No eres liberal, eres libertario… y está mal

Por Gianfranco Casuso

Hace algún tiempo leí una entrevista publicada en uno de los diarios (la versión, digamos, popular y de bolsillo) del grupo El Comercio. El entrevistado dice en un momento que el principal problema de la derecha peruana es no haber reconocido el auténtico significado de la “difusión universal de la propiedad” y que las demandas sociales –que serían, a su entender, la mayor amenaza para el progreso y el desarrollo nacional– se apaciguarían si todos tuvieran garantizado el derecho básico a la propiedad de la tierra. El personaje en cuestión no era Hernando de Soto, pero cómo se le parece.

Estas declaraciones implican al menos dos creencias estrechamente vinculadas e igualmente erróneas. Por un lado, sugieren que un gobierno que no sea de derecha radical sería incapaz de garantizar la propiedad sin buscar capitalizar las protestas a su favor: solo ella sería lo suficientemente honesta o “neutral” como para realizar dicha tarea sin desear rédito político. Por otro lado y a la base de lo primero, se halla la creencia de que las demandas sociales en Perú son exclusivamente por propiedad y/o bienes materiales, con lo cual una vez solucionado ese problema (por la derecha, por supuesto) no nos quedaría más que el camino llano hacia el primer mundo.

Lo problemático aquí es que en ningún momento se cuestiona el presupuesto naturalista según el cual la motivación detrás de los conflictos se reduce a una lucha por propiedad. El entrevistado acepta sin más el viejo dogma, refutado hasta la saciedad, de que la propiedad es un derecho natural pre-político, cuya validez no puede ser cuestionada por ser universal y derivar de la propia naturaleza o esencia humana. Hasta donde sé, este dogma, tomado casi al pie de la letra de la antropología empiricista de John Locke (¡postulada a finales del siglo XVII!), nunca ha sido suficientemente validado independientemente de sus inseparables bases teológicas. Por cierto, es esta la misma premisa sobre la que se fundan las versiones menos trabajadas del comunismo.

Si el deseo de propiedad fuera el único motor de las luchas sociales, ¿cómo se explican, entonces, los movimientos feministas o afroamericanos de los años sesenta en Estados Unidos, o las guerras tribales en Medio oriente, o las demandas de las minorías (o mayorías) étnicas desde Bolivia hasta Canadá, o las más recientes protestas a favor de la Ley de la Unión civil para personas del mismo sexo, de la despenalización del aborto y del uso terapéutico del aceite de cannabis, etc.

Suele pasarse por alto que puede haber otro tipo de demandas sociales, por ejemplo, por el reconocimiento a la diversidad cultural o a la igualdad de derechos (y ni por asomo todos los derechos lo son a la propiedad; sino pensemos en el derecho a la defensa de la dignidad humana, a la libre expresión, etc). Ni siquiera en el caso de los conflictos mineros podemos hablar estrictamente de luchas por la propiedad de la tierra, sino por el derecho a participar significativamente en los planes de gobierno, por el respeto a una forma de vida distinta a la derivada de la industria extractiva, etc. Eso parece no haberlo notado el entrevistado y, por desgracia, suele ser la tendencia mayoritaria en el país.

Con ello se olvida que, en su diversidad, los movimientos sociales hace mucho que dejaron de ser definidos exclusivamente como luchas por la distribución de bienes en un sentido material. Pero aunque desde fines de los sesenta se habla en el mundo de “nuevos movimientos sociales” para referirse a las distintas formas de motivaciones detrás de las demandas sociales, la interpretación redistributiva de corte economicista –más típica de los primeros marxismos que de un Liberalismo bien entendido– se encuentra fuertemente consolidada incluso en nuestra derecha más “progresista”, en aquella que se hace llamar “liberal”.

Creo que parte del problema, al menos a nivel teórico, radica en que el Liberalismo es confundido en Perú con el Libertarianismo, corriente político-económica tradicionalmente asociada al libro Anarquía, Estado y utopía, publicado por Robert Nozick (un ferviente y casi fanático seguidor de Hayek y del peor Locke) a mediados de los setenta en parte como respuesta al libro de John Rawls Teoría de la justicia. Fue más bien este último el que sentó las bases del Liberalismo político contemporáneo y abrió la posibilidad, a partir de los muy nutridos debates que originó entre innumerables teorías y corrientes, de que dichas teorías sean revisadas a la luz de los actuales fenómenos políticos y sociales. Ello colaboró al desarrollo de algunas de las corrientes políticas más interesantes –de derecha e izquierda– que actualmente se observan en los escenarios europeos. Pero incluso Rawls sí que habla de derechos sociales, de bases materiales para la realización de los derechos individuales y de un sistema de redistribución equitativo de recursos que corrija las desigualdades generadas por el funcionamiento del mercado. Todo aquello que nuestros libertarios –mal llamados liberales– niegan obsesivamente.

En Perú muchos quieren ser liberales, pero incluso los más vinculados a la academia siguen defendiendo de modo ortodoxo e irreflexivo ideas calcadas de los primeros programas libertarios de los siglos XVII y XVIII europeos, programas que, al igual que los socialismos de esa misma época, son teórica y prácticamente inviables. Lo que nos hace falta, simultáneamente a una renovación de la izquierda, es una reformulación de los principios sobre los que nuestros “liberales” se asientan.

Como colofón, y por si no fuera suficiente partir de dogmas cerrados (y, por lo mismo, antidemocráticos), nuestra derecha libertaria podría conducirnos a nefastas consecuencias prácticas que estarían en patente contradicción con sus propios postulados. En lugar de ver a la crítica social y a la protesta ciudadana como algo consustancial a la democracia y a la libertad de expresión, ellos persisten en la creencia de que las protestas son un mal que debe desaparecer definitivamente para acceder al desarrollo. Pero afirmar esto es tanto como defender una lectura determinista de la sociedad, ya que ello significa simplemente que los fines sociales y las ideas acerca de lo que es bueno y valioso para todos ya están determinadas de antemano y que todos debemos necesariamente estar de acuerdo con ellas.

Por ello suelen decir de manera simplista que al Estado –un Estado mínimo pero policial– solo le compete eliminar los obstáculos (las protestas) para despejar el terreno al mercado, el cual realizaría los ideales que ya han sido aceptado como válidos y que nadie más puede criticar (la propiedad). Nuevamente, este pseudo-utopismo planificado e idealista del Libertarianismo coincide, paradójicamente, con las versiones más simplonas del comunismo: en ninguno de los dos hay lugar para la opinión pública o la libertad.

Lo grave es que la pregunta que lógicamente se seguiría de esta concepción es: ¿y luego de eliminados los obstáculos (por la derecha, por supuesto) y alcanzados los fines de la sociedad qué nos queda? La respuesta es más que obvia: tratar de conservar lo alcanzado a toda costa, puesto que ya se aceptó que el statu quo es válido por naturaleza y que ninguna fuerza humana puede ir en su contra.

No hay que ser demasiado perspicaz para notar enseguida que esto recuerda más a la distopía descrita por Aldous Huxley en Un mundo feliz que a una sociedad democrática. En otras palabras, la consecuencia necesaria del Libertarianismo, al obligarnos a aceptar irreflexivamente principios incuestionables, no es otra que el Totalitarismo.

 

Imagen: “Aldous Huxley” (óleo sobre lienzo) por Alex Alemany

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