El país de las últimas cosas

Por Enrique Sotomayor

Hay una cierta idiotez (en uno de los sentidos admisibles por la RAE, más precisamente, como tonto o corto de entendimiento) en algunos sectores antifujimoristas. La idiotez no es, desde luego, un tema de fondo: quien conoce poco más que superficialmente la historia contemporánea del Perú sabe el daño que produjo institucional, jurídica y moralmente el fujimorismo a nuestro país. La idiotez, entonces, tiene más bien un carácter estratégico, y consiste en la miopía con la que se articula el discurso y la agrupación política en torno a ciertas ideas. Javier Suárez ha llamado a esta forma de aproximarse al debate político, “ideología anti”. Considero que Suárez exhibe una candidez notable en su lectura de los acontecimientos políticos recientes, y que en cierta medida colapsa el apoyo masivo que el fujimorismo consigue, una cuestión finalmente empírica pero contingente, con su legitimidad ideológica; pero no por ello su postura deja de ser interesante en varios sentidos.

La idiotez del antifujimorismo consiste en articular un discurso apocalíptico en un desierto postapocalíptico (y en este sentido, Lima, la segunda ciudad más grande del mundo ubicada en un desierto, es la metáfora perfecta). Precisamente el fujimorismo en su periodo albertista (porque esa es otra de las cuestiones que los antifujimoristas deberían comenzar a distinguir, periodos o fases en el fujimorismo) terminó de arrasar el país y lo que le quedaba de resabios prediluvianos. Lo que vino luego fue el desplome de todos los frentes de lo que estructura una sociedad, con corrupción rampante, violaciones de derechos humanos, cooptación de medios de comunicación masiva y desarticulación de sindicatos y otras organizaciones de la sociedad civil.[1] En ese panorama postalbertista, predicar sobre el fin de los tiempos en los círculos del infierno es como decirle a un obrero fabril que mañana ya no trabajará nueve sino nueve horas y un cuarto. Mucho no empeora la cosa. Coincido entonces con Suárez en que la idiotez y enorme limitación del antifujimorismo –y, por antonomasia en su versión naker– consiste en no imaginar una alternativa para el país más allá del tótem de sus obsesiones. Lo curioso es que a falta de una categoría o conjunto de categorías que articulen, por ejemplo, a la izquierda peruana contemporánea, el antifujimorismo ha operado como el catalizador de una cohesión inestable y siempre endeble. Más que saldar las discrepancias que enfrentan a partidarios de variantes de políticas de la identidad con socialistas y marxistas de vieja cuña, la izquierda ha pospuesto sus discusiones a la agresión bestial (en el sentido de desaforada, rabiosa) contra el fujimorismo. El resultado ha sido un empobrecimiento del debate público, en el que las bancadas del congreso se han convertido en tribunas de un estadio.

Pero la idiotez, continúo, de la estrategia fujimorista también consiste en que fuera del reducido espacio de bloggeros, comentaristas anónimos de diarios y columnistas de periódicos, esta lucha titánica y bestial que se libra entre el frente antifujimorista y sus temibles rivales, fuera decía, el país continúa con el ritmo cansino del eterno retorno luego del fin de los tiempos. No hay nada en el discurso naker que anime al ciudadano promedio a comprometerse con un proyecto político. Con una economía estancada y un clima especialmente depresivo no hay nada que pueda hacer Becerril, u otro personaje de turno, que logre despertar la indignación política más allá de los límites actuales. Pero el antifujimorismo naker regresa sobre los mismos tópicos, con un empecinamiento exasperante.

Desde luego que la agenda del antifujimorismo pretendió ser transitoria por definición, y su lista de tareas no pasaba de conseguir que Keiko Fujimori fuera derrotada en dos ocasiones. Pero si vemos que al día de hoy ha tratado de consolidarse como una agrupación política más estable, y que en el espectro del antifujimorismo se incluyen movimientos con una mayor pretensión de estabilidad política, lo que se esperaría es responder al fujimorismo con argumentos e ideas y no ataques fáciles. Aquí coincido nuevamente con Suárez. El antifujimorismo idiota (porque este creo que es un defecto en la argumentación de Javier Suárez, no distinguir con más claridad entre antifujimoristas) recurre a la difamación, al meme fácil (que no es más que la reactualización 2.0 de los sketchs mediocres abundantes en el humor peruano) y a los insultos denigrantes para articular su discurso. Frente a ello, ¡aceptarlo de una vez es un imperativo!, representantes del establishment fujimorista han respondido con argumentos, porque siempre es bueno recordarlo, congresistas como Miki Torres o Rosa Bartra también saben argumentar, son al igual que la “reserva moral” antifujimorta, homo sapiens.

Nota

[1] Lea esto, luego vuélquese a las primeras páginas de “El país de las últimas cosas” de Paul Auter y finalmente vea “Metal y melancolía” de Heddy Honigmann. Entonces comprenderá el ambiente postapocaliptico del fin del albertismo.

Crédito de la imagen: elmontonero.pe

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