Democracia a la peruana o la normalización de la corrupción. A propósito de Odebrecht

Por Gianfranco Casuso

Durante las elecciones en Perú, los candidatos más fuertes suelen ser cabezas de partido sin los cuales es casi imposible imaginarse la supervivencia de sus respectivas agrupaciones. Ellos son el partido. Son los candidatos naturales porque en torno a sus figuras se articula todo un conjunto de intereses y voluntades que se disgregaría sin el pegamento que ellos representan.

Según nuestro sistema político –que permite que primero sea el candidato y luego el partido, movimiento, alianza o lo que sea– el proceso electoral consiste en que uno o varios grupos de poder busquen a una figura pública suficientemente popular (da igual si es un cocinero, un ex-militar, un comediante, alguien sin oficio conocido cuyo único mérito es ser hija del que un 30% de la población considera el mejor presidente que ha tenido el país, etc), tan popular que permita aumentar las posibilidades de que sus intereses privados tengan un medio de satisfacción político y jurídico con apariencia de legitimidad.

Como –contrariamente a lo que dice el mito del emprendedor heroico– los inversionistas (y en especial los de nuestro país) son más bien timoratos y algo ineptos, y arriesgan siempre el mínimo (al igual que esos tímidos apostadores que prefieren poner su dinero en varios caballos antes que apostar una gran suma al ganador), ellos repartirán sus favores por igual entre todos los candidatos punteros. De cualquier manera, no tienen que invertir mucho en publicidad, pues el caballo-candidato ya tiene un nombre hecho en la cultura popular, ya es conocido, solo hay que empujarlo un poco en algunas cuestas. Principalmente les interesa tener a un socio con quien firmar contratos una vez concluida la farsa electoral.

Una vez que los inversionistas han escogido a sus bestias, comienza la comedia por todo lo alto: la tarea de anularse mutuamente en la que los candidatos se enredan, los inversionistas la disfrutan desde sus palcos, metiendo un poco más de plata aquí o allá, según cómo vaya la cosa. Los periódicos toman partido por uno u otro bando y el gran público aplaude y ríe hasta que cansado, al llegar el día de la elección, vota por quien, a su parecer, salió menos lastimado de la grotesca pelea. Gane quien gane, a los inversionistas les tocará una buena tajada, pues en todos han invertido algo. Gane quien gane, el público se irá satisfecho (por un rato) tras haber recibido un buen espectáculo (y gratis). El entusiasmo suele desaparecer luego del primer año. El modo en que en Perú medimos el entusiasmo por los espectáculos políticos se llama “encuesta”. Y los medios se encargarán de que la lucha se extienda lo más posible… así, hasta la próxima elección.

Créditos de la imagen: Gueli Korshev

 

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