El costo del trabajo afectivo (Love´s Labour´s Cost): La economía política de la intimidad*

Por Emma Dowling**

(Traducción realizada por Enrique Sotomayor Trelles)

La inmersión en la economía política de la intimidad propuesta por Emma Dowling analiza cómo la ideología del trabajo ha penetrado los registros afectivos de nuestras vidas sociales, mientras que al mismo tiempo estamos pagando por la crisis capitalista a medida que la financialización y la austeridad atacan nuestras estructuras de reproducción social. A partir de las críticas feministas sobre el trabajo doméstico no remunerado de las mujeres, Dowling afronta la desigual, y sesgada en cuanto al género, distribución del trabajo emocional de hoy en día. El trabajo del amor, en consecuencia, debe ser cuestionado y transformado: mientras nuestra precariedad material se incrementa, rechazar la precarización de nuestras relaciones amorosas representaría un punto de inicio para construir una resistencia afectiva, y, con ello, plantear otro mundo posible de amor y cuidado.

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 Ellos dicen que es amor. Nosotras decimos que es trabajo impago.

Ellos la llaman frigidez. Nosotras lo llamamos absentismo.

Cada fracaso es un accidente de trabajo.

Así se lee en un panfleto feminista que clama por Salarios para las Tareas Domésticas (Wages for Housework), escrito por Silvia Federici en 1975. “Todas somos amas de casa porque no importa dónde estemos, siempre pueden contar con más trabajo de parte nuestra, más miedo de nuestro lado para presentar nuestros reclamos y menos presión sobre ellos por dinero, ya que con suerte nuestras mentes están dirigidas hacia otros lugares, hacia aquel hombre en nuestro presente o futuro que ‘cuidará de nosotras'”.

Cuidar para ser cuidadas. Ese fue el acuerdo del amor heteronormativo. Apuntalar hacia el ideal romántico era el contrato doméstico entre las dos partes de una pareja heterosexual. Cada parte ingresó en la relación sobre la base de un acuerdo generizado (gendered), un trato reproductivo: ella cocinaba, limpiaba, tenía relaciones sexuales, daba a luz y cuidaba de los niños, mientras él pagaba las cuentas y cumplía su función de cuidador – entonces podría esperar ser atendido. A partir de la revolución sexual y la marea de cambio social en la década de 1960, las luchas feministas y queer desafiaron la desigualdad y conveniencia de esta configuración: que las tareas domésticas de las mujeres eran vistas como el ‘trabajo de amor’ que no merecía remuneración, mientras que el trabajo de los hombres fuera del hogar, trajo consigo tanto agencia social como poder al hogar, gracias a su salario.

La reestructuración neoliberal del estado y la economía, junto al crecimiento de la industria de servicios y la entrada de un gran número de mujeres en el mercado de (usualmente mal pago) trabajo remunerado, han macerado este acuerdo reproductivo. Si en cierto sentido el acuerdo de la familia nuclear ha colapsado, no se ha deshecho tanto como se ha fragmentado en sus partes constituyentes, con los roles ahora subcontratados a diferentes trabajadores de asistencia (remunerados tanto como no remunerados). Los trabajadores de limpieza usualmente inmigrantes, niñeras y au pairs, trabajadoras sexuales y psicoterapeutas, todos rompen con el mito de una pareja autosuficiente de clase media. Y aún con ello son las mujeres quienes hacen gran parte de este tipo de trabajo. A las mujeres, escribió Arlie Hochschild en The Managed Heart de 1984, se les ha enseñado a tener una relación instrumentalizada con sus sentimientos. Son estas habilidades las que se ponen fácilmente a trabajar, y en ninguna parte más que en la economía política de la intimidad.

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Toda una app store de opciones de vida y de relaciones está disponible para ayudarnos a negociar el trabajo emocional de nuestras relaciones íntimas. El “amor”, para aquellos que pueden pagar, se ha desvinculado del trato reproductivo en la sociedad neoliberal contemporánea. Pero el mensaje de romance detrás del Día de San Valentín aún se basa en la esperanza de que alguien especial sea un alma gemela que pueda completarnos. Y para muchos, el ideal del amor romántico permanece presidido por la noción de cuidado, desempeñado en una vida de cuidado mutuo hasta la vejez y, enfrentando las realidades de la necesidad material. La promesa de seguridad económica que ofrece el acuerdo reproductivo se transpone al registro afectivo de lo que significa amar y ser amado: salvación, entrega, resolución.

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Hoy nos dicen que cuidemos de nosotros mismos. Sin embargo, durante mucho tiempo, se esperaba que las mujeres provean de amor y cuidado, atendiendo las necesidades de los demás. Así que centrarnos en nosotros mismos, qué es lo que queremos –qué es lo que nosotros queremos, qué es lo que nos da placer– es parte del camino hacia una mayor agencia y liberación. El doble vínculo, sin embargo, es cómo este camino se refracta a través del prisma del individualismo neoliberal y del imperativo de acumular.

En una era de financialización, todos nosotros (no solo las mujeres) debemos invertir en nosotros mismos. La promesa de la salvación radica en el retorno de la inversión: así como el capital financiero extiende los mecanismos de extracción de riqueza a través de la sociedad, nosotros también tenemos que intervenir para salir, y lo que obtenemos debe ser más de lo que aportamos. Cuando el crecimiento personal y el bienestar se asignan a la lógica de la acumulación de capital, la autorrealización significa maximizar nuestra capacidad de ser productivos, de acumular capital social, cultural y sexual. Más aún, en un contexto de austeridad, de caída del trabajo o la seguridad social, tenemos que cuidar de nosotros mismos porque nadie más lo hará. Somos nuestro activo más importante.

Sin embargo, cuanto más capital penetra en los registros afectivos de la vida social, más retrocedemos ante esta instrumentalización: la alienación de la forma de la mercancía, las relaciones de intercambio, el servicio al cliente y la gestión del desempeño de nuestras vidas. Sentimos nuestra alienación y anhelamos un sentimiento de autenticidad, de experiencias reales y significativas y de conexión con los demás. Cuán frustrante y agotador es que nuestros encuentros se asemejen más a transacciones, en las que nos ponemos a trabajar para satisfacer lo que creemos que necesitamos. Externalizamos la satisfacción de fragmentos de necesidades a diferentes personas, que se convierten en nodos intercambiables o conectivos en una red interminable de experiencias inmanentes. Transacciones instrumentalizadas y precarias en la búsqueda de una fusión momentánea, validación, afirmación. Otras personas se convierten en vehículos a través de los cuales aumentamos nuestras capacidades para actuar en el mundo.

Nuestro anhelo de autenticidad continúa impulsando la búsqueda del amor romántico y su atractivo. Por más libres que podamos ser ahora de perseguirlo, tampoco encontramos paz en esta búsqueda constante de otros – muchos otros – para satisfacer nuestros anhelos y deseos. Nunca del todo conforme con una sola persona, por temor a que no sea suficiente. Por temor a que nosotros no seamos lo suficiente. Y en este inhóspito nuevo mundo de aplicaciones algorítmicas y herramientas en línea de múltiples, abundantes conexiones, siempre hay más y mejores coincidencias para elegir. Nunca somos lo suficientemente buenos y tampoco lo es nadie más para nosotros. En la economía de la elección de la industria contemporánea del amor, siempre hay lugar para la mejora, para algo nuevo y diferente. Una ontología de inadecuación nos sigue y simplemente no nos deja ser. Existe una ansiedad – por no decir pánico – acerca de este fenómeno que nos ha envuelto.

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Son las 5.15 pm., justo antes de la hora pico en la línea central de Londres (London´s Central Line). Me las arreglo para tomar asiento frente a una mujer joven que lee una revista. En la esquina superior derecha, una línea resaltada en rosa sugiere “comer como” una celebridad en particular. Desde donde estoy sentada, puedo distinguir los contornos de una mujer con un vestido colorido que abraza la figura que adorna radiantemente la esquina de la revista. Mi pensamiento inmediato es cómo la comida, que proporciona sustento, placer, y es tan fundamental para cuidar de nosotros mismos, se ejerce como un instrumento de control. La comida y la nutrición se convierten en una fuente de ansiedad y temores, no solo sobre nuestras figuras y complexiones, sino también sobre nuestra salud. Desde luego que estas preocupaciones están para siempre enclavadas en una cultura aspiracional cuyas figuras afectivas son una gran variedad de celebridades apuntaladas por un ejército de reserva ansioso por reemplazarlas. ¡Come como esta o aquella celebridad y te verás bien, te sentirás fantástico y serás adorable! Y por supuesto, compre la revista que le dirá cómo tener éxito.

De hecho, ninguno de estos rituales publicitarios es algo nuevo y toda una industria ha prosperado sobre la promesa de satisfacción en un contexto de miedo – la pérdida del trabajo del amor. Sin embargo, lo que es nuevo acerca de estos discursos me vino al encuentro de una forma bastante conmovedora, a través de dos encuentros recientes en los que el término “limpio” se empleó para atribuir un valor particular al producto o al comportamiento endosado. En el mostrador de cosméticos de una tienda por departamento, tomé un tubo de crema facial hecho por una marca que decía ofrecer los productos “más limpios” del mercado: sus productos carecían de conservantes sintéticos, petroquímicos, colorantes u otros ingredientes “no naturales”. Más tarde, una amiga me mencionó en una conversación que estaba comiendo “limpio”, refiriéndose a sus esfuerzos por comer saludablemente, especialmente al consumir alimentos que contenían un mínimo de sustancias químicas, pesticidas o sustancias refinadas.

Para los iniciados en el lenguaje de los hashtags de las redes sociales, #cleaneating y otras tendencias similares les resultarán familiares. ¿De dónde viene esto y qué podría decirnos acerca sobre cómo nos preocupamos por nosotros mismos? El lenguaje de la limpieza indica un desplazamiento desde una preocupación centrada únicamente en verse atractivo – esto es, por la apariencia, el valor superficial de cómo nos representamos ante los demás – hacia una preocupación por la condición de nuestro propio ser. En otras palabras, no se trata de cómo estamos en el “exterior”, sino de cómo estamos al “interior”. Asimismo, estar saludable no reemplaza el verse atractivo, sino que lo mejora desde lo más profundo de nuestro ser.

Hay algo extraño en la forma en que el lenguaje de la limpieza se ha deslizado recientemente en nuestro discurso. Tiene una suerte de eco compulsivo, que recuerda una necesidad neurótica o paranoide de eliminar la suciedad o cualquier tipo de desastre de nuestro entorno. A menudo, este tipo de neurosis de contaminación se revela como una actividad de desplazamiento: un intento de recuperar o aferrarse a un sentido de control sobre la propia vida. Más allá de un mero dispositivo de mercadotecnia, esta preocupación actual por la limpieza sugiere una ansiedad generalizada impulsada por el miedo a perder el control.

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¿Es esto lo que Gilles Deleuze quiso decir en su observación profética de la transición de la sociedad disciplinaria a una sociedad de control? En su breve Post-scriptum sobre las sociedades de control, publicado por primera vez en 1992, Deleuze elaboró, a partir del desplazamiento desde una sociedad caracterizada por el poder disciplinario analizada por Foucault en Vigilar y castigar, un poder que operaba a través de instituciones como la escuela, el hospital, la fábrica y la prisión. Según Deleuze, este tipo de poder luego se tornó mucho más difuso y se difundió fuera de estas instituciones. Hoy, este poder libremente flotante y acelerado actúa sobre nosotros de formas más continuas e infinitas.

Deleuze sugiere que estamos modulados para conformarnos y, en última instancia, producir valor económico, ya sea directa o indirectamente. El término “modulación” apunta a un control del pensamiento y la conducta de corte más sutil y subterráneo, uno que traspasa (bypasses) la conciencia y opera sobre los niveles más “afectivos” sobre los que funciona nuestra percepción y sentido. Similar a la noción de sintonización (tuning) y ajuste, la modulación se refiere a factores regulativos para optimizar a una persona, actividad o relación. Actuamos sobre nosotros mismos y sobre los demás de acuerdo con lo que puede ser rentable. Si buscamos la etimología de la palabra, encontramos que “módulo” es la forma diminutiva del latín “modus”, que significa “medir”.

En su ensayo, Deleuze no solo invoca el mundo de los datos numéricos y las computadoras, sino también los tipos de cambio flotantes. En la financialización, la imposición de medidas, de cuantificación, se vuelve cada vez más omnipresente en nuestra vida cotidiana. Contamos lo que somos, lo que hacemos y lo que logramos en constantes clasificaciones y resultados mensurables que pueden, a su vez, encaminarse a través de los mercados financieros con el objetivo de extraer plusvalor.

Esta imposición de medida no es simplemente un método para contabilizar lo que ya se ha producido a posteriori. Es importante destacar que el aumento de las métricas está estrechamente relacionado con las presiones más estrictas para ser más eficientes y productivos, no solo para cumplir, sino también para superar los objetivos futuros; piense sino solo en esos indicadores clave de rendimiento (Key Performance Indicators). La compulsión de cuantificar nos tiene presionándonos a nosotros mismos para lograr los objetivos que nos imponen los empleadores, los inversionistas, en el gimnasio y en línea. Así es como nuestras preocupaciones cambian de la superficie a lo subcutáneo, de la “apariencia” al “ser”. La medida indirecta sigue siendo el rendimiento, pero ahora no llegamos a representar y narrar nuestra propia actividad. En cambio, los datos de nuestro desempeño dicen nuestra verdad por nosotros. Y con más información cuantitativa sobre nuestros cuerpos y productos, nuestro sentido de control sobre nuestras propias vidas parece intensificarse, pero al mismo tiempo, también parece que se vuelve cada vez más elusivo, a medida que nos atrae cada vez más hacia un mundo que promete ayudarnos a (re) ganarlo ((re) gain it).

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Sentimos este asalto psíquico en el lugar de trabajo con entusiasmo. La crisis actual del Capital, la ansiedad de poner la acumulación nuevamente en marcha se descarga en los entornos laborales cotidianos y las personas que los habitan. Hay un imperativo para ser cada vez más productivos, en menos tiempo, con menos seguridad en el empleo y menos estado de bienestar para mantenernos si nos enfermamos o si no caemos en tiempos difíciles. En el proceso, nos volvemos más precarios. Y a medida que esto sucede, nos volvemos más y más conscientes de lo que podría pasarnos si ya no podemos ser productivos.

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Cuando se trata de amor, la ideología del trabajo nos ve esforzándonos, no solo para encontrar, sino para ser mejores amantes. El desorden no es atractivo; la insuficiencia emocional es un obstáculo para la gratificación. Queremos experimentar la intimidad y tener relaciones interpersonales en las que no proyectamos nuestro “desorden”, los traumas y dramas no resueltos, en otras personas. Tratamos de procesar nuestro “desorden” para poder comunicar nuestras necesidades, esperanzas y deseos, formular y mantener límites y tomar decisiones sobre cómo involucrarnos y con quién. Esto suena como una individuación significativa, aprender a ser emocionalmente conscientes y desarrollar vínculos y relaciones más sanas. Pero el poder transformativo de la individuación a menudo se diluye en la sociedad individualizada.

Para aquellos que pueden permitírselo, la ambigüedad, el desorden, el trabajo del acuerdo reproductivo ya ha sido transferido a la tecnología y a otros cuyo trabajo reproductivo asistencial remunerado y no remunerado permite la búsqueda del amor romántico. El paquete de “#clean” [#limpio] comer, vivir y, de hecho, amar se funde, bien, limpiamente, en la ideología del individualismo: nuestro autónomo activo sí mismo, átomos autocontenidos, se mueven por el mundo sin escaparse, sin proyectarse sobre los demás. Seres limpios y pulcros que se conectan y se relacionan con los demás por lo que podemos obtener de ellos y por lo que nos ayudan a hacer, sentir, experimentar y a quienes nos ayudan a ser y llegar a ser.

Cuando compramos esta idea de agentes autónomos en las relaciones, borramos el trabajo emocional y afectivo que estuvo involucrado en el forjado, la construcción y el mantenimiento de los mismos. Borramos el hecho de que las relaciones ocurren entre personas, que son compartidas, que son un ser-en-relación. No solo trabajamos cosas con y para nosotros mismos, trabajamos mutuamente. Pero tenemos que echar un vistazo más de cerca a qué trabajo se está haciendo, cómo y por quién.

El amor no es gratis y de hecho cuesta más a algunas personas. Las mujeres a menudo se encuentran trabajando más duro, realizando más trabajo emocional y afectivo en la economía política de la intimidad: el trabajo de asumir responsabilidades, asumir la ansiedad, suavizar las tensiones y proporcionar validación. Esta es una de las formas en que se preserva el acuerdo reproductivo generizado en nuestra era de autorresponsabilización.

La distribución desigual del trabajo emocional en las parejas heterosexuales es, en parte, un eco de épocas anteriores donde, tradicionalmente, los hombres, siendo el principal sostén de la familia, controlaban las estructuras materiales de la familia, mientras que el trabajo de las mujeres no era remunerado ni valorado. Más aún, el mito neoliberal del individuo libre y autónomo no se corresponde con la realidad de la interdependencia de las relaciones sociales y oculta la realidad de la desigualdad estructural.

Las mujeres, especialmente las de color, las mujeres de la clase obrera y las personas homosexuales, queer y trans, tienen más probabilidades de enfrentar barreras que se intersectan y una gran cantidad de demandas sobre su capacidad de ser “libres”, como el cuidado de un familiar o dificultades financieras. Además, las normas de género prevalecientes significan que las mujeres mantienen una relación instrumentalizada con nuestras emociones: trabajamos constantemente para adaptarnos a lo que creemos que deberíamos hacer para obtener lo que queremos. Pero mientras que la agencia y la elección deben ser afirmadas, esto no debe suceder ignorando las complejidades generizadas (gendered), racializadas e influidas por consideraciones de clase (classed) de vivir en esta sociedad. Excavar la economía política del amor y la intimidad significa reconocer que nuestras relaciones sociales requieren responsabilidad colectiva. También significa reconocer la dimensión emocional y afectiva de la organización social del trabajo. Debemos preguntar quién realiza el trabajo, quién puede expresar sus necesidades y deseos, y cuáles son los deseos oídos y permitidos.

También debemos preguntarnos cómo apoyarnos mutuamente ya que la financialización y la austeridad atacan nuestras estructuras de reproducción social, trasladando el trabajo de cuidado a abuelas, hijas, amigas y hermanas sobrecargadas. El capital no solo descarga su ansiedad acumulada sobre nosotros, sino también su renuencia a pagar por la reproducción de nuestra fuerza de trabajo o asegurar la estabilidad de las condiciones bajo las cuales puede ocurrir. Nuestras actividades laborales se recodifican y feminizan para justificar la no remuneración, como se ve en el evangelio de todos nosotros: “haciendo lo que amamos”, siendo un trabajador flexible, o la idea de arremangarse la camisa y quedarse atrapado, simplemente porque hay trabajo que tiene que hacerse. Mientras tanto, los presupuestos se reducen para el cuidado de la salud y la educación a medida que el Estado se retira aún más del sector público, dejando una brecha que se explota rápidamente por el capital privado para obtener ganancias financieras a partir del trabajo reproductivo no remunerado. La austeridad golpea desproporcionadamente a las mujeres que, por lo tanto, están literalmente recuperándose de la crisis del capitalismo.

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¿Qué significaría que se reconozca el trabajo emocional? ¿Deberíamos ser pagados por tener relaciones? Con el surgimiento de la llamada ‘economía colaborativa’, cada vez es más el caso de que las diferentes partes componentes de nuestras relaciones sociales y afectivas son empaquetadas en productos para ser comprados y vendidos. Esto refuerza la naturaleza transaccional de las relaciones de intercambio en el interminable carrusel de un mundo de intercambio (quid pro quo world). Debemos recordar que el movimiento Salarios para las Tareas Domésticas era solo en parte sobre el salario: su propósito era mostrar que el trabajo reproductivo de las mujeres no era remunerado por el capital porque era la fuente misma de su excedente. El punto ahora, como entonces, es desafiar y transformar las formas en que se organiza y distribuye el trabajo y las relaciones que lo sustentan. Lo personal es político. A medida que nuestra precariedad material se incrementa, rechazar la precariedad en nuestras relaciones amorosas sería un buen lugar para comenzar a construir una resistencia afectiva y, con ello, abrir otros mundos posibles de amor y cuidado.

 

*Nota: el presente artículo fue originalmente publicado en inglés el 13 de febrero de 2016, en el Blog de la editorial Verso. Aquí publicamos la traducción al español de dicho artículo, realizada con el consentimiento de la autora y de la editorial Verso. Se puede leer el artículo original aquí.

**Emma Dowling es profesora titular de Sociología en la Universidad de Middlesex, Londres [hacia la publicación de esta traducción, la profesora Dowling asumió un nuevo puesto en el Departamento de Sociología de la Universidad Friedrich Schiller en Jena, Alemania]. Su trabajo abarca temas como trabajo afectivo, género y reproducción social, capitalismo y crisis, financialización, movimientos sociales y cambio social. Asimismo, es autora de un libro próximo a publicarse por la editorial Verso, sobre la crisis del cuidado.

Créditos de la imágenes:

Imagen destacada: http://www.radionacional.com.pe/

Imágenes dentro del artículo: www.versobooks.com

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