Inhumanos

Por Hernán Aliaga

César Augusto Alva Mendoza (37 años) también conocido como el monstruo de la bicicleta o el monstruo de La Huayrona, es el acusado (y por ahora único implicado) de violar, estrangular e incinerar a una menor de 11 años a quien convenció que lo acompañe cuando esta salía de sus clases de Pedrería en la comisaría de Canto Rey (SJL).

Mario Mamani Vilca (43 años), padre de la menor de 9 años que el pasado 31 de enero dio a luz en Tacna a una bebé producto de la violación que desde hace más de un año venía cometiendo contra su propia hija. La madre está acusada de encubrimiento por lo que, desde noviembre del 2017, un grupo de religiosas de la parroquia del Niño Jesús acogen a la niña en el albergue Angélica Recharte en Tacna.

Para el sentido común, eventos de esta naturaleza tienen su origen en actos tipificados como “inhumanos”, actos carentes de “humanidad”. Sólo alguien que ha perdido su propia sustancia humana puede obrar de ese modo. Herencia del humanismo histórico, lo humano aparece como una categoría moral que prescribe tácitamente una serie de condiciones normativas. Nuestra humanidad deja de ser un rasgo inalienable y deviene en contingente. Lo humano es una investidura moral capaz de ser deshonrada. El hombre puede no estar a la altura de lo humano y hacerse por ello indigno de consideración humana. Jorge Vellaneda Ambrosio, padre de la menor asesinada, sentencia: “Yo pediría pena de muerte para los que dejan de ser humanos como él…” Pero ¿en qué se transforma quién deja de ser humano?

En los extramuros de lo humano-moral se encuentra el monstruo. Ser abyecto e híbrido, fraguado en la desmesura y la intemperancia, en la deformidad y el desequilibrio. El monstruo es el otro de lo humano, el in-humano. Cumple el papel de reafirmar la identidad moral del hombre. Repositorio de lo abyecto, marca una distancia cósmica que permite la supervivencia de lo humano como categoría impoluta: ellos no somos nosotros.

El monstruo se construye como totalidad externalizando su vacío moral, su inhumanidad se torna sensible: lo malo es -además- feo (porque es malo). Caracterizado como repelente, el monstruo total se torna ahora objeto de juicio estético. Las sociedades imagocráticas incorporan y rutinizan su uso desplazando el acento de lo moral a lo estético y de lo estético a lo visual, atenazando lo monstruoso al arbitrio del gusto. Inversión causal que describe la época: lo feo es malo (porque es feo). La maldad habita en lo decadente, lo precario, lo grotesco, lo deforme, lo desagradable, lo desprolijo. Como en la película Freaks de 1932, la fealdad física no es otra cosa que el reflejo de la depravación interior. La mutación acentúa otros matices en pleno neoliberalismo aporofóbico: el monstruo no puede ser otro que un pobre, un infeliz, un tipo en bicicleta por el cono este, un aimara puneño. Nuestra premier trajina con solvencia el prejuicio: “la violencia viene de espacios familiares muy dañados, donde probablemente ha habido anemia, desnutrición infantil que no permitió el desarrollo del cerebro y la violencia es aceptada como algo normal en estos espacios”. La inhumanidad como monopolio del pobre.

Al monstruo se lo repudia, se le teme, pero sobre todo se le repugna. No es el simple sujeto anómico carente de escrúpulos, impredecible, de apariencia temible. No es el simple criminal. Paradigma romantizado de hombre-indeterminado y libre frente al cual subyace una admiración anónima y temerosa. A este, las subculturas anómicas, los espacios de la mafia, las pandillas, las bandas criminales, lo conocen bien; sus integrantes llegan a performar rasgos inhumanos como estrategia transaccional: crueldad, brutalidad, ensañamiento y perversión a cambio del capital simbólico de respeto, admiración y miedo. La sociedad de la autenticidad cosmética contempla con velada simpatía e incorpora atributos de lo marginal como mecanismos de diferenciación identitaria.

Pero el monstruo no es un criminal, tampoco un animal o una bestia. El monstruo no actúa movido por algún tipo de racionalidad, ni instrumental ni valorativa y, sin embargo, es consciente de su aberración a pesar de la cual, obra. Al monstruo lo mueven las “bajas pasiones”, el apetito, el impulso libidinal y en esa incontinencia moral, su sexualidad siempre está en juego. Sin embargo, lo verdaderamente abominable del monstruo no estriba ahí, sino en que esta volición sexual consciente y transgresiva se desfoga en su antítesis simbólica: el niño. Emblema (actual) de futuro, de promesa, de inocencia y pureza, de fragilidad.

Los reclusos de los penales de Lurigancho y Canto Grande han sentenciado a muerte a César Alva; los vecinos de la Urb. de Canto Rey intentarán linchar al sujeto de haber una reconstrucción de los hechos; el padre de la menor precisa: “…Si matamos al pollo, al chancho que son animales, este dejó de ser humano, [pido] una pena de muerte, así de simple”. Se confirma la pérdida de humanidad. El pedido de aniquilación del monstruo es coherente.

Imagen: Francis Bacon – Portrait of George Dyer Riding a Bicycle, 1966 / Self-Portrait, 1969 / Portrait of Isabel Rawsthorne, 1966. Tomada del siguiente enlace: https://www.widewalls.ch/artist/francis-bacon/

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