Autoritarismo y los límites del discurso feminista

Por Javier Neves Mujica

Adhiero a las ideas centrales del movimiento feminista desde que tengo conocimiento de su existencia. Estoy profundamente comprometido con la igualdad y la no discriminación de las mujeres, así como las de otros grupos vulnerables. Creo que deben desaparecer todas las diferencias en el trato derivadas del sexo o el género, salvo los beneficios que ellas perciben por maternidad. Pienso que la liberación de la mujer del rígido papel que se le ha atribuido será también la del hombre, preso como ella de un esquema empobrecedor. No obstante, no puedo negar que algunas manifestaciones de ese movimiento, que tildaría de extremas, me espantan. Comprendo que para protegerse de los abusos graves y frecuentes que sufren las mujeres a veces hay que radicalizarse. Pero la paranoia no les hace nada bien. Podría ayudarlas escuchar a sus críticos, como las actrices e intelectuales francesas que, sin negar las inconductas masculinas, plantean una visión más abierta.

Liuba Kogan dice del pronunciamiento de las francesas que “es un texto argumentativo, intelectualmente elaborado, lleno de matices profundos, no es un texto fácil de entender”. Añade que “el discurso feminista ha […] visto a la mujer unidimensional: la mujer víctima que siempre está siendo objeto sexual […] A mí por lo menos me costaría imaginar, respecto de los discursos feministas, a una mujer que goza”.

En coincidencia, escribe Susi Zusman: “Cualquier aproximación es considerada acoso y eso limita las relaciones naturales y espontáneas entre las personas. Todos podemos decir que no queremos y eso no tiene por qué ser traumático. Por cierto, no avalo el abuso físico o psicológico ni la utilización de la amenaza de despido o la esperanza de contratación. Pero eso de me too y que si alguien lanza un piropo es acusado de acoso es puritanismo”.

“Quien inicia [el movimiento de las francesas] es una psicoanalista a la que le vetan un libro porque le dicen que este no refleja el dolor de las víctimas y ahora no se puede hablar de las mujeres de tal manera” (Violeta Barrientos). Se trata, pues, de un caso de censura. No es el único. En Florencia se ha puesto en escena la ópera Carmen, no con una ligera adaptación, sino con un radical cambio: es la gitana la que mata al oficial. Al Museo Metropolitano de Nueva York, diez mil personas le han pedido retirar el cuadro Teresa soñando del pintor Balthus, porque “romantiza la sexualización de los niños”. Todas estas expresiones intelectuales y artísticas se vetan porque no son políticamente correctas.

Hemos pasado de una etapa en la que la palabra de la mujer que denunciaba un abuso no tenía valor judicial ni social, a otra en la que resulta suficiente para condenar al supuesto agresor, al menos en las redes sociales y los medios de comunicación. La escritora Margaret Atwood –según El País– “ponía en duda esa inclinación popular de infausto recuerdo por la cual basta con ser acusado para convertirse en culpable”. “Cuando la ideología se convierte en religión, cualquiera que no imita las actitudes extremistas es visto como un apóstata, un hereje o un traidor…”, sostiene Atwood. Ella -dice el diario- “no defendía el abuso, sino la presunción de inocencia”. Atwood nos está hablando “de cómo la exigencia de la pureza acaba transformándose en terror. Prohibidos quedan el amor, el sexo y la sensualidad, que nada tienen que ver con el abuso de poder y el sometimiento”.

Y se puede acusar falsamente. Vean este interesante caso español: El empleador le reclamó que devolviera un dinero del que la acusada se había apropiado y tras presentar denuncia por estos hechos, la mujer interpuso otra por acoso laboral y sexual durante más de diez años, según indicó la sentencia. Ella fue condenada.

Ya la mujer cuenta con favorecimientos probatorios de los que no disfruta ninguna otra categoría y que no objeto. En nuestra legislación laboral se asume que la no renovación del contrato y el despido de una lactante o embarazada se funda en esos motivos (Ley 30709). Y, en materia penal, “hay un acuerdo plenario de los vocales de nuestra corte suprema que, al igual que la española, reconocen que el solo testimonio de la víctima puede, bajo algunas características, ser suficiente para quebrar la presunción de inocencia. Hemos desechado el nefasto principio de testigo único testigo nulo. Los delitos de agresión sexual contra mujeres son delitos de escenario cerrado y requieren la reinterpretación de principio como el de presunción de inocencia”[1].

Un poco de tolerancia y apertura hacia las críticas le haría bien al movimiento feminista, sobre todo, si provienen de personas afines a sus ideales. Pero no, las tildan de “machistas encubiertos”. Como ha recordado Luis Davelouis, parecen acoger la frase: “El que no está conmigo, está contra mí”.

Yo apoyo al feminismo porque representa la búsqueda de la democratización de las relaciones humanas frente al autoritarismo machista, pero no si se va a convertir en un nuevo autoritarismo.

[1] Montoya, Iván. Discriminación Sexual y Aplicación del Derecho Penal en los delitos contra la libertad sexual e infracciones penales contra la integridad personal. En: AAVV: Discriminación Sexual y Aplicación de la Ley. IV volumen. Defensoría del Pueblo.

Créditos de la imagen: Caroline De Benderm en “Mayo 68”

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