¿Académico y activista? Unas notas sobre la necesaria división del trabajo*

Por Tania Herrera

“Es hora de ver los diferentes roles que podemos

jugar en los movimientos sociales no como una división

entre activistas y académicos, sino como una importante y

necesaria división del trabajo. (Mitchell 2005: 454)

Se define la investigación militante como “el lugar donde academia y activismo se encuentran en busca de nuevas vías de acción que lleven a nuevas formas de pensar” (Bookchin et ál. 2013, p. 4). Dicha búsqueda requiere innovar para “escribir nuevas historias sin caer en viejos patrones” (óp.cit., p. 31). Las distintas voces que utilizan el concepto, varias de ellas próximas al mundo de las artes visuales, dan cuenta de su participación en distintas tareas dentro de organizaciones sociales. Y aquí se situaría lo esencial de la investigación militante. Se trataría de una forma de hacer visible una postura identitaria, un compromiso. Sería desde este rol de mediación, desde esta doble experiencia de vida, que se plantea la necesidad de introducir cambios epistémicos. Sin embargo, la gama de dualidades implicada en la distinción academia-activismo (pensar-actuar, pasivo-activo), acarrea la ilusión de su aparente irreconciliación o mutuo aislamiento. Así, la labor intelectual aparece como tarea exclusiva de la academia, sin posible injerencia en asuntos prácticos, al tiempo que la acción directa sería posible sólo desde el activismo. Asumir la polaridad de tales esferas acarrea una serie de presupuestos que es necesario contestar, como el inexistente trabajo intelectual al interior de las organizaciones sociales, o la nulidad práctica del trabajo realizado por investigadores y docentes universitarios. De igual modo, tal dicotomía esquiva un tema fundamental, a saber, cómo se divide el trabajo al interior de la sociedad y, particularmente, en los movimientos sociales. En lo que sigue, sostengo que es necesario comprender el trabajo académico y el trabajo de los activistas no como algo dividido, sino como aspectos diferentes de la praxis revolucionaria (Mitchell 2005, p. 450), complementarios y mutuamente necesarios, así como también in-determinados por los sujetos mismos[1].

La noción de teatros que plantea David Harvey evoca la multiplicidad de espacios desde donde se puede trabajar con fines de transformación radical de la sociedad[2]. En lo que concierne a la Universidad, ésta sería una institución mediadora entre lo universal y lo particular, junto con el Estado y el sector financiero (Harvey 2005, p. 279). Uno de los grandes problemas para los trabajadores universitarios de la enseñanza y la investigación (los llamados académicos) tiene que ver con la disputa de espacios y sentidos en un contexto de precarias condiciones laborales. A los recortes presupuestarios se suma el hecho de que los contenidos curriculares producen y reproducen dogmas neoliberales, difundiéndolos entre los estudiantes sin la menor censura, pero censurando a voces desafiantes. Así, como escribieran Marx y Engels en 1848, hay un trabajo gigante que hacer para arrancar la educación de las manos de la clase dominante (Marx y Engels 1994, p. 38). En este contexto, es preciso desenmascarar las lógicas incontestadas, labor que implica tiempo y dedicación, como varias de las tareas del trabajador académico, impredeciblemente consumidoras de tiempo a la vez que impostergables. Aceptar la importancia de nuestro trabajo requiere, sin duda, considerar sus limitaciones, pero también sus alcances. Éstos tienen que ver con la apertura de espacios de crítica social desde donde dar la cara a los chantajes liberales[3].

Sin duda, la acción desde las organizaciones sociales es muy importante: hay que resolver urgencias, problemas de la gente real. Pero hay que comprender que muchas de estas acciones son agotadoras y escapan de los propósitos programáticos de los mismos grupos. Recordemos que muchas tareas, históricamente resueltas por organizaciones y movimientos sociales, se deben a la no-responsabilización del gobierno sobre temas de interés general, a la derivación de los costos sociales a las organizaciones populares (Herrera 2017). La investigación académica ha de contribuir, por su parte, a los distintos pasos de mediatización de un problema no reconocido por el Estado o la sociedad (Hassenteufel 2010). La crítica social que aspire a una radical transformación requiere constatación empírica, recojo de datos, testimonios[4], y se debe pensar también en cómo llegar a audiencias populares[5]. Nuestro trabajo debe reflejar esa materialidad, anclar sus raíces en la fábrica del día a día, debe ser “una empresa mundana que refleje intereses terrenales y demandas” (Harvey 2001: 116). Será partiendo de la materialidad actualmente existente, y no desde especulaciones idealistas, que se podrá aspirar a otro orden de cosas. Las alternativas a generar parten de la tierra al cielo, requieren trabajo disciplinado, todos nuestros esfuerzos puestos en investigar, formarnos y educar.

* Una versión en inglés de este texto contribuye al proyecto “Marx from the margins. A collective project from A to Z”, a publicarse en Krisis. Journal for Contemporary Philosophy, Amsterdam, 2018.

Bibliografía

Bookchin, Natalie y otros, Militant Research Handbook, New York: New York University, 2013

HAMEL, Pierre; Lustiger-Thaler, Henri y Margit Mayer (ed), Urban Movements in a Globalizing world, New York: Routledge, 2001

Harvey, David, Spaces of Capital, New York: Routledge, 2001

Harvey, David, Espacios de Esperanza, Madrid: Ediciones Akal, 2005

Hassenteufel, Patrick, “Les processus de mise sur agenda: sélection et construion des problèmes publiques”, en Informations Sociales, nº57, 2010, pp.50-59

Herrera, Tania, “La mediación como alternativa. Política de vivienda y regulación de la emergencia habitacional en Barcelona”, en Scripta Nova. Revista de Geografía y Ciencias Sociales, Vol.21, 2017

Marx, Carlos y Federico Engels, La ideología alemana, 5ta edición, Barcelona: Ediciones Grijalbo, 1970.

Marx, Carlos y Federico Engels, Escritos económicos menores, México DF: Fondo de Cultura Económica, 1987.

Marx, Karl y Friederich Engels, Manifeste du Parti Communiste, Clamecy: Mille et une nuits, 2014

Mitchell, Don, “Confessions of a Desk-Bound radical”, en Antipode, vol.40, nº3, 2008, pp.448-454

Mitchell, Don, “A complicated fetish”, en Social & Cultural Geography, Vol. 15, No. 2, 2014, pp.125–126

Young, Iris Marion, La justicia y la política de la diferencia, Madrid: Ediciones Cátedra, 2000.

Notas

[1] Para Marx y Engels, la asignación del trabajo y de sus productos (como la propiedad) es, evidentemente, desigual y opresiva: los individuos no eligen lo que quisieran hacer, pues estas tareas vienen fijadas por la clase social a la que pertenecen. Solo por medio de una revolución es posible eliminar los condicionantes de clase, lo que requiere acabar con la propiedad privada y el trabajo bajo su división actual (Marx y Engels 1970: 33-34).

[2] Esto implica incidir en diferentes escalas y en diferentes espacios de vida, desde acciones individuales (cambios en el día a día) hasta la colectivización de los deseos de cambio (Harvey 2005: 269-274), entendiendo que será necesario lograr referentes de alternativa universales, trascender los particularismos: “Yo apelo a la metáfora de distintos «teatros» de pensamiento y acción en una «larga frontera» de prácticas políticas «insurgentes». Los avances en un teatro se ven en última instancia obstaculizados o incluso reducidos a la nada a no ser que estén respaldados por avances en otros” (óp.cit., p. 268). Así, “Lo que cuenta es el diálogo abierto y las interacciones prácticas entre los teatros de esta larga frontera” (óp.cit., p. 289). Sobre el carácter extra-local y la inevitable vinculación global de los movimientos sociales contemporáneos ver Hamel et ál. (2001).

[3] Se opone la neutralidad a la toma de postura. Para Iris Marion Young, la materialidad de los hechos será un potente movilizador de la crítica y de la adopción de posturas normativas: “Las reflexiones normativas surgen de oír un grito de sufrimiento o angustia, o de sentirse angustiada una misma. (…) Con un interés emancipador, la filósofa percibe las circunstancias sociales dadas no solo de manera contemplativa sino con pasión: lo dado es experimentado en relación con el deseo. El deseo, el deseo de ser feliz, crea la distancia, la negación que abre el espacio para la crítica de lo que es. Esta distancia crítica no tiene lugar partiendo de la base de alguna idea racional de lo bueno y de lo justo previamente descubierta. Por el contrario, las ideas de lo bueno y lo justo surgen de la negación deseada que la acción plantea en el terreno de lo dado” (Young 2000: 15-16).

[4] Un ejemplo de esto lo encontramos en la denuncia que hace Marx, en 1857, sobre la situación de los obreros fabriles. Ver Marx y Engels (1987: 192).

[5] Sobre la tendencia de algunos académicos a enfatizar en la complejidad de la realidad (en vez de esforzarse por elaborar explicaciones comprensibles), ver Mitchell (2014).

Créditos de la imagen: Everaldo Costa (Trabajo de Campo del curso Geografía Humana Aplicada, 2013, Universidad Nacional de Brasilia).

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