Comunidad o vasallaje. Apuntes teórico-críticos sobre los fundamentos normativos de la PUCP

Por Gianfranco Casuso

Ya desde antes de la reciente crisis, se venía hablando mucho –dentro y fuera de la PUCP– de una universidad que perdió el rumbo al haber abandonado sus valores humanistas. Era necesario y urgente recuperarlos para revertir la tendencia mercantilista que habría adoptado desde hace unos años.

A primera vista, parece difícil no estar de acuerdo con esta crítica: la universidad, claramente, está convirtiéndose en una entidad con fines de lucro, donde la formación y la investigación están cada vez más subordinadas a una búsqueda obsesiva por el posicionamiento en unos rankings internacionales en cuya constitución no participamos, pero tenemos que acatar obedientemente. Esto ha comenzado ya a afectar la salud de muchos alumnos y profesores. La PUCP –se dice– tal como es ahora, correspondería cada vez menos a los altos principios humanistas sobre los que fue fundada y que antes encarnaba.

A pesar de lo legítimo de la crítica, hay algo importante que se está perdiendo de vista. Me parece que los parámetros para evaluar el mal funcionamiento de la PUCP están considerando únicamente una dimensión: aquella basada en la incongruencia entre ciertas prácticas institucionales y valores en los que se supone que todos creemos o deberíamos creer.

La premisa es simple: antes existía una adecuada correspondencia entre principios válidos y la realidad, se perdió y ahora nos toca recuperarla. Lo que habría que hacer, entonces, es luchar por volver al buen camino.

Esta idea es loable, pero, en su candidez, también potencialmente peligrosa, pues puede terminar glorificando un pasado y una tradición que se asume como intachable. Muchas de las doctrinas nacionalistas que han cobrado fuerza en Europa, EEUU, y ahora también en Latinoamérica, se basan en una tal idealización de un pasado, real o ficticio, estructurado sobre valores fundacionales que sirve como criterio exclusivo para el juicio moral. El “Make America Great Again” de Trump es un lamentable ejemplo de cómo se puede torcer el sentido de la crítica cuando no queda claro a quiénes les corresponde determinar el contenido de tales “valores superiores”.

Creo que no se trata simplemente de volver a una situación pretendidamente ideal de adecuación con valores supremos, sino de establecer mecanismos claros para que los principios guía puedan ser siempre renovados y determinados deliberativamente: escuchando a todas las voces. No asumir simplemente que todos compartimos los mismos valores y, a partir de allí, combatir y corregir toda práctica institucional que se aleje de ellos, sino crear instituciones que reconozcan la esencial indeterminación interpretativa que todo orden normativo posee. Ese es el auténtico quehacer democrático que todavía tenemos pendiente en la PUCP.

“Volver a la PUCP que siempre fuimos” es imposible, básicamente por dos motivos. En primer lugar, porque ello sería tanto como decir que alguna vez hubo una única interpretación de nuestras metas colectivas –lo cual no solo no es cierto, sino que no podría serlo en una comunidad que se reclama democrática–. En segundo lugar, porque ello implicaría tener que volver también a un rudimentario sistema informal de favores basado en relaciones personales cara a cara, a un asimétrico régimen sustentado en el don, donde las relaciones maestro-discípulo, profesor-alumno, autoridad-trabajador eran –fieles a nuestra herencia colonial– verticales, jerarquizadas y casi feudales; donde la lealtad, que no era recíproca, se asemejaba mucho al vasallaje; donde la fidelidad al maestro se pagaba con pequeñas y progresivas concesiones y la promesa de ocupar alguna vez su lugar, etc.

No puede hablarse de valores humanistas como si fueran un núcleo cerrado y definitivo de parámetros incuestionables. Tales valores se han modificado en las distintas luchas y no poseen un contenido exclusivo que haya que recuperar. Las luchas aún por librar son luchas por la interpretación y por la determinación de qué queremos entender por valioso en nuestra universidad. Ahora hay nuevas problematizaciones, nuevas voces e identidades en juego. Ahora se debe aprovechar el momento para que la crítica vaya hasta lo más profundo.

La respuesta no está en mirar hacia atrás en busca de valores perdidos, sino en encarar y aprovechar –desde esta situación de crisis extrema– la apertura a una infinidad de posibilidades de ser. Se debe luchar porque las futuras encarnaciones institucionales se realicen a partir de la articulación de todas las voces concernidas. Debemos construir ahora una comunidad auténticamente horizontal y no perder esta oportunidad buscando la revelación en alguna figura iluminada que posea todas las respuestas. Ya sabemos qué puede pasar si caemos en esa tentación. No hay soluciones, todo está por construirse.

Imagen: Ludwig Meidner. Die brennende Stadt

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