Dos o tres cosas que yo sé de él

Por Tania Herrera

Cada vez que discutimos sobre roles de género, las conductas esperadas de hombres y mujeres, suelo pasar por quien llega tarde y a estropear la fiesta. Él, implante que se camufla en lo profundo, superficialidad que aflora delatada por su torpeza. Mis padres no quieren hablar de feminismo: lucha de clases o nada, las multiplicadas reivindicaciones postmodernas les resultan vomitivas y sus coetáneas celebran que, en el Perú, el aumento de mamas no sea tan costoso. Con mis jóvenes amigos marxistas, afortunadamente, no sucede esto. Con ellos comparto el escepticismo a muchas demandas que, incluyendo las que se presentan como feministas, descuidan la ampliación de sus reivindicaciones a un análisis más complejo sobre la opresión y la injusticia en la sociedad. Él, materia que me viste y envejece, cálculos y restas que no sé cómo aprendí. Me preocupa que tanto escepticismo descuide explorar las experiencias sociales que, tal vez bajo el velo de una cuestión de género, resulten opresivas y aun difíciles de verbalizar. Él, materia que recubre infinitos poros de lo posible, oscuridad que se esfuerza por agotar los intersticios que agrietan sus estructuras. Él, capitalismo agotado en sus múltiples formas, alfarero y barro de repetidos contenidos. Particularmente, me preocupa cómo plantear una crítica materialista, espacio-temporalmente situada, sobre la hipersexualización del cuerpo de la mujer y sus estragos en los afectos.

Uno. La organización social necesita reconsiderar los roles de género. ¿Es aún viable hablar de ellos cuando la precarización del trabajo ha logrado deshacerse de nosotros con cinco meses de embarazo o sesenta y cinco años más un cáncer al estómago? Él, no podemos atrincherarnos en una postura feminista y de clase para intentar comprender una situación que nos resulta injusta. El problema no solo aparece cuando tratamos de reunir las piezas del fragmento que, a nuestro antojo, buscamos reconstruir. Hay acá hasta un error metodológico: en vez de partir, de manera inductiva, por la evidencia empírica del problema en cuestión, lo hacemos desde ideas o meta-teorías preconcebidas; lo hacemos desde arriba. Él, siempre hay que hacerlo desde arriba. Tú y yo, no podemos encarar la realidad de este modo, caemos en burdas simplificaciones y, además, la incredulidad en la cara de nuestros interlocutores lo demuestra al acusarnos de repetir siempre la misma cantaleta, los mismos gestos, la misma estoica escena.

Dos. La hipersexualización del cuerpo de la mujer responde a la mercantilización imparable de la vida. La flexible frontera de la mercancía, el presupuesto de que todo es comercializable o sujeto a transacciones tiene serias consecuencias en nuestros vínculos humanos. Él, mundo de las marcas, de corporaciones gigantescas y desconocido anclaje, decide cómo ha de ser la mujer, cómo ha de ser el hombre, cómo han de ser las personas que eligen cambiar su identidad de género. Pero antes que existencia, apariencia es lo que engendra. Tú y yo, la construcción de lo femenino, del género mismo, se inspira en el control social. Él, la opresión de los individuos debe asegurarse más allá de los espacios de trabajo y, de este modo, múltiples espacios serán transformados para ejercer control sobre los cuerpos. Tú y yo, la construcción del género no se desprende de decisiones individuales, pero de un proceso de socialización que produce y reproduce estereotipos opresores. Él, imperialismo cultural, impone un modelo hegemónico de belleza. Ajustarse a él requiere seguir las modas, es decir, normas que rigen y delimitan las fronteras de lo posible, reductoras de la identidad al falso ideal de distinción. Él, distinción y diversificación productiva. Él, distinción y obsolescencia programada. Él, distinción y consumo desenfrenado de modelos impuestos. Tú y yo, el valor de cambio reemplaza a la necesidad y reduce la libertad al color de los zapatos. La hipersexualización es bien aprovechada por la industria textil y la creciente diversificación en los bienes producidos. Él, no diferencia las necesidades específicas de los niños y les pone los mismos pantalones apretados y sintéticos que a los adultos. Tú y yo, cabe imaginar los vínculos que tiene este descuido en la salud de las personas con la millonaria industria farmacéutica. Cuánto vale una crema fungicida, cuánto vale un tratamiento contra las alergias. Como decía, el problema es la reducción de las posibilidades del ser a la personificación de la satisfacción sexual. Él, la creación y la obra serán secundarias, importará más qué tanto satisfaces a la vista de las miradas normalizadoras. Tú y yo, esto trae ingentes impactos en el desarrollo intelectual de las personas: al estar tan preocupadas por la apariencia física, el tiempo y la energía dedicados a satisfacer al imperialismo cultural repercuten negativamente en nuestro aprendizaje y en la expansión de capacidades. También afecta a los chicos, pero la presión social sobre ellos les exige destinar mayor atención a las dimensiones intelectual y profesional; a las mujeres, en cambio, se nos exige mayor atención a todos los ámbitos de nuestra vida. Él, el reconocimiento social se restringe a los ángulos del cuerpo.

Tres. Parece que los impactos del postfordismo hubieran calado profundo, también en los afectos. Los espacios, ritos y etapas asociadas al amor son una inaceptable simplificación de éstos. Tú y yo, los afectos se reducen a la conformación de instituciones que permitan el control social, de esta sombra debemos escapar. Tú y yo, aceleración en los ritmos de vida, en los procesos productivos y en el consumo, la velocidad que se debe mantener es incompatible con los tiempos del enamoramiento, del olvido, de la digestión y los aprendizajes. Él, consumo de experiencias e insaciabilidad, como un tonel agujereado que, así como se colma, se vacía. Hay quienes se amparan en un discurso de género que no exige a la subjetividad transgredir sus propios límites fuera del espacio de lo imaginable. Estas son falsas estrategias, cómplices del estatus quo, conservadoras antes que intrínsecamente críticas. Tú y yo, tras un huracanado vaivén de quejas y demandas, de prejuicios y pérdida total de la esperanza, incomunicación es lo que queda. Determinismo decimonónico sin dar un crédito al potencial conocimiento, como si el aprendizaje y movimiento no fueran posibles.

Capitalismo modelador de espacios que imprimen -y se impregnan- del ungüento que asegura su reproducción. No creo más en las promesas de equidad ni de distribución. Tú y yo, no es posible transformar estos espacios sin un mito que nos oriente a planificar otros. No creo que las relaciones engendradas en los espacios del capital puedan aspirar a ser más que cálculo y hemorragia interna. Tú y yo, necesitamos crear un mito, las condiciones mínimas para concebir un espacio urbano lúdico, donde el despliegue de la imaginación y las posibilidades humanas se extienda hasta dimensiones nunca antes conocidas. Tú y yo, nuevos horizontes para el amor, nuevos espacios para pensarlo y hacerlo. ¿Tales espacios son posibles en el capitalismo? Quién se atreverá a explotar las caras del poliedro opresor. Quién se atreverá a ver sus caras frente al espejo, llorar y reír luego, quebrar sus lados e instaurar, de una vez por todas, el juego. Tú y yo, obra, arte, apropiación. Y no hablo de la propiedad estéril, hablo de cualquier intento humano que rescate nuestras vidas del imperativo mercantil.

Créditos de imagen: “La mirada masculina”, una historia de la genial Emma https://emmaclit.com/2016/09/28/le-regard-masculin/

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