la tasa de ganancia– se puede también llevar a cabo al nivel de los valores, si es que, en lugar de una tasa de ganancia promedio determinada a través de los precios de producción, consideramos el cambio en la tasa de ganancia determinado en función de los valores. Aquí también se puede ver que si se observa el criterio de costo del primer volumen, al aumentar la productividad la tasa de ganancia no cae[49].

Caída de la tasa de ganancia y teoría de las crisis

Muchos defensores de la ley marxiana de “la tendencia decreciente de la tasa de ganancia” consideran que ella es de crucial importancia para la teoría marxista de la crisis. Henning no es una excepción, pues considera que la ley de Marx es la “pieza central de la teoría de crisis”. Cómo es que la caída de la tasa de ganancia se supone que causa una crisis es, en gran medida, algo que permanece en la oscuridad. Henning dice lo siguiente:

“Socialmente, sin embargo, esta caída en la tasa puede significar que la actividad de inversión finalmente cesará, pues una inversión ya no vale la pena si las tasas de ganancias son demasiado bajas.”[50]

Además de que Henning solo formula un vago “puede”, que “en algún momento” quizá ocurra, lo que solo mostraría la posibilidad indefinida de una crisis, el mecanismo de esta permanece en la oscuridad: ¿ya no se invertiría porque las tasas de beneficio serían “demasiado bajas”? ¿Pero cuál es el nivel estándar para una ganancia “demasiado baja”? ¿Es cinco por ciento demasiado bajo, pero diez por ciento es suficiente?

En la competencia capitalista una tasa de ganancia es “demasiado baja” en comparación con la tasa de ganancia promedio; es decir, en comparación con otra posibilidad de inversión. Dos por ciento es demasiado bajo si existe la oportunidad de alcanzar cinco por ciento; cinco por ciento es demasiado bajo si existe la oportunidad de obtener diez por ciento. ¿Pero cuándo es la tasa de beneficio promedio tan “baja” que ya no se invertirá? ¿Por qué el cero por ciento logrado al no invertir es mejor que la “baja” recuperación que promete una inversión? En Henning no tenemos respuesta a estas preguntas.

La actividad de inversión está sujeta a fuertes fluctuaciones en una economía capitalista. Incluso si hay suficiente capital adicional, las inversiones pueden disminuir si existen alternativas rentables; por ejemplo, si hay oportunidades de inversión en los mercados financieros (pero cuya formación luego tendría que explicarse). O si los empresarios esperan una mejora futura en la rentabilidad, por lo que consideran una baja tasa de ganancia solo como un fenómeno temporal. En cualquier caso, la sola referencia a tasas de ganancia más bajas por sí sola no es suficiente para justificar de manera concluyente que habrá una crisis “en algún momento”.

¿Pero qué pasa con la teoría de la crisis de Marx?, ¿es realmente tan dependiente de su ley de la tasa de ganancia? Al menos debido a la edición de Engels del tercer volumen, se puede concluir que Marx concibió, incluso si no la completó, la teoría de la crisis como consecuencia de su “ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia”. Desde que comenzó a desarrollar su crítica de la economía política, las consideraciones de Marx sobre la teoría de crisis han cambiado varias veces, tanto en contenido como en metodología[51]. Pero en ninguna parte de los diversos proyectos de planes y consideraciones con respecto a la estructura categorial de su trabajo, hay indicación alguna de que él quería vincular la teoría de la crisis con la ley de tasa de ganancia.

En el manuscrito principal de Marx para el tercer volumen, la relación de las consideraciones teóricas de la crisis con la ley de tasa de ganancia aparece mucho menos estrecha que en la elaboración de Engels. Al describir la “ley como tal” y las “causas contrarias”, es decir, los capítulos 13 y 14 en la edición de Engels, también está claro que la presentación marxiana está lejos de estar terminada, pero la línea de razonamiento puede ser reconocida bastante bien. Después de ello, sin embargo, el texto de Marx termina en una plétora de comentarios aislados, líneas de pensamiento que de repente se rompen, y nuevos enfoques repentinos. Tal forma de ninguna manera es atípica en los manuscritos de Marx. Un texto que debe preparar la exposición final de un material que ya ha sido ampliamente comprendido y procesado mentalmente, entra en el registro de un proceso de investigación aún incompleto, en el que Marx todavía está en medio de elaborar el material, y la presentación final ni siquiera está clara como esbozo. Las consideraciones teóricas de la crisis al final del tercer capítulo del manuscrito de Marx también tienen ese carácter. Engels, que sobre todo quería producir un texto legible y presentar la mayor cantidad del material trabajado por Marx, trabajó, por lo tanto, muy duramente en estas consideraciones de la teoría de la crisis. Al subdividir, reorganizar, acortar y reformular parcialmente lo que encontró en el manuscrito, su carácter específico –al ser el protocolo de un proceso de investigación– se vuelve en gran medida irreconocible. Los lectores tienen la impresión de ver el planteamiento de una teoría de la crisis que aún no está terminada, pero que al menos ha encontrado su lugar final en la estructura categorial de la crítica de la economía política. Esta impresión no está de ninguna manera respaldada por el manuscrito de Marx.

Si ahora se examina el texto en detalle se verá (lo que también es visible en la edición de Engels) que hay planteamientos muy diferentes de la teoría de crisis, de los cuales solo uno se relaciona realmente con la caída de la tasa de ganancia. Los otros enfoques, por otro lado, contienen consideraciones teóricas sobre la crisis que son independientes de la validez de la ley marxista sobre la tasa de ganancia. He discutido en varios lugares cómo a partir de esto se puede desarrollar una teoría de la crisis[52]. En el centro está la idea de Marx de que las condiciones bajo las cuales tienen lugar, por un lado la producción capitalista, y por otro la circulación capitalista, no solo divergen y se contradicen de manera aleatoria y temporal, sino sistemáticamente[53]. Mientras que la producción capitalista tiende a expandirse porque el desarrollo de la productividad requiere acumulación, la circulación está sujeta a restricciones sistemáticas: el consumo de la clase trabajadora está restringido (el capital trata de limitar el número de empleados y sus salarios), y la demanda de inversión está, como antes, sujeta a las fluctuaciones significativas indicadas anteriormente. El resultado de estos desarrollos opuestos es una tendencia a la sobreproducción que conduce a procesos periódicos de crisis, tanto cíclicos como supracíclicos. Sin embargo, si se entra en detalles queda claro que la demanda de inversión y los procesos de acumulación no pueden analizarse sin considerar el sistema de crédito. Por lo tanto, los procesos de crisis no pueden determinarse al nivel de exposición logrado en el tercer capítulo del manuscrito de Marx, sino en conexión con el análisis del capital que genera intereses y el sistema de crédito[54]. Por lo tanto, me parece plausible que la teoría de la crisis solo pueda desarrollarse adecuadamente después del quinto capítulo (en la edición de Engels, la quinta sección) del tercer volumen. Pero fue precisamente en este quinto capítulo que Marx se atascó en puntos cruciales y detuvo la exposición[55]. Este capítulo contiene más información sobre la teoría de crisis, pero carece de elaboración.

Conclusiones

Como ya se mencionó en la sección 2, en El Capital Marx no analiza el capitalismo en un país en particular o un período específico, sino “la organización interna del modo de producción capitalista, por así decirlo, en su promedio ideal.”[56] El debate sobre la “ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia” formulada por Marx mostró que no puede fundamentarse de manera concluyente en ese nivel de exposición altamente abstracto. Esto no significa que la tasa de ganancia no pueda caer. Lo que no se puede mostrar es simplemente la pretendida inevitabilidad del descenso de la tasa de ganancia.

La crítica a la “ley” tampoco descarta que en niveles de exposición menos abstractos, que toman en cuenta las condiciones especiales del modo de producción capitalista durante un cierto período, y no solo el promedio ideal, es posible decir algo en general sobre el movimiento de la tasa de ganancia. Solo que entonces esas afirmaciones tendrían un alcance mucho menor que la ley formulada por Marx: serían válidas solo mientras existan estas condiciones especiales.

Como dejaron en claro las discusiones de la ley marxiana sobre la tasa de ganancia, obviamente para muchos de los involucrados es extremadamente difícil romper con la idea, con Marx a sus espaldas, de conocer el desarrollo futuro del capitalismo, al menos en esbozo: la certeza de que el capitalismo se dirige a un callejón sin salida del que no hay escape. En la historia del movimiento obrero, esta supuesta seguridad a menudo ha tenido un impacto negativo y ha subestimado la flexibilidad y la viabilidad del capitalismo.

Sin embargo, para la pregunta fundamental de si el mercado y el capitalismo son una forma adecuada de organizar la producción y el consumo para la humanidad, la limitación a lo que podemos saber sobre la evolución futura de las tasas de beneficio no es decisiva. Pues las fuerzas destructivas del capitalismo, lo que Marx convirtió en el tema de su análisis en muchos lugares, no comienzan con una caída (recurrente) en la tasa de ganancia, y los problemas resultantes también son inherentes al funcionamiento “normal” del capitalismo[57].

Artículo orginalmente aparecido como: “Begründungsprobleme. Zur Debatte über das Marxsche „Gesetz vom tendenziellen Fall der Profitrate“”. En: Marx-Engels Jahrbuch, Berlin: Akademie / Internationale Marx-Engels-Stiftung, 2007, pp. 47-80.

(Versión en español elaborada y revisada por Guillermo Rochabrún, Gianfranco Casuso, Maverick Díaz y Stephan Gruber)

Créditos de la imagen: Diego Rivera, Detroit Industry (1933). Mural en: Detroit Institute of Arts.


[1] Christoph Henning, „Übersetzungsprobleme. Eine wissenschaftstheoretische Plausibilisierung

des Marxschen Gesetzes vom tendenziellen Fall der Profitrate“. En: Marx-Engels Jahrbuch 2005.

Berlin 2006. (En adelante, “Problemas de traducción”). Pp. 63-85.

[2] Christoph Henning, Philosophie nach Marx. 100 Jahre Marx-Rezeption und die normative Sozialphilosophie der Gegenwart in der Kritik. Bielefeld 2005 (en adelante: Philosophie nach

Marx).

[3] Henning, “El problema…”, p. 69.

[4] La “revolución marginalista” que creó el terreno para la “economía neoclásica” hoy dominante comenzó recién en la década de 1870 con las obras de William Stanley Jevons, Carl Menger y Leon Walras. Sin embargo, se afianzó casi por completo en solo dos décadas; fue así que en 1890 Alfred Marshall pudo formular una nueva ortodoxia económica que incluso cambió el nombre de la ciencia: la “Economía política” se convirtió en “Economía”.

[5] Sin embargo, debe tenerse en cuenta que en ese momento todavía no había estadísticas económicas que fueran remotamente comparables a las de hoy. Marx fue uno de los primeros en tratar de construir una base de datos sólida: durante la crisis de 1857/58 no solo escribió Grundrisse, sino que en su “Book of Crisis” recopiló y comentó los datos económicos de periódicos e informes oficiales de los países capitalistas más importantes. (Véase también Klaus-Dieter Block, Rolf Hecker, “Das „Book of the Crisis of 1857“ von Karl Marx”. En: Beiträge zur Marx Engels Forschung Neue Folge 1991. Studien zum Werk von Marx und Engels. Hamburg 1991, pp. 89–102). Estos materiales se publicarán por primera vez en el MEGA➁ como Volumen IV / 14.

[6] “En un país completamente abastecido en proporción a todos los negocios por realizar, se emplearía una gran cantidad de existencias en cada una de las ramas, como lo admitiría la naturaleza y el alcance del comercio. La competencia, por lo tanto, sería en todas partes muy grande, y en consecuencia el beneficio medio sería lo más bajo posible”. Adam Smith, An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations. Vol. 1. Oxford 1979. S. 111. (The Glasgow Edition of the Works andCorrespondence of Adam Smith 2, edited by R. H. Campbell and A. S. Skinner.)

[7] El economista neoclásico tiene un problema metodológico muy similar. Su recomendación estándar para reducir el desempleo es reducir los salarios. En los modelos siempre se supone una reducción en los salarios reales, pero dado que el mercado laboral no negocia salarios reales sino salarios nominales, se recomienda una reducción en las tasas de salarios (o costos no salariales). Esto debería aumentar la demanda de trabajadores por parte de las empresas. Keynes, por otro lado, cuestionó que una reducción en los salarios nominales conduciría automáticamente a una reducción en los salarios reales: una reducción general en los salarios nominales conduciría a una reducción tanto en la demanda como en los costos para las empresas. En condiciones competitivas, las empresas responderán a la caída de la demanda reduciendo los precios, lo que también tienen la oportunidad de hacer debido a los recortes de costos. Keynes concluyó que los recortes salariales generales no conducirían a una mayor demanda de mano de obra, sino solo a una reducción en el nivel de precios. (John Maynard Keynes, The General Theory of Employment, Interest and Money. London 1973. S. 10–12. (The collected Writings of John Maynard Keynes. Vol. VII.)

[8] David Ricardo, On the Principles of Political Economy and Taxation. Cambridge 1951. S. 289–300. (The Works and Correspondence of David Ricardo. Edited by Piero Sraffa. Vol. I.)

[9] Ibid, pp. 110-127

[10] En varios momentos de Theorien über den Mehrwert Marx critica en detalle la teoría de la renta de Ricardo. Ver especialmente, Karl Marx, Zur Kritik der politischen Ökonomie (Manuskript 1861–1863). MEGA➁ II/3.3 Pp. 880–968; MEW. Volumen 26.2 pp. 235–328. Acerca de la crítica a la fundamentación de Ricardo de la caída en la tasa de ganancia véase sobre todo MEGA➁ II/3.3 Pp. 1063–1093; MEW. Volumen 26.2, pp. 440–470.

[11] Marx hace hincapié en que “toda la economía política hasta la fecha” no ha sido capaz de fundamentar la caída en la tasa de ganancia. “Ella vio el fenómeno y se atormentó a sí misma en intentos contradictorios de interpretarlo”. (Karl Marx: Ökonomische Manuskripte 1863–67 Parte 2. Das Kapital. Drittes Buch. MEGA➁ II/4.2 (en adelante: Das Kapital. Tercer volumen), p. 288; MEW. Volumen 25, p. 223.)

[12] Hay otros manuscritos, en su mayoría más cortos para el tercer volumen, así como uno más extenso acerca de la relación matemática entre la tasa de plusvalor y la tasa de ganancia. Los manuscritos de Marx para el tercer libro que se escribieron en la década de 1870 ya se han publicado en MEGA➁ II / 14 junto con los materiales editoriales de Engels para el mismo libro. Otros manuscritos marxianos de la segunda mitad de la década de 1860 se publicarán en MEGA➁ II / 4.3. Sin embargo, estos ya no se refieren a la “ley de la caída tendencial de la tasa de ganancia”, por lo que pueden ignorarse aquí.

[13] Para estos cambios, ver Carl-Erich Vollgraf, Jürgen Jungnickel “Marx in Marx’ Worten? Zu Engels’ Edition des Hauptmanuskriptes zum dritten Buch des ,Kapitals‘“: MEGA-Studien 1994/2. Berlin 1995, pp. 3–55; Michael Heinrich, “Engels’ Edition of the Third Volume of ‘Capital’ and Marx’s Original Manuscript”: Science & Society. Vol. 60. No 4. Winter 1996/97. Pp. 452–466. MEGA➁ II / 15 es la primera edición engelsiana que demuestra casi por completo estos cambios en el aparato de texto y, por lo tanto es también un avance significativo sobre la edición en MEW. Vol. 25 (Ver mi reseña de MEGA➁ II / 15 en: Das Argument 258, 46.o vol., No. 6, pp. 396–400). – Si aquí se destacan las diferencias entre el manuscrito de Marx y la edición de Engels, no se trata de darle una “paliza”. Engels hizo lo mejor que pudo en su tiempo y con sus posibilidades; trató de crear un texto que pudiera ser leído por los contemporáneos y utilizado en las luchas políticas del movimiento obrero. Sin embargo, si hoy se quiere abordar científicamente el razonamiento de Marx, se debe tener en cuenta estas diferencias entre el manuscrito original y la edición editada.

[14] Karl Marx, Das Kapital. Kritik der politischen Ökonomie. Primer volumen. El Proceso de Producción del Capital. MEGA➁ II/6 (en adelante: Das Kapital. Primer volumen). p. 66; MEW. Volumen. 23, p. 12.

[15] Karl Marx, Das Kapital. Tercer volumen. MEGA➁ II/4.2. p. 852; MEW. Volumen 25 p. 839.

[16] Esta es la proposición que hace Marx en su propia exposición. Tendría que verificarse si la modificaría en cada caso individual, pero este no es el tema aquí.

[17] Thomas Kuhn, La Estructura de las Revoluciones Científicas [1962 y 1970]. México: FCE, 1971.

[18] Henning, “Problemas de traducción…”, p. 75.

[19] El énfasis está en el manuscrito de Marx, Das Kapital. Tercer volumen. MEGA➁ II/4.2, p. 287;

MEW. Volumen 25, p. 223.

[20] Marx, Das Kapital. Primer volumen. MEGA➁ II/6, p. 31; MEW. Volumen 23, p. 335.

[21] Ibid. MEGA➁ II/6. p. 316; MEW. Volumen 23. p. 336.

[22] El aumento en la tasa de plusvalor debido a la producción del plusvalor relativo no es tratado por Marx como una “causa contraria”, porque es una consecuencia directa del aumento capitalista de las fuerzas productivas, por lo que debe hacerse al presentar la “ley como tal”. Él considera como “causas contrarias” el aumento en la tasa de plusvalor bajo otras razones: mayor extensión de las horas de trabajo o intensificación del trabajo. Marx, Das Kapital. Tercer volumen MEGA➁ II / 4.2. p. 302; MEW. Vol. 25, p. 242).

[23] Henning, “Problemas de traducción…”, p. 73.

[24] Ibid, p. 73.

[25] Marx, Das Kapital, tercer volumen. MEGA➁ II/4.2. p. 301; MEW. Volumen 25, p. 235.

[26] Dos páginas más adelante, Henning también recuerda que “el motivo básico de las economías capitalistas” no consiste en una tasa de ganancia más baja, sino en el “logro de un plusvalor cada vez mayor”. (Ibid, pp. 75-76).

[27] En el Capítulo 10 del primer volumen de El Capital Marx analiza en detalle la introducción de incrementos en las fuerzas productivas, los motivos de los capitalistas individualmente considerados, y el papel del plusvalor extraordinario. Henning en ningún momento toma en cuenta las consideraciones de este capítulo, que son diametralmente opuestas a algunas de sus ideas. Henning ya escribió sobre el primer capítulo del primer volumen de El Capital: “Sin embargo, puede omitirse sin destruir el libro” (Henning, Philosophie, p. 146, nota 51). Al parecer, Henning creía también poder omitir el capítulo 10 sin consecuencias.

[28] Marx, Das Kapital, tercer volumen. MEGA➁ II/4.2. p. 285/86; MEW. Volumen 25, p. 221-222.

[29] Henning, “Problemas de traducción…”, p. 80.

[30] Ibid, pp. 79-80.

[31] Ibid, pp. 80-81.

[32] Ibid, p. 81.

[33] Henning, Philosophie…, p. 80, nota 126.

[34] Henning, “Problemas de traducción…”, p. 81

[35] Ibid. p. 67.

[36]Ver por ejemplo, Heinz Holländer, „Das Gesetz des tendenziellen Falls der Profitrate. Marxens Begründung und ihre Implikationen“. En Mehrwert 6, pp. 105-131, y la discusión subsiguiente.

[37] “Es bastante simple ver que, dado que la masa del trabajo vivo aplicado siempre disminuye en relación con la masa del trabajo objetivado que aquel pone en movimiento, con los medios de producción consumidos; entonces también la parte de este trabajo vivo que no se paga y que se objetiva en plusvalor debe hallarse en una proporción cada vez menor respecto al valor del capital total. Empero la relación entre el plusvalor y el valor del capital total empleado constituye la tasa de ganancia, la que por lo tanto debe caer constantemente”. (Marx, Das Kapital. Volumen tercero. MEGA II/4.2. p. 287; MEW. Volumen 25, p. 223.)

[38] Henning, “Problemas de traducción…”, p. 82.

[39] Ibid, p. 83

[40] Hay una serie de otros argumentos que se han presentado para fundamentar la ley de Marx, pero que se basan en errores lógicos similares a los referidos por Henning. Por ejemplo, la fórmula (4) no se hace equivaler con la tasa de ganancia como en Henning, pero se interpreta correctamente como el límite superior de la tasa de ganancia. Se concluyó entonces una caída en la tasa de ganancia, por la caída del límite superior. Este argumento solo sería correcto si se pudiera demostrar que este límite superior en realidad cae a cero. Si no se puede descartar que este límite superior caiga hacia un valor distinto de cero, no se puede demostrar que la tasa de beneficio tiene que caer debido a la caída de este límite superior, porque la tasa de beneficio podría permanecer constante por debajo de este valor distinto de cero oincluso acercarse a este desde abajo. Se puede encontrar una crítica detallada de los diversos argumentos en Michael Heinrich: “Die Wissenschaft vom Wert. Die Marxsche Kritik der politischen Ökonomie zwischen wissenschaftlicher Revolution und klassischer Tradition.“ 2ª edición revisada y ampliada. Münster 1999 (en adelante: “Ciencia del valor…”), pp. 329-337. Está expuesta en forma más breve en Michael Heinrich, Kritik der politischen Ökonomie. Eine Einführung. Stuttgart: 2004. (En adelante: Kritik), pp. 150–153.

[41] Nobuo Okishio, “Technical Changes and the Rate of Profit”. Kobe University Economic Review.

Vol. 7. 1961, pp. 85–90.

[42] Henning, “El problema de la transformacón…”, p. 73.

[43] Ibid, p. 73.

[44] Ibid, p. 74.

[45] Marx, Das Kapital. Primer volumen. MEGA➁ II/6. p. 382; MEW. Volumen 23, p. 414.

[46] Íbid.

[47] Marx, Das Kapital. Volumen tercero. MEGA➁ II/4.2. p. 241/242; MEW. Volumen 25, p. 174.

[48] Piero Sraffa, Production of Commodities by Means of Commodities. Cambridge 1960. Versión en español de Edciones Oikos-Tau, Barcelona 1966.

[49] Hago una demostración simple de este enunciado en Heinrich, “Ciencia del valor…”, pp. 337-339.

[50] Henning, “Problemas de traducción…” p. 69.

[51] Trato en detalle el desarrollo de la teoría de la crisis de Marx en Heinrich, “La ciencia del valor…”, pp. 341-370.

[52] Ibid, pp. 365-370. Heinrich, Kritik, pp. 169-175. Henning escribe: “Michael Heinrich quiere una teoría de la crisis sin la tendencia a bajar la tasa de ganancia, y se apoya en el abundante carácter vago y de mente estrecha del modo de producción capitalista” (Henning, “Problemas de traducción…”, p. 67. nota 10). Si se busca la fuente dada por él (Heinrich, Kritik. p. 153), se encontrará que la frase citada por Henning está allí, pero de ninguna manera como fundamentación para una teoría de la crisis.

[53] Véase MEGA II/4.2. p. 312/13; MEW. Volumen 25. p. 254/55.

[54] Marx también tomó esto en cuenta en la reelaboración del primer volumen. Para la traducción al francés, revisó principalmente la sección de acumulación e incluyó, entre otras cosas, referencias a la relación entre acumulación y crédito, que Engels incluyó en la tercera y cuarta edición alemana.

[55] En el quinto capítulo, Engels realizó las intervenciones más extensas. Mientras que los capítulos 21 a 24 de la edición de Engels se basan relativamente de cerca en el manuscrito de Marx, la exposición de Marx se reconstruye completamente a partir del capítulo 25 en adelante. Para discutir seriamente la teoría del crédito de Marx uno debe referirse al manuscrito original en MEGA II / 4.2.

[56] Marx, Das Kapital. volumen tercero. MEGA➁ II/4.2. p. 852; MEW. Volumen 25, p. 839.

[57] Uno lee, por ejemplo, el capítulo 8, 13 o 23 del primer volumen de El Capital, donde Marx logra describir estas fuerzas de destrucción, que no solo son temporales, sino también sistemáticas, basadas en el principio de valorización del capital, sin que sea necesaria ninguna referencia a la ley de tasa de ganancia.

Reificación. Una presentación de Axel Honneth

Por Rúrion Melo

Presentación a la edición brasileña del libro de Axel Honneth

Axel Honneth, uno de los nombres más importantes de la teoría crítica en la actualidad, presenta en el libro Reificación: un estudio de la teoría del reconocimiento una propuesta sumamente desafiante, innovadora y original.  Su objetivo es enfatizar la actualidad del concepto de reificación -central en la historia de la teoría crítica-, para ayudar a comprender las formas actuales de dominación social.

Pero en la visión honnethiana, el concepto revela su potencial crítico por la capacidad de abarcar modos de dominación muy peculiares, no solo vinculados a fenómenos extremos de violencia y coerción (como en guerras y genocidios), sino también vinculados al comportamiento cotidiano (en el entorno familiar, en el mercado laboral, en las relaciones amorosas mediadas por las redes sociales, etc.), y casos más latentes aunque sistemáticos de falta de respeto (Honneth señala ejemplos de racismo y discriminación contra personas, grupos y minorías).

Dicho de manera más elaborada, Honneth busca mostrar en el libro que, con la ayuda de su “teoría del reconocimiento”, podemos usar nuevamente el concepto de reificación para aprehender diversas y complejas experiencias de subjetivación. Y el autor sabe que, para tener éxito en esta actualización conceptual de la cosificación, es necesario reconstruir aspectos decisivos de la constitución y de la fundamentación teórica involucrada. ¿Pero cuáles han sido las referencias de la tradición intelectual conocida como teoría crítica, en relación al concepto de cosificación?

A pesar de su uso extendido, y en gran medida diverso, el concepto de reificación siempre ha buscado destacar la negatividad de ciertos procesos sociales. Sin duda, originalmente la reificación correspondía a las experiencias laborales diagnosticadas en torno a la Revolución Industrial, o a las crisis económicas y sociales que, desde finales de la década de 1920, asolaron Estados Unidos y Europa. También se vinculó a la visión correlativa de la modernización social, estructurada en general por un propósito racional y calculador, que somete el comportamiento humano a actitudes meramente instrumentales, y por tanto impide formas de autonomía y de crítica por parte de los sujetos.

Fue Georg Lukács quien, en su libro de 1923 Historia y conciencia de clase, logró caracterizar este concepto clave a través de una importante combinación de temas tomados de autores como Karl Marx y Max Weber. Lukács influyó decisivamente en la recepción marxista de la teoría weberiana de la “racionalización” como una expresión ampliada de la cosificación social. Y el desarrollo posterior del concepto estuvo marcado por su grado de racionalización y generalización: los principales nombres de la teoría crítica -entre los que están Max Horkheimer, Theodor Adorno y Jürgen Habermas- identificaron en sus diagnósticos fenómenos de cosificación cada vez más amplios o diversos, a los que las sociedades racionales modernas estaban sometidas.

La actualización del concepto de reificación emprendida por Honneth comparte con esta escuela de pensamiento la idea de que la teoría crítica aún tiene la tarea de comprender las formas de dominación inscritas en nuestras prácticas sociales. Pero el interés crítico-emancipatorio original de la teoría debe realizarse hoy a través de nuevos medios conceptuales, de nuevas estrategias teóricas de fundamentación, y de la observación empírica de nuevos fenómenos.

Si por un lado, esto significa aceptar que estamos ante la continua expansión de las expresiones de reificación (amplificación claramente observada entre los autores antes mencionados), por otro lado Honneth evita que su actualización dependa del concepto de “racionalización”: sólo podemos seguir utilizando hoy el concepto de reificación para explicar formas de dominación y subjetivación socialmente comprensibles, si abandonamos la idea central, decisiva para casi toda la teoría crítica de Lukács hasta la fecha, de la “racionalización como reificación”.

Desde el primer momento, el esfuerzo por actualizar el concepto de reificación indica que la estrategia de cimentación que utilizó Lukács resultaría hoy insatisfactoria para una comprensión crítica más adecuada de los procesos sociales en su complejidad. Al situar el fenómeno de la reificación como consecuencia del “fetichismo de la mercancía”, Marx tenía ya ante sus ojos la experiencia de un capitalismo relativamente avanzado, como el que surgió en Europa en el siglo XVIII, en el que los procesos de producción, llevados a un alto grado de desarrollo, crearían relaciones impersonales de socialización.

Siguiendo a Marx, Lukács también partió fundamentalmente del fenómeno de la expansión del intercambio de mercancías para sustentar la tesis central sobre la causa social del incremento de la reificación. Tan pronto como los sujetos comenzasen a regular sus relaciones con otros hombres principalmente a través del intercambio equivalente de mercancías, se verían obligados a relacionarse con el mundo que los rodea y con las otras personas adoptando una actitud cosificante. Los sujetos que viven inmersos en el proceso de reificación resultante de las sociedades capitalistas, percibirían los elementos de una situación dada sólo desde el punto de vista del beneficio que podrían conseguir según su propio cálculo utilitario egoísta.

Es en este sentido que, por un lado, el fenómeno de la reificación deriva esencialmente de la cuestión del fetichismo de la mercancía. Por otro lado, sin embargo, el diagnóstico sobre la generalización de la reificación en el capitalismo moderno sólo adquiere un fundamento adecuado cuando Lukács une la tesis marxista del fetichismo a la tesis weberiana de la racionalización: en la modernidad la racionalización ha extendido a otras esferas sociales (no solo la económica) el patrón de modos de comportamiento indiferentes y egoístas, desarrollando la producción de acciones cosificadoras.

Para Lukács, esta influencia decisiva del fenómeno de la reificación en el conjunto de la sociedad se daría en tres dimensiones. En el intercambio de mercancías, los sujetos se ven forzados recíprocamente a percibir los objetos existentes en el mundo que los rodea sólo como “cosas” potencialmente rentables. También ven a su contraparte en la interacción social simplemente como el “objeto” de una transacción lucrativa; además, no consideran sus propias facultades y cualidades personales desde el punto de vista de la autorrealización, sino sólo como “recursos” objetivos para el cálculo de las oportunidades de lucro. Todas las relaciones se abstraen en su singularidad cuando se integran en un principio de racionalización basado en el cálculo. Aunque podemos encontrar diferentes matices entre las tres dimensiones (la del mundo objetivo, de la sociedad, y del propio “yo”), Honneth observa que el análisis de Lukács se concentraría en una ontología de fenómenos estrictamente capitalistas, de los que resultaría todo el proceso social.

La dificultad, según Honneth, no consistiría en la pretensión de analizar los momentos de la reificación en los comportamientos más simples de la vida cotidiana, sino en la pretensión de analizarlos como cantidades económicamente utilizables, sin tener en cuenta el que está relacionado con objetos del mundo circundante, con otras personas o con sus propias habilidades y sentimientos. En otras palabras, la representación de la reificación como “segunda naturaleza” tendría que abarcar nuevos fenómenos cuando precisamente se trasladara a esferas de acción no económicas, y cuando se investigara desde la dinámica de interacciones sociales consideradas intersubjetivamente.

Entonces, ¿dónde tendríamos que mirar en el propio análisis de Lukács, para emprender una reformulación del concepto de cosificación? Honneth cree que lo más importante sería considerar los análisis lukacsianos que se centran en las transformaciones y cambios de comportamiento que experimentan los propios sujetos: sería posible notar en el propio Lukács elementos que permiten identificar comportamientos típicos en los que los sujetos ya no participarían activamente en los procesos de su mundo circundante, sino que se colocarían en la perspectiva de un observador neutral que no se ve afectado psíquica o existencialmente por los eventos.

Así, el propio Lukács ya demostraría de alguna manera que el sujeto que adopta el rol de intercambiante empieza a comportarse como un espectador meramente contemplativo e indiferente, y este tipo de comportamiento o patrón de acción podría encontrarse en varias otras dimensiones intersubjetivas, no limitadas a los fenómenos de intercambio en el mercado capitalista o al ámbito de la producción: las actitudes consideradas cosificantes, extienden a otros dominios de socialización conductas indiferentes, pasivas y meramente contemplativas, en contraposición a las actitudes comprometidas y participativas en las interacciones sociales entre seres humanos.

Con la palabra “contemplación”, explica Honneth, quiere subrayar aquí no tanto una postura de introspección teórica, sino una actitud de observación indulgente y pasiva; y la “indiferencia” debe significar que el sujeto agente ya no se ve afectado existencialmente por los hechos, pero también que, incluso al observarlos, no se relaciona con ellos mostrando ningún tipo de interés o compromiso. Por tanto, bajo el término reificación Lukács entendería el hábito o costumbre que corresponde a un comportamiento meramente contemplativo, en cuya perspectiva el mundo natural circundante, el mundo de las relaciones sociales y el potencial constitutivo de la personalidad, serían aprehendidos solo con indiferencia y de manera afectivamente neutra; es decir, como si poseyeran las cualidades de una “cosa”.

Pero según Honneth, aún queda por investigar un paso decisivo. Si Lukács se refiere a un comportamiento anómalo, que puede caracterizarse como una distorsión -por así decirlo-, de la actitud comprometida de los sujetos en sus relaciones intersubjetivas, entonces ciertamente su teoría también presupone algo como una praxis genuina, a partir de la cual las formas cosificantes de acción pueden compararse y criticarse. Honneth subraya así aquellos pasajes del texto de Lukács donde se atribuye al sujeto activo y cooperativo una praxis humana original y verdadera, pero que sufre una cierta transformación, motivada por diversas limitaciones sociales, por lo que el carácter comprometido de la conducta se torna contemplativo e indiferente. En otras palabras, Lukács parece tener que asumir una forma comprometida de praxis humana, de la que podemos distinguir la reificación como una praxis deficiente.

El mantenimiento de esta diferencia constitutiva entre dos formas de praxis humana -la comprometida y la cosificada- es fundamental para que la teoría conserve un punto de vista crítico inmanente a las prácticas sociales mismas. Sin embargo, aunque Lukács no fusiona la oposición entre la conducta cosificadora y la praxis comprometida con alguna perspectiva moral, tampoco permite esclarecer el presunto punto de vista normativo que orienta su denuncia de la reificación social basada en esa diferenciación. La explicación de este punto de vista normativo que opera sobre el concepto de reificación, será una de las principales tareas de la reformulación crítica de Honneth.

En lugar de pensar en la reificación sólo según la descripción de la producción alienada del objeto por un sujeto que ha sido excluido del colectivo, Honneth insiste en utilizar los pasajes del texto de Lukács en los que la presunta praxis genuina se entiende como una actitud intersubjetiva. Lukács también estaría preocupado por la cualidad intersubjetiva que precede a los comportamientos, y que en el corazón de su argumento forma el patrón que servirá de contraste para la determinación de una praxis reificante. El punto de vista intersubjetivo puede así brindar una medida a partir de la cual podríamos diagnosticar que el intercambio de mercancías daría lugar a una pérdida de interés y participación de los sujetos; es decir, permitiría contrastar una actitud intersubjetiva y la determinación de una praxis reificante. Ahora, es precisamente esta actitud intersubjetiva -caracterizada por la participación comprometida y el compromiso existencial, en contraste con la mera contemplación e indiferencia- la que Honneth fundamentará, sobre la base de su teoría del reconocimiento.

El papel de la categoría de reconocimiento en el argumento de Honneth consiste en cumplir con un supuesto importante no desarrollado por Lukács. No quedaría claro a partir de la base lukacsiana en qué se asienta la primacía de esta praxis participativa originaria, que se perdería en el momento en que el sujeto comience a comportarse de forma cosificada. Para llenar este vacío en el razonamiento, esta disposición previa al compromiso debería gozar de una primacía tanto ontogenética como conceptual, de modo que la reificación pudiera, por un lado, ser descrita como distorsión de una praxis genuina, y por el otro hacer posible, junto con su diagnóstico, también su crítica y superación.

Honneth, utilizando conceptos ya presentes en Martin Heidegger y John Dewey, busca fundamentar la tesis de que, en la relación del sujeto consigo mismo y con su entorno, una postura de reconocimiento tiene precedencia ontogenética y categorial en comparación con todas las demás actitudes. Toda aprehensión de la realidad estaría ligada a una forma de experiencia en la que todos los datos existentes sobre una situación serían, en principio, cualitativamente accesibles desde la perspectiva de la participación afectiva. Honneth interpreta este tipo de experiencia cualitativa, proveniente de todas nuestras experiencias, como una característica esencial de proximidad, de no distanciamiento, y de compromiso práctico con el mundo; es decir, como una interacción primaria opuesta a la actitud egocéntrica, egocéntrica y neutra. Por tanto, el reconocimiento expresaría esta original forma de relación y preocupación existencial con el mundo que solo un acto de distanciamiento e indiferencia podría separar.

De ahí que, a las formas de acción sensibles al reconocimiento, podemos oponer conductas en las que ya no están presentes las huellas del reconocimiento previo. La conducta meramente contemplativa u observadora se caracteriza por la indiferencia cuando ya no somos conscientes de su dependencia del reconocimiento previo. En este caso, el mundo social aparece como una totalidad de objetos meramente observables en los que faltarían motivaciones existenciales y sensaciones psíquicas afectivas: así, desarrollamos una tendencia a olvidar que el reconocimiento sería constitutivo de las experiencias intersubjetivas, y a percibir a otros hombres simplemente como objetos cuanto más nos acostumbramos a dejar de lado todo vestigio de un compromiso afectivo.

Según Honneth podemos llamar reificación a este olvido del reconocimiento, si entendemos con ello el proceso por el cual, en nuestro conocimiento de otros seres humanos y en la forma en que interactuamos con ellos, ya no somos conscientes de que ambos son tributarios de un compromiso y reconocimiento previos. Es este momento de olvido, entendido como una especie de “amnesia”, que Honneth destaca como una nueva determinación del concepto de reificación. En la medida en que, en el proceso de interacción social, perdemos la disposición original de reconocimiento, desarrollamos una percepción cosificada en la que el mundo intersubjetivo es aprehendido solo con indiferencia y de manera afectivamente neutra.

Si el núcleo de la reificación reside en el descuido del reconocimiento, entonces la tarea fundamental de la teoría crítica será buscar sus fuentes sociales en las prácticas y mecanismos que posibilitan y perpetúan sistemáticamente tal olvido. En el caso de Lukács en particular, las coacciones económicas podrían conducir a la negación de los rasgos propiamente humanos de las personas. Su mirada estaba tan orientada hacia los efectos del intercambio capitalista de mercancías, que no consideró otras fuentes sociales de reificación.

Sin embargo, para Honneth los seres humanos pueden adoptar en diversas ocasiones una conducta cosificadora al perder de vista el reconocimiento previo, y esto en razón de dos causas generales: al formar parte de una praxis social en la que la mera observación del otro se convirtió en un fin en sí mismo, extinguiendo toda conciencia del compromiso existencial de la socialización precedente; o al encauzar sus acciones a través de un sistema ideológico de convicciones que es cosificante, forzando hacia la posterior negación del reconocimiento originario.

La traducción que el público brasileño ahora tiene ahora en sus manos consiste en la edición ampliada, que además del texto original de Honneth, incluye tanto las críticas de Judith Butler, Raymond Geuss y Jonathan Lear a la actualización honnethtiana de la reificación, como la réplica del propio autor. A partir de la discusión planteada por el libro de Honneth, es evidente que la originalidad y la fuerza de su tesis sobre la reificación como olvido del reconocimiento, también plantea problemas difíciles y cruciales para cualquier intento de la teoría crítica de comprender las formas de subjetivación de la dominación en el presente.

(Traducido del portugués por Guillermo Rochabrún)

Referencia:

Axel Honneth. Reificação: Um estudo de teoria do reconhecimento. Tradução e apresentação: Rúrion Melo. São Paulo: UNESP. Fuente: https://aterraeredonda.com.br/reificacao/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=reificacao&utm_term=2020-12-17

Imagen: “Reification”, del colectivo Nevercrew

Resistir a la resistencia: Sobre protestas y opiniones en tiempos de crisis democrática

Por Rodrigo Maruy

Partamos de cierto terreno común. Independientemente de posiciones políticas o creencias económicas, estamos de acuerdo en que una sociedad debe aspirar a la justicia y, por lo tanto, defender la libertad y la autonomía de las personas. Seguir leyendo “Resistir a la resistencia: Sobre protestas y opiniones en tiempos de crisis democrática”

El alargado brazo de la crísis política peruana

Por Enrique Sotomayor Trelles

El Perú tiene una larga y compleja historia política. Lugar donde se desarrolló una cultura rica en manifestaciones de todo tipo, ha sido también sede de una turbulenta historia, antes incluso de la conquista española que dio inicio al periodo colonial. No obstante, adentrarse en la zigzagueante historia peruana excedería ampliamente las pretensiones de este ensayo, que más bien se restringe a identificar los principales factores que explican la actual crisis política por la que atraviesa el país. Seguir leyendo “El alargado brazo de la crísis política peruana”

Conocimiento oficial y alfabetización política

Por Felipe Portocarrero

Quiero compartir con ustedes e introducirlos a un debate que no es novedad en el campo educativo, pero que, sin embargo, no ha tenido el protagonismo que merece, y que, a consecuencia de los recientes sucesos, es urgente que vuelva a ponerse bajo la luz de los reflectores. Seguir leyendo “Conocimiento oficial y alfabetización política”

Democracia se dice de muchas maneras…

Por Alessandra Oshiro [1]

Todo aquel que no es ajeno a la coyuntura nacional habrá notado que una buena parte del debate sobre la crisis política nacional gira en torno a la noción de democracia. Por ejemplo, pocos días después de asumir la presidencia, Manuel Merino daba una declaración en la que se refería a la convulsión política causada por la vacancia como una “transición democrática”[2]. Seguir leyendo “Democracia se dice de muchas maneras…”

La escurridiza decencia

Por Hernán Aliaga

Un pañuelo de seda al cuello o al lado de la solapa, traje, lana virgen, zapatos de cuero de oveja, reloj, gemelos, perfume. Los rasgos visibles de lo decente son casi un código de clase.

Parecer decente, al menos un sucedáneo del ser decente, complemento o sustituto a falta de, no es un imposible si se dispone de los medios suficientes para la adquisición de estos emblemas de clase. Desde luego hay grados y, por supuesto, límites. ¿A qué grado de decencia puede aspirar el mestizo, el moreno, el cobrizo? En las cúspides de la dignidad simbólica, la entrada al Olimpo de lo decente tiene filtros categóricos. Lo más decente no está sujeto a transacción: es blanco, punto.

Es blanco, es heterosexual y es hombre o quizá también mujer, pero de pocos hombres, casta, de falda al tobillo, feliz en el matrimonio y los hijos, recatada, pudorosa y frígida.

Convengamos que, en cierta medida, todos ansiamos que nos atribuyan decencia, aunque no siempre estemos de acuerdo en sujetarnos a la imagen de lo decente. Porque en lo indecente está el gusto, dirán algunos. El reggaetón y la desnudez son indecentes; Joyce, es indecente.

Pero tal vez sea posible salvar el concepto de esta apropiación conservadora y clasista, porque, con todo, siempre hay algo que debe poder sustraerse al paroxismo de ver en lo tradicional solo estrategia de dominio y rémora. La dimensión ética del concepto, digamos, la decencia.

El hombre de la decencia (latín decens, conveniente, adecuado, apropiado), actúa apropiadamente, es decir, se sujeta a las normas morales de la comunidad. Si las cumple, es porque tiene la voluntad de seguir siendo parte de dicha comunidad. Es, por tanto, susceptible de sentir una vergüenza de orden moral en caso transgreda alguna de las normas que regulan la convivencia social. Podemos verlos ruborizarse contrariados, disculparse, agachar la cabeza y entornar los ojos frente a la reprobación e indignación de los afectados. Desde luego, el buen cumplimiento de ciertos roles sociales (como el de ser “buena madre”) han sido, con frecuencia, elevados a nivel de norma moral en sociedades tradicionales, de ahí que recaiga sobre el concepto la sospecha fundada de cierto moralismo con olor a naftalina.

Pero tal vez, hay algo nuclear en la decencia que pueda esquivar la implacable guadaña de la crítica individualista moderna. Una noción mínima de decencia vinculada paradójicamente con el opuesto al atavío y la parafernalia de lo decente. Decía Bruce Bégout (2010), la decencia del hombre corriente, del obrero y del empleado ocupado en ganarse la vida y mantener a los suyos. Ese hombre común desvinculado del gran mundo y de las ansias de reconocimiento y poder, de las veleidades y vanidades del intelectual, del rico propietario, de los aristócratas y burgueses. Todos ellos personajes hiperagresivos, competitivos, vanidosos redomados interesados en plegar el mundo a su imagen y semejanza. Una decencia que es, en parte, modestia y en otra, natural sentido de lo común.

La propuesta es sugerente a pesar de idealizar la moral de las clases trabajadoras. Entre sus primeros escritos, Max Horkheimer (1986) -haciendo eco de Marx- señalaba muy por el contrario que el sistema capitalista, en sus capas intermedias e inferiores, incentivaba los apetitos más degradantes. Añadía que son los grupos más privilegiados, aquellos que han asegurado con millones su estilo de vida (caso Bill Gates) quienes pueden permitirse un carácter correcto, una nobleza de comportamiento y “desarrollar todo tipo de cualidades admirables”. Así, el sistema parecería condenar a las clases inferiores a una perpetua indecencia.

Sea la modestia del trabajador o la nobleza del millonario filántropo, lo que parece claro es que en ambos se condensa una idea de la decencia que es consecuencia -podríamos deducir- de la inexistencia o abandono del apetito de poder y la ambición exorbitada de reconocimiento. Una suerte de desapego frente a los apetitos individualistas.

De un modo o de otro, todos no exigimos mutuamente decencia. La indecencia gatilla la reprobación e indignación, el mecanismo histórico del control social. Eso es lo que hemos presenciado en la última semana. Hartos, nos hemos movilizado y protestado movidos por un hondo sentimiento moral de indignación ante la indecencia obscena de nuestros representantes. Pero es necesario entender que una crítica ética de la decencia se agota en sí misma; el siguiente paso implica una crítica institucional y sistémica: ¿qué papel promotor de estos comportamientos infames juega entonces el entramado institucional? ¿qué incentivos crea y premia? ¿qué papel juega la Constitución del 93? y más aún ¿hasta cuándo seguiremos, contradictorios, reclamando decencia y apoyando un sistema indecente que repite cacofónico la supremacía del interés personal, que sacrifica el bien común al margen de ganancia y el rédito político?  

Referencias

Bégout, Bruce. Sobre la decencia común. Ed. Marbot (2010)

Horkheimer, Max. Ocaso. Ed. Anthropos (1986)

Créditos de la imagen: Gustav Doré. L’ingénieux hidalgo Don Quichotte de la Manche, grabado por H. Pisán e impreso por L. Viardot (L’Hachette et Cia., París, 1823)

El espíritu de la historia

La búsqueda de Hegel de patrones universales en la historia reveló una paradoja: la libertad se va haciendo realidad, pero nunca está garantizada.

Por Terry Pinkard [1]


La historia, o al menos su estudio, está en mal estado en estos días.  Casi todo el mundo está de acuerdo en que conocer la historia es importante, pero en los Estados Unidos, excepto en las escuelas más privilegiadas, el estudio de la historia se encuentra en caída libre. Nuestra era parece compartir el escepticismo manifestado por el filósofo G.W.F.  Hegel (1770-1831) cuando dijo que la única lección que nos enseña la historia es que nadie nunca aprendió nada de ella. ¿Por qué? El presente es siempre nuevo y el futuro está sin poner a prueba, lo que lleva a muchos a simpatizar con la declaración del empresario estadounidense Henry Ford de que la historia es más o menos basura. Sin embargo, el mismo Hegel también afirmaba que, aunque ciertamente las cosas siempre parecen ser inéditas, la historia realmente nos da una pista sobre nuestros fines últimos.

Somos una especie peculiar: lo que significa ser la clase de criaturas que somos es siempre un problema para nosotros – en parte porque nosotros hacemos de nosotros la clase de criaturas que somos, y porque exploramos este hecho en todas las diversas maneras en que vivimos nuestras vidas, individual y colectivamente. El estudio de la historia no implica contar cuentos ni apilar hechos. En su estructura más amplia, es el recuento de la humanidad buscando entenderse a sí misma experimentalmente en cada una de las miles de maneras en las que se da forma a sí misma en la vida diaria, y también sobre cómo el cambio histórico está íntimamente vinculado a los cambios en nuestra autocomprensión básica. Como Hegel lo puso en una serie de lecturas entre 1822-30, ‘nosotros’ somos nuestros propios productos en un sentido peculiar, y el estudio filosófico de la historia es un estudio sobre cómo hemos cambiado nuestra forma a través del tiempo.

Nadie concibió nunca una historia filosófica más sofisticada y dinámica que la de Hegel. Su sistema se construye sobre tres ideas fundamentales. Primero, que la clave sobre la agencia humana es la autoconciencia. El que la gente pueda hacer cualquier cosa en un sentido verdaderamente humano es saber lo que estamos haciendo mientras lo hacemos. Esto aplica incluso cuando no estamos pensando explícitamente sobre lo que estamos haciendo. Aquí un simple ejemplo: imagine que mientras usted lee esto recibe un mensaje de texto de un amigo: ‘¿Qué haces?’ Inmediatamente usted responde: ‘Estoy leyendo un artículo sobre Hegel.’ Usted sabía lo que estaba haciendo sin tener que hacer un acto separado para pensar en ello o sacar conclusiones. Sin pensarlo más, usted supo que no estaba lanzándose en paracaídas, tomando un baño, practicando jardinería o haciendo un crucigrama. No miró a su alrededor y lo infirió a partir de la evidencia. No necesitó hacer ninguna introspección particular. De hecho, en términos hegelianos, cuando usted hace algo y no sabe en absoluto lo que está haciendo, en realidad usted no está haciendo nada en absoluto. Sin duda, a veces solo somos vagamente conscientes de lo que estamos haciendo. Sin embargo, incluso nuestra autoconciencia reflexiva más distanciada implica ella misma una comprensión mayor sobre esta más profunda y distintiva autorrelación hegeliana: toda conciencia es autoconciencia.

En segundo lugar, Hegel pensaba que la autoconciencia es siempre una cuestión de localizarnos en una especie de espacio social de ‘yo’ y ‘nosotros’. Decir ‘yo’ o decir ‘nosotros’ es simplemente hablar desde uno de dos lados de la misma moneda dialéctica. En muchos casos, ‘nosotros’ parece sumarse a muchas instancias de ‘yo pienso’ o ‘yo hago’, pero en su sentido más fundamental ‘nosotros’ es tan básico como ‘yo’. Cada autoconciencia individual es fundamentalmente social. La generalidad del ‘nosotros’ se manifiesta en los actos individuales de cada uno de nosotros, pero el propio ‘nosotros’ no es nada separado de los actos individuales de agentes singulares de carne y hueso. Cuando yo sé qué es lo que estoy haciendo, también soy consciente de que lo que estoy haciendo es, por decirlo así, la manera en que ‘nosotros’ lo hacemos.

Es un error pensar que un lado de la moneda es más importante: ‘yo’ no es meramente un punto sin mayor contenido absorbido completamente en un espacio social (un ‘nosotros’), ni ‘nosotros’, el espacio social, es meramente la adición de muchos ‘yoes’ individuales. Sin practicantes, no hay práctica; sin práctica, no hay practicantes. A veces esto es difícil de ver. A menudo, el ‘yo’ trata de separarse a sí mismo del ‘nosotros’ y de rebelarse contra él. (Piense en el existencialismo.) A veces el ‘yo’ trata de absorberse completamente en el ‘nosotros’. (Piense en el sueño de los totalitarios.) A veces el ‘yo’ trata de obtener el reconocimiento que busca del ‘nosotros’ pretendiendo ser lo que no es. (Piense en el estafador.) Todas estas formas deficientes de ‘yo’ y ‘nosotros’ hacen sus múltiples apariciones en la historia.

Tercero, para los humanos, como con cualquier otra especie, hay maneras en las que las cosas pueden ir mejor o peor para los individuos de la especie. Los árboles sin el suelo apropiado no florecen como podrían hacerlo; los lobos sin el rango ambiental adecuado no pueden convertirse en los lobos que podrían ser. De manera similar, los humanos autoconscientes construyen ambientes familiares, sociales, culturales y políticos que hacen posible que nos convirtamos en versiones, nuevas, diferentes y mejores de nosotros mismos. Pero lo que podemos hacer de nosotros mismos depende de dónde estamos en la historia. Sus tatarabuelos nunca soñaron con ser informáticos. Los aldeanos medievales no aspiraban a ser gerentes de nivel medio en una firma transnacional de recolección de residuos. Quién soy ‘yo’ siempre está atado a lo que ‘nosotros’ hacemos, pero es un error considerar los actos individuales como simples aplicaciones singulares de algo así como reglas generales. Es mejor decir que nosotros ejemplificamos de mejores o peores maneras lo que significa para nosotros ser realmente nosotros – por ejemplo, en la amistad, jugando ajedrez, picando verduras o en la ciudadanía. La generalidad de la práctica establece los términos en los que puedo florecer en cada una de estas cosas. Sin embargo, soy yo quien establece la manera en que puedo ejemplificar la práctica, y todos ‘nosotros’ participamos en ver qué tan bien los dos (‘yo’ y ‘nosotros’) convergen y divergen.

En tanto individuos sociales autoconscientes, cambiamos las formas de nuestras vidas, le damos nuevos significados a cosas viejas (desde el sexo y la comida hasta complicados modales de sobremesa) de modo que podamos adquirir un conjunto de hábitos nuevos, redondeamos los contornos de nuestra vida animal de maneras sorprendentes, nos establecemos y luego seguimos adelante. Rara vez este es un proceso pacífico. Existimos como individuos con identidades sociales en los espacios sociales que instituimos y mantenemos mutuamente. Algunas de esas relaciones sociales se basan en la fuerza bruta, la sujeción y la humillación (como las relaciones entre amos y esclavos). La guerra es algo común. La historia, afirmó Hegel, se ve como un vasto matadero en el que las vidas y la felicidad de millones han sido sacrificadas.

Siendo la manera en que la ‘vida autoconsciente’ de la especie se interpreta y reinterpreta a sí misma, la historia parece ser algo deprimente al comienzo. Civilizaciones enteras y formas de vida surgen y perecen, viejos modos de vivir desaparecen. Nada parece estable. La audaz propuesta filosófica de Hegel insistía en que viéramos esta procesión como manifestando las maneras en que cada forma de vida social humana genera tensiones y se separa de sí misma. Cuando estas tensiones se vuelven tan grandes que finalmente el modo de vivir ya no tiene sentido para los participantes, la vida rápidamente se torna inhabitable. Una vez que se torna inhabitable, se descompone, se desmorona y eventualmente da lugar a otra forma de vida. La nueva forma de vida emerge en la medida en que las personas viviendo en los escombros culturales de la descomposición recogen los pedazos de lo que aún está funcionando, descartan las partes que ya no funcionan y crean algo nuevo a partir de esa descomposición. Construyen una sociedad que se desarrolla a sí misma hasta que sus propias tensiones y presiones internas también la llevan a la descomposición, tras lo cual una nueva ‘forma de vida’ emerge de ella. Dicho todo, este aspecto de la historia constituye la forma cambiante de la vida autoconsciente misma. Hegel eligió el término alemán Geist (traducido como ‘mente’ o ‘espíritu’ dependiendo del traductor) para capturarla. A medida que el Geist se mueve a través de la historia, asume diferentes formas a medida que se imagina a sí mismo de diferentes maneras y en ese sentido es, para aquellos que tratan de pensarlo, un blanco en movimiento. Esta historia de descomposición y renovación es la dialéctica de la historia de Hegel.

Aunque el ahora olvidado filósofo alemán H.M. Chalybäus (1796-1862) logró convencer a muchas personas de que el esquema ‘tesis-antítesis-síntesis’ representaba la dialéctica de la historia de Hegel, Hegel mismo nunca dijo eso. Más aún, incluso en este breve resumen podemos ver que la opinión de Hegel involucraba mucho más que la dudosa fórmula de Chalybäus.

Hegel estudió la historia del mundo para ver si había alguna lógica en la manera en que el ‘yo’ y el ‘nosotros’ se forma a sí mismo a través del tiempo. ¿Se estaba haciendo el Geist mejor en algo? Siendo un europeo del siglo XIX, Hegel halló poco que recomendar en las civilizaciones de Asia, África y las Américas. Todas ellas, pensaba, se habían estancado en un cierto grado de desarrollo que llamó ‘ateísmo político’. Desde el punto de vista de Hegel, ‘ateísmo político’ significaba que no podía haber otros tribunales de apelación más allá de los edictos del cacique o del rey o del emperador. Incluso si el emperador emitía leyes y las aplicaba, ese seguía siendo un imperio por ley, que todavía es un gobierno personal, y no imperio de la ley, que es impersonal. En el ‘ateísmo político’, el principio rector es que solo uno de los miembros de la sociedad es libre (el cacique, el emperador, etc.). Solo él establece leyes libremente, el resto debe obedecer, y no hay ningún poder más elevado por el que se midan los edictos. Por tanto, en ese sentido, solo ‘uno’ (el cacique, el emperador, etc.) puede ser considerado libre. Por supuesto, esta perspectiva caricaturesca dice mucho más sobre los prejuicios europeos del siglo XIX que sobre aquellas otras sociedades, pero el punto de Hegel es más general.

Hegel creía que solo en la Antigua Grecia la humanidad avanzó más allá de la idea de que solo una persona en la comunidad podía ser libre hacia la audaz idea de que una pluralidad limitada de personas –los varones adultos de la ciudad– podían y debían gobernar juntos. Se confrontaban entre ellos como iguales, desposeídos de alguna autoridad inherente sobre los demás. Más aún, para estos griegos, pensaba Hegel, todos sabían dónde se hallaban en su orden social y qué se suponía que debían hacer. También mantenían que, si cada uno ejemplificaba las exigencias de sus respectivos lugares en dicho orden, la comunidad armonizaría en algo bello. Esta incorporación conjunta de idiosincrasia individual y vida comunitaria parecía ser lo mejor a lo que se podía aspirar: plena y completa libertad individual como solo era posible en un orden social y político igualitario de ciudadanos libres.

Había, sin embargo, un gusano en la manzana. Los griegos también consideraban que su libertad implicaba independencia. Puesto que uno solo puede ser totalmente independiente en sus juicios y acciones donde otro se ocupa de sus necesidades vitales, también se sentían obligados a vivir en un mundo que en sí mismo descansaba sobre la esclavitud y la opresión de las mujeres. Aunque algunos griegos consideraban estas desigualdades perturbadoras, la mayoría simplemente las tomaba como la forma inescapable del mundo. No obstante, Hegel vio el malestar implícito de los griegos consigo mismos manifestarse de manera dramática en su arte.

Su ejemplo favorito venía de la tragedia Antígona, de Sófocles. En la obra, los hijos e hijas de Edipo se encuentran en una situación volátil. Dos de los hijos se enfrentan por la herencia del reino de Edipo. Ambos mueren en el combate, y su tío, Creonte, asume el gobierno. Creonte prohíbe los ritos fúnebres de uno de sus sobrinos, pero su sobrina Antígona lo desafía llevando a cabo los ritos en secreto. Lo hace porque es su deber absoluto como hermana hacerlo, pero a sabiendas de que también es su deber absoluto obedecer a Creonte (especialmente en tanto mujer joven). Antígona se encuentra atrapada en una situación en la que el derecho contradice al derecho. Tiene el deber absoluto de no elegir lo que se exige de ella –es su posición asignada en la vida el no tener elección sobre las obligaciones que se le dan– y más adelante el coro condenará esto como su intento injustificado de ser autónoma.

Antígona está atrapada en la pasión de lograr algo que normalmente le está prohibido a las mujeres: desea libertad, que requiere ser reconocida como una igual. ¿Pero quién tendría la autoridad de reconocerla? No un marido (no en la Antigua Grecia). No sus hijos (si tuviera alguno). No sus padres. No su hermana. Solo sus hermanos podrían hacer eso, y ambos están muertos. En su pasión por la libertad, Antígona trata de invocar ese reconocimiento de su hermano muerto. Como saben los que conocen la obra, todo termina mal. Sin embargo, mediante su rebeldía, Antígona representa lo que salió mal con el ideal griego: la manera en que instituyó un régimen de igualdad entre algunos hombres, pero se la negaba a otros. Al hacerlo, Antígona se convierte en la voz de los excluidos, exigiendo inclusión y reconocimiento como una de nosotros, como una igual y en ese sentido como igualmente libre. Si ‘algunos son libres’, demanda ella, ¿por qué no yo también? Para la audiencia de la Antigua Grecia, esto creaba un sentimiento desconcertante de que tal vez todo su sistema carecía de sentido.

Cuando la Antigua Roma conquistó Grecia, al principio parecía como si una forma de vida que tenía mayor sentido hubiera llegado para reemplazar el incipiente fracaso griego, pero Roma misma implosionó. En el período antiguo tardío, cuando el cristianismo se convirtió en la religión imperial, la semilla de una nueva idea apareció en el blanco en movimiento de la vida autoconsciente: si las personas son todas hijas de un mismo Dios, entonces metafóricamente todos somos hermanos y hermanas. La esclavitud y la opresión podía regir en la Tierra, pero la igualdad era la regla en el más allá. Aunque la contradicción podía no ser del todo aparente al principio, la semilla de retribución en el escenario del mundo había sido plantada. La exigencia de Antígona estaba en camino a hacerse universal.

Desde el punto de vista de Hegel, la vida europea perdió su rumbo por un largo tiempo luego de la desaparición de la democracia griega. La mezcla de cultura romana, derecho romano y, sobre todo, la fuerza bruta de las legiones romanas fue reemplazada por un mundo alienado en el que las personas se sentían obligadas a estar a la altura de estándares en los que tenían dificultades reconociéndose. Tal mundo estuvo siempre tambaleándose entre una frágil estabilidad y un miedo a su propia falta de sentido. De tanto en tanto, se deslizaba en la absoluta locura. La locura de las cruzadas era un ejemplo, y otro fue el pánico colectivo a la brujería que resultó en el asesinato judicial de cientos de mujeres. Todo esto ocurrió contra el trasfondo en el que, como lo puso Hegel, ‘un sentimiento universal de la nada de su condición recorría el mundo’. El mundo vivía en una especie de miedo de que, en última instancia, no tenía ningún sentido en absoluto.

Esta mezcla combustible de autoalienación, de ‘nada’ y de la ira hacia la injusticia del orden imperante estalló en 1789 en la Revolución Francesa, en la que los viejos soportes que mantenían en pie la forma de vida alienada finalmente cayeron. A su paso dejó una forma de libertad que se consideraba completamente desligada del pasado, a muy poco de la naturaleza y a no mucho de la religión. Como resultado, o así lo entendía Hegel, al principio se quedó con poco para construir un nuevo mundo, excepto las propias ideas abstractas de la propia libertad ilimitada y las supuestamente más limitadas virtudes de la ciudadanía en su apoyo al gobierno Revolucionario. No obstante, tras el breve espasmo de violencia en el Reinado del Terror (1793-94), las cosas se calmaron, y después de 1815 el orden irrevocablemente nuevo estaba en una posición en la que las ganancias de la Revolución se harían gradualmente más reales. O eso esperaba Hegel.

Hegel nunca vaciló en su admiración por la Revolución Francesa –siempre la celebraba el 14 de julio– porque pensaba que representaba un momento decisivo en la modernidad europea. Puso en práctica el movimiento en la historia de ‘algunos son libres’ (como en Grecia o Roma) a ‘todos son libres’, o, para ponerlo de otra manera, hizo real el que nadie está por naturaleza bajo la autoridad suprema de nadie: nadie, ni una raza bajo la de otra, ni las mujeres bajo la de los hombres, ni los siervos bajo la de los terratenientes, ni los plebeyos bajo la de los aristócratas. Una vez que las personas están constreñidas por este pensamiento de libertad e igualdad, el genio no puede ser devuelto a la botella. El viejo orden de subordinación natural se había ido, al menos en teoría, porque, a medida que el Geist se desarrollaba, la idea misma de subordinación natural en él dejaba de tener ningún sentido.

Con eso, todo lo demás, desde la vida familiar hasta la estructura del Estado, también tendría que cambiar. (Ciertamente involucró poner en cuestión más formas tradicionales de hacer las cosas de las que Hegel mismo estaría dispuesto a admitir.) Asimismo, no se trató de nada que fuera ejemplificado inmediata y completamente por la práctica europea del siglo XIX. ‘Todos libres’ no quería decir que, de un solo golpe, toda la opresión desaparecería, pero sí significaba que una concepción enteramente nueva de la agencia había hecho su aparición en el escenario mundial. Más importante aún, marcó un cambio en la concepción de la justicia. Habiendo dejado de ser un elemento metafísico de un orden eterno del mundo, la justicia ahora era la virtud cardinal de un reino de libertad y de ciudadanos iguales.

Con el desenlace de la Revolución, el mundo moderno tomó su nueva forma como ‘forma de vida’. Por supuesto, involucraba la lista de derechos generales y abstractos hecha célebre en el siglo XVII por el filósofo inglés John Locke (vida, libertad y propiedad), pero más importante aún, hizo de la vida moral, como implicando una vida acorde a razones que fueran aceptables para cualquiera y no solo para la propia pequeña comunidad de cada uno, una parte esencial de la composición de nuestra psicología moderna. Hizo reales esos dos rasgos de la vida instanciándolos en prácticas e instituciones más específicas. Por ejemplo, en la absoluta importancia de las relaciones de amor y amistad y en familias orientadas hacia la crianza de niños con la finalidad de que se convirtieran en individuos independientes que a su vez fueran buenos ciudadanos. Hizo del imperio de la ley un principio constitucional y transformó para siempre el estatuto de las personas de súbditos de un príncipe en ciudadanos de un Estado constitucional de derecho. También aseguraba una esfera de la vida –Hegel la llamaba ‘sociedad civil’– que combinaba las recientemente descubiertas fuerzas productivas del mercado con un conjunto de instituciones dentro de él que supuestamente mitigarían y domesticarían las de otro modo destructivas fuerzas del capitalismo que amenazaban con devorar y distorsionar los polos fundacionales del amor y la amistad de un lado, y de la ciudadanía y la justicia del otro.

Durante su última década, Hegel comenzó a preocuparse más sobre sus propias perspectivas sobre este desenlace histórico. Aunque señalaba a sus estudiantes que ahora era completamente irracional que los países europeos hicieran la guerra entre ellos – tenía razón sobre eso, pero estaba equivocado sobre si ocurriría– también se volvió cada vez más pesimista sobre si el mercado capitalista realmente podía ser mitigado por las otras instituciones de la sociedad civil (aunque nunca abandonaría del todo la idea de que era posible). También le preocupaba que el excesivo individualismo que el mercado fomentaba era suficiente como para hacer imposible todo el espectáculo. De hecho, como dijera en su clase de filosofía de la historia de 1831, esta incompatibilidad del ultra-individualismo moderno con las necesidades de una vida social y política buena y estable entraban en colisión constantemente, un ‘nudo’, como lo llamaba, donde consideraba que se hallaba contenida la historia después de 1830. Cuando el mercado competitivo lleva a una sociedad competitiva y no necesariamente cooperativa, la población se divide en facciones, y esto hace de cualquier gobierno algo imposible, puesto que el gobierno siempre parecerá solo una facción gobernando temporalmente sobre las demás. Es este nudo, diría a sus estudiantes, en el que el futuro tendrá que trabajar para desenredarse. Hegel murió inesperadamente pocos meses después de decir esto.

A partir de las descomposiciones pasadas de las formas de vida social, finalmente obtenemos una concepción filosófica mucho más completa de la concepción de la agencia humana. Los agentes son autoconscientes, metafísicamente sociales en su autoconciencia; hacen esta agencia abstracta real y específica en diferentes formas de vida, y estas formas de vida se socavan progresivamente a sí mismas en la historia. Metafóricamente, el Geist (‘nosotros’) alcanza esta conclusión forzándose a sí mismo hacia la autocomprensión de todos como libres e iguales, y ya no puede retractarse racionalmente de aquello. Puesto que todo lo que vino antes se había descompuesto, ‘nosotros’ ahora estábamos obligados a dirigir nuestros pensamientos hacia qué tan bien habíamos hecho realidad esa idea y, gracias a nuestra nueva consideración por la verdad imparcial, ‘nosotros’ descubrimos que nuestro colonialismo, nuestro racismo, nuestro sexismo y nuestro desprecio por nuestro entorno natural claramente entraba en conflicto con todo aquello en lo pensábamos que nos habíamos convertido.

Lo que ahora ‘nosotros’ habíamos aprendido filosófica y prácticamente es que, desde la forma de la agencia asumida en la polis democrática de la Antigua Grecia pasando por los yoes autoalienados de la modernidad temprana en Europa, hasta la concepción post-revolucionaria de que ‘todos son libres’, la historia del mundo no es otra cosa que la manera en la que la idea de la libertad y la igualdad nos ha sido impuesta por ‘nosotros’ mismos y ahora exige hacerse realidad. Entonces, ¿dónde terminaremos ‘nosotros’ a partir de ahí? La filosofía no nos lo dirá, sentenciaba Hegel. El búho de Minerva (la diosa de la sabiduría) solo vuela después de que el Sol ya se ha puesto. La libertad y la igualdad siguen siendo innegociables, ahora todos exigen ser incluidos, pero el nudo sobre cómo hacer de todo eso una realidad efectiva permanece atado.

[1] Publicado originalmente en Aeon Magazine. Traducción de Sebastián León.

Créditos de la imagen: Ernst Ludwig Kirchner. Die Lehmgrube. Colección Carmen Thyssen-Bornemisza. Museo Thyssen-Bornemisza

Memorias sintomáticas de patologías sociales actuales en el Perú*

Por Alexandra Hibbett

El 22 de agosto de este año, 2020, estando el país aún vigentes reglas que prohíben las aglomeraciones para evitar contagios de Covid19, 13 jóvenes murieron asfixiados al intentar escapar de una discoteca ilegal limeña durante un operativo policial. Estaban entre un tumulto que se aglomeró en la escalera que daba a la única salida, pero la puerta estaba cerrada y no se podía abrir, pues se abría hacía adentro. La puerta a la calle había sido cerrada por la policía, aunque este hecho demoró en ser comprobado, pues la policía misma mintió a la prensa, al indicar que el tumulto la había cerrado.

Salió la noticia a la prensa, retratado como un trágico accidente. Rápidamente corrió un rumor de que la policía había provocado el pánico al activar bombas de gas lacrimógeno dentro de la discoteca, pero no hubo ninguna evidencia que indica que eso hubiera pasado. Poco después, el presidente del Perú manifestó a la prensa su pena por las muertes y su ira hacia el dueño de la discoteca ilegal; se comenzó a investigar sobre las irregularidades burocráticas detrás del funcionamiento de la discoteca; y la fiscalía publicó un comunicado que indicaba que, de los 13 muertos, 11 estaban infectados de Covid19. Esto último reforzó los comentarios que, mientras tanto, abundaban en redes sociales; comentarios que indicaban que la responsabilidad estaba con los propios jóvenes fallecidos, por haber desatendido las normativas oficiales de prevención de contagio. De muchos de estos comentarios, se desprendía que sus muertes se percibían como justas. Tuvieron que pasar varios días más para que salieran a la luz irregularidades en la actuación de la policía, incluyendo intentos por encubrir su responsabilidad de los hechos, y, finalmente, el Presidente exigió una investigación y se reemplazó el Ministro del Interior.

Este episodio, aunque espantoso, no es insólito para el Perú, país donde las muertes anuales por ‘conflictos sociales’ son significativas (62 muertos y 1.894 heridos entre 2013 y 2019, y tres muertos en un conflicto social durante la pandemia, según la Defensoría del Pueblo), y donde trabajadores rutinariamente mueren por falta de seguridad en sus lugares de trabajo (en diciembre murieron dos jóvenes trabajadores de McDonalds en un local a pocas cuadras de la PUCP; el Ministerio de Trabajo reportó 160 accidentes laborales mortales en el 2019). Más aún, el Perú es un país de posconflicto, y este caso es uno de muchos que parecen el retorno de recuerdos reprimidos de la violencia política de los 80 y 90: discursos que sugieren que las víctimas merecían morir; la tendencia centrar explicaciones de sucesos trágicos en unos cuantos individuos malos; instituciones estatales que encubren su responsabilidad en la muerte de ciudadanos o sugieren que sus muertes eran necesarias; y una relativa falta de crítica en la discusión pública a las fuerzas del orden, sobre el fondo de un rumor difuso de desconfianza frente a los mismos.

De hecho, las discusiones públicas de la tragedia del Covid19 en el Perú han estado repletas de evocaciones del periodo de violencia política, con el efecto de dar un tinte local a la tendencia global a enmarcar las medidas tomadas contra el contagio como una “guerra” contra el virus. Se han hecho comparaciones de cifras de muertes por Covid19 y por Sendero Luminoso (el grupo armado); abunda la idea de que algunas víctimas merecen morir; surgen recuerdos de la escasez y del toque de queda característicos de ese periodo; se reconocen las prácticas policiales abusivas y verticales (como obligar a infractores de la cuarentena a realizar ejercicios físicos de castigo, hecho reportado incluso en prensa considerada de izquierda sin una mínima consciencia crítica); y también, claro, estrategias de supervivencia de parte de sectores populares, como el retorno de la olla común. Ante una situación que tantos calificaron de “sin precedentes”, más bien los recuerdos de experiencias de sufrimiento previas han estado muy a la mano.

Es esta sensación de que nada cambia, del retorno de sufrimientos análogos a los de la violencia política junto con las deficientes respuestas sociales e institucionales que recibieron en el pasado, que quiero considerar en esta ponencia desde la noción de patología social de la Teoría Crítica. El acercamiento a este problema como una patología social nos permite, como sugieren autores de esta tradición, ir más allá de registrar o hacer una sintomatología del mal, sino captarlo como una crisis que nos fuerza a hacer una reflexión crítica, que será, como especifica Jaeggi (2015), inmanente (pues no nos ubicamos fuera de la situación problemática, sino que desde dentro de esta, buscamos las fuerzas y herramientas críticas para ir más allá de ella). Esto pasa por no solo señalar que el mal es social sino ofrecer una “explicación socio-teórica históricamente sensible” [“historically sensitive socio-theoretical explanation”] (Zurn 2011: 366) de este sufrimiento, y de su raíz en una “deformación de la racionalidad” social (es decir, la obstrucción de una capacidad de reflexión (auto)crítica colectiva) (Honneth 2007: 30). Esto, según esta tradición de autores, supone entender el problema de primer orden (el sufrimiento social) como el resultado de un problema de segundo orden, un problema al nivel de cómo, desde qué criterios normativos, nociones o esquemas culturales, se fracasa en el modo de percibir o entender ese sufrimiento (como resultado de la ideología, o de la reificación, por ejemplo). Propone Zurn (2011) que el quid de la cuestión reside en una desconexión entre el segundo orden (cómo se entiende socialmente el sufrimiento social) y el primer orden (el sufrimiento social mismo), desconexión que es en sí misma causada social e históricamente, sistémica (fundada en instituciones y prácticas), persistente (pues involucra una fijeza e impermeabilidad a la crítica) y funcional para la perpetuación de las causas social de ese sufrimiento.

Como he insinuado arriba, el caso de la discoteca intervenida es un caso de sufrimiento social que está siendo sostenido por un mal funcionamiento a nivel de segundo orden y, además, las maneras en las que evoca recuerdos de la violencia política sugieren que es una instancia de una problemática de larga data y sistémica; es decir, estamos ante una patología social. Nuestra manera de entender la violencia política en su momento y a posteriori, que ahora vuelve a presentarse ante el Covid19, no está reflejando bien el sufrimiento social y sus causas, en ambas instancias. Culpar a las víctimas de sus propias muertes, individualizar la causa o ver el suceso como una excepción, y desenfatizar la responsabilidad policial, indica una comprensión social del propio sufrimiento que no solamente no sirve para entender el problema, sino que sostiene o alimenta el problema. Culpar a la víctima alienta la apatía o indiferencia que favorece la continuidad de violentas prácticas institucionales y estatales; individualizar la raíz del problema sugiere que el sistema judicial puede hacer algo por responder a la situación pero no hace nada para detener los patrones sociales y económicas que están detrás del comportamiento nada excepcional de este individuo; y no identificar como problema el diseño de este operativo policial no permite la reflexión crítica sobre sus causas y la corrección de procedimientos institucionales.

Es, entonces, no solo los hechos de la discoteca que hacen que estemos ante una patología, sino las maneras en que hemos, desde lo discursivo y por lo general, respondido a estos hechos. Algunos en nuestro medio han notado el problema de esta reacción, de este segundo orden: el escritor Juan Manuel Robles en su columna en Hildebrandt en sus trece nota la extraña e injustificable falta de crítica al operativo policial y considera a aquellos que juzgan responsables a las víctimas como presos de “la indolencia sociópata del nuevo peruano arrogante”, lo cual alude a una patología compartida y producto de lo social. El mismo autor señala que habría que enmarcar la decisión de las víctimas de acudir a una discoteca dentro de la “hipocresía” de un sistema que anuló “su capacidad de evaluar el asunto” cuando los obligó a “volver a trabajar con el mismo horario de antes . . . [pero con] colas más largas en el Metropolitano”.

El segundo comentario suyo muestra lo problemático de la manera más común en que se han planteado, en redes, críticas a aquellos que culpabilizan a las víctimas: la indignación moral y el llamado a la empatía, o el señalar que ningún ser humano, como ser con derechos, merece morir de esa manera. Jorge Rodríguez Rios, activista juvenil y ex candidato al congreso por un partido de izquierda, muestra una actitud crítica y no moralista al pedir que “no seamos solo empáticos sino que entendamos el fenómeno social y seamos críticos para plantear soluciones”. Señala que, al culpar a las víctimas, “solo estaríamos viendo las consecuencias del problema y no las causas”, y sugiere que las “razones de fondo” incluyen “la hegemonía de una psicología individualista” característica del “neoliberalismo” que desmerece la importancia del Estado y de la comunidad. Desde tal perspectiva, el moralismo o apelación al marco de los “derechos” no da cuenta de las causas sociales, económicas e históricas de la falta de respeto a los derechos, o la falta de empatía. Como señala Freyenhagen (2018), el marco conceptual de la patología social ha sido históricamente excluido de la filosofía política contemporánea por la priorización de la noción de “derecho” y la “justicia” sobre una visión holística e integral de la sociedad que pueda explicar la sistematicidad y larga duración histórica de patrones de injusticia. El moralismo sería entonces otro esquema de segundo orden que no está sirviendo para enmarcar bien al sufrimiento de primer orden.

Ahora bien, no se trata de juzgar desde una crítica trascendente qué está ‘realmente’ pasando en la sociedad peruana y cómo se ‘debería’ abordar, pues tal tipo de crítica no solamente correría el riesgo de no reconocer bien la situación específica, sino de condenarse a la irrelevancia en términos prácticos, por no conectarse con los discursos y acciones reales del grupo social en cuestión. Más bien, hay que buscar aquellas dimensiones de la vida social que aún permiten reflexión crítica y acción transformativa, es decir, dimensiones que no están patologizados, para recoger de allí criterios y recursos para una crítica inmanente. Por eso, varios teóricos críticos insisten en la importancia de articular crítica con movimiento social. Como investigadora de la literatura, el arte y la cultura, no voy a enfocarme en cómo el movimiento social puede ayudar, sino que quisiera explorar cómo y en qué medida la producción cultural lo puede hacer. Si rondan por nuestra experiencia actual los recuerdos colectivos de la violencia política de los 80 y 90, quizá pueda iluminar nuestra situación actual, la profusa producción cultural peruana que ha abordado e intervenido en la memoria de ese periodo, especialmente si la estudiamos desde las herramientas de la teoría crítica. ¿Nos permite visualizar qué desconexiones hay entre el segundo y el primer orden, desconexiones que impiden que demos soluciones a nuestros malestares sociales? ¿De ella, puedan surgir ideas, reflexiones, experiencias estéticas, o afectos que vuelvan a conectar adecuadamente el segundo con el primer orden? ¿Ofrecen recursos para plantear soluciones transformativas?

Como siempre en la cultura, vamos a ver que su rol será doble, ambiguo, complejo. Por un lado, participa de la patología, la sostiene y es sintomática de ella; por otro, es el terreno de la exploración y la creación, donde pueden surgir nuevos espacios de reflexión, conceptualizaciones de segundo orden, así como prácticas, afectos, goces, sensaciones, percepciones y comunidades. Además, incluso en su dimensión de ser síntoma, es a la vez una representación de esta, con lo que nos proporciona una materia a analizar donde pueden quedar más perfiladas y reconocibles algunas dinámicas sociales.

La novela más vendida a nivel nacional sobre la violencia política peruana es Abril rojo de Santiago Roncagliolo (2006). Esta novela reconoce y denuncia varios de los sufrimientos que están en juego en nuestro presente. Es una novela policial sobre una serie (ficticia) de asesinatos cometidos en el 2000, cuando la violencia supuestamente había terminado, pero la novela subraya que en la práctica seguía, como sigue hasta ahora en menor medida, en algunas zonas del país. En él, un fiscal, personaje principal, es al parecer bonachón e ingenuo (“cojudo”, en la jerga local), pero catastróficamente ineficiente en su trabajo de investigar las muertes y, luego, en un giro de la trama, termina siendo asesino y violador. No sospecha de la autoridad militar que termina siendo el culpable, pese a se retrata a las autoridades militares y policiales como perdidamente corruptos. En estos sentidos, la novela funciona bien como una sintomatología (Zurn 2011) de sufrimientos compartidos, y da cuenta de que son sociales y omnipresentes. Sin embargo, con la ayuda de Zurn (2011) podemos notar que no nos ayuda a comprender por qué se dan estos síntomas y por qué están tan generalizadas. Finalmente, el asesino es revelado como un psicópata, así como el mismo fiscal es revelado como un “loco”, alguien que ha perdido la memoria por un trauma personal infantil. Como ha explicado el mismo Roncagliolo, esta combinación de cojudo (el fiscal) y psicópata (el militar asesino) le sirve como esquema para su ficción, ofreciendo a su lector tanto el humor como el goce macabro. Pero desde la perspectiva de la teoría crítica, el precio es alto, pues individualiza la patología que está en juego; sugiere que estas violencias y sufrimientos sociales son de alguna manera resultado de una acumulación de patologías individuales y, al hacer eso, socava cualquier tentativa de explicar convincentemente su generalización e imaginarles soluciones sociales e integrales. Así, el esquema cojudo/psicópata resulta en una desconexión entre el segundo orden y el primer orden del sufrimiento social que la novela retrata, y tal desconexión permite la naturalización de ese mismo sufrimiento en su significativo público lector peruano.

Pero la novela sí puede, si la leemos en diálogo con la idea de patología social, permitirnos observar que el individualizar la responsabilidad, y tomar como una excepción el tipo de sufrimiento social que hemos notado en el caso de la discoteca no es, valga la redundancia, ninguna excepción, y por tanto que el problema viene siendo sostenido por patrones culturales de amplia difusión que bloquean la capacidad de reflexión y transformación social. La novela da cuenta además de otro bloqueo a la capacidad de reflexividad crítica colectiva que, según la categorización de Laitinen, daría cuenta del tercer orden de una patología social, pues se refiere al bloqueo que hace que la sociedad se cierre a los efectos transformativos de observaciones críticas (2015: 50). En el comienzo, el fiscal ingenuo cree realmente en su rol como fiscal, y busca solucionar, a través de la justicia, un sufrimiento (los asesinatos). Al hacerlo, destapa sin querer una profunda red de corrupción y la sistemática negación por parte de autoridades de una violencia social que no están pudiendo controlar. Conjetura entonces que el asesino en serie que él persigue está relacionado con esta violencia social, y el lector es llevado a pensar lo mismo. Pero el final de la trama revela como cojudo no solamente al fiscal sino también a nosotros los lectores, por haber pensado que podía prevalecer la justicia, por un lado, pero también, por otro, por haber pensado que había una problemática social detrás de las muertes, cuando lo único que había era un psicópata. Es, en este sentido, una novela cínica, que reconoce problemáticas que termina por negar y deja a sus lectores con la sensación de que no hay nada que se puede hacer ante los sufrimientos sociales. ¿Cuánto de este cinismo está en juego en impedir la transformación de nuestra situación actual?

Otra novela – La hora azul, de Alonso Cueto (2005) –, también bastante vendida en el Perú, especialmente a colegios privados, y fuente de dos adaptaciones fílmicas (ambas de 2014) nos puede ayudar por otro lado a reconocer las limitaciones de la respuesta moral al sufrimiento social que hemos notado frente al caso de la discoteca, y cómo bloquear el tipo de reflexividad que sería necesario para hacerle frente de modo eficaz. En esta novela, Adrián Ormache, un abogado de clase alta, personaje principal y narrador, advierte que su padre, a quien creía héroe militar, había sido en realidad un torturador y un violador. Adrián, motivado por una sensación de culpa heredada, busca a una de sus víctimas e intenta establecer una relación empática, humana, caritativa y moral con ella. Pero, paradójicamente, este acercamiento desde la moralidad al sufrimiento de la víctima lo lleva a su vez a ver a su padre, el perpetrador, como un ser humano, de modo que sus crímenes quedan enmarcados en una visión cristiana de este como un ser trágicamente llevado hacia el pecado, pero capaz de ser redimido. Tal comprensión de su padre impide que el personaje-narrador dé cuenta de cualquier causa social o histórico de su comportamiento, pese a que su mismo acercamiento a la víctima conlleva su encuentro con (y la representación por la novela de) la marcada desigual social que enmarcan los hechos de la trama. De modo revelador, a la vez, Adrián, pese a sus buenas intenciones, comienza a repetir algunas de las actitudes y comportamientos de su padre hacia la víctima. Al final de la novela, la víctima está muerta, se sugiere que por suicidio, y Adrián sigue su vida como abogado de la clase alta, aunque ahora más empático, más humano; en uno de los últimos pasajes, lamenta que no haya nada que pueda hacer para que el país deje de estar dividido en dos “lados” (los poderosos y los desposeídos). Así, esta novela ambigua juega en los bordes entre proponer la moralidad como único remedio posible a los males sociales y demostrar su absoluta futilidad y, más aún, complicidad en la continuidad de abusos y desigualdades sociales: la moralidad empática no permite un horizonte de transformación social, sino que en última instancia conlleva una visión trágica y resignada de la existencia humana.

Estas dos novelas, en términos de Zurn (2011), pueden entonces ayudarnos a realizar las primeras dos tareas de la teoría crítica frente a la patología social frente a la que seguimos en el presente: dan cuenta de un sufrimiento (sintomatología), y que es social (epidemiología). Pero no nos adelantan en las otras dos tareas: no ofrecen explicaciones convincentes sobre sus causas reales ni, por tanto, trazan caminos terapéuticos para lidiar con nuestra patología social. A lo más, pueden ayudarnos a reconocer algunos desencuentros entre el primer y el segundo orden; pero también naturalizan estos desencuentros y promueven cierta resignación, que quizá podamos entender como operando en el tercer orden de Laitinen (2015). ¿Puede el arte hacer más, o no debemos exigirle tanto?

Una producción cultural sobre la violencia política que va más allá de estos ejemplos es la obra teatral Sin título/Técnica mixta, del grupo Yuyachkani. Esta obra es imposible de reseñar en breve, pues no es narrativa; presenta una serie de escenas que se sobreponen y suceden en un escenario “caja negra” sin butacas. La estructura básica de la obra está compuesta de líneas de conexión entre la Guerra del Pacífico de fines del siglo XIX y la violencia política de los años 80 y 90 del siglo pasado: permite ver que las víctimas, los sufrimientos, y las causas de tales, no habían cambiado en esos 100 años. Sin embargo, a la vez, no presenta ninguna resignación trágica o cínica frente a estos problemas de larga data; más bien ofrece coordenadas para entender sus causas, referencias para entender el presente, y horizontes de esperanza basadas en aspectos saludables o sanadoras de la vida social. La obra obliga a su audiencia a posicionarse de manera crítica frente a múltiples pero conectadas causas históricas de larga data del sufrimiento social: un desprecio colonial frente a lenguas y manifestaciones culturales no-occidentales, el fracaso de instituciones estatales (incluidas las fuerzas del orden) debido a una cultura de la corrupción y una cultura autoritaria, y un vinculado modelo individualista de éxito y consumismo. La obra también hace que su audiencia sufra, como pesadillescas, diversas industrias culturales (“tele basura” y música comercial) que usualmente ayudan a sostener la situación social, al reforzar la pasividad de los sujetos en estructuras de dominación y al obturar su capacidad crítica. A la vez, la obra rescata y repotencia algunos símbolos colectivos y hace que su audiencia participe, incluso físicamente, de diversos ritos y momentos fugaces de sanación y comunidad basadas en aquello que no está patologizada en nuestra sociedad, como bailes, festividades, protestas, y recepción colectiva de testimonios detallados de sufrimiento. Así, Sin título/Técnica mixta no se queda en el nivel de provocar empatía por las víctimas y denunciar los males, sino que nos ofrece maneras de entender lo pasado, reconocer los aspectos del segundo orden que está sosteniendo la situación patológica, y siembra una sensación de una buena vida social posible.

Pensar entonces el caso de la discoteca desde Sin título/Técnica mixta puede llevarnos a conectar con los recursos culturales que sí tiene nuestra sociedad de posconflicto para hacer una reflexión crítica útil sobre nuestro sufrimiento actual. Los dueños de la discoteca se ven no como origen del mal sino como parte de una sociedad guiada por el emprendedurismo y la búsqueda de ganancias dentro de la cultura del ‘éxito’; las instituciones estatales aparecen como atrapadas en lógicas culturales autoritarias y corruptas; se hace visible el rol de la desigualdad social en determinar quiénes son las víctimas; se revela como funcional al sistema patológico una cultura orientada al consumo y a la generación de ganancias (como la discoteca); y se hace un llamado a aquello que nos queda como sociedad intercultural de solidaridad, símbolos compartidos y reflexión crítica colectiva como para encarar el presente. En otras palabras, nos lleva a reconectar el segundo orden con el primero, para encuadrar bien la tarea social, cultural, histórica que tenemos por delante. No se trata, claro está, de que esta obra pueda por sí misma hacer algo por nosotros ahora; de hecho, por el Covid19, no puede siquiera ponerse en escena. Más bien la obra, junto con las novelas, a su manera, son por un lado una muestra de que nuestra cultura sí tiene herramientas reflexivas para hacer frente a la patología social actual, y que deben ser potenciada; y, por otro, una señal de que cualquier empresa de transformación social se beneficiará de tener como una de sus dimensiones un trabajo cultural y simbólico que sirva para mapear y batallar (desde lo simbólico, afectivo y crítico) nuestras patologías sociales, que son sostenidos, a su vez, significativamente por la cultura.

Obras citadas

Cueto, Alonso. La hora azul. Lima: Peisa, 2005.

Defensoría del Pueblo. Defensoría del Pueblo: al mes de julio se registran 192 conflictos sociales. Sitio web de la Defensoría del Pueblo. 16 agosto 2020. 15 de setiembre 2020. https://www.defensoria.gob.pe/defensoria-del-pueblo-al-mes-de-julio-se-registran-192-conflictos-sociales/

Falen, Jorge. Conflictos sociales dejaron 62 muertos y 1.894 heridos en los últimos seis años. El Comercio. 1 de agosto 2019. 15 de setiembre 2020.https://elcomercio.pe/peru/conflictos-sociales-dejaron-62-muertos-1-894-heridos-ultimos-seis-anos-noticia-ecpm-660907-noticia/

Fowks, Jacqueline. La muerte de dos empleados de McDonald’s indigna a Perú. El País. 19 de diciembre 2019. 15 de setiembre 2020. https://elpais.com/internacional/2019/12/18/america/1576627016_774946.html

Freyenhagen, Fabian. Critical Theory and Social Pathology. The Routledge Companion to the Frankfurt School. Peter E Gordon, Espen Hammer and Axel Honneth, eds. New York and London: Routledge, 2018. 410-423.

Honneth, Axel. A Social Pathology of Reason. On the Intellectual Legacy of Critical Theory. Pathologies of Reason. On the Legacy of Critical Theory. New York and Chichister: Columbia UP, 2007. 19-42.

Jaeggi, Rahel. Towards an Immanent Critique of Forms of Life. Raisons Politiques 57.1. 2015. 13-29.

Laitinen, Arto. Social Pathologies, Reflexive Pathologies, and the Idea of Higher Order Disorders. Studies in Social and Political Thought. 2015. 44-65. 10.20919/sspt.25.2015.48.

Robles, Juan Manuel. Ronderos de las redes. Hildebrandt en sus trece 504. Agosto 2020.

Rodríguez Rios, Jorge. Publicación en Facebook. 24 de agosto 2020. 15 de setiembre 2020. https://www.facebook.com/jorge.rodriguez.jp.7/photos/a.102020591274037/204056287737133/

Roncagliolo, Santiago. Abril rojo. Lima: Alfaguara, 2006.

Yuyachkani, Grupo Teatral. Sin título / Técnica mixta. Obra teatral, puesta en escena periódicamente desde 2004. Lima.

Zurn, Christopher. 2011. Social Pathologies and Second Order Disorders. Axel Honneth: Critical Essays. Leiden and Boston: Brill, 345-370.

* Ponencia leída en las VII Jornadas sobre Teoría Crítica, “Patologías sociales: Los orígenes de la teoría crítica”, organizadas por el Grupo de Investigación sobre Teoría Crítica (PUCP). Viernes 18 de setiembre, 2020.

Créditos de la imagen: https://elcomercio.pe/luces/teatro/impreso-titulo-tecnica-mixta-nuestra-critica-obra-yuyachkani-noticia-524557-noticia/ Foto: El Comercio