La nostalgia del reaccionario

Por Hernán Aliaga

Gracias a los avances tecnológicos de los últimos doscientos años se ha conjurado el doloroso pesar de la nostalgia. Caro sentimiento este que el médico suizo Johannes Hofer bautizara como tal en 1668 movido por la búsqueda de un equivalente universal al vocablo alemán Heimweh[1]. De esa nostalgia[2] que fuere profundo pesar y diera pie a la búsqueda de rebuscados paliativos (baños de asiento, consumo de opio, purgantes, etc.), hoy queda apenas el recuerdo. La nostalgia contemporánea conserva aún cierta acritud ineludible por la desposesión de ese ayer que, no obstante, puede ser rápidamente diluida a través de una nueva experiencia de consumo.

Variopintas y disímiles formas actuales de lidiar con la nostalgia y exorcizar la memoria de sus fantasmas haciendo del pasado presente, o algo así. Quien eche de menos el hogar: tickets aéreos low-cost Miami – Lima – Miami; quién anhele ver al ser querido: concertar una charla en tiempo real vía Skype; para enterarnos de la vida de los amigos de toda la vida: Facebook y la mensajería instantánea. Si lo que se añora es la infancia ida, múltiples soportes que perennizaron esas impúberes alegrías de dientes chuecos: videocintas, fotografías, grabaciones, etc. Para la memoria de esa loca juventud cintas magnetofónicas al son de Los Panchos, La Sonora, Janis Joplin y toda la parafernalia musical del recuerdo. Finalmente, si el asedio de lo ido es tan obcecado, siempre queda el trabajo sobre uno mismo: abrirse al presente, tener una intensa vida social, crear nuevos amigos, integrarse a un club, tener un hijo, etc[3].

Fuere a través de una pantalla, una imagen o en la revisita circunstancial de la memoria, la nostalgia está impregnada de un cariz primordialmente estético apartada de su originaria raigambre existencial. Vivida más como entretención virtual, reactualización de la experiencia a través del recuerdo que como anomalía a tratar; el tributo a la nostalgia permite aún la construcción de narrativas, reafirmación de identidades y la validación de ciertas coordenadas que han dado sentido a la existencia, pero no con la honda determinación que antaño implicaran “patria”, “hogar”, “familia”. Con frecuencia, una tal nostalgia es una nostalgia dulce que se regocija en la museografía personal. Distantes hemos de ese dolor apremiante al que, a inicios del siglo XIX, Keats hiciera referencia:

“Pero cuando el ataque de melancolía caiga

de súbito desde el cielo como una nube lloriqueante

que nutre a las flores de inclinadas corolas,

y esconde la verde colina en su sudario abrileño;

entonces sacia tu dolor en una rosa mañanera,

o en el arcoíris de la ola salada y arenosa,

o en la riqueza de las peonías esféricas…”

John Keats (mayo 1819)

Visto así y a sabiendas de obviedad, las tecnologías han llegado a viabilizar imposibles, facilitar la vida humana, rediseñar nuestras nostalgias y desmadejar cualquier rasgo épico. Anacrónica batalla humana por las cimas. En esta sustitución de lo épico por lo estético y acaso por lo epidérmico, no es descabellado imaginar un Odiseo contemporáneo pereciendo como feliz “expat” al lado de la obsequiosa Calipso, a salvo de lestrigones y cíclopes, skypeando semanalmente con Telémaco en la lejana Ítaca, mientras que Penélope se granjea un compañero sentimental a través de una aplicación de citas. Y para qué leer un periódico de ayer.

A pesar de esta sociedad que se reproduce en su tributo perenne a la novedad y el presente, en una apertura hedonística al instante, la nostalgia puede aún adobar corazones de manera peligrosa. Ni la barbarie fascista del siglo XX nos ha vacunado por completo de la romantización del pasado. La crítica reaccionaria se asienta en ello, tentados por la nostalgia, han caído presa del encanto de un pasado mistificado: “todo tiempo pasado fue mejor”. El reaccionario suscribe la frase literalmente, sin caer en cuenta del significado sustancialmente irónico que el sentido común otorga a la frase, como cuando se afirma que “de noche todos los gatos son pardos”. Sabiduría sardónica que valida la percepción (llamémosla subjetiva) de un pasado ideal, a la vez que sugiere que tal percepción es un error (digamos objetivo). Pero el reaccionario, presa de una nostalgia desventurada no lo entiende así y hace del pasado el arma de su crítica.

Esta nostalgia dura ha capturado a innumerables e inermes víctimas en el país del Inkarri. Basta echar una mirada a los integracionistas que pululan por todas partes o a la médula del fujimorismo. Emblemático caso el del congresista Carlos Tubino y su proyecto de ley por penalizar a quienes ofendan el culto religioso[4]. Tubino fetichiza el ayer como buen nostálgico, pero no es el ayer particular, el recuerdo, la vivencia, sino el pasado compartido al cual rinde arbitraria reverencia. En la cavidad bucal del congresista reverberan los ecos inquisitoriales del siglo XVII.

La nostalgia es un sentimiento peligroso.

Notas

[1] Traducible como añoranza de la patria, deseo intenso de retorno al hogar.

[2] De la raíz griega nostos: retorno y algos: dolor.

[3] Para más ideas puede consultarse: “Tres métodos para superar la nostalgia” (https://es.wikihow.com/superar-la-nostalgia)

[4] La propuesta plantea reprimir con cárcel de dos a cuatro años a quien “ataque a otro, mediante ofensas, desprecios, agravios o insultos a su libertad religiosa y de culto”. Con agravantes puede llegar hasta los diez años.

2 respuestas a “La nostalgia del reaccionario

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