Una reflexión sobre el valor de la modernidad

Por Sebastián León

Escuchamos a menudo términos como modernidad o modernización. Nuestros representantes políticos, la prensa e incluso personas en las calles nos dicen a menudo que nuestro país se está modernizando, en el sentido de que está progresando, de que está mejorando con respecto a una etapa previa, atrasada. Este progreso suele pensarse en una serie de ámbitos: por ejemplo, hablamos de un progreso o desarrollo económico, que puede medirse a partir de indicadores como el PBI, por la liquidez, por la tasa de empleo o la inflación; el desarrollo económico suele asociarse directamente a la “modernización”, en la medida en que puede traducirse en mejoras infraestructurales (puentes, carreteras o edificios más modernos), mayor acceso a bienes básicos y en general a bienes de consumo, a mayores posibilidades de desarrollo individual, etc. Se puede vincular fácilmente esta mirada sobre la modernización con un segundo aspecto de lo moderno muy presente en nuestro imaginario, que es el del desarrollo tecnológico: la modernización en una sociedad podría medirse, se piensa a menudo, por la difusión de aparatos tecnológicos, por la masificación del acceso a internet y otras formas de tecnología de telecomunicaciones, por la renovación de los equipos médicos e informáticos, de maquinaria que facilita la producción, etc.; esto podría vincularse, asimismo, con la superación de creencias y tradiciones que se nos aparecen como “irracionales”. Un tercer aspecto, quizá menos común, podría pensarse en relación a la eficiencia de las instituciones y a la presencia del Estado, así como a la separación de este último de intereses particulares. Finalmente, algunos de nosotros podríamos vincular lo moderno con una mayor inclusión social, con el reconocimiento de la diversidad cultural y sexual, etc.

Todos estos aspectos de la modernidad llevan dentro de sí un elemento de verdad, pero no se sostienen por sí solos; de hecho, pese a que en cierto modo se conectan entre ellos, también llevarían en su interior múltiples tensiones (podría, ejemplo, rechazar ciertos aspectos de la diversidad cultural por considerarlos irracionales o contraproducentes para el desarrollo económico), e incluso, en principio, se podría asumir un compromiso con alguno de ellos y rechazar los otros. Quiero aventurar aquí que, si bien los aspectos mencionados, en tanto procesos históricos contingentes, suelen acompañar a aquello que convenimos en llamar modernidad, no llegan a dar cuenta cabalmente de este fenómeno al que en cierto momento nos hemos visto arrojados no como naciones particulares, sino como especie.

El filósofo Georg Hegel entendía la modernidad como la toma de conciencia del pensamiento sobre sí mismo. Ese pensamiento (a diferencia de la comprensión de otros filósofos occidentales) no se refería a una conciencia individual, sino al colectivo de los seres humanos que a través de sus acciones habían forjado su propia historia, y tenía como característica, a diferencia de las bestias y los otros elementos de la naturaleza, su condición libre. A lo largo de la historia, los seres humanos, por medio de nuestras actividades, hemos aspirado a liberarnos de nuestras diversas ataduras y determinaciones, naturales y culturales, económicas y políticas, objetivas y subjetivas. Nótese que Hegel no afirmaba que la modernidad consistía en uno o varios acontecimientos particulares en Europa (luego exportados al resto del mundo) en la forma de descubrimientos técnico-científicos, de ideales ilustrados o de instituciones políticas, ni que antes de cierto período de la historia los diversos pueblos del orbe  no hubieran luchado contra la opresión; más bien, lo que Hegel entendía como modernidad era la toma de conciencia sobre esa lucha, a su valoración reflexiva en la forma de un amor universal a la libertad. Entonces, así entendida, la modernidad sería la adquisición de un derecho propio de la libertad en la conciencia colectiva de la humanidad, como consecuencia de estas luchas históricas, un principio que de antemano hace de toda opresión algo ilegítimo. Así, por ejemplo, la modernidad en América no habría sido algo traído por los colonizadores europeos a las culturas nativas “atrasadas”, sino que habría surgido en las propias luchas de los pueblos americanos, en eventos como la revolución haitiana o los levantamientos de Túpac Amaru II y Túpac Katari, que acabarían excediendo las voluntades e intereses individuales de sus dirigentes para arraigarse en los imaginarios colectivos como un derecho de los pueblos a la autodeterminación. Las reformas y transformaciones institucionales, los progresos tecnológicos y desarrollos económicos, solo cobrarían sentido a la luz de este derecho moderno de la libertad, en tanto intentos de generar las estructuras sociales necesarias para garantizar ese derecho a cada individuo por igual. Por ello la modernidad no tendría una forma definida, ni sería un único camino que todos los pueblos deben seguir; establece, ciertamente, un principio universal, que hermana a los hombres y mujeres por igual, y que sin embargo puede instanciarse de múltiples maneras, y revisarse numerosas veces a lo largo de la historia para aproximarnos cada vez más a la realización de su promesa emancipatoria.

Imagen: Picasso, Las Meninas (de la serie de 58 cuadros).

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