Enfermo rico, enfermo pobre

Por Hernán Aliaga

En Nueva York, Nueva Orleans y Chicago, la mayoría de los fallecidos por covid-19 corresponden a las poblaciones afroamericana e hispana, personas que se encuentran en los estratos socioeconómicos inferiores. Hace unos días, en Perú, representantes de la comunidad afrodescendiente solicitaron la implementación de políticas de protección especiales al presidente Vizcarra. Este grupo poblacional no solo tiene predisposiciones particulares al desarrollo de enfermedades cardiovasculares, diabetes y obesidad, sino que, en particular, es mayoritariamente pobre.

Pero el virus que se regodea por el mundo no discrimina, qué va, se distribuye tan bien como el sentido común y te llega igual así seas socio del Regatas, asiduo al parque zonal o no tengas agua potable; seas limeño, chiclayano o tarapotino. Es el gran igualador. Madonna diseccionaba la pandemia mientras tomaba un baño de espuma cubierta en pétalos de rosa del siguiente modo: “Al covid-19 no le importa qué tan rico eres, qué tan famoso eres, qué tan divertido eres, que tan inteligente eres, dónde vives, cuántos años tienes…” Eso dijo Madonna. Gran cantante.

Solo como referencia: en España, según informe del 2017, las personas sin recursos tienen cuatro veces más posibilidades de morir que aquellos con rentas altas. En Estados Unidos y a propósito de la pandemia, las autoridades del condado de Los Angeles reportaron que los pobres tienen entre 3 a 4 veces más probabilidades de morir por covid-19 que los de clase media o alta. El coeficiente Gini para la desigualdad en el Perú nos sitúa alrededor de 0.60, mientras que en España es 0.35 y en USA 0.48 (0 y 1, perfecta igualdad y perfecta desigualdad, respectivamente).

Siendo el Perú mucho más desigual, no es de extrañar que las circunstancias sean aún mucho más agudas para quienes menos tienen.

Si hay un ritual cacofónico que reiteramos hasta volverlo decorado es que todos somos iguales, que negros, blancos, mestizos, homosexuales, transgénero, heterosexuales, mujeres y hombres somos todos personas, participantes de una humanidad común, hijos todos iguales a los ojos de Dios. Homo sapiens para los descreídos. Es decir, todos somos iguales a pesar de nuestras diferencias. Pero en ¿qué sentido somos iguales? No solo porque compartimos la misma descripción taxonómica y con ello las mismas capacidades: seres sintientes, capaces de afecto, dolor, conciencia y racionalidad; sino fundamentalmente, porque todos -universalmente- deseamos ser tratados con respeto.

Ese respeto (confundido a veces con la admiración concedida ante el reconocimiento de alguna excelencia) que demandamos y se nos debe, se da por nuestra mera humanidad, es decir, procede de habernos desacoplado de todas nuestras alhajas y estigmas, de nuestros atributos, títulos, poderes o limitaciones que la contingencia o el propio (de)mérito personal pudo otorgarnos. Vernos como humanos desde un plano humano, supone que nuestras actitudes fundamentales ante los demás estén desprovistas del valor que les asignamos a las “investiduras”: apellidos, cartones, emblemas, rangos, dinero, etc. Si ello parece óptimo para demoler el menosprecio del situado arriba, lo es igualmente para zanjar la intimidación y vergüenza que horada la psique del que se sitúa abajo. Así, esta metafórica desnudez tiene una consecuencia interactiva “horizontalizante” y en esa horizontalidad se juega el respeto que una sociedad otorga a todos en tanto iguales1.

Ni en el Perú ni en ninguna parte del mundo la pandemia se cobra víctimas sin distinción de clase. Los más expuestos a la enfermedad son, en su mayoría, las personas con los peores salarios: las fuerzas del orden, las enfermeras, los trabajadores de limpieza pública, los repartidores de comida y el común de informales que viven de un jornal diario, todos los excluidos del teletrabajo en esta nuestra sacralizada economía neoliberal. Pero ello es solo una parte del problema, porque en el Perú de la pandemia, la estructura de desigualdad sanitaria preexistente se agudiza y aunque el gobierno hace esfuerzos entusiastas para revertir una estructura que durante treinta años mercantilizó el servicio de salud haciéndolo directamente subordinado al grosor de la billetera, no puede evitar que el privilegio en la urgencia persista.

Sea por la disponibilidad y calidad de servicio, de personal capacitado, o el nivel de cobertura del sistema sanitario, esta estructura de desigualdad aparece en toda su dimensión cuando se solicita la razón por la que dos enfermos con covid-19, uno en San Isidro-Lima y otro en Trompeteros-Loreto, son tratados de manera diferente, y la respuesta es, de un modo u otro, el dinero. Así, la condición razonablemente necesaria para recibir atención médica que es el simple hecho de necesitarla, deja de ser una condición suficiente para poder recibirla o para poder recibirla de manera oportuna y óptima. Ante urgencias semejantes, posibilidades y tratos diferentes, lo que configura un estado de cosas irracional. Irracional porque las razones que -como se mencionó- deberían controlar y garantizarnos a todos el mismo respeto, al margen de atributos contingentes como el dinero, son directamente insuficientes para controlar la realidad, tornando a esta última un espacio de desconfianza e imprevisibilidad.

Así las cosas, en este limbo de contradicciones que es el Perú, hay que ver el modo de “hacerse respetar”. No es gratuita por tanto la racionalidad del guerrazo, la lucha por el respeto que es lucha por garantizarse un mínimo de trato humano. En esta batalla, el poder económico aparece como un paraíso redentor de cariz doble: otorga un valor simbólico a quien lo posee, pero además y fundamentalmente es un salvoconducto a eso que Kant llamaba “reino de los fines”. El único garante de que la persona sea tratada de una maldita vez como persona.


1 A propósito de ello, uno de los más emblemáticos ejemplos del ejercicio de respeto nacional se dio luego de aquel penal fallado por Christian Cueva frente a Dinamarca. De la crítica -justificada, tal vez- a su desempeño técnico, a su garrafal ejecución, a su poco temple en un momento crucial, hubo un desplazamiento hacia el desprecio a la persona, la humillación, el insulto adobado en odio: Cueva CTM, basura, animal de m. El -en teoría- invulnerable núcleo de la humanidad de Cueva como sujeto con afectos, consciente de su entorno (de su error), merecedor de un esfuerzo de entendimiento a pesar de cualquier yerro, sucumbió acribillado ante el ejercicio basurizador de la masa. En el reverso del complejo de inferioridad, de la admiración totémica y patológica a los galones, los títulos, lo caucásico o el éxito, se encuentra el desprecio -más o menos silencioso- al no-blanco, al que “no le ha ganado a nadie”, al pobre, al que fracasa. Con suma frecuencia, además, una paradójica forma de automutilación y exculpación de las propias insuficiencias.

Imagen tomada de: https://www.lavanguardia.com/

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