Esquizofrenia en la academia (parte I): el contexto

Por Felipe Portocarrero

La cena discursiva ya está servida y nuestro plato fuerte fusiona dos ingredientes que difícilmente podrían haberse pensado como posibles de vincular; a saber, la educación, por un lado, y el crecimiento y desarrollo económico de una nación y la sociedad que contiene, por el otro. La fórmula adopta la siguiente lógica: mayor acceso a educación de calidad supone (sin duda ni cuestionamiento, diría nuestro chef Spin Docteur[1]) crecimiento económico y desarrollo social. El fundamento de esta afirmación apela a una visión, por decir lo menos, meritocrática de una ya conocida muletilla de los discursos de cierto tipo de neoliberalismo[2]: la movilidad social. El que, como individuo, desees aspirar a condiciones de vida más dignas está directamente condicionado por la inversión que realices en tu formación educativa y en que ésta sea de ‘calidad’. La esquizofrenia capitalista ha invadido, desde hace unos cuarenta años, un campo institucional que había permanecido inmune a sus arrebatos, que había sabido resistir a sus embates a través de la afirmación y reafirmación de su autonomía, pero que, hoy por hoy, se ha visto colonizado y recontextualizado por fuerzas, sobre todo, externas, y por la presión ejercida por una multiplicidad de actores cuyos intereses se ven materializados en demandas que deben ser satisfechas. Estamos hablando, puntualmente, del campo de la educación superior y, específicamente, de las universidades.

¿Cuál es la historia detrás de esta [infeliz] situación? Tradicionalmente, las universidades fueron concebidas como instituciones con autonomía en su dirección, creadas para la transmisión de conocimiento, es decir, para la enseñanza y el aprendizaje, para la formación de los ciudadanos –así muy bien lo señalaba el beato y gran estudioso de la universidad, John Henry Newman. La investigación académica y científica era una tarea que le correspondía a otra instancia. Sin embargo, como cualquier campo institucional, el de la universidad fue evolucionando y reorientando su misión en función de las exigencias del contexto. Las tareas de las universidades se volvieron tres: enseñanza, investigación y proyección social[3]; y la relación con el Estado fue adquiriendo mayor importancia hasta volverse determinante.

Otra manera de comprender la universidad señalaba que ésta era una institución cuya misión era formar a las élites dirigentes (ojo, no dominantes), que se encargarían de conducir a las sociedades en la búsqueda de prosperidad; de manera que la universidad era pensada como un recinto exclusivo en el que el privilegio de sangre o de clase era el requisito de entrada. La ilustración y las revoluciones liberales entre los siglos XVIII y XIX cambiaron radicalmente aquel panorama, promoviendo la democratización en el acceso a la educación y la gestación de un proceso que alcanzaría su mayor despliegue durante el siglo XX: la masificación. Si bien la democratización en el acceso a un bien social como la educación superior puede ser deseable, los efectos para el campo y para las instituciones fueron –siendo condescendientes– complejos. Durante la segunda mitad del siglo XX, la demanda por la provisión de educación superior, por parte de la sociedad, iba incrementándose de manera exponencial y los estados no podían solventarla con ‘eficacia’ y, menos, con ‘calidad’[4]. El sector privado, que ya tenía participación en el campo[5], se volvió un actor determinante ante la necesidad de llenar el vacío en el acceso a educación superior, e identificó (como muy bien sabe hacerlo) un nicho de mercado sumamente atractivo. Empezó, así, la proliferación de universidades e instituciones de formación superior de distinto tamaño, enfoque, misión, buscando cubrir todo el espectro de demandas surgidas como producto de la masificación. Este incremento en la cantidad y en la heterogeneidad dentro del campo de la educación superior trajo consigo una preocupación razonable, pues si bien se había universalizado el acceso, no se había puesto atención a la calidad de esta nueva, diversa y creciente oferta.

En principio, las mismas universidades estuvieron a cargo de la evaluación de su calidad a través de encuestas a docentes, alumnos y personal administrativo, y a partir de las opiniones recogidas de pares de otras instituciones con las que se establecían vínculos de cooperación. Era un ejercicio de autoevaluación que servía para los propósitos de identificar puntos débiles, configurar alternativas de mejora e implementarlas, todo como un proceso interno. La masificación en la educación superior generó que el interés por la calidad de las universidades se volviera público y el escrutinio generalizado. Se constituyó lo que ahora se denomina ‘accountability culture’ (cultura de la rendición de cuentas) en nombre de la búsqueda de transparencia en la información para la toma racional de decisiones y como respuesta ante el cada vez más diverso e interesado público. Los diversos actores no confiaban en los mecanismos internos de evaluación que las universidades habían desarrollado, de manera que se optó por crear agencias externas a las universidades, las cuales se encargarían de llevar a cabo estas evaluaciones, las posteriores asesorías y, también, acreditaciones que certifiquen la calidad lograda[6]. La preocupación siguió siendo por la calidad y por la mejora continua de las universidades.

Sin embargo, el nivel del discurso en el que se manejaba la información recogida por estas entidades no era accesible para el público en general, por lo que la brecha en información persistía y los potenciales estudiantes continuaban demandándola. Un fenómeno más se suma en toda esta compleja ecuación y tiene que ver con lo mencionado al inicio de este artículo, a saber, la penetración del discurso que propone la idea de que la educación es la panacea para los problemas económicos de una nación y, lógicamente, para su competitividad en un mundo económicamente cada vez más globalizado. Esta disrupción terminó por sedimentar un proceso que ya venía en firme avance: la introducción de la lógica del mercado y su discurso, en el ámbito de la educación superior. La educación superior y sus instituciones, bajo esta nueva perspectiva, dejan de ser un bien social para transformarse en un servicio; los potenciales estudiantes se vuelven consumidores de este servicio, clientes; y docentes, investigadores y personal administrativo se deshumanizan para convertirse en capital. Esta nueva mentalidad se compenetra muy bien con la preocupación por la calidad que ya era común en el campo y, al haberse éste transformado en un servicio, se empezaron a reorientar las prioridades hacia la demanda (los consumidores).

Si algo demandaban los consumidores era calidad y garantía de esa calidad, de manera que requerían de información que les sirva de evidencia de esa calidad. Las agencias acreditadoras y de aseguramiento de la calidad no satisficieron esa demanda de información y ese vacío fue subsanado por un nuevo actor en toda esta telenovela: los rankings universitarios globales. Simples, concisos y claros, así se venden los rankings. Fuentes indiscutibles de información sobre la calidad de las universidades, que permiten tomar decisiones a padres y jóvenes, diseñadores de políticas públicas, potenciales empleadores y a las universidades mismas. Todo esto con el propósito de servir como fuerza motivadora para que las instituciones alcancen la excelencia.

Notas

[1] ‘Spin doctor’ es la expresión que designa a los funcionarios y técnicos que se encargan de diseñar e implementar políticas públicas poniendo en operación estrategias discursivas y retóricas con el ánimo de persuadir a los individuos que se verán impactados por aquellas. Hacen que el discurso técnico tenga una apariencia más accesible y una mejor llegada al público.

[2] El tipo de neoliberalismo que apuesta sin reparos por políticas públicas que flexibilizan los mercados laborales, desregulan la actividad privada y reducen casi por completo la actividad del Estado en los distintos campos institucionales, a la de una entidad reguladora.

[3] También llamada extensión cultural.

[4] Significantes que se constituyen como elementos esenciales dentro del discurso del ‘management’ dentro del campo de la educación.

[5] Pero que había entendido bien que la educación era un bien social y, por lo tanto, era imperativo que se mantuviese sin fines de lucro.

[6] ‘Quality Assurance’ y ‘accreditation’

Créditos de la imagen: Universidad Peruana Unión

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