Wiñaypacha, o de la soledad del cielo

Por Noemí Ancí [1]

Eternidad. Tal como el propio título del filme parece anunciar, la eternidad es el tema retratado con una brillantez y sutileza pocas veces apreciadas en el cine nacional. Y a pesar de que la historia llega a nosotros, los espectadores, a través de imágenes grabadas a una corta distancia del cielo, uno de los conceptos más abstractos, como es el de la eternidad, es percibido a lo largo de la película mediante una angustiosa y omnipresente cercanía.

En cuanto comienzan las primeras escenas, ilusamente puedes tratar de recibirlas con una actitud analizante, ya que, poco a poco, el relato empieza a envolverte y de pronto, sin darte cuenta, has dejado la cómoda butaca en la que estás sentado para sentir el mismo frío y soledad que afrontan los personajes. Silencio, un riachuelo y su cauce pausado; temor y el inicio de la tormenta; dolor por el infortunio y la muerte; resignación, y celebración ecuánime de los ciclos de la vida. Lo más extraño, sin embargo, es que, por ciertos momentos, te percibes retratado en los ancianos, mientras que, por algunos otros, te conviertes en aquel personaje que está, pero sin estar presente.

El paso del tiempo y ellos, el paso del tiempo y tú; su espera, y la tuya; el no regreso de quien se fue, y tú, el que no regresa. La historia tiene -pero, al mismo tiempo, no tiene- que ver con una pareja de ancianos de lengua aymara que vive a cinco mil metros de altura al sur del Perú. La proximidad en la que te hallas en relación con ellos solo puede ser comprendida mediante la experiencia compartida de una angustia trascendental que nos une, como seres finitos, con el acontecer eterno del tiempo. Días tras días tan semejantes el uno al otro, pero los ancianos (ahora nosotros) cada vez más viejos, ¿será que mañana podremos llegar al pueblo?

La destreza con que la película logra incorporarnos a la experiencia narrada va acompañada de un evanescente e intermitente vaivén entre las creencias y la realidad física, entre lo mágico y la contingencia, entre nuestro arraigo cultural y la manera en que le damos sentido a lo que nos sucede. Wiñaypacha logra, con una encantadora ambigüedad, fundirnos, por un breve lapso, con lo que fuimos y con lo que podremos ser.

[1] Agradezco a José Enrique Sotomayor por sus comentarios y sugerencias de estilo.

Créditos de la imagen: America TV

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