Los (anti)valores de un nosotros fantasma: perspectivas entre Lima y Berlín en tiempos de crisis

Por Alejandra Borea

I. Covid19 a la vista

Llegué a Berlín Texel de visita el 6 de marzo y ese día el Perú registró a su primer contagiado de Covid-19. Días después se elevaban las cifras a 5, 8, 12 y empezó la campaña de repatriación. En esta etapa inicial, existía la idea de que corona es un virus “de los ricos”, cuya irrupción e impacto mediático hace desatender enfermedades “de los pobres” como el dengue, con más de 5 mil infectados y una veintena de muertos que yacen olvidados[1]. Pasaron unos días y las fronteras se cerraron, la cuarentena había empezado y “el Perú estaba en nuestras manos”. ¿Qué manos? ¿Cuál es el nosotros al que apunta esta tarea?

Mientras la Merkel apareció un par de veces con un Ansprache pidiendo al pueblo acatar la distancia social, Vizcarra se convirtió en el show de mediodía (acá mediatarde). Transformado en figura de acción, en un “presi”, en un coach, yo lo podía dibujar a ojos cerrados. Lo sintonizo todos los días que recibo la notificación de “PresidenciaPeru está transmitiendo en directo” y observo sus intentos de tranquilizar a la población y hablar con transparencia. Sin embargo, esto parece ser un oxímoron en Perú, pues esta transparencia, considero, no hace más que traslucir los huecos y falencias de décadas de neoliberalismo corrupto que ha procrastinado la transformación social[2]. Pues, en efecto, el gobierno se ha lavado las manos mucho antes del brote del virus en Wuhan, tomando distancia social frente a problemáticas como el dengue, los friajes, la contaminación minera, epidemias que se repiten cada año y que son “combatidas” construyendo casitas de naipes que se desplomarán ante un estornudo. No importa qué tan limpios estemos por fuera, olíamos a crisis desde hace mucho tiempo[3].

Olíamos a crisis, sí, apestábamos a corrupción. Pero, a su vez, todos juntos estábamos olfateando el bicentenario, aderezando la identidad nacional, sudando la camiseta, sazonando los anticuchos mientras una crisis respiratoria se aproximaba. Ahora huele todo a incertidumbre. En medio de esta pandemia es preciso preguntarnos ¿cómo generar una respuesta comunitaria, prudente y solidaria como Peruanos ante el Covid cuando estamos enfrentando una crisis de identidad a puertas de nuestro ducentésimo cumpleaños?

II. Valores nacionales

Extraño a mi familia, amigos y, con todo ello, a mi país y me descubro en Berlín cantando “Y se llama Perú con P de patria…”. Me tomó unas cuantas miradas de desconcierto y sorpresa darme cuenta de que aquella prosa era un nacionalismo terrorífico a los ojos del trauma de la Alemania postnazi. Mis amigos cargaban con ese gran peso en sus hombros y entendí, en ese momento, que debía explicar(me), responder a por qué aquel “orgullo peruano” no era una real amenaza[4]: por qué en Perú construir identidad nacional es agenda: desmenuzar teóricamente el simbolismo del pollo a la brasa, hacer coherente la obsesión por recuperar el Huáscar como redención histórica, por qué Pamplona es el reverso de Casuarinas, por qué llegar a Rusia 2018 fue justicia poética, por qué nuestro sentido cívico cabe en una combi, por qué la gastronomía peruana es gourmet por fuera, pero por dentro somos un arroz con mango, por qué ante el bicentenario enfrentamos una crisis de identidad pero ante el Covid-19 lucharemos los peruanos “hasta quemar el último cartucho”. Creo que entendieron, pero no comprendieron[5].

Desde marzo, en Neukölln, Berlín, la gente sale a caminar, a comprar, pide delivery, va al parque a leer un libro y a tomar cervezas entre amigos, hace yoga, hace jogging. Usar máscara en la calle no es obligatorio y pocos la usan. Aquí la libertad es un valor tan preciado que imponer un lockdown o cuarentena obligatoria es, realmente, el último cartucho (cualquier medida que pueda sentar precedentes para autoritarismos es impensable). En contraste, me da la sensación de que, en Perú sí estamos dispuestos a ceder nuestra libertad por seguridad: la cuarentena fue nuestro primer cartucho, nuestra gran ofensiva. “No me parece mal, pues no nos queda de otra, nuestro sistema de salud es débil”, decía yo (y sentía que el gran porcentaje de peruanos a favor de la medida de cuarentena me apoyaba). Para mis amigos alemanes, sin embargo, estaba defendiendo la implementación de medidas autoritarias y eso era peligroso (incluso, pese a asentir en que quizás sea lo más conveniente en un país pobre). Discutimos un buen rato, hasta darme cuenta de que el debate engañosamente oscilaba entre lo que los valores prometen y cómo se llevan a la práctica. En un país como Perú, me queda claro que la brecha es inconmensurable.

Mientras salgo a la calle a tomar un paseo por el parque por la mañana, percibo que en Berlín, las nubes parecen estar más cerca del suelo. Incluso en estas situaciones de crisis, se puede vivir con la seguridad que brinda un estado fuerte, un sistema de salud eficiente, con compensaciones económicas para artistas independientes que llegan a 5000 euros. Por la noche, sin embargo, siento vergüenza de mentirle a mis abuelos diciéndoles que sigo en casa en cuarentena (para que no se preocupen, por un lado, pero para que no me “resondren” por el otro y quizás también, para no sentirme tan culpable de hacer uso del privilegio de caminar por un parque libremente). Pues bien, en cierta medida cumplo con una cuarentena psíquica, no estando completamente en Perú y tampoco en Berlín: aquí soy demasiado precavida, allá soy demasiado descuidada. En ambos casos “no estoy haciendo las cosas bien” porque no me hallo de forma consecuente en los sistemas de conductas y valores que se plantean y su puesta en práctica.

III. País desmesurado

Pero ¿qué es hacer las cosas bien?, ¿cuál es el justo medio? Como señalaba Aristóteles en su Ética, el virtuoso tiene el hábito adquirido de actuar con el justo medio para cada situación, cual hombre prudente. Pero en este contexto, estamos en momentos de pandemia global y la neurosis ha devenido protocolo. Tratamos de ser prudentes al extremo, de seguir todas las reglas, somos cautelosos, obsesivos, desinfectamos el pote de desinfectante. Todo llama a la mesura, pero es difícil encontrar el punto medio cuando no tenemos una escala y quizás pocas veces la hayamos tenido, sobre todo en un país desmesurado como el Perú.

Hacer un balance in abstracto entre valores para hacer frente a la crisis (en este caso, libertad y seguridad) polariza de forma engañosa ahí donde no debería haber exclusión. En contraste, debería haber complementariedad entre aquellos valores e, incluso, reversibilidad. Una población asegurada puede sentirse más libre, una población más libre puede sentirse más segura. Sin embargo, esos conceptos nos pueden llevar a trazar mapas que cubren territorios enteros[6] y en el Perú, territorios fantasmas, pues aquí (allá) o todos aquellos balances de valores son más engañosos aún porque nuestras balanzas están descalibradas hace mucho tiempo[7]. En pleno debate, no sabía cómo decirles a mis amigos que “la libertad de acá no es la libertad de allá”, lo mismo de la seguridad y la “identidad nacional”. No se espera lo mismo de los valores porque los contextos donde estos se encarnan determinan su rumbo –y su posible (o inminente) desvirtuamiento[8]–. Respecto a esto, una anécdota puede resultar ilustrativa: mis amigos alemanes se molestan cuando el bus demora unos minutos y me preguntan: ¿allá también llegan tarde? Y yo no sabía cómo responder a esa pregunta capciosa: ¿las combis llegan tarde?

Entonces, me acorralan diversas interrogantes: ¿Cuál es la mesura que se exige en una pandemia?, ¿cuál es el justo grado de responsabilidad, de neurosis?, ¿en qué consiste la mesura en un país donde “bien picante” nunca es suficiente? La desmesura de las cifras, datos e información hacen que el sistema del número, la proporción y la equidad colapse, un sistema donde rebajas, la yapa, “donde entran 5 entran 6”, donde hay que ser vivo, pero no demasiado, hay que desconfiar, pero no demasiado, “infórmate, come, duerme, trabaja, pero no demasiado”, cuando las cifras de muertos son exorbitantes, los papeles higiénicos, escasos.

Señalaba Luz Ascárate, “¿Podrían los valores mantenerse intactos frente a una realidad que se denuncia devastada?” Allá (aquí, en Lima) las nubes están un poco más lejos, pues entre conceptos, valores, promesas, y el suelo del día a día, hay intercepciones (diablillos, diabolon[9]) que hacen desconfiar de la relación vertical entre concepto y aplicación, teoría y praxis, universal y particular. Los valores están muy manoseados: entre infracción y multa hay coima; entre promesa de campaña y cambio real hay corrupción; entre contrato y pago hay derecho de piso. Vivir en Lima, Perú me ha enseñado –mal que bien– el hueco entre teoría y praxis, donde las nociones como democracia, crecimiento económico, libertad, justicia, inclusión se alejan tanto de la realidad como los platos de Gastón se alejan del menú del comedor popular n°110. Actuar “como si todo fuera normal”[10], siguiendo el protocolo es tan necesario como insuficiente, es pedir demasiado a un país en plena crisis identitaria a puertas de su cumpleaños. “Esto se va a poner peor” me decían mis amigos peruanos. Covid-19 es una realidad devastadora ante una realidad ya devastada. “Esto se va a poner peor”, repetían. Pero ¿acaso nuestro cielo “panza de burro” son las mismas nubes que las que veo en Neukölln? En definitiva, no. Estamos bajo un cielo distinto.

IV. Solidaridad del fracaso

Entonces, consumo todos los memes que puedo ingerir a falta de papa a la huancaína y sus variantes, necesito un poco de picante. Así me siento un poco más cerca de casa, pues el humor no solo es catártico en tiempos de falta de sentido, sino que también permite generar una sensación de colectividad. En el reducido espacio virtual[11] esto toma forma en el meme (informal, rápido, directo y anónimo): incluso en este caso, se forja una solidaridad ante el caos que muchos de los memes plasman[12]. Los peruanos nos reímos un poco de nuestras falencias, de nosotros mismos, de nuestro aburrimiento y nuestros “fails” en las tareas domésticas con los memes de cuarentena nos sacan alguna que otra sonrisa y nos permiten crear una comunidad de apoyo y catarsis.

Les muestro a mis amigos alemanes que la estabilidad emocional de mi país lo carga una paltita emocionada que, anima y enternece a una población a la deriva. Sin embargo, la palta es imagen del precario sistema laboral de un país que sufre y que goza de sus propias falencias. Y esto se transforma en meme. Perú se busca en la comida, en el orgullo de sus maravillas, en el fútbol, en su jerga, en su sentido del humor, se busca y se busca como significante que rodea un vacío, obsesionado con encontrarse como quien encuentra la aceituna en el tamal y no se la come. “Estoy obsesionada con el Perú, ¿no?” le pregunto a uno de ellos. “Sí, aunque no sé si eso es bueno o malo”.

V. Identidad en el vacío y utopías posibles

Entre parecidos de familia, formamos comunidades de sentido, como diría Wittgenstein y, con ello, configuramos (de forma imaginada, flexible y tácita) un nosotros. Un nosotros que es “mi familia”, “mi círculo de amigos”, “mi barrio”, “yo, limeño/a”, hasta engrosarse en “yo, peruano”[13]. Quizás el Perú sea aquel conjunto de encrucijadas que se hacen y deshacen, un vacío o zona gris. Es justo abrazar aquel vacío con cuidado: que el vacío no nos lleve a una crisis de valores, sino que nos permita transformarlos (pues es, a la vez, derecho y deber). Quizás la obsesión de Perú por el concepto de nación deba ser asumida como una búsqueda de identidad que se atraviesa como quien pasa un rompemuelle: incorporar la solidaridad, la comunidad y el respeto, pero sin anidarse en un nacionalismo podrido[14], defender la libertad sin caer en un ciego liberalismo deshumanizante, fomentar la seguridad sin que esta nos lleve a un estado de vigilancia neurótico, enactuar el concepto de representatividad y sentirnos parte de un nosotros.

Es verdad, nuevamente parece que llamamos a la mesura en un país desmesurado, a una unidad en un país diverso y esto nos invita a repensarnos críticamente. Pero aquello implica una reflexión desde adentro (re-flexionar, sobre sí), y quizás una alternativa consista no necesariamente en dar justo en el blanco en un manual de valores de diccionario, sino más bien apuntar a la utopía (y con ello, los valores absolutos, intocables) como ideal regulativo. Una utopía, no obstante, que no consista en disfrazarnos de Marca Perú para competir en ligas extranjeras, sino quizás aproximándonos como quien aspira a mirar a Perú ganar el Mundial, pero en el camino la vive, la suda, se reinventa (reconocer la distancia que comprende esta fantasía y aun así no perder la esperanza de ver cada partido).

A veces me resulta difícil no establecer comparaciones; sin embargo, es evidente que la transformación social de Perú no consiste en apuntar a los ideales de Alemania o de cualquier otro país europeo. No es cuestión de olvidar el desarrollo histórico del propio país para igualar los horizontes, de reordenar y limpiar los mercados, de hacer nuestras calles una postal de souvenir, de cambiar a nuestros jugadores por Kroos, Klose o Schürrle. Pretender ser alguien/algo que no eres demanda demasiada energía y recursos. Más bien, es importante generar propuestas desde adentro, que surjan desde este nebuloso “nosotros” (con sus límites y caracteres difusos, pero presente), que no corten la espontaneidad propia del suelo de donde nacen y sus circunstancias, sino que la aprovechen para poder generar nuevas iniciativas que se ajusten a nuestros propios horizontes o ideales regulativos que llaman a gritos. 

En concreto, la urgencia de un abrazo que nos da esta crisis debe permanecer intacta, con las manos limpias que cierren tratos limpios, es decir, humanos ante todo. Que esta motivación humana nos motive a resignificar los valores desvirtuados en Perú y sobre todo a enactuarlos como peruanos. Es preciso reapropiarnos constructivamente de la nueva normalidad que se nos impone y del nuevo sentido de colectividad que se está (¿de?)construyendo. Una transformación que no aspire a tocar las nubes de Berlín (pues brillamos bajo otro sol, otras formas de comprendernos y otra historia colectiva, carencias y urgencias), sino nubes que podamos ver desde nuestro propio suelo; esas nubes que siempre han estado ahí y que tímidamente están apareciendo, rebelándose contra el smog que las cubría. Sazonando las palabras, hacer del hueco entre teoría y praxis un picarón, jugar con nuestras cartas y hacer de la mesura y la desmesura un buen plato de comida, bien picante, pero que alcance para todos. Ya no esperaremos pasivamente a que “llegue” el bus en punto, sino que podremos caminar a un paradero y tomar otra combi, que, quizás por otra ruta y con más baches, nos lleva más cerca de lo que buscábamos.


[1] Incluso si el coronavirus fuese un virus de “ricos”, esto nuevamente terminaría pesando sobre los más pobres. Los primeros focos de infecciones se ubicaban en Surco y Miraflores, pero poco a poco esto fue cambiando. Ahora los distritos más infectados son San Juan de Lurigancho, Villa el Salvador y San Martín de Porres. Nuevamente los sectores más vulnerables son los que cargan el peso pesado de esta historia. El cuento de que esto “nos afecta a todos por igual” se disuelve fácilmente como jabón en un tsunami.

[2] Educación, salud, cultura. Esta, entre otras ideas de este texto, surgieron en el marco de mis incontables conversaciones e intercambios con Patricio Lagos, director del corto Nuevonormal. Este corto, actualmente participante del concurso virtual de la plataforma cine.stesia motivó el corazón de estas reflexiones. Disponible en: https://bit.ly/3dreLpH

[3] “Reza porque los problemas que el país ha tenido en toda su historia republicana se arreglen en dos meses” nos dice el corto Nuevonormal.

[4] Es verdad que contar con una mayoría etnocacerista en nuestro Congreso me hace dudar de esta afirmación.

[5] En efecto, es difícil (sino imposible) comprender cualquier realidad que es ajena a la propia, como es mi caso en mi limitada comprensión de la situación política europea.

[6] Referencia al microcuento “Del rigor de la ciencia” de Jorge Luis Borges

[7] Con ello, no pretendo realizar un balance más objetivo, sino resaltar la variedad de escalas de valores incluso al interior de las diversas comunidades de las que formamos parte.

[8] El significado de una palabra o noción se aprende inscrito en una forma de vida (tal como se vive, podríamos decir) (cf. el maravilloso texto “Aprender una palabra” del filósofo Stanley Cavell). No es lo mismo la definición que un niño que aprende la palabra amor viendo a sus padres agredirse física y psicológicamente nos puede ofrecer que la definición impersonal de un diccionario de Amor. Así también nuestra definición de democracia es como la de unicornio, solo que marcada por un estado traumático continuo que corre peligro de normalización). “Las palabras pierden su sentido cuando son utilizadas demasiado y no nos dicen nada, resultan ajenas y absurdas” nos decía Merleau-Ponty (esto, no obstante, no las hace ser menos peligrosas).

[9] Una de las teorías etimológicas sobre la palabra diablo es su origen en el griego dia (a través) ballein (lanzar, arrojar). En este sentido, es la antítesis del ángel o angelos. Mientras este es el mensajero que comunica, el diablo intercepta, separa, tergiversa el rumbo del mensaje.

[10] Nuevamente, hago referencia al corto que inspiró mi reflexión.

[11] Quizás circunscrito a la esfera de clase media en Lima, el contacto que mantengo principalmente de forma virtual por Facebook.

[12]No sucede lo mismo con aquellos memes de odio, corrosivos, discriminatorios que (incluso a veces ingenuamente) perpetúan la homofobia y transfobia el sexismo, racismo, etc. Estos se amparan bajo la coartada del humor y el anonimato de autor para ridiculizar, atacar o invalidar la postura e identidad del otro. Con ello, resquebrajan todo intento de formar comunidad en tiempos de crisis, siendo, a su vez, síntoma y causa del problema ¿Cómo afrontar este “lado oscuro” del meme siendo la producción y consumo de memes tan fluido y efímero?, ¿de qué manera el repudio a aquellas representaciones contribuirá a erradicar esas actitudes? Aún seguimos cuestionándonos…

[13] Aquello que me une o desune con mi casera o con el hincha del costado, con el carro que me cierra y con el que me cede el paso, con el policía, con mis vecinos venezolanos. En efecto, hay un sinnúmero de comunidades de sentido que hacen del asunto de la identidad nacional un asunto tan complejo como urgente.

[14] Que excluye a todo lo que percibe como “otro”, “ajeno”, fuera de un “nosotros” exclusivo, artificialmente construido y hostil.

Créditos de la imagen: https://erasmusu.com/

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