Gatificación social. Breve reconstrucción normativa con salvedad genealógica

Por Pablo Bermudas

Los gatos son mamíferos adorables: comen, duermen, defecan y sirven de tibia bolsa de entrañas sobre el regazo del húmedo invierno limeño. Alopécicos empedernidos y vomitantes consuetudinarios, uno les llega a tomar afecto por ese nosequé característico del amo bueno para nada. Remanente admirativo al monarca benévolo que reina en el inconsciente colectivo y en el interior de las casas. Gato emperador, gato bueno.

El proceso de domesticación de este animal, del que se tiene más información, se inició alrededor del 2000 a.C. en Egipto[1], y tuvo originariamente un claro propósito emancipatorio: resguardar la cosecha almacenada de ratones, ratas y víboras cornudas al acecho, librando al hombre, a su vez, de ciertos transmisores patógenos que amenazarían la salud de la población. Erigido en figura totémica en el antiguo Egipto y devenido en hijo de bruja, pérfido y belcebúceo en la Edad Media, será sometido a razzias por orden de la Iglesia Católica que, según infieren los entendidos, permitirá la rápida propagación del bacilo Yersinia Pestis que habitaba en la pulga de la rata, abriendo así las puertas a la infame Peste Negra de 1348 que se llevará consigo la cuarta parte de la población europea de entonces, afrodisiaco sueño hitleriano.

Entre otros usos del animal en cuestión, debe señalarse el empleo de sus heces para detener la caída de cabello (con efectivísimos resultados), el tratamiento de la fiebre y la epilepsia; el empleo de su médula y grasa para el tratamiento de la artrosis, gota y hemorroides, así como para la fermentación de ciertos vinos. Sin embargo, destaca de modo muy particular, el despliegue de una culinaria popular para épocas de carestía basada en las destacadas propiedades de su elástica carne predispuesta a depositarse elegante sobre los intestinos, costumbre gastronómica que aún se practica en regiones centromeridionales de la costa peruana, adobado dos días al fresco con ají panca y ajos.

A la luz de ese itinerario histórico, cabe preguntarse qué hace que en la actualidad el hombre viva al servicio de estas bestias sin mayor utilidad social, configurando lo que la comunidad académica ha dado por llamar la dictadura del micifuz. Un análisis explicativo de las razones sistémicas que han generado esta silenciosa transformación en el orden de las subjetividades contemporáneas excedería por mucho la intención de este trabajo académico, pero permítaseme apuntar algunas cuestiones clave.

La maquinaria industrial de Disney impregnó la retina de varias generaciones de indefensos infantes con la idea de que un animal siente, piensa y actúa como humano. Ese relato antropomórfico del animal facilitó el desarrollo de un sentimiento colectivo de empatía hacia el cuadrúpedo (devenido en bípedo de ojos redondeados dispuestos a expresar ira, tristeza o alegría según el caso), construyendo a la postre una narrativa conservacionista disociada de la realidad, una de las tantas formas de cínica ingenuidad en las que nos amansa el sistema. El papel no ha sido sólo de Disney y la ingente literatura infantil pues desde el mundial de 1966 con la “mascota” el León Willie hasta Fuleco en el 2014 y Zabivaka en el 2018, el mundo opta por caracterizar en el animal valores que ya no pueden ser encarnados en la desprestigiada figura humana. No debe sorprender entonces, que en las principales ciudades del mundo hayan hecho su aparición desde spas, hoteles, tiendas de ropa, y cementerios para (ciertos) animales, además de decenas de miles de adminículos para su entretenimiento; hasta psicoterapia para el tratamiento de TOCS, depresiones y desórdenes alimentarios en animales; una deriva que supone la pérdida de la referencia vital que antaño tuviera el agricultor y el hombre de campo con el animal doméstico y salvaje en el reconocimiento de su particularidad y necesidad recíprocas[2]. La tendencia no es fútil en modo alguno; en la actualidad se vienen dando intensos debates por dotar a los animales de estatus y derechos semejantes a los del hombre, al punto de plantear que las recuas postulen a los parlamentos nacionales, situación en la que el Perú aparece a la vanguardia con el señero caso del congresista de Fuerza Popular, Héctor Virgilio Becerril Rodríguez. Polémicas que evidencian una vez más la tendencia cultural a anular las diferencias y jerarquías en todos los planos.

Pero lo que aún parece en ciernes en el ámbito público no es tal en el plano simbólico e íntimo. Las mascotas y en particular los gatos son los auténticos jerarcas detrás del poder ostensible, amos déspotas e inútiles que duermen, comen y defecan, indiferentes a las necesidades de su entorno, autoproclamados fines en sí, hiperindividualistas convenidos sin más función que berrear y acompañar porque en fin; llevando la simbiosis al extremo de plantear la inquietud psicológica y ontológica de si son los animales los humanizados o somos nosotros los animalizados producto de esta suerte de Síndrome de Estocolmo ante nuestros captores, lo que no sería raro.

Mire bien, que no le vayan a dar humano por gato.

Notas

[1] Descubrimientos paleontológicos del 2004 apuntan a la aparición del gato en Chipre alrededor del 7000 a.C.

[2] Sin considerar la parentalidad simulada que ha dado pie al perrhijo y el gathijo. Hijo animal sin los costos de la paternidad tradicional.

Créditos de la imagen: http://www.purina.co.uk

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