El que calla, otorga. En torno a la imparcialidad, la moderación y la equidistancia en contextos de agitación política

Por Felipe Portocarrero O’Phelan

I

No han sido pocas las veces en las que, durante estos tortuosos dos meses y poco más de la campaña por conquistar la presidencia del Perú, los legítimos intentos por expresar visiones ponderadas y meditadas de nuestra realidad política han llamado a tomar una posición “equidistante” en la que, supuestamente, y cual tabula rasa, construyéramos, prácticamente desde cero, narrativas sobre los dos candidatos que entraron en contienda. Esto pues, la primera vuelta nos había revelado una realidad electoral fragmentada en la que la representatividad de cada candidato participante generaba dudas más que razonables sobre la posibilidad de lograr estabilidad durante el siguiente quinquenio.

El resultado, para muchos, fue una gran sorpresa. Fuera de los balances que se podrían hacer en relación con cada una de las 23 campañas, lo concreto es que al balotaje llegaron dos candidaturas. Por un lado, Pedro Castillo, el candidato que los medios del establishment acordaron en llamar de izquierda “radical”, en comparación con la izquierda “progresista” y más moderada; por el otro, Keiko Fujimori, la candidata a la que, aquellos mismos medios, calificaron como de derecha conservadora, haciendo el mismo ejercicio y distinguiéndola de la derecha liberal y la derecha ultraconservadora, como una especie de punto medio entre ambas. Hasta allí todo bien, un nombre desconocido versus otro bastante conocido. Asimismo, dos trayectorias de vida marcadamente distintas, sobre las cuales no entraremos en discusión en este momento, puesto que ya nos debemos encontrar saturados de la profusa cantidad de información que ha circulado sobre ambos.

Ahora bien, es cierto que, fuera de las etiquetas políticas, la primera vuelta nos dejaba un escenario polarizado desde un punto de vista ideológico, pero también una aguda crisis de representatividad entendiendo que se trataba de dos candidatos que, juntos, contemplaban a casi un quinto del electorado hábil para sufragar (aproximadamente 5 millones de peruanos). No obstante, en este intento de democracia liberal en el que vivimos desde la caída del fujimorato, en el que las elecciones generales y, por lo tanto, el derecho al voto, se han vuelto el paradigma de nuestra agencia política individual y colectiva, nos veíamos obligados (no en mi caso, puesto que mi voto fue definitivo desde la primera vuelta, pero pretendo ejercitar mi empatía con quienes veían con recelo a ambos candidatos) una vez más, a elegir el “mal menor”.

II

Habermas no se equivoca en su artículo “Tres modelos normativos de democracia” (1994) cuando señala que las democracias liberales contemporáneas proponen una noción de política que se construye en función de la competencia estratégica entre distintos grupos de interés formados por individuos, propiciando la lucha o, por ponerlo de otra manera, la competencia por posiciones que aseguren la capacidad de disponer, en mayor o menor medida, del poder burocrático, y que deriven en la aceptación ciudadana e individual, a través del sufragio, de una persona, un programa y una propuesta política. Los ciudadanos operarían individualmente en función de sus intereses privados, que les servirían de base para agruparse convenientemente con otros individuos que persiguen el mismo propósito y, así, poder materializar sus objetivos y ver realizados sus proyectos de vida.

Dicho así, las relaciones sociales en la esfera público/política operarían en función de una lógica de costo/beneficio, en la que mi vinculación con otros individuos estaría supeditada a dos condiciones: las distintas formas de capital (económico, social, cultural y simbólico) que podría adquirir, incrementar y acumular en el tiempo, y a la garantía de que tal asociación me va a permitir realizar lo antes señalado. La racionalidad de los individuos, los ciudadanos, en tanto potenciales agentes políticos, seguiría una secuencia similar, en la que la asociación a un determinado proyecto político y, por lo tanto, al candidato que lo representa, vendría por medio de la garantía de que aquellos intereses individuales se verían realizados o, al menos, representados. De esta manera, el ciudadano ejercería su voto individual y secreto.

No obstante, la realidad no titubea cuando se trata de desbaratar cualquier acercamiento teórico y racional a los fenómenos políticos, y eso es algo de lo cual no podemos escapar, aunque así lo deseemos. De manera que, si intentamos dar una lectura al fenómeno político de la segunda vuelta presidencial del 2021 utilizando el modelo normativo de democracia liberal antes planteado, podríamos encontrar la base para sustentar lo que podríamos denominar la “dimensión racional” y comprensible de la adhesión y voto por el candidato Castillo o la candidata Fujimori, en el que los distintos ciudadanos han encontrado representación y la posibilidad de que sus intereses sean salvaguardados. Esto, a mi parecer, tomó la forma de la idea de “cambio del modelo” que venía de la mano del candidato de la izquierda, por un lado, mientras que, en el caso de la candidata de la derecha, se trató de la “defensa del modelo”. Asimismo, esa “dimensión racional” incorporó las preocupaciones de una y otra orilla ideológica asociadas, sobre todo, a los vínculos del candidato Castillo y a los antecedentes, vínculos e historial político de la candidata Fujimori. Las decisiones surgidas como producto de la deliberación sobre el costo/beneficio que cada candidato traía consigo, de acuerdo a lo señalado hasta ahora, quedarían plenamente justificadas.

Lo llamativo de los fenómenos políticos en el Perú – sobre todo el fenómeno político-electoral – es lo lejos que se encuentran de lo que plantean con precisión los modelos normativos que, en general, se han planteado para las democracias en el mundo contemporáneo. Y es que parece que a la “dimensión racional” que hemos caracterizado, se le suma, y con mucha fuerza, una “dimensión anti-racional”, que se expresa en una exacerbación de los prejuicios, los miedos, la mentira, la descalificación, el insulto, en una palabra, la imbecilidad. A lo señalado, habría que añadir la mediocre cultura política de la mayor parte de ciudadanos, que no sabe ni quiere saber de conceptos ni de historia, y el pobre acompañamiento de los medios, los cuales deberían ser formadores responsables de la opinión púbico/política a partir de un verdadero ejercicio de la imparcialidad, cosa que ha estado muy lejos de suceder.

III

De manera que, en mi opinión, resulta imperativo preguntarse ¿equidistancia? ¿Equidistancia para pronunciarse sobre un proceso electoral plagado de racismo, clasismo y terruqueo provenientes, fundamentalmente, de uno de los “lados”? ¿Equidistancia para callar frente a medios de señal abierta (televisivos, radiales y de prensa escrita) vulgarmente sesgados, irresponsablemente parcializados y con escándalos de despidos y renuncias de por medio? ¿Equidistancia cuando la candidata Fujimori se ha dedicado a alimentar sin reparos los fantasmas de las épocas más oscuras de nuestra historia? ¿Moderación ante los fraudulentos pedidos de fraude, los maliciosos llamados a las fuerzas armadas y las furiosas exigencias por un golpe de estado venidos desde una derecha fermentada? ¿Tibieza frente a la hemorrágica circulación de fake news, montajes y editados, en su mayoría difundidos por la derecha que apoyaba a la candidata Fujimori? De ninguna manera.

Recordaba, pues, que la doctrina aristotélica del justo medio no nos hablaba de un justo medio geométrico, sino de un justo medio relativo a nosotros, al contexto, al fenómeno que exige de nosotros una toma de posición y una decisión. Un justo medio móvil, que responde a lo que la realidad evidencia en toda su amplitud. De manera que, si se trata de ejercer la equidistancia para expresarse sobre el acontecimiento político que acabamos de experimentar, pues resulta inevitable, una exigencia, a decir verdad, denunciar enfáticamente lo abyecto, la bajeza moral y la mediocridad del fujimorismo, de lo que representa y de lo que pretende, todo esto encarnado en la ya bastante triste figura de Keiko Fujimori. Esperemos que en el necesario espacio reflexivo que se tiene que abrir desde ya, no olvidemos lo que acaba de acontecer y la manera en cómo ha operado buena parte de nuestra derecha, para que así podamos resolver pedagógicamente, éticamente, un mejor destino para el país, pero también una manera más justa de ejercer la tan mentada “equidistancia”.

Créditos de la imagen: Aldair Mejia/La República

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