Pedagogía

Por Enrique Sotomayor

Ingreso desbocado al aula de mi clase y de inmediato siento como si ingresara a un laboratorio experimental. Los alumnos, habitualmente andrajosos o a la moda (no hay punto medio) hoy lucen, en mi mente, batas blancas y miradas escépticas (el ojo de la ciencia). Dejo una pequeña ruma de papeles sobre la carpeta y descargo la presentación del día de hoy, y cuando comenzaba a olvidar el correo que me tiene tan nervioso la diviso a lo lejos. Una evaluadora de pedagogía y de prácticas docentes. Hoy, además, han instalado una cámara que emite destellos intermitentes de una luz roja que me recuerda a las primeras pesadillas infantiles, “mamá, ¿vive un monstruo de ojos rojos bajo mi cama? No hijo mío, eso solo le pasa a los profesores”.

Inicio mi clase errante, divagando un poco porque no sé cómo presentar los objetivos específicos de la sesión: primer apunte mental, no olvides los objetivos, sino las criaturillas de batas blancas que pueblan este recinto del campus no podrán entender la suma de balbuceos que llamas clase. Rebobino, imagino que si muevo las manos frenéticamente ello logrará borrar los primeros cinco minutos de clase. Veo de reojo el movimiento desaprobatorio de cabeza de la evaluadora. Comencé con el espectáculo del abismo, de aquí hasta el final de la sesión solo acumularé gestos de reproche y probablemente la evaluadora de calidad pedagógica y prácticas docentes deba tomar prestado un borrador de alguno de los asistentes de bata blanca.

Mientras comienzo a pasar las filminas siento que soy el hámster que gira con la rueda del mundo. Hoy, querido hámster de la docencia, te implantaremos una oreja en la espalda (la oreja de una persona muerta, un artista o pintor probablemente): si sobrevives serás el primer espécimen de una nueva era, si mueres tu vida se habrá entregado al noble ideal de la racionalidad, la herencia de la ilustración. En el ecran se proyecta un gráfico construido a partir del catálogo de SmartArt de Microsoft Word. Cuando lo hice, abstraído de la realidad a punta de café y una luna llena de dos de la mañana, tenía pleno sentido, pero ahora no llego a comprender el sentido de las flechas, que bailan ante mis ojos: danca da manivela, axe venido desde las profundidades de mis inseguridades de adolescencia. Un nuevo gesto de desaprobación de la evaluadora. Carajo, ¿se puede caer más bajo?

Recuerdo entonces que el nivel de desarrollo y profundización teórica debe ser acorde con el estadio de aprendizaje de los y las duendecillos y duendecillas (inclusividad, ante todo, no seas Cromañón) que hoy pueblan las carpetas compartidas. Algunos estudios sugieren que el coeficiente intelectual promedio viene decayendo consistentemente desde mediados de los años setenta, pero los especialistas en pedagogía y prácticas docentes insisten en que una apelación al imperativo categórico kantiano es “ya too much” para nuestra élite intelectual, “mejor ponles dibujitos o videítos, ¿ya viste el vídeo del TRAM de Barcelona?, así se entiende Kant con onda”. Exhalo desasosiego e inhalo el embriagante olor del Axe sabor chocolate del alumno más aplicado de la primera fila. Él también me mira con desaprobación, el payaso parado adelante está simplificando la teoría, él quisiera discutir con las mentes elevadas y a cambio recibe el trap del TRAM para entender a Kant. Nueva mirada de desaprobación de la especialista en pedagogía y prácticas docentes. Imagino su sentencia categórica e implacable “oiga usted, está bien culantro, pero no tanto”. Un dibujito, check, un chistecito, check, ¿videíto del TRAM?, ¿está usted loco?, ¿es que acaso subestima la inteligencia de estos hijos del postfujimorato?

Como diría Martha Hildebrandt, ajo y agua, a joderse y a aguantar. A otra cosa mariposa. El puntero despliega una transición Kitsch hacia la siguiente diapositiva, atiborrada de texto por doquier, parafraseando a Gonzáles Prada, mis clases son como una sopa de letras, donde pones el dedo salta una palabra. Cuando hice la presentación pensé que este barroco lingüístico tenía sentido y era necesario, pero proyectado en el ecran solo genera miradas achinadas, como la de Danny Trejo cuando dice “madre de Dios, ¿chingawhat?”. Recuerdo los talleres de introducción a docentes jóvenes y el mantra de los bullets, poco texto, elevator speech, la velocidad ante todo, ¿no has visto Twitter? Caracteres papito, la economía de lenguaje es el petróleo en la era del apuro. Y el mantra del tres, por supuesto. Pitágoras venciendo con su terna después de tanto maltrato histórico: tres diapositivas cada media hora como máximo, tres bullets por diapositiva, tres botones en el saco, tres comidas al día. Ahí, en el ecran, no hay tres bullets, hay una mezcolanza de letras con un fondo en degradé color pastel, mirada de desaprobación y cero de nota por su casi nulo capital estético. No es usted un heredero, léase a Bourdieu.

Va llegando el final de la clase y los confundidos serecillos de batas blancas acrecientan sus dudas sobre esta performance desconcertante que su servidor va concluyendo adelante. Imagino a Melcochita adelante, “cállese oiga, imbécil”, con esa tensión sobre la “m” que lo hace el humorista más talentoso en este páramo repleto de chistes fáciles. Llega la hora de las preguntas, “profesor, ¿qué tiene que ver esto con el Derecho?” excelente pregunta alumna aplicada, comencemos por algo más básico, “¿qué tiene que ver todo esto con todo lo demás?” cero en empatía, un autómata respondiendo con la crueldad con la que una máquina expendedora no le devuelve el cambio a un estudiante de provincia, llevándose el precio de un lujo innecesario. Nueva mirada de desaprobación y una exhalación profunda, tanto que percibo el espíritu de la evaluadora elevándose por sobre el aula hasta posarse frente a mi rostro y zamparme un soberano cachetadón aroma arroz con pollo.

El final de la clase, quince minutos antes de lo previsto. Cuando lo planifiqué parecía una excelente idea porque los estudiantes son curiosos y siempre van a querer saber más. Craso error. Craso de toda crasedad. Los grillos perezosos ni siquiera acompasan este triste final, el de su servidor y sus balbuceos. La mirada de hielo final de la evaluadora. “Pueden partir chicos” (olvidaste “y chicas”, pedazo de opresor asqueroso). Ella sigue tomando apuntes mientras mis huesos terminan de crujir antes de desplomarse como la movida final de un juego de Jenga. Todos se han ido, su asistente apaga con parsimonia la cámara y solo espero que esa grabación se consuma en el fuego de la vergüenza. “Por favor no se vaya, ahora viene la retroalimentación”, y en ese instante solo quisiera estar sentado abrazando mis piernas, suplicando porque los monstruos de ojos rojos debajo de las camas sean reales con tal de que los evaluadores pedagógicos y de calidad de la docencia no lo sean. Grito, me muevo frenético como siendo electrocutado y me despiertan. Tranquilo, fue solo un sueño, me dicen, ahora duerme porque mañana te toca evaluación de pedagogía y calidad docente.

Créditos de la imagen: http://www.misgafasdepasta.com/trap-de-kant-tram-barcelona/

 

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