El gobierno de lujo de los ministros todo-terreno: sobre la lógica de la tecnocracia estatal

Por Stephan Gruber

El nombramiento de Cayetana Aljovin como nueva canciller de la República después de haber sido Ministra de Energía y Minas (MINEM), y Ministra de Desarrollo e Inclusión Social (MIDIS), ha sorprendido a muchos. Para empezar, al propio presidente, Pedro Pablo Kuczinsky, quien primero le pidió juramentar por otra cartera, para gracia de él mismo y de los que lo rodeaban. Aunque quizás esto no debe sorprendernos, conociendo lo dado que es el primer mandatario a olvidarse de ciertas cosas, como de ganar miles de dólares en consultorías sin supuestamente mover un dedo.[1] Pero para otros, la sorpresa daba menos risa. ¿Cómo se puede hablar de un gabinete de lujo? ¿De un gobierno que prometía proveer al Estado de tecnócratas expertos en los distintos sectores y modernizarlo? ¿No se necesitaría un experto en políticas públicas para el MIDIS, un experto en minería para el MINEM, y un diplomático (o al menos un político) para la Cancillería? ¿Este es un signo más de que este gabinete de la reconciliación es en realidad un gabinete del concolón? ¿Con ministros reciclados ante los cierra-puertas de varios sectores a un gobierno débil y desprestigiado?

Quizás haya algo de eso último, pero aquí, el problema en realidad está en que este tipo de ministros todo-terreno no nos debería tampoco asombrar. Ya que no se trata de que se esté incumpliendo con la promesa tecnocrática al tener un ministro que va de una cartera a otra, sino que se está mostrando su lógica profunda. Como señala Álvaro Grompone en su reciente trabajo sobre la nueva tecnocracia peruana,[4] la reforma del Estado que se está llevando a cabo bajo la lógica de la “nueva gestión pública” no ve a los ministerios como distintos sectores conectados con objetivos políticos específicos, sino como empresas que necesitan de buena “gerencia”, sea cual sea su “rubro”. Grompone ve este problema en la sintomática presencia progresiva de economistas en varios cargos ministeriales (y de otros rangos) en los últimos gobiernos. La idea detrás de esto estaría en que los economistas – sobre todo aquellos cercanos a organismos multilaterales, el mundo financiero o corporativo – tendrían la capacidad de transformar el viejo Estado peruano, que arrastra una historia de vicios populistas y de corrupción, en un Estado eficiente, disciplinado en su gasto y que puede medir los beneficios que trae a la población (“sus clientes” como dice un tecnócrata entrevistado por el autor). Por tanto, más que un profesional sensible a la problemática de cada sector o al menos un experto en los temas del ministerio, lo que se ha priorizado es un tecnócrata que sea capaz de llevar a cabo aquella agenda de eficiencia, de gerencia. Grompone, curiosamente, empieza su ensayo con una cita de la ministra Aljovin, que encierra su justificación ante las críticas que cuestionaban su experiencia previa para asumir la cartera del MIDIS: “sé sobre gestión. Gerencia. Esa habilidad de poder gestionar, de tener eficiencia. Ese es el aporte de haber trabajado en empresas privadas”.

Aunque se comprende la racionalidad que busca producir un Estado con la capacidad de medir su desempeño con la precisión de una empresa para así justificar el presupuesto en él gastado, sobre todo tras la crisis de los ochentas o la corrupción de finales de los noventa, esto no debe significar olvidar el sentido esencial del Estado, el de representar la voluntad popular. Siguiendo a Grompone, esta obsesión con la búsqueda de eficiencia estatal termina siendo una sobrecompensación a los problemas del populismo anterior, ya que lleva a una consolidación de una tecnocracia que produce un Estado que ve a la población como clientes y tiene como su racionalidad la optimización de sus indicadores cuantitativos, antes que hacer la compleja labor de aterrizar las complejidades de su sector, escuchar las demandas populares y articularlas adecuadamente. El gobierno debería comprender a partir de experiencias de otros países  que esta forma de ver el Estado lleva a hacer más pronunciada la brecha entre la elite tecnocrática y grandes sectores de la población, lo que lleva a conflictos y crisis políticas de envergadura, como se puede ver en el caso del Brexit.  Por tanto, cuando veamos a Bruno Giuffra de Ministro de Economía (actual ministro de Transporte, antes de Producción) no debemos sorprendernos, pero sí hacer más fuerte el reclamo por un Estado que esté a la altura de su nombre.

Notas

[1] De esto a esto.

[4] Ver Galvez A. y A. Grompone. Burócratas y tecnócratas. La infructuosa búsqueda de la eficiencia empresarial en el Estado peruano del siglo XXI. Lima: IEP, 2017, cuya íntegra lectura recomiendo.

Cuadro: Umbruch, de Brigitte Körber.

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