¿Cuál normalidad? La que sea, pero cómprela

Por Enrique Sotomayor

No sin falta de estilo —algo ciertamente inusual en el árido y cacofónico lenguaje jurídico—, el Decreto Supremo nº 094-2020-PCM, aquel que vuelve a establecer una prórroga para el estado de emergencia en que se encuentra el país, hace referencia a “una nueva convivencia social”. Esta “nueva convivencia” es la versión nacional de la, a estas alturas, manida expresión “nueva normalidad”. “Nueva normalidad”, como apunta correctamente Martín Caparrós para el New York Times, es una expresión contradictoria, una especie de oxímoron: mientras que la normalidad se construye a través del tiempo, en un proceso histórico de ensayo y error que depura lo imperfecto para quedarse con lo funcional, la novedad no puede ser impuesta directamente desde un poder centralizado. O se es normal o se es nuevo, pero lo nuevo, para llegar a ser normal, debe perder su novedad. La “nueva normalidad”, en ese sentido, es una idea que haría los deleites de una crítica en pro de la espontaneidad del orden en medio del caos.

Pero no seamos tan injustos con la intuición. La idea, en términos sencillos, consiste en que no es posible que una vez pasada la pandemia del Covid-19 las cosas vuelvan a ser como eran antes. La novedad impuesta por la expansión viral debe conllevar una transformación rápida, efectiva y duradera de nuestros hábitos y normas sociales. Hay, por supuesto, una enorme vaguedad en esta presentación intuitiva de la tesis de la nueva normalidad. ¿Cómo eran las cosas antes? Aquí las alternativas son múltiples como variado el menú ideológico: para quienes consideran que las culpas universales, incluso aquellas asociadas a los desamores, se producen por la violencia anónima proveniente de una élite oculta que maneja los hilos de la historia, deberá develarse aquel poder detrás del telón y así terminar con la normalidad consistente en ser peones de un ajedrez universal (ingrese aquí a su teoría de la conspiración preferida). Otras versiones enfatizarán en la normalidad entendida en términos de explotación producida por un sistema económico capitalista o nuestra relación desmesurada con los recursos naturales, esos que permiten la reproducción de la existencia en el planeta. La revolución o, no se apure tanto camarada, la reforma, de un lado; y “el paradigma de la sostenibilidad” [ciérrele la puerta a estos primitivistas, compañero, no vaya a ser que se nos filtren] son las alternativas frente a un mundo que venía desbocado y al que es necesario domesticar. Una nueva normalidad más responsable y mejor ciudadana debería emerger de aquí.

Estas alternativas, que ciertamente no agotan el espectro, son las más comunes en el pensamiento progresista y de izquierdas, tanto del viejo como del nuevo mundo. En su versión soñadora apuntan a un futuro lejano emancipado y en su versión estratégica (tan cara palabra) buscan que “por lo menos, pase lo que pase, no salga reelegido Trump” (casi Butler dixit).

Hay, sin embargo, una versión nacional edulcorada de la “nueva normalidad”, por la cual ya no podremos abrazarnos, demostrarnos el afecto propio de la cultura peruana, gritar juntos un gol de la selección ni atiborrar juntos autopistas, bares y restaurantes. Esta versión soft —hecha a la medida de PlusTV— de la nueva normalidad enfatiza en el enorme sacrificio que supondrá para todos evitar ser tan cariñosos, afectivos, gregarios y fiesteros como éramos, pero es algo que “juntos —podría decir el comercial de algún banco[1]— podremos superar”. La “nueva normalidad”, en esta narrativa del optimismo, es solo un escollo más en el despliegue del espíritu peruano, esa fuerza histórica que se levanta muy temprano para ir a trabajar, un Bildungsroman que nos lleva, a falta de un buen monarca, a la contemplación del emprendedor a prueba de balas. Y si mi agudeza perceptiva no se ha deteriorado a punta del discurrir monótono de los días en el encierro, es la versión abrazada por nuestro presidente.

¿Qué hacer, entonces, en la nueva normalidad? Ante todo, atento lector, consumir. Y mucho. El mercado necesitará de su religioso, constante e irreflexivo apoyo, incluso cuando ello implique contradecir muchos de los otros mensajes que se le dieron durante años. Por ejemplo, pida delivery, que por ahora no interesa la precarización laboral, esas son finuras para tiempos pre-pandémicos (acaso ya nuestra prehistoria), y no chiste por las decenas de bolsas y guantes empleados en la gracia, que el planeta se recuperará. En la nueva normalidad también acepte que mucha gente deberá morir, porque ya hoy hemos fallado. Tuvimos la oportunidad —continúa el relato— tuvimos la oportunidad, decía, como Cueva ante los doce pasos de esa hoy tan lejana cancha rusa, de salvar esas vidas. Pero no la aprovechamos, y todo eso fue nuestra responsabilidad (nuestra culpa, nuestra culpa, nuestra gran culpa nos ha llevado aquí), así que, como dice el anexo del Decreto Supremo que nos ha puesto de bruces frente a la nueva normalidad, sepa que ya puede hacer trámites bancarios, ponerle gasolina a su bólido (porque, lo olvidaba, ya lo puede sacar para que no se le apague la batería), comprar “vestuario, calzado y electrodomésticos”, así como libros, útiles escolares y artículos de oficina. También puede solicitar servicios técnicos y profesionales independientes, tan importantes como peluquerías y cosmetología. Recuerde la cara compungida del presidente suplicándole que se quede en casa durante los días y semanas en que era posible contener a esta bestia enana y silenciosa, siéntase mal, y recuerde que tiene hoy la gran oportunidad de redimirse haciendo lo que mejor sabe, consumir.

*****

Decía que la responsabilidad de haber llegado a la nueva normalidad así, tan “no ha sido suficiente todo lo que hicimos”, era para la narrativa nacional, ciudadana. Culpa de todos, culpa de nadie; yo no salí de mi casa, no sé tú. Días enteros viendo la indisciplina nacional en todo su esplendor hacer las delicias de noticieros y periódicos nos debe haber mostrado que la culpa es de nosotros. De nuestro fracaso como sociedad. Mientras esto era así nuestra sacrificada élite política se devanaba los sesos para preguntarse cómo generar los incentivos correctos —“¿y si un día salen hombres y en otro solo mujeres? No creo que el machismo nacional dificulte la eficacia de tal medida”— que nos lleve a un estado no tan desastroso. Todos ellos, al menos las mentes más preclaras del MEF, debieron pensar que ello era imposible sin un fuerte apoyo económico a personas sin ingresos asegurados, pero precisamente por ello decidieron jugar al desgaste: a esperar que las personas resistan antes que a abrir la billetera. Que les perdonen alquileres, que no tengan que volver a sus regiones de origen, que no tengan que comer. Y cuando lo hicieron, porque ciertamente lo hicieron, abrieron finalmente la billetera, el Estado no funcionó. Los bonos no llegaron a tiempo y las promesas se hicieron más promesas: “esa pregunta se la dejo a la ministra de Economía, ¿siguiente?”. Jugamos como nunca y perdimos como siempre, como reza el mantra más famoso del balompié nacional. Ese escenario no era uno que se pudiera o debiera admitir, y entonces la nueva normalidad debía ser construida sobre la culpa (la promesa de expiación funciona tan bien en una sociedad profundamente creyente) y el dedo apuntando al pasado: porque desde luego que los problemas del Perú vienen desde atrás, ¿no has leído a Cotler? En todo caso, todos ganaron un poco, todos —porque nadie es nunca parte de ese plural— y el gobierno. El gobierno porque todos sabemos que hizo cuanto estuvo en sus manos. Cuando entremos a la nueva normalidad, entonces, miraremos al futuro sin culpa, como conductores entusiasmados en nuestro primer día en una carretera desértica. Lo que nos pasó nunca tuvo que ver con la injusticia sino con el infortunio. Bienvenida nueva normalidad.


[1] Como en aquel maravilloso afiche de la Fundación Romero que muestra una retocada foto de Dionisio Romero y la siguiente frase: “El éxito no está garantizado, aún si ganan el premio mayor. Como reza el dicho, el éxito es 10% inspiración y 90% transpiración, hay que sudarla”. Debo confesar que desde entonces admiro a la marca de desodorantes que asegura la frescura axilar de Don Dionisio.

Créditos de la imagen: https://www.mercadonegro.pe/

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