La teoría crítica del valor*

Por Anselm Jappe

La teoría crítica del valor –Wertkritik– es el nombre a través del cual se conoce a la lectura contemporánea de la teoría del valor de Karl Marx para analizar la sociedad actual. Esta nueva corriente del marxismo se propone retomar las categorías centrales elaboradas por Marx: el valor, el trabajo abstracto, la mercancía, el fetichismo de la mercancía, etc. con el objetivo de reconocer su actualidad, pero también sus limitaciones. Anselm Jappe es uno de los representantes más activos de esta nueva aproximación a la teoría del valor. En el apéndice de su reciente libro, La société autophague: capitalisme, démesure et autodestruction (2017 La découverte), Jappe hace un esfuerzo por sintetizar los elementos centrales de la crítica del valor que sirvan como introducción a esta corriente contemporánea del marxismo. A continuación, presento la traducción libre que realicé de una parte de su obra. Agradezco a Adriana Sánchez por la revisión de la traducción, Mijail Mitrovic y Guillermo Rochabrún.

APÉNDICE: ALGUNOS PUNTOS ESENCIALES DE LA CRÍTICA DEL VALOR

El sistema capitalista atraviesa una crisis grave. Esta crisis no es solamente cíclica sino también final: no en el sentido de un derrumbe inminente sino en el quiebre respecto a un sistema que ha perdurado varios años. No se trata del cumplimiento de una profecía sobre un evento futuro; sí de la constatación de un proceso que se hizo evidente al inicio de los años 1970 y cuyas raíces se remontan al inicio del capitalismo.

Nosotros no estamos asistiendo al pasaje de un régimen de acumulación a otro (como en el caso del fordismo), ni al advenimiento de nuevas tecnologías (como fue el caso del fordismo con el automóvil), ni al desplazamiento de un centro de gravedad hacia otras regiones del mundo, sino al agotamiento del recurso mismo del capitalismo: la transformación del trabajo vivo en valor.

Las categorías fundamentales del capitalismo, aquellas que Karl Marx analizó en su crítica de la economía política, son el trabajo abstracto y el valor, la mercancía y el dinero, que se resumen en el concepto de “fetichismo de la mercancía”.

Una crítica moral, fundada sobre la denuncia de “la codicia”, se perdería de lo esencial.

No se trata de ser marxistas o posmarxistas o de interpretar la obra de Marx o de completarla con otros aportes teóricos. En lugar de eso, hay que reconocer la diferencia entre el Marx “exotérico” y el Marx “esotérico”, entre el núcleo conceptual y el desarrollo histórico, entre la esencia y el fenómeno. Marx no está “desfasado” como dicen los críticos burgueses. Sobre todo si uno conserva la crítica a la economía política y al interior de esta principalmente la teoría del valor y la del trabajo abstracto. Esta constituye siempre la contribución más importante para comprender el mundo en el que vivimos. Un uso emancipatorio de la teoría de Marx no diría que se encuentra “desfasada” ni la combinaría con otras teorías ni trataría de restablecer al “verdadero Marx” ni tomaría sus libros al pie de la letra, pero sí pensar el mundo actual con los instrumentos que ha puesto a nuestra disposición. Hay que desarrollar sus intuiciones fundamentales, algunas veces contra lo que él mismo escribió.

Las categorías en las que se basa el capitalismo no son neutras ni supra históricas. Sus consecuencias son desastrosas: la supremacía de lo abstracto sobre lo concreto (además de su inversión), el fetichismo de la mercancía, la automatización de los procesos sociales contra la voluntad humana consciente, el hombre dominado por sus propias creaciones. El capitalismo es inseparable de la gran industria, valor y tecnología van de la mano –estas son dos formas de determinismo y fetichismo.

Además, estas categorías están sujetas a una dinámica histórica que les permite ser más destructivas, pero, así también, abren la posibilidad de su superación. En efecto, el valor se está agotando. Después de su comienzo, hace más de doscientos años, la lógica capitalista tiende a desestabilizar la base sobre la que se sostiene, porque la competencia pone a cada uno de los capitalistas a emplear tecnologías que reemplacen el trabajo vivo: esto implica una ventaja inmediata para el capital individual en cuestión, pero ocasiona una disminución de la producción de valor, de plusvalor y de ganancia a escala global; mientras que, también pone en peligro la reproducción del sistema. Los diferentes mecanismos de compensación, el último de los cuáles fue el fordismo, están definitivamente agotados. La “terciarización” no salvará al capitalismo: hay que tener en cuenta la diferencia entre el trabajo productivo y el trabajo improductivo (¡del capital, ciertamente!)

A comienzos de los años 1970 tuvo lugar un triple, incluso un cuádruple punto de ruptura: económico (visible en el abandono del patrón oro por el dólar), ecológico (visible en los informes del Club de Roma), energético (visible en la “primera crisis petrolera”), a los que se agregan los cambios de mentalidad y formas de vida luego de 1968 (“modernidad líquida”, “tercer espíritu del capitalismo”). Incluso, la sociedad mercantil comenzó a chocar con sus límites externos e internos.

En esta crisis permanente de la acumulación –que significa una dificultad creciente para obtener ganancias-, los mercados financieros (el capital ficticio) se convierten en el recurso principal de la ganancia que permite consumir las ganancias futuras todavía no obtenidas.  El crecimiento mundial de las finanzas es el efecto, no la causa, de la crisis de la valorización del capital.

Las ganancias actuales de algunos actores económicos no demuestran que el sistema como tal se encuentra en un estado saludable. La torta se hace cada vez más pequeña, aunque la partamos en pedazos cada vez más grandes. Ni China ni ningún otro de los “países emergentes” salvará al capitalismo; pese a la explotación salvaje de la cual son solo el teatro.

Hay que criticar la centralidad del concepto de “lucha de clases” en el análisis del capitalismo. El rol de las clases es más una consecuencia de su lugar en el proceso de acumulación de valor en tanto se trata de un proceso anónimo –las clases no son su origen. La injusticia social no es aquello que caracteriza al capitalismo como históricamente único; esta existe desde antes. Es el trabajo abstracto y el dinero los que han creado una sociedad enteramente nueva, donde los actores, incluso el grupo dominante, son esencialmente los ejecutores de una lógica que los excede (una constante que no exonera a ninguno de los actores de sus responsabilidades).

El rol histórico del movimiento de trabajadores ha consistido sobretodo, además de sus proclamas, en promover la integración del proletariado. Esta se revela como necesaria en el largo el proceso de crecimiento de la sociedad capitalista, pero es insuficiente en la actualidad. Hay que repensar una crítica de la producción, y no solamente de la distribución equitativa de las supuestas categorías (dinero, valor, trabajo). En la actualidad, la pregunta por el trabajo abstracto no es más “abstracta” sino directamente sensible.

La Unión Soviética fue esencialmente una forma de “modernización de recuperación” (a través de su autarquía). Valorada igualmente por los movimientos revolucionarios de la “periferia” y los países que ellos pudieron gobernar. Además, la disolución de la Unión Soviética, después de 1980, es la causa de numerosos conflictos actuales.

El triunfo del capitalismo también está en proceso de caída. El valor no crea una sociedad viable; además de injusto, destruye sus propias bases en todos los ámbitos.

Además de continuar en la búsqueda de un “sujeto revolucionario”, hay que pensar en “sujeto autómata” (Marx) sobre el cual se funda la sociedad de la mercancía.

Al lado de la explotación –que continúa existiendo, y además en proporciones gigantescas-, está la creación de una humanidad “superflua”, incluso una “humanidad-residual”, que se ha convertido en el principal problema del capitalismo. El capital no necesita más de la humanidad y comienza a auto-devorarse. Esta situación constituye un terreno favorable para la emancipación, pero también para la barbarie. Más que una dicotomía Norte-Sur, nos enfrentamos a un “apartheid global”, con muros alrededor de islas de riqueza, en cada país y ciudad.

La impotencia de los Estados para hacerle frente al capital mundial no es más únicamente un problema de falta de voluntad sino el resultado del carácter estructural, en la esfera del valor, al cual se encuentra subordinado el Estado y la política.

La crisis ecológica es imposible de ser superada en el marco del capitalismo, aunque se apunte al “decrecimiento”, o incluso al “capitalismo verde” y al “desarrollo sustentable”. En tanto la sociedad mercantil perdure, el incremento de la productividad crea una masa cada día más grande de objetos materiales –en los que la producción consume recursos reales- que representa una masa cada vez más pequeña de valor, que es la expresión del lado abstracto del trabajo –y es solamente la producción de valor la que compete a la lógica del capital. Esencialmente, inevitablemente, el capitalismo tiende al aumento de la productividad a través de la producción por la producción.

Vivimos igualmente una crisis antropológica, una crisis de civilización, que también es una crisis de la subjetividad. Hay una pérdida del imaginario, sobretodo de aquello que nace en la infancia. El narcicismo se ha convertido en la forma psíquica dominante. Este es un fenómeno mundial: el playstation se puede encontrar en una cabaña en medio de la jungla como en un loft neoyorquino. Frente a la regresión y a la des-civilización promovida por el capital, debemos descolonizar el imaginario y reinventar la felicidad.

La sociedad capitalista, fundada sobre el trabajo y el valor, es también una sociedad patriarcal –y lo es en su esencia; no solamente por accidente. Históricamente, la producción de valor es una actividad masculina. En efecto, no todas las actividades crean un valor que aparezca en los intercambios de mercado. Las actividades “reproductivas” que se desarrollan sobretodo en la esfera doméstica son generalmente desarrolladas por las mujeres. Estas actividades son indispensables para la producción de valor, aunque no producen valor. Estas juegan un rol indispensable, pero auxiliar, en la sociedad del valor. Esta sociedad se basa tanto en la esfera del valor como en la esfera del no-valor; es decir, en la articulación de ambas. Pero la esfera del no-valor no es una esfera “libre” o “no alienada”: todo lo contrario. Esta esfera del no-valor contiene el estatuto de “no sujeto” (y al mismo nivel jurídico desde hace tiempo), porque estas actividades no son consideradas como “trabajo” (por útiles que puedan ser) y no aparecen durante el proceso.

El capitalismo no inventó la separación entre la esfera privada, doméstica, y la esfera pública del trabajo, pero si la acentuó. Él nació –pese a sus pretensiones universales que son expresadas en la Ilustración- a través de la forma de una dominación de hombres blancos occidentales. Esta siguió fundándose sobre una lógica de exclusión: separación entre, por un lado, la producción de valor, el trabajo que crea y las cualidades humanas que y contribuyen (especialmente la interiorización de la disciplina y el espíritu de competitividad individual) y, por otro lado, todo aquello que no forma parte. Una parte de los excluidos, especialmente las mujeres, se encuentra parcialmente “integradas” en la lógica de la mercancía desde las últimas décadas, y han podido acceder al estatuto de “sujeto” –pero solamente cuando han demostrado haber interiorizado las “cualidades” de los hombres blancos occidentales. Generalmente, el precio de esta integración consiste en una doble alienación (familia y trabajo para las mujeres). Al mismo tiempo se crean nuevas formas de exclusión, especialmente en tiempos de crisis. Sin embargo, no se trata de demandar la “inclusión” de los excluidos en la esfera del trabajo, del dinero, su estatuto de sujeto, sino de terminar con una sociedad en la que solamente la participación en el mercado otorga el derecho de ser un “sujeto”. El patriarcado, tanto como el racismo, no es un rezago anacrónico en el marco de un capitalismo que tiende a la igualdad a través del dinero.

El populismo constituye actualmente una gran amenaza. Únicamente nos limitamos a criticar la esfera financiera, y los elementos de derecha e izquierda se entremezclan, evocando el “anticapitalismo” trunco de los fascistas. Debemos combatir al capitalismo en bloque, no solamente en su fase neoliberal. Un regreso al keynesianismo y al Estado de Bienestar no es solamente insostenible sino también imposible. ¿Vale la pena luchar por “integrarse” a la sociedad dominante (obtener derechos, mejorar la situación material), o eso es simplemente imposible?

Es conveniente evitar el entusiasmo triunfante de aquellos que simpatizan con todas las formas de confrontación, como si de ellas fuese a emerger una revolución en el acto. Algunas de estas formas corren el riesgo de ser recuperadas por una defensa del orden establecido, algunas pueden conducir a la barbarie. El capitalismo realiza su propia abolición, la del dinero, el trabajo, etc. – pero depende de la acción consciente que esta no devenga en algo peor.

Es necesario superar la dicotomía entre reforma y revolución –pero en nombre del radicalismo, porque el reformismo en ningún caso es “realista”. A menudo nos preocupamos demasiado por la forma de la confrontación (violenta/no violenta, etc.) en lugar de interesarnos en su contenido.

La abolición del dinero y del valor, la mercancía y el trabajo, el Estado y el mercado debe realizarse ahora mismo –no como un programa “maximalista” ni como una utopía, pero si como la única forma de “realismo”. No es suficiente con liberarse de la “clase capitalista”: hay que liberarse de las relaciones sociales capitalistas –una relación que implica a todo el mundo, cualquiera que sea su rol social. Es realmente difícil trazar una línea entre “ellos y nosotros”, decir incluso que somos el 99%, como muchos han hecho con el “movimiento de desplazados”. Eso depende; el problema se puede presentar de diferentes maneras en las diversas regiones del mundo.

No se trata absolutamente de realizar cualquier forma de autogestión en contra de la alienación capitalista. La abolición de la propiedad privada de los medios de producción no será suficiente. La subordinación del contenido de la vida social a la forma-valor y a su acumulación podría, a lo mucho, hacernos pasar de una “clase dominante” al desarrollo de una forma “democrática”, sin ser por eso menos destructiva. La falla no está en la estructura técnica en tanto tal, ni en una modernidad considerada como inmejorable, sino en el “sujeto autómata” que es el valor.

Hay que diferenciar las diversas maneras de entender la “abolición del trabajo”. Concebir esta abolición a través de la tecnología corre el riesgo de reforzar la technolâtrie ambiente[1]. Más que simplemente reducir el tiempo de trabajo o hacer un “elogio de la pereza”, se trata de superar la distinción misma entre “trabajo” y las otras actividades. Sobre este punto, las culturas no capitalistas tienen mucho que enseñarnos.

No existe ningún modelo del pasado que debamos reproducir, ni ninguna sabiduría ancestral que nos guíe, ni ninguna espontaneidad del pueblo que con certeza nos salvará. Sin embargo, el hecho mismo de que toda la humanidad, durante tres largos periodos y además una buena parte de la humanidad del periodo reciente, haya vivido sin las categorías capitalistas, al menos demuestra que no son naturales, y que es posible vivir sin ellas.

Nota

[1]No existe una traducción literal adecuada que refleje la intención de Anselm Jappe; por lo que, preferí no traducir ambas palabras. Me parece que, el autor se refiere a que concebir la abolición del trabajo a partir del desarrollo tecnológico puede contribuir a exacerbar el culto ciego en la tecnología para solucionar problemas desarrollados por el capitalismo como la contaminación ambiental. Justamente, Jappe considera que los modelos de desarrollo sostenible no son una solucionarán la crisis ecológica generada por el capitalismo. De todas formas, reproduzco las dos primeras frases en francés: “Il y a différentes manières d’entendre l’ “abolition du travail”. Concevoir son abolitión à travers les technologies risque de renfoncer la technolâtrie ambiante” (2017 :236).

(Traducción del francés por Marcos López)

 

Créditos de la imagen: Universidad de Valparaíso

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