Mapeando la teoría de la reproducción social(*)

Tithi Bhattacharya ofrece una introducción a los métodos, ideas e implicaciones estratégicas de la teoría de la reproducción social.

 Este texto constituye parte de la introducción de Social Reproduction Theory: Remapping Class, Recentering Oppression (Pluto Press, 2017). Editado por Tithi Bhattacharya, este libro trae consigo ensayos de Lise Vogel, Nancy Fraser, David McNally, Susan Ferguson, Cinzia Arruzza, Salar Mohandesi y Emma Teitelman, entre otros, que revelan las formas en las que el trabajo reproductivo diario y generacional que se da en los hogares, escuelas, hospitales y prisiones, sostiene el impulso a la acumulación.

La vida misma aparece como un medio para la vida.

— Karl Marx, Manuscritos Económico-Filosóficos 1844 

Una mujer trabajadora viene a casa tras una jornada de ocho horas, come su cena en 8 a 10 minutos, y luego se enfrenta nuevamente una gran carga de trabajo físico: lava, limpia, etc. No hay límites en el trabajo doméstico… [una mujer es] señora de la limpieza, cocinera, costurera, lavandera, enfermera, madre preocupada y esposa atenta. ¡Y cuánto tiempo toma ir a la tienda y traer la cena a casa!

— Testimonio de una mujer trabajadora en una fábrica en Moscú, 1926

El [trabajo de cuidado no remunerado] es el tipo de trabajo donde no recibimos dinero pero tampoco tenemos tiempo libre. Nuestro trabajo no es visto, pero tampoco somos libres.

— Mujer en Patharkot, Nepal, 2013

Si nuestras cocinas están fuera del capital, nuestra lucha para destruirlas nunca triunfará a través de causar la caída del capital.

—Silvia Federici, Revolution at Point Zero: Housework, Reproduction and Feminist Struggle.

Modifiquemos levemente la pregunta “¿quién enseña al maestro?” y preguntémosela al marxismo: si el trabajo de los trabajadores produce la riqueza en la sociedad, entonces, ¿quién produce a la trabajadora? O para ponerlo de otra manera: ¿qué tipo de procesos permiten a la trabajadora arribar a las puertas de su empleo cada día para que así pueda producir riqueza en la sociedad? ¿Cuál es el rol que el desayuno juega en su preparación para trabajar? ¿Cuál el de una buena noche de sueño? Nos aproximamos a aguas incluso más turbulentas si extendemos las preguntas para incluir procesos que suceden por fuera del hogar de las trabajadoras. ¿La educación que ella recibió en la escuela acaso no la “produce” también, en el sentido que la hace contratable para un empleo? ¿El sistema de transporte público que la lleva al trabajo, los parques públicos y bibliotecas que le otorgan recreación para que pueda así recuperarse y volver, así, de nuevo al trabajo?

El objetivo de la teoría de la reproducción social (TRS) es explorar y proporcionar respuestas a preguntas de este tipo. Al hacerlo, la TRS manifiesta una irreverencia analítica a los “hechos visibles” y en su lugar privilegia los “procesos”. Es un acercamiento que no está contento de aceptar lo que aparece como una entidad visible y completa —en este caso, nuestra trabajadora en la puerta de su lugar de trabajo— sino que interroga la compleja red de procesos sociales y relaciones humanas que producen las condiciones de existencias de esta entidad. Como en gran parte de la teoría crítica, aquí también “construimos desde Marx”, en el sentido que tanto este acercamiento como la interrogación crítica reflejan el método por el cual Marx estudia la mercancía.

La idea fundamental de la TRS es, en palabras simples, que el trabajo humano está en el corazón de la creación y reproducción de la sociedad como un todo. La noción de trabajo se concibe aquí en el sentido original que Karl Marx lo entendía, como “la primera premisa de toda la historia humana” —una que, irónicamente, él fallo en desarrollar completamente—. El capitalismo, sin embargo, reconoce el trabajo productivo para el mercado como la única forma de un legítimo “trabajo”, mientras que la tremenda cantidad de trabajo familiar, así como el comunitario que sirve para sostener y reproducir a la trabajadora o, más específicamente, su fuerza de trabajo, es naturalizada como no existente. Contra esto, las teóricas de la reproducción social perciben  la relación entre el trabajo entregado para producir mercancías y el trabajado realizado para producir a las personas como parte de la totalidad sistémica del capitalismo. El marco teórico busca de esta manera hacer visible el trabajo que está analíticamente escondido por los economistas clásicos y políticamente negado por los hacedores de política.

La TRS se desarrolla desde el entendimiento tradicional del marxismo y el capitalismo en dos formas transformativas. Primero, propone una lectura más amplia, pero a la vez más específica de la “economía”. La TRS, como Susan Ferguson ha señalado recientemente, sostiene que nuestro entendimiento del capitalismo es incompleto si lo tratamos simplemente como un sistema económico que involucra trabajadores y propietarios, y falla en examinar las maneras en que una más amplia reproducción social del sistema —que es el trabajado reproductivo diario y generacional que ocurre en los hogares, escuelas, hospitales, prisiones y más—sostiene el impulso de la acumulación.[2]

Marx claramente marca para nosotros el rol crucial que cumple la fuerza de trabajo, ya que es esta la que en efecto pone la producción capitalista en movimiento. Él también indica cómo, a diferencia de todas las otras mercancías bajo el capitalismo, la mercancía “única” de la fuerza de trabajo es singular en el sentido que no está producida capitalistamente. Las implicaciones de esta idea están, sin embargo, subdesarrolladas en Marx. Las teóricas de la reproducción social parten de estos silencios en el marxismo y muestran cómo la “producción de bienes y servicios y la producción de la vida son parte de un solo proceso integrado”, como lo ha señalado Mex Luxton.[3] Si la economía formal es el sitio de producción para los bienes y servicios, las personas que producen tales cosas son ellas mismas producidas por fuera del ámbito de la economía formal, en un sitio basado en el parentesco llamado la familia. Segundo, y continuando lo anterior, la TRS se pregunta por la opresión (de género, raza y sexualidad) de maneras no funcionalistas y distintivas, precisamente porque la opresión es teorizada como estructuralmente relacionada a, y por tanto estructurada por, la producción capitalista, antes que dejarla en los márgenes del análisis o tratarla como una apéndice a una proceso económico más profundo o más vital.

Así, los ensayos de este volumen exploran cuestiones relacionadas a quién constituye la clase trabajadora global hoy día en toda su subjetividad caótica, multiétnica, multigénero y con habilidades diferentes: qué significa atar teóricamente la lucha de clases solamente al punto de producción, sin considerar las miríadas de relaciones sociales que se extienden entre los lugares de trabajo, los hogares, las escuelas y los hospitales —un todo social más amplio, sostenido y coproducido por el trabajo humano de maneras contradictorias pero constitutivas—. De manera aún más significativa, abordan la relación entre la explotación (normalmente atada a la clase) y la opresión (normalmente entendida como algo que opera a través del género, la raza, etc.) y reflexiona sobre si esta división expresa adecuadamente las complicaciones de un nivel abstracto de análisis donde forjamos nuestro equipamiento conceptual, y de un nivel concreto de análisis, en el sentido de una realidad histórica donde aplicamos estas herramientas.

 

Renovando la teoría de la reproducción social bajo la sombra del neoliberalismo

Desde la crisis financiera del 2008 y 2009 y exacerbada por el rescate gubernamental de aquellos que perpetraron la crisis, ha surgido un renovado interés en Marx y el marxismo. Grandes medios de noticias del Norte Global, desde el New York Times a The Guardian, e incluso el medio conservador Foreign Policy, han declarado que Marx, sin dudas, “ha vuelto”.[4]

Dentro de este interés generalizado, ha habido el renacimiento de una atención más específica a El Capital de Marx. Aparte incluso del hecho que el libro de 700 páginas de Thomas Piketty titulado El Capital en el Siglo XXI se transformase en un superventas, el periodo que continuó al año 2008 ha visto un aumento sin precedentes en publicaciones académicas sobre el texto seminal de Marx.[5]

Aunque esta es, sin dudas, una novedad positiva,  queda espacio —en realidad una urgencia— para redibujar los contornos de varias de estas conversaciones sobre El Capital y en particular de su objeto de estudio, el capitalismo en general. Este libro es un intento de empezar el proceso de destacar la contribución crítica de la TRS para un entendimiento de las relaciones sociales capitalistas.

Existe una limitada pero rica literatura de marxistas y feministas que cruzan fronteras disciplinaras y que han, desde los años 1980, desarrollado ideas del marco de la reproducción social en direcciones muy productivas.[6] La reedición en el 2014 del clásico trabajo de Lise Vogel Marxism and the Oppression of Women: Toward a Unitary Theory ha insuflado nueva vida a este creciente cuerpo de bibliografía. Mientras estas publicaciones encarnan instanciaciones de la TRS en diversas áreas críticas, aún falta un texto que pueda servir como mapa y guía para este vívido y resonante cuerpo de trabajos. En efecto, es precisamente debido a que las académicas de la reproducción social han aplicado y extendido con eficacia sus ideas teóricas a un conjunto diverso de preocupaciones de maneras muy creativas que es útil compilar y esbozar sus componentes teóricos claves junto con sus más significativas aplicaciones históricas.

Dicho esto, este volumen se sostiene en una relación muy específica con la literatura reciente sobre opresión. Nosotras vemos nuestro trabajo como una ampliación de la conversación teórica dentro del cuerpo bibliográfico existente de dos maneras: (a) como una conversación entre el marxismo y el estudio específico de la opresión de género y de raza, y (b) como el desarrollo de una manera más rica de entender cómo el marxismo, en cuanto cuerpo de pensamiento, puede dirigirse a la relación entre la teoría y los estudios empíricos de la opresión.

Permítanme elaborar. Hacemos dos propuestas centrales en este volumen sobre la TRS: primero, que esta es una metodología que explora el trabajo y la fuerza de trabajo bajo el capitalismo y que está mejor preparada para ofrecer un mapa rico y variado del capital como una relación social; segundo, que esta es una metodología que privilegia el proceso o, para usar las palabras de Lukács, creemos que las “tendencias en desarrollo de la historia constituyen una realidad más elevada que los ‘hechos” empíricos’”. [7]

Muchos estudios recientes luchan por elaborar sobre estos temas. Cinzia Arruzza, en su libro Dangerous Liaisons (2013), ofrece un resumen de la relación histórica entre el marxismo y el feminismo que trata de entender precisamente dónde los tributarios del análisis del sistema en su conjunto (capitalismo) se encuentran con o divergen de los análisis de categorías producidas por el sistema (género y/o raza). El trabajo de Arruza rechaza la reducción de esta dinámica compleja a la pregunta simple de “si la clase viene antes o después del género,” señalando al camino hacia pensar cómo “el género y la clase interactúan en la producción capitalista”.[8]

De manera similar, Shahrzad Mojab, en su volumen recientemente editado Marxism and Feminism (2015), nos alerta de los verdaderos riesgos de cortar teóricamente la relación integrada entre clase y género. Los contribuyentes al volumen de Mojab muestran cómo separar el feminismo del capitalismo lleva a los peligros gemelos de vaciar de contenido revolucionario al feminismo que “reduce el género a preguntas sobre cultura”, y de “reducir el género a las relaciones de clase”.[9]

Un volumen algo más antiguo editado por Nancy Holmstrom (2002) realiza también un acercamiento que integra la relación entre la opresión y la fuente de las opresiones: el capitalismo. Holmstrom clarifica que aunque la “teoría básica” del marxismo no requiere de una “revisión significativa”, esta necesita ser “suplementada”. El volumen busca así abanderar un despliegue específico del materialismo histórico que “da una imagen más completa de la producción y la reproducción que la que da la teoría económica de Marx, la cual extiende las preguntas sobre la democracia no solo a la economía sino también a las relaciones personales”. [10]

La colección editada por Kate Benzanson y Meg Luxton, Social Reproduction (2006), es quizás el pariente téorico más cercano a nuestro proyecto. Esto no se debe solamente a que Benzanson y Luxton tratan explícitamente con la TRS, sino porque le restablecen una descripción densa de la “economía” y del “proceso político”. El volumen parte de la premisa que “en sociedades capitalistas la mayoría de las personas subsisten  combinando el empleo remunerado con el trabajo doméstico no remunerado para mantenerse a sí mismos… [por tanto] esta versión de la teoría de la reproducción social analiza de qué manera ambos trabajos son parte del mismo proceso socio-económico”.[11]

Mientras Benzanson y Luxton problematizan el concepto de trabajo y el rol que juega en la constitución y disrupción del capitalismo, Kathi Weeks (2011) ha puesto provechosamente la atención en la más común articulación del trabajo bajo el capitalismo, el trabajo asalariado. El acercamiento de Weeks coincide con el nuestro en el sentido que no se satisface con los esfuerzos de alinear el “trabajo” con “una distribución más equitativa de sus recompensas” —en otras palabras, con pensar sobre cómo nuestras vidas asalariadas pueden ser mejoradas—. Más bien, Weeks señala la fundamental inconmensurabilidad del capitalismo con todo tipo de sentido productivo y creativo del trabajo. Por tanto, su volumen nos urge a pensar sobre cómo el derecho al trabajo y el derecho a negarse a trabajar deben ser reimaginados bajo el signo de una teoría política anticapitalista.[12]

Esto nos lleva a cómo este volumen, aun cuando dialoga con la bibliografía mencionada, trata no obstante de desarrollar un conjunto de preocupaciones teóricas que están relacionadas pero son diferentes a ella. Los ensayos que contribuyen a este volumen, puede decirse ampliamente, hacen tres tipos de trabajo: determinar los contornos definicionales de la TRS, usar la TRS para desarrollar y profundizar la teoría Marxista, y explorar las implicaciones estratégicas para aplicar la TRS en nuestra coyuntura actual. Es a una elaboración de estos temas a lo que ahora nos abocamos.

 

Mapeando la teoría de la reproducción social: el trabajo de las definiciones

Todos los ensayos de este volumen están de alguna manera comprometidos con la tarea de delinear los contornos de qué es exactamente la teoría de la reproducción social, y que tipo de preguntas busca responder.

En la propia escritura de Marx, el término reproducción social se despliega mayormente para referir a la reproducción del sistema capitalista como un todo. Johanna Brenner y Barbara Laslett sugieren, por lo tanto, una útil distinción entre la reproducción societal y la social, siendo la primera la que retenga el sentido que le daba Marx, mientras que las segunda haría referencia a

las actividades y actitudes, comportamientos y emociones, y responsabilidades y relaciones directamente involucrados en mantener la vida, de una manera diaria e intergeneracional. Esto involucra distintos tipos de trabajo socialmente necesario —mental, físico y emocional— dirigido a proveer los medios, definidos de manera histórica, social y también biológica, para mantener y reproducir a la población. Entre otras cosas, la reproducción social incluye cómo se disponen la comida, la ropa y el refugio para consumo inmediato, cómo se logra la manutención y la socialización de los niños, cómo se provee el cuidado de los ancianos y enfermos, y cómo se construye socialmente la sexualidad.[13]

La primera problemática respecto a qué significa la reproducción social de la fuerza de trabajo es, sin embargo, solo un comienzo preliminar de este proyecto definicional. En palabras sencillas, mientras el trabajo pone en movimiento el sistema capitalista de producción, la TRS apunta que la fuerza de trabajo es la mercancía —la “única mercancía” como la llamaba Marx— que es producida por fuera del circuito de la producción de mercancías. Pero este estatuto de la fuerza de trabajo como una mercancía que se produce simultáneamente por fuera del ciclo productivo “normal” de otras mercancías crea más preguntas que respuestas. Por ejemplo, Marx es muy claro con respecto a que cada mercancía bajo el capitalismo tiene dos manifestaciones: como valor de uso y como valor de cambio. En efecto, cuando una mercancía aparece en su forma social, solo nos topamos con su segunda manifestación porque el proceso de circulación capitalista, a través de un acto de “necromancia”, transforma el valor de uso en su opuesto directo. Pero la fuerza de trabajo se transforma en una “mercancía” (esto es, se vuelve algo que no es simplemente dotado de valor de uso) sin tener que atravesar el mismo proceso de “necromancia” como las otras mercancías, lo que plantea la pregunta sobre la ontología de la fuerza de trabajo, más allá de las preguntas simples sobre su “producción” y “reproducción”. Si la totalidad del sistema capitalista se dispara a través de esta “mercancía” que no es producida de la manera que las otras mercancías, entonces, ¿cuáles son los puntos de determinación y/o las contradicciones que deben ser necesariamente constitutivas del sistema, pero a su vez deben superarse de manera inmanente?

Una manera de resolver este problema es a través de un entendimiento espacial: que existen dos espacios separados pero relacionados —espacios de producción de valor (el lugar de la producción) y espacios de la reproducción de la fuerza de trabajo—. Pero entonces, como se señaló arriba, la fuerza de trabajo no simplemente se surte de provisiones en casa, ni es siempre reproducida generacionalmente. La familia puede constituir el sitio de la renovación de la fuerza de trabajo, pero ella sola no explica “las condiciones bajo las cuales, y … los hábitos y el grado de confort en el cual” ha sido producida la clase trabajadora de cualquier sociedad en particular.[14] La educación pública y el sistema de salud, las instalaciones para el ocio en comunidad, y las pensiones y beneficios para los mayores en conjunto componen aquellos “hábitos” históricamente determinados. Del mismo modo, el reemplazo generacional a través del nacimiento de hijos en una unidad familiar basada en el parentesco, aunque predominante, no es la única manera en que se reemplaza la fuerza laboral. La esclavitud y la inmigración son dos de las formas más comunes en que el capital ha reemplazado el trabajo en una sociedad demarcada [bounded society].

La concatenación compleja de las relaciones sociales que constituyen la reproducción de la fuerza de trabajo ha llevado a algunos teóricos a definir la reproducción social para incluir “los procesos necesarios para la reproducción de la fuerza de trabajo, tanto biológicamente como dóciles trabajadores asalariados”[15]

¿Cómo puede “docilizarse” el trabajo? Y con relación a esto, si la fuerza de trabajo es una mercancía “única” en el sentido que es producida de manera no capitalista, entonces ¿es esto un contrapeso a la producción de la docilidad? El ensayo de Susan Ferguson en este volumen busca explorar la muchas veces disputada relación dinámica entre el capital y la niñez. Ferguson nos lleva más allá del tropo del consumismo bajo el cual se estudia la niñez capitalista usualmente. En cambio, ella se plantea una pregunta más difícil: “¿Qué son exactamente las relaciones capitalistas productivas? ¿Cómo se implican los niños en ellos?” (el énfasis es mío). Mientras ella plantea que las “relaciones capitalistas productivas determinan el terreno sobre el que los niños y la niñez es producida y reproducida”, Ferguson evita la correlación funcionalista entre la visión de / necesidad del capital de niños como pre-trabajadores, y la real delineación histórica de la niñez. En cambio, su ensayo ilumina la “relación profundamente contradictoria entre la reproducción social de niños y la niñez, por un lado, y la continua expansión del capital, por la otra”. Como Walter Benjamin en su Niñez en Berlín, Ferguson urge que reconsideremos al niño como una figura liminal y ambigua, capaz tanto de docilidad frente al capital como de colusión con energías revolucionarias.

Si bajo el capitalismo el niño va a ser siempre una figuración de aquello que será, entonces el jubilado es quizás, en términos capitalistas, la terminación de todas las posibilidades. Pero como el marco de reproducción social  extiende el análisis más allá del trabajo asalariado y de los espacios de la producción, sugiere un entendimiento más robusto del trabajo humano. El ensayo de Serap Saritas Oran en este volumen, por tanto, teoriza las pensiones como “no simplemente salarios diferidos o ahorros individuales”, sino “desde una perspectiva económica política”. El ensayo de Oran vuelve a enmarcar la pregunta de  qué es lo que constituye la fuerza de trabajo: ¿está compuesto por un conjunto de valores de uso representados por el tiempo de trabajo necesario para su producción, o podemos determinar su valor a través del valor de cambio, o el salario? Ella ubica una laguna en ambos acercamientos, ya que fallan en teorizar adecuadamente aquellos bienes y servicios que tienen “valor de uso, pero no valor de cambio, como las actividades reproductivas domésticas o los servicios del Estado” como las pensiones. Dado que las pensiones no son necesariamente mercancías, ni corresponden directamente con tiempo de trabajo, estas no pueden ser consideradas un equivalente directo de la fuerza de trabajo de un obrero durante su vida de trabajo. Oran nos impele entonces a mirar las pensiones como “un componente de un más amplio entendimiento del valor de la fuerza de trabajo como estándar de vida para la clase trabajadora que consiste en pagos y beneficios necesarios para la reproducción social generacional”.

Teorizar las pensiones es una forma de revelar la naturaleza superficial de una marcada división espacial entre la producción (pública) y la reproducción (privada), porque los dos espacios separados —espacio de la producción de valor (lugar de la producción) y los espacios de reproducción de la fuerza de trabajo— aunque separados en un estricto sentido espacial, están realmente unidos tanto teórica como operacionalmente. Estas son formas históricas particulares de apariencia en las que el capitalismo es un proceso que se postula a sí mismo.

La pregunta por las esferas separadas y por qué estas son formas históricas de apariencia es importante, y vamos a reflexionar sobre esta a lo largo del volumen. Una manera de entender la reproducción social es que se trata de dos espacios y dos procesos de producción separados: el económico y el social, muchas veces entendidos como el lugar del trabajo y la casa. En este entendimiento, el trabajador produce una plusvalía en el trabajo y por tanto es parte de la producción del total de riqueza de la sociedad. Al final de la jornada laboral, dado que el trabajador es “libre” bajo el capitalismo, el capital debe despojar el control sobre el proceso de regeneración del trabajador y por tanto de la reproducción de la fuerza de trabajo. El corpus de relaciones sociales que involucre la regeneración —nacimiento, muerte, comunicación social, etc.— es más comúnmente referida en la literatura académica y de políticas como cuidado o cuidado social.

Si, como proponemos, la separación especial entre la producción (pública) y la reproducción (privada) es una forma histórica de aparición, entonces el trabajo que es dispensado en ambas esferas también debe ser teorizado de una manera integradora. El ejemplo marxista clásico que describe la relación entre las dos formas de trabajo es la discusión de Marx de la jornada laboral. La reducción de la jornada laboral (el tiempo de producción), para Marx, es el primer paso hacia que la humanidad desarrolle una noción rudimentaria de libertad o de su potencial humano. En el tercer volumen de El Capital, él señala que “el reino de la libertad empieza realmente solo donde termina el trabajo determinado por la necesidad y la conveniencia externa … la reducción de la jornada laboral es el prerrequisito básico”. [16] Así Marx describe famosamente los efectos de la alienación en la esfera productiva, ya que “el trabajador… solo se siente a sí mismo fuera de su trabajo, y en su trabajo se siente por fuera de sí mismo. Él está en casa cuando no está trabajando, y cuando está trabajando no está en casa”.

Algunos académicos han llegado a sostener que el trabajo concreto, en oposición al trabajo abstracto, es el trabajo no alienado, dado que no es producido para el beneficio o el intercambio.[17] Este tipo de interpretación colapsa la relación entre “trabajo” y “ocio” como términos de sentido común con los términos marxistas de trabajo abstracto y concreto. Por ejemplo, puedo hacer jardinería en mi patio durante el fin de semana (trabajo concreto) o trabajar en un Starbucks durante la semana (trabajo abstracto). ¿Esta labor de jardinería es no alienada? Una lectura profunda de Marx sugeriría algo distinto.

En mi lectura, junto con la útil distinción entre el trabajo concreto y el trabajo abstracto, Marx también está proponiendo que nuestro rendimiento como trabajo concreto está saturado de o sobredeterminado por relaciones sociales alienadas dentro de las cuales aquel trabajo debe existir. Por tanto, incluso mi trabajo concreto (jardinería) no es realizado durante y para un tiempo de mi propia elección o en formas que puedo yo determinar, sino que tiene que “adecuarse” con las necesidades temporales y objetivas de otras relaciones sociales. En efecto, si retrocedemos a los epígrafes con los que empiezo este ensayo, ahí parece que el tiempo tras el trabajo (tiempo de reproducción) es igual de tedioso. Lenin, usualmente alguien poco dado a cuidar sus palabras, se refiere a las trabajadoras como “esclavas domésticas” precisamente porque “el trabajo doméstico aplasta, estrangula, idiotiza, y degrada a la mujer, la encadena a la cocina y a la guardería, y ella desperdicia su energía en trabajo rutinario bárbaramente improductivo, nimio, enervante, idiotizante y humillante”.[18] ¿Estaba entonces Marx equivocado, o simplemente sexista, al señalar esta esfera como un punto de partida para la libertad?

Es ciertamente verdadero que Marx reserva tanto su teorización desarrollada como su rabia contra la forma que el trabajo asume en la esfera de la producción.[19] Pero dado que bajo el capitalismo la relación de trabajo asalariado “permea los espacios de vida cotidiana no asalariada”, el tiempo de la reproducción debe necesariamente responder a los impulsos estructurantes del tiempo de la producción. El impulso estructurante, sin embargo, no es una correspondencia simple, y es importante destacar este punto porque, mientras el capitalismo limite nuestro horizonte de posibilidades en ambas esferas, este tiene que simultáneamente despojarse de un control absoluto sobre el tiempo de la reproducción.

Marx reconoce este débil vínculo en el capitalismo, pero, como muchas de las categorías analíticas de la reproducción social, lo deja sin teorizar. Por ejemplo, consideremos su argumento citado a menudo sobre la bestialidad de las relaciones capitalistas. El trabajador, dice Marx,

ya no se siente él mismo como libremente activo en sus funciones más que en las puramente animales —comer, beber, procrear, o a lo más en tener vivienda o vestirse, etc.—; y en sus funciones humanas ya no siente nada más que sentirse un animal.[20]

Ciertamente, Marx reconoce que “comer, beber, procrear, etc. son también funciones humanas genuinas”. Pero “en la abstracción que las separa de la esfera de todas las otras actividades humanas”, estas son transformadas en su “único y definitivo fin”: esto es, son vistas como puramente biológicas y, en esto, pueden igualarse a las funciones animales. Esta abstracción es el impulso condicionante del trabajo asalariado. Pero hay más en este pasaje, por el hecho que Marx señala que el trabajador se siente activamente libre en su tiempo fuera de la producción. Desde esto, Bertell Ollman resume con acierto que:

Comer, beber y procrear son ocasiones donde todos los poderes del hombre son realizados conjuntamente; pero, en el capitalismo, estos solo sirven su función más obvia y directa como lo hacen sus equivalentes en el reino animal. A pesar de su estado depravado, sin embargo, los individuos ejercen más poder de elección en estas actividades que en otras, sobre todo en el trabajo, que es aquello que lo distingue como ser humano. A pesar de lo insatisfactorio que puede ser alimentarse y comer desde un punto de vista humano, el trabajo siente que al menos allí está haciendo lo que él quiere. Lo mismo no puede ser dicho de su actividad productiva.[21]

El capitalismo, entonces, genera un conjunto de dos distintas relaciones que sin embargo están unificadas: las relaciones particulares que adhieren la producción a la reproducción. La descripción de Ollman del método de Marx es útil para nosotras, para abordar esta unidad contradictoria. La práctica de Marx, dice Ollman, “de ver el todo en las partes vincula todas las relaciones particulares conjuntamente en cuanto aspectos en el despliegue completo de una de ellas”. [22]

Mucha más atención teórica necesita darse a la relación entre el cuerpo físico en todos sus actos (como “comer, deber y procrear”) y las relaciones sociales del capital dentro de las que se encuentra aquel. Las ideas desde la teoría queer son útiles en este sentido para observar cuánto lo social se implica en lo físico y viceversa. El ensayo de Alan Sears en este volumen se enfrenta a este aspecto particular de la pregunta físico-social. Sears imbrica inteligentemente los horizontes de libertad sexual con la libertad del capitalismo, haciendo así una condición de posibilidad a partir de la otra. El ensayo muestra por qué la sexualidad bajo el capitalismo está siempre ya organizada como una “doble libertad paradójica, en la cual el control sobre el propio cuerpo está siempre combinado con formas de obligación”. Impulsos contradictorios de la relación capital trabajo modelan una consciencia corporal y reflejan expresiones de esta, como es la sexualidad. Sears localiza las paradojas de la sexualidad capitalista, el constante baile de sombras entre la libertad y la represión en una contradicción sistémica:

Los miembros de la clase trabajadora son libres en cuanto ellos son dueños de sus cuerpos, pero están sometidos a la obligación sistémica porque ellos deben vender su capacidad de trabajo para ganar acceso a los requerimientos básicos de subsistencia. La combinación de consentimiento y obligación que subyace a las relaciones básicas de trabajo bajo el capitalismo también modela las realidades de libertad sexual dentro de los bordes de este sistema.

El ensayo de Nancy Fraser teoriza de manera similar este impulso contradictorio constitutivo que es característico del capitalismo como sistema. Mientras el momento neoliberal está marcado por una crisis de provisión social, Fraser disputa la noción de que esta es simplemente una “crisis del cuidado” o una crisis de “las capacidades disponibles para el nacimiento y crianza de hijos, el cuidado de amigos o miembros de la familia, el mantenimiento del hogar y de comunidades más amplias, y el sostenimiento de conexiones en un sentido general”. En cambio, Fraser ofrece una tesis más oscura que señala que esta es una crisis generalizada de la habilidad del sistema para reproducirse a sí mismo, acarreada por el agotamiento y la destrucción de las funciones de la reproducción social. Las crisis evidenciadas en el trabajo de cuidado, entonces, “no son accidentales sino que tienen profundas raíces sistémicas en la estructura de nuestro orden social”. Estas han sido generadas y aceleradas por la “acumulación sin límites que tiende a desestabilizar el propio proceso de reproducción social en el que se basan”.  Fraser, como muchas de las otras contribuyentes a este volumen, ofrecen una visión profundamente genderizada del capital, una en la cual la resolución de las crisis de cuidado solo puede darse a través de una resolución de las injusticias inherentes del sistema como un todo y “requiere reinventar la distinción entre producción/reproducción y re-imaginar el orden del género”.

Esta línea de teorización sobre la naturaleza del trabajo asalariado y no asalariado también lidia con ramas críticas del pensamiento y activismo feminista, siendo el más prominente, obviamente, el movimiento de salarios para el trabajo doméstico. El ensayo de Carmen Teeple Hopkins discute las contribuciones importantes de activistas-académicas como Mariarosa Dalla Costa, Selma James y Silvia Federici, y aborda el desafío teórico que las feministas autonomistas plantearon al esquema marxista de reproducción social.[23]

El estudio de Teeple Hopkins de trabajadoras domésticas inmigrantes en Montreal suma otra capa más de preguntas teóricas al complejo tema del trabajo doméstico. Ella señala que mientras tenemos, con las autonomistas feministas, “una deuda de gratitud” por sus consideraciones del trabajo doméstico, necesitamos renovar la conversación sobre la categoría de “cuidado” en una época donde el cuidado es mercantilizado continuamente y vendido a precio de mercado. Aquí, Teeple Hopkins desnaturaliza el trabajo de cuidado remunerado de dos maneras importantes. La primera es recordándonos que tal trabajo toma formas muy específicas bajo las circunstancias actuales, en cuanto es realizado mayormente por “mujeres de color de clase trabajadora o trabajadoras migrantes”, un hecho que correctamente localiza el “estatus de raza y ciudadanía” como un determinante central tanto de la reproducción societal como la social. Segundo, su ensayo ubica el proceso de racialización en su contexto histórico de un “trabajo esclavo no remunerado de mujeres afroamericanas durante la esclavitud en EE.UU.” y de un “trabajo doméstico remunerado que muchas mujeres afroamericanas llevan a cabo en este periodo post-esclavitud”, poniendo por lo tanto el “canon de la reconocida reproducción social” en un diálogo productivo con la escritura feminista negra.

Hay un desafío más literal para definir la TRS. El contenido del volumen se enfrenta con temas (como el trabajo doméstico y la economía informal) que han sido abordados bajo rúbricas teóricas distintas a la reproducción social, como la antropología, los estudios laborales, y ciertas tradiciones historiográficas, como la historia subalterna. ¿Debemos continuar pensando esta tradición específicamente con el marco de la reproducción social, o debemos pensarla más ampliamente? Esto plantea una pregunta importante que va al corazón del significado y el alcance de esta tradición teórica.

Las teóricas de la reproducción social, que por ningún medio representan una tradición política o teórica unificada, están generalmente concernidas con un aspecto particular de la reproducción de la producción capitalista como un todo. Marx se concentra famosamente en el ciclo de la producción de mercancías para mostrar cómo la plusvalía es producida a través de este proceso de producción (D – M (MPTf) – P – M’ – D’).[24] Él deja sin desarrollar o sub-teorizado la producción y reproducción de la fuerza de trabajo. Este es la parte del total de la reproducción del sistema que es la preocupación de las teóricas de la reproducción social. En este sentido, es quizás más apropiado pensar en esta tradición teórica como una serie de reflexiones en la economía política de la fuerza de trabajo, una reescritura de la teoría del valor-trabajo desde el punto de vista del trabajo asalariado (como opuesta a formar el lado del capital).

No obstante, considero, que la teoría de la reproducción social, como término, aún porta una importante carga analítica a la que hay que estar atentas. En primer lugar, no es simplemente un intento por explorar la relación entre las relaciones sociales establecidas a través del mercado y las relaciones sociales externas al mercado. Esto representa un esfuerzo por desarrollar la teoría del valor trabajo en una dirección específica. La TRS se esfuerza principalmente por entender cómo las categorías de opresión (tales como género, raza, y según capacidad) se coproducen en simultaneidad con la producción de la plusvalía. En este aspecto, busca superar las representaciones reduccionistas o deterministas del marxismo mientras que al mismo tiempo expone creativamente la totalidad orgánica del capitalismo como sistema. Es importante por tanto retener el término teoría de la reproducción social, ya que este declara su herencia dentro de la tradición marxista. En segundo lugar, varios nuevos términos han estado en circulación entre los teóricos sociales para describir la esfera de relaciones extra-mercantiles. La economía moral, la economía en las sombras, la fábrica social, y el sector de trabajo no remunerado están entre los términos que han sido empleados.[25] El término TRS es único en el sentido que teoriza la relación entre el mercado y lo externo al mercado, más que simplemente señalar su distinción.

(*) Traducción realizada por Stephan Gruber y revisada por Alexandra Hibbett

Notas

[2] Susan Ferguson, “Capitalist Childhood, Anti-Capitalist Children: The Social Reproduction of Childhood,” manuscrito inédito, 2015.

[3] Meg Luxton, “Feminist Political Economy in Canada and the Politics of Social Reproduction,” en Social Reproduction: Feminist Political Economy Challenges Neoliberalism, editado por Kate Bezanson y Meg Luxton (Montréal: McGill-Queen’s University Press, 2006), 36.

[4] “Marx Is Back” era el titular Foreign Policy (21 de enero, 2014), mientras que The Guardian ponía “Why Marxism Is on the Rise Again” (4 de julio, 2012); el New York Times “Marx Rises Again” (19 de abril, 2014), y Salon.com “Believe It or Not: Karl Marx Is Making a Comeback” (22 de junio, 2014).

[5] Estos incluyen, entre otros: Elmar Altvater, Marx neu entdecken (Rediscovering Marx) (Hamburg: VSA Verlag, 2012); A Companion to Marx’s Capital de David Harvey (Nueva York: Verso, 2010) y A Companion to Marx’s Capital Volume 2 (Nueva York: Verso, 2013), Wolfgang Fritz Haug, Das Kapital lesen—aber Wie? Materialien (Reading Capital—But How? Materials) (Hamburg: Argument-Verlag/Ariadne, 2013), y la traducción al inglés del libro introductorio de Michael Heinrich Capital: An Introduction to the Three Volumes of Marx’s Capital (Nueva York: Monthly Review Press, 2012), publicado originalmente en alemán en el 2004; Fredric Jameson, Representing Capital: A Reading of Volume One (Nueva York: Verso, 2011); Alex Callinicos, Deciphering Capital (Londres: Bookmarks, 2014).

[6] La literatura es demasiado vasta para mencionar enteramente aquí, pero algunos textos representativos son: Veronica Beechey, Unequal Work (New York: Verso, 1987); Dorothy Smith, “Feminist Reflections on Political Economy,” Studies in Political Economy 30 (1987); Johanna Brenner, Women and the Politics of Class (New York: Monthly Review Press, 2000); Antonella Picchio, Social Reproduction: The Political Economy of the Labor Market (Cambridge: Cambridge University Press, 1992); y el trabajo de las marxistas canadienses como Heather Jon Maroney, Bonnie Fox, Kate Bezanson, y Isabella Bakker.

[7] György Lukács, History and Class Consciousness: Studies in Marxist Dialectics (Cambridge, MA: MIT Press, 1971), 181.

[8] Cinzia Arruza, Dangerous Liaisons (Londres: Merlin, 2013), 128.

[9] Shahrzad Mojab, ed., Marxism and Feminism (Londres: Zed Books, 2015).

[10] Nancy Holmstrom, ed., The Socialist Feminist Project: A Contemporary Reader in Theory and Politics (Nueva York: Monthly Review Press, 2002), 7.

[11] Kate Benzanson y Meg Luxton, eds., Social Reproduction (Montreal: McGill-Queen’s University Press, 2006), 37, mi énfasis.

[12] Kathi Weeks. The Problem with Work. Feminism, Marxism, Antiwork Politics and PostWork Imaginaries (Durham: Duke University Press, 2011).

[13] Johanna Brenner y Barbara Laslett, “Gender, Social Reproduction, and Women’s Self-Organization: Considering the US Welfare State.” Gender & Society 5, no. 3 (1991): 314.

[14] Karl Marx, Capital, Vol. 1 (Washington, DC: Gateway Editions, 1996), 139.

[15] Ben Fine y Alfredo Saad-Filho, Marx’s ‘Capital,’ 6a ed. (Londres: Pluto,2017), 60.

[16] Karl Marx, Capital, Vol. 3 (Londres: Penguin, 1981), 959.

[17] John Holloway, Crack Capitalism (Londres: Pluto Press, 2010).

[18] V.I. Lenin, “A Great Beginning,” Collected Works, Vol. XXIX (Londres: Lawrence & Wishart, 1965 [March–August 1919]), 429.

[19] Como señala Ollman, dado que Marx describe de maneras variadas al trabajo capitalista “como ‘un tormento’, un ‘sacrificio de vida’ y ‘una actividad como sufrimiento’, no debe sorprendernos que nadie en el capitalismo trabaje a menos que sea forzado”. Bertell Ollman, Alienation (Cambridge: Cambridge University Press, 1977), 141.

[20] Karl Marx, Economic and Philosophic Manuscripts of 1844 (Moscú: Progress Publishers, 1959), 69.

[21] Bertell Ollman, Alienation: Marx’s Conception of Man in Capitalist Society (Cambridge: Cambridge University Press, 1971), 141.

[22] Ibid.

[23] Ver Bonnie Fox, ed., Hidden in the Household: Women’s Domestic Labor Under Capitalism (Nueva York: Women’s Press, 1980); Maxine Molyneux, “Beyond the Domestic Labor Debate,” New Left Review 116 (1979).

[24] En el cual el dinero (D) es intercambiado por Mercancias (M), esto es, una combinación de medios de producción (Mp) y fuerza de trabajo (Tf). Los dos elementos combinados a través de la producción capitalista (P) producen nuevas mercanciías y plusvalía ( M’) que entonces es intercambiado por una mayor cantidad de dinero (D’).

[25] Ver George Caffentzis, “On the Notion of a Crisis of Social Reproduction,” en Letters of Blood and Fire: Work, Machines and the Crisis of Capitalism (Oakland, CA: PM Press, 2013).

Imagen tomada de: feminisminindia.com

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