Espacios públicos y virtualidad. Reflexiones filosófico-sociales en tiempos de COVID-19

Por Rodrigo Oliart

Desde que comenzó la cuarentena, he visto en Internet múltiples veces mensajes como “estamos aprendiendo a valorar más el trabajo virtual” o “la cuarentena nos enseña que el trabajo virtual es una posibilidad viable”. Y, efectivamente, hay mucho de positivo; fuera de las condiciones de la pandemia, el trabajo virtual tendría impactos positivos en el medio ambiente, en el tráfico vial, el modo en que se perciben los espacios públicos, etc. Sin embargo, no puedo evitar sospechar que en un mundo donde las personas difícilmente se ven las caras en su día a día, la posibilidad general de realizar acciones políticas se vería muy dificultada.

Hannah Arendt, una de las pensadoras más importantes del siglo XX, estaba principalmente preocupada por comprender cuales eran las condiciones dentro de las cuales una acción política es posible. Para ella, en el mundo moderno, la posibilidad de actuar políticamente se había debilitado de manera terrible debido a dos factores. El primero es la aparición de los estados totalitarios. Según Arendt, para actuar políticamente, las personas deben estar insertas en una tradición compartida que genere una noción de pertenencia a un mundo común. La aparición de los estados totalitarios, el nazismo y el bolchevismo, fue un evento tan impactante que las categorías tradicionales de política y ética dejaron de poder aplicarse al mundo de la posguerra, de modo que las personas perdieron la capacidad de insertarse en una tradición histórica que le dé sentido político a sus acciones. El segundo factor es la aparición de una sociedad de masas, donde nuestra actividad principal es consumir bienes culturales con la misma rapidez con la que consumimos alimentos. En esta sociedad, nuestras actividades están dirigidas a conseguir la felicidad privada y no a la transformación de un mundo común, siendo esto último la característica central de la política.

Ahora, si bien vivimos en una cultura profundamente a-política donde nuestras actividades son casi únicamente consumir y trabajar, al menos realizamos dichas actividades públicamente. Trabajamos en un espacio compartido donde vemos el efecto que la carga laboral tiene en los cuerpos de nuestros colegas, y donde las relaciones interhumanas aparecen espontáneamente por el simple hecho de la cohabitación. Más importante aún, el estado de los trabajadores, sus condiciones de vida, sus expresiones, su contento o descontento, pueden ser vistos u observados por todos los demás. El hecho de que algo sea visto públicamente por diversas personas es lo que le confiere cierto grado de realidad y objetividad. De modo que, y este es mi punto central, la desaparición de los espacios de trabajo en los cuales las mujeres y los hombres se vean mutuamente puede implicar la invisibilización de situaciones laborales intolerables, y disminuir la capacidad de la gente de agruparse políticamente. Sin esa capacidad, la capacidad de agruparse y cambiar el mundo común, las sociedades no pueden sino volverse automáticas y, por ello, perecer.

Una aclaración, no quiero decir que el mundo virtual sea menos real ni significativo que el mundo material, ni tampoco quiero negar las posibilidades que la virtualidad ofrece a la formación de identidades saludables. Diversas personas encuentran en el mundo virtual las herramientas para autodefinirse y desarrollarse independientemente de sus condiciones materiales. Por poner algunos ejemplos, piénsese en activistas transgénero que se identifican más con sus avatares virtuales que con sus cuerpos carnales, o personas que se sienten mucho más afines y logran mucho mayor desarrollo en sus comunidades virtuales que alrededor de las personas con quien conviven físicamente. Inclusive, si queremos centrarnos en temas como la creación de gremios o la colaboración internacional entre agentes políticos, el Internet extiende las posibilidades de actuar conjuntamente más allá de la localidad. No quiero negar nada de esto. Solo quiero echar luz sobre la importancia de la cohabitación, de lo fundamental que es compartir un espacio para el surgimiento de actividades políticas. 

En el trabajo virtual, las personas interactúan para comunicar información específica y/o solucionar problemas. En cambio, en el espacio laboral tradicional, gran parte de la comunicación no tiene que ver con la transmisión de información sino con la mera cohabitación. Cohabitar es lo esencial de un mundo común, porque todo lo que corresponde a este mundo se encuentra perpetuamente a la vista de quienes lo habitan. De modo que diversos aspectos del mundo son revelados, por ejemplo, independientemente de que alguien considere digno comunicarlos de manera explícita a través de sus redes sociales.

El actuar políticamente depende de nuestra capacidad para ver juntos aquellos aspectos del mundo que necesitan ser cambiados y, así, actuar conjuntamente para cambiarlos. Sin este espacio compartido, los abusos de poder no solo serán más fáciles de esconder, sino que no existirá un medio compartido donde las experiencias personales puedan ser contrastadas orgánicamente. La cohabitación permite la política porque, si alguien quiere cambiar el modo en que vive, necesariamente tiene que cambiar el mundo que comparte con los demás. Si el trabajo virtual eliminar o por lo menos restringe este simple aspecto de la naturaleza del trabajo presencial, temo que nuestra capacidad de reclamar conjuntamente por nuestros derechos se vea severamente reducida. Para finalizar, y en caso nada de lo que he dicho haga mucho sentido, quizás un ejemplo pueda ser esclarecedor. Si Rosa Parks no hubiera estado en público cuando decidió no cederle el asiento a un hombre blanco, si no hubiese sido vista espontáneamente por quienes la rodeaban y, así, inspirado, sorprendido o alarmado a los espectadores, probablemente no habría cambiado el mundo como lo hizo.

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