Contra la ilusión electoral: ¿Por quién vas a votar este 11 de abril?

Por Rodrigo Maruy

A pocas semanas de las elecciones del Bicentenario, nunca está de más recordar aquello que en el fondo sabemos, pero que solemos olvidar en épocas de campaña, confrontación y espectáculo político, a saber: que ningún presidente va a salvar al Perú. Ninguno, o al menos no por su cuenta.

Perdonen la obviedad, pero lejos de querer fomentar una suerte de fatalismo que resuene con el sentimiento generalizado de desgracia que nos ha traído la crisis sanitaria, económica y política, lo que quiero hacer aquí es más bien combatir esta terrible ilusión electoral que cada media década se apodera de nosotros, el electorado o, mejor dicho, la ciudadanía. En una palabra, la ilusión electoral consiste en personificar a un gobierno posible en la figura del candidato de turno y sus palabras, posturas, proyectos y promesas, como si una persona fuese capaz de salvar a este país. Para bien o para mal, ¿no fue eso lo que pasó con quienes votaron en primera vuelta por PPK y su gobierno de lujo, o con quienes creyeron que Vizcarra era algo así como un paladín de la justicia en la lucha contra la corrupción tan solo porque se atrevió a disolver un mal intento de congreso, o incluso con quienes se dejaron deslumbrar hace no mucho por el imponente currículum de Sagasti y sus infelices declamaciones? ¿No fue eso mismo lo que pasó también con la supuesta mano dura de Humala, con los bellos discursos de García y con la promesa democrática de Toledo, así como pasa ahora con quienes se ilusionan cándidamente por López Aliaga, de Soto, Lescano o Mendoza?

Cierto, en la segunda vuelta es casi una tradición nacional que muchas personas terminen votando desilusionadas por el menor de los males posibles, porque “ninguno de los candidatos me representa de verdad”. Esta actitud peruanísima es, sin embargo, un resultado más de la misma ilusión electoral que quiero delinear y combatir aquí: la ilusión de creer que podría haber algo así como un candidato ideal que, por su cuenta, sea capaz de resolver los grandes problemas que atormentan al país. En realidad, nada termina siendo más apolítico o antidemocrático que esta actitud derrotista e ilusoria.

¿Por qué? Perdonen de nuevo esta obviedad, pero es porque nos hemos comido el cuentazo de que la política no es sino un asunto que le concierne al Estado y, por ende, a esa horda miserable de funcionarios públicos corruptos e ineficientes que desde hace varias décadas nos gobierna, y no sin (cierta) impunidad. En tiempos de crisis, nada es más peligroso que querer reducir la política al quehacer del Estado, como si esta fuese un asunto privado que le concierne exclusiva y por lo tanto paradójicamente a los funcionarios públicos de turno, a los especialistas, a los burócratas, a los expertos, a los tecnócratas: a los corruptos. Muy por el contrario, sabemos que en el fondo la política tiene que ver más bien con los asuntos públicos, sabemos que la política es literal y etimológicamente una cosa pública, nuestra res publica: la República del Perú.

Así pues, sabemos que la política es un asunto común y que, en tanto tal, le concierne a toda la ciudadanía. Lo repito: a toda la ciudadanía, es decir, no solo al Estado, no solo al gobierno y no solo a esa horda de funcionarios públicos corruptos e ineficientes que se jactan de haber sido elegidos de manera democrática. De hecho, la idea básica de una democracia moderna es que toda la ciudadanía pueda participar con libertad, pueda tener no solo un voto, sino también una voz, pueda expresarse y pueda contribuir así con nuestra vida política en común. Dicho de otro modo, la idea básica de una democracia moderna consiste en que toda la ciudadanía pueda participar en los asuntos públicos libre e independientemente de su “raza”, clase, género, postura política, nacionalidad, discapacidad o demás categorías históricas que han servido (y sirven aún) para justificar y perpetuar prácticas de discriminación y exclusión social. Por supuesto, cuando hablo de toda la ciudadanía no me refiero solamente a quienes el Estado reconoce de facto como ciudadanos con derechos plenos, sino también a todas aquellas personas que cohabitan en nuestro Perú y que, de una u otra manera, son parte de nuestra comunidad política: muy a pesar de que el Estado no lo reconozca, ya sea en la teoría, ya sea en la práctica.

Ahora bien, contra la idea básica de lo que ha de ser una democracia moderna, la terrible ilusión electoral consiste no solo en idealizara un candidato, como bien he dicho, sino fundamentalmente en tergiversar el concepto de representación política. En concreto, la ilusión electoral consiste en creer que la representación política se reduce tan solo al hecho de cederle el poder durante 5 años “a mi candidato preferido y ya que él se encargue de representar mis intereses. Después de todo, esa es su chamba pes, así como yo tengo mi chambita y soy una persona ocupada, que él también haga la suya. Y si la hace bien, con obras y todo, ya pues: una raya más al tigre si por ahí saca su coima, ¿no?”. Pues no, para nada. Contra la ilusión electoral, la representación política no significa lavarse las manos después de votar, como si la responsabilidad ciudadana se fuera por el caño junto con los restos de tinta que habrán de reposar sobre tu dedo índice este 11 de abril. Antes bien, la representación política solo tiene sentido si es un proceso constante: un proceso constructivo, dialógico y cooperativo, esto es, un proceso realmente democrático donde participe toda la ciudadanía: con el Estado, sí, pero también contra el Estado. “Ya pe causa, veo mucho floro aquí y nada concreto. A la firme, ¿qué es lo que propones?”.

Pongámoslo así: quien sea que asuma la presidencia del Perú este 28 de julio va a sumergirse inevitablemente en aquel océano de corrupción y podredumbre que es el Estado. Quien sea que asuma la presidencia del Perú va a tener que lidiar con una burocracia sistemáticamente ineficiente, con carencias económicas brutales en términos de infraestructura, tecnología y servicios públicos, con presión política y juego sucio por parte de la oposición y sus diversos tentáculos en el poder legislativo, en el poder judicial y en la prensa amarillista. Quien sea que asuma la presidencia del Perú va a zambullirse de lleno en este océano de corrupción e ineficiencia, donde el viento, la marea, la corriente y las tormentas son definidas además no por los ciclos regulares de la naturaleza, sino más bien por el arbitrio de los grandes grupos empresariales, de los lobbies, de las mafias y de los monopolios que han logrado acumular suficiente capital para intervenir, sabotear, corromper y poner en jaque no solo al Estado, sino también a la idea misma de un mercado libre, funcional, competitivo y eficiente. Sí, esos grandes grupos de inversionistas tanto nacionales como internacionales cuyo capital apátrida lucra día y noche con la falta de desarrollo industrial y tecnológico que caracteriza a nuestro Perú. Porque a sus ojos no somos sino otro de esos países exportadores de materias primas cuya economía tercermundista literalmente depende de la inversión extranjera para sobrevivir. Porque a sus ojos no somos sino otro de esos países subalternos que, muy a pesar de su condición precaria y de su evidente sujeción a las potencias internacionales, está convencidísimo de que es libre e independiente o, como se dice ahora, está convencido y orgulloso de ser su propio jefe. Que Dios bendiga la creatividad.

Por desgracia, quien sea que se sumerja en aquel océano estatal este 28 de julio va empaparse de corrupción e ineficiencia a cuerpo entero. Quizás algunos candidatos ya hayan desarrollado escamas, aletas y branquias, pero para quienes (aún) no lo han hecho, recordemos que la piel humana es porosa y que los vicios se contagian de manera fácil. La gran lección de Darwin es que los seres humanos, a pesar de nuestro orgullo colosal, también estamos sometidos al proceso constante de evolución como cualquier otra especie sobre la faz de la tierra. Somos animales: nuestros organismos, nuestros cuerpos e incluso nuestra genética cambian a lo largo del tiempo en una relación adaptativa con el entorno. La gran diferencia es que nuestro entorno no es solo material y biológico, sino también social, cultural y simbólico: nos adaptamos no solo para sobrevivir, sino también para encajar en la sociedad que nos rodea. La gran lección de autores como Adorno, Foucault y Bourdieu es que el entorno social se refleja también en nuestro cuerpo, atraviesa nuestra piel, dispone nuestro comportamiento, nuestras reacciones emocionales y nuestros impulsos, articula nuestros roles sociales, impregna nuestra voz, nuestro dejo, nuestra entonación y nuestras muletillas, configura nuestra forma de pensar y de juzgar, definiendo incluso los criterios que nos ayudan a distinguir lo bueno de lo malo, lo correcto de lo incorrecto, lo bello de lo feo y hasta lo verdadero de lo falso. Dime con quién andas y te diré quién eres. En una palabra, la presión social del entorno permea a los individuos, cala en lo profundo de nuestro ser y configura nuestros patrones de pensamiento, sentimiento y acción: somos libres, sí, pero al mismo tiempo somos animales sociales. Insisto: nuestra piel es porosa, y quien no haya tenido la oportunidad de experimentarlo es porque lamentablemente nunca ha salido de su burbuja. A propósito de la gran burbuja, en Lima es un lugar común decir que los políticos son una sarta de ratas. Pues bien, tampoco es casualidad que las ratas sean grises en la ciudad, y pardas en el campo. De nuevo: el entorno importa, y mucho.

Es por tales motivos que ningún presidente va a salvar al Perú. Contra la ilusión electoral: ningún individuo va a salvarnos, o al menos no por su cuenta. Así pues, si lo que verdaderamente queremos es (re)construir este país –esta República–, entonces no nos basta con un líder o lideresa a cargo del poder ejecutivo. Lo que vamos a necesitar es sobre todo cooperación entre la ciudadanía, toda la ciudadanía, y el Estado. Vamos a necesitar un tipo de organización ciudadana que vigile constantemente a las élites políticas y económicas. Un tipo de organización ciudadana fuerte y solidaria que le impida a los funcionarios públicos y a los grandes grupos empresariales abusar del poder que innegablemente concentran. En este segundo caso, sabemos que pocas cosas serían peores que espantar a la inversión privada, pero tampoco podemos seguir sometiéndonos cabizbajos a condiciones unilaterales de explotación que nos mantengan en el subdesarrollo. A propósito del primero, tampoco podemos esperar que un Estado corrupto e ineficiente se reforme a sí mismo: ¿cuántas vidas más habrán de marchitarse injustamente si es que tan solo nos contentamos con seguir el largo y sinuoso camino de las reformas institucionales? La presión social tiene que ser (también) presión ciudadana, tiene venir (también) desde abajo y, en su quehacer, empoderar a toda la ciudadanía. Necesitamos edificar de manera conjunta, concertada y cooperativa una barrera, una suerte de presa que contribuya a detener o por lo menos a contener los oleajes de corrupción e ineficiencia que sin lugar a duda arremeterán furiosamente contra el gobierno de turno, salpicando miseria y desgracia por doquier.

Necesitamos mucho más que un voto este 11 de abril: necesitamos que este sea también el comienzo de un compromiso democrático constante. No se trata, pues, de elegir al candidato o candidata que represente tus intereses en mayor medida y listo, felicitaciones: cumpliste tu deber ciudadano. Al contrario, justamente porque el entorno, los intereses y las necesidades de la población cambian con el tiempo, la representación democrática tiene que ser un proceso siempre inacabado, y siempre renovado: la representación no es un contrato fijo que firmas con tu voto para (darte el lujo de) desentenderte de la política durante 5 años. No, la representación democrática es más bien una relación recíproca entre gobernantes y gobernados, una relación continua, constructiva, dialógica, cooperativa, participativa y, cuando tenga que serlo, confrontativa con el Estado. Un voto ha de expresar, pues, un compromiso político: no el compromiso de otorgarle poder a alguien, sino ante todo el compromiso de ejercer constantemente presión ciudadana –sea desde la familia, sea desde el trabajo, sea desde el vecindario, sea desde la sociedad civil, sea desde los medios, sea desde las redes sociales, sea desde las calles o sea desde todas las anteriores– para que el gobierno elegido cumpla no solo con sus promesas particulares, sino sobre todo con aquella promesa universal de una república democrática moderna, a saber: la promesa de que toda la ciudadanía sea capaz de contribuir libre y activamente con la constitución real dela cosa pública. Insisto: toda la ciudadanía.

Entonces, ¿quién tendrá suficiente apertura y humildad como para trabajar conjunta y cooperativamente con toda nuestra ciudadanía, sin fomentar la exclusión en base a prejuicios y estereotipos discriminatorios?, ¿quién podrá reconocer que un gobierno sin apoyo ciudadano, un gobierno sin una ciudadanía fuerte, organizada y solidaria no será capaz de sobreponerse a los oleajes de corrupción e ineficiencia que desde ya comienzan a perfilarse, implacables, en el horizonte?, ¿quién será lo suficientemente razonable para permitir que la representación política llegue a ser una relación democrática plena: una relación constructiva y, cuando sea necesario, incluso confrontativa entre la ciudadanía y el Estado?, ¿con quién podremos dialogar, participar, contribuir y de este modo acercarnos aunque sea un poco más al proyecto conjunto de hacerle justicia no solo al país, sino a la idea misma de una República, nuestra República? Contra la ilusión electoral, vale la pena conversar y reflexionar acerca de qué tan importante habrá de ser la consolidación de una ciudadanía organizada, fuerte y solidaria en el seno de un país que se encuentra sumido en un estado en crisis y en una crisis del Estado. Contra la ilusión electoral, conviene evaluar a los candidatos y candidatas no solo en función de sus propuestas, posturas e intereses, sino también en lo que respecta a su disposición política para contribuir con un proyecto ciudadano. Después de todo, esa es la idea fundamental de una democracia verdaderamente representativa. Así pues, contra la ilusión electoral: ¿ya sabes por quién vas a votar este 11 de abril?

Agradecimiento:

Lejos de ser originales, la mayoría de ideas y conceptos importantes que atraviesan este texto provienen en realidad de diversas discusiones en el marco del Grupo de Investigación sobre Teoría Crítica dirigido por Gianfranco Casuso, y el Coloquio de Filosofía Social dirigido por Robin Celikates. Sin poder hacerle justicia al inmenso bagaje teórico de ambos grupos, sobra decir que me encuentro sumamente agradecido por sus reflexiones y aciertos. Por el contrario, las diversas equivocaciones que puedan haberse filtrado en este texto, lejos de ser ajenas, me pertenecen.

Pintura: Deliberation, de Agustine Gokah.

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