El fútbol como rasgo civilizatorio

Por Hernán Aliaga

Todo aquel que se aproxime a un partido de fútbol con verdadero apasionamiento, será consciente de que el tipo de vivencia que experimenta no es el que correspondería a una actividad banal y poco seria o “sólo un juego” como los prelados de la razón pura-vida pontifican. Los afectos comprometidos son de un cariz e intensidad especiales y se establecen muchas veces de modo tan extensivo en la colectividad que el afamado etólogo Konrad Lorenz lo recomendaba como “socioterapia”. El consejo de Lorenz no es infrecuente entre quienes hicieron diagnósticos de la cultura, lo que debe llevar a pensar en cierto potencial reconstitutivo de los deportes de competencia; aspecto válido no sólo para los jugadores sino también para los espectadores. Sobre estos últimos H.G. Gadamer señalaba que la escenificación del juego convierte al espectador en jugador circunstancial en la medida en que este comprende el “contenido de sentido”, borrando así la distinción experiencial. El espectador se apropia del juego y vive el juego en el juego mismo. Intuición que todo hincha, de seguro, puede atestiguar.

Como fenómeno social, la práctica deportiva y en especial, el fútbol, logra difusión universal con el surgimiento de la esfera del tiempo libre que se corresponde con cierta etapa del desarrollo de las fuerzas productivas. En este marco, el acortamiento de la jornada, la semana, el año y la vida laboral (jornada de ocho horas, fin de semana, licencias anuales garantizadas, supresión del trabajo infantil, etc.), crea un espacio de tiempo que puede ser favorablemente catalizado por el deporte. Una lectura crítica advierte, sin embargo, de la asimilación del juego al proceso de racionalización y cuantificación propio de la lógica capitalista. En la estela luckácsiana, la lógica propia del intercambio de mercancías se inserta en la dinámica de la práctica deportiva, tornando el otrora juego, en competencia y lucha[1], prescindencia de lo cualitativo en favor de lo mensurable: el récord, los goles, los puntos, la posición en la tabla o en el podio y, más recientemente, el valor de transferencia del jugador en el mercado. Así, la razón técnica capitalista incrustada en el juego convierte al jugador en una ficha intercambiable al servicio del resultado, sujeto a la contingencia del cuerpo (salud, lesiones) y a los designios irrevocables del paso del tiempo (el retiro[2]). La profesionalización del juego valora y cotiza al deportista por su efectividad en la consecución del resultado. La acción espontánea, atributo fundamental de la individualidad es reificada, transformada en una concatenación de actos planificados, ensayados y perfectamente mecanizados: “endurecimiento” del sujeto. El fútbol (y el campo deportivo en términos generales), prolonga la falta de libertad del trabajo alienado, suerte de taylorismo aplicado a la depuración de la técnica futbolística, al “orden táctico”, la sincronía, el timing y la velocidad mecanizada de respuesta a los requerimientos del DT. Finalmente, el fútbol como espectáculo se torna en estrategia opiácea para adormecer o paliar los estragos corpóreos y anímicos de las masas laborantes desde sus orígenes en la Inglaterra de mediados del siglo XIX a la actualidad del trabajador autoexplotado. Conformidad y adecuación que los dominados son incapaces de advertir y aceptan acríticos con gusto y apasionamiento: el fútbol como ideología. Parafraseando a Gerhard Vinnai: cada gol convertido en la cancha es un gol en contra de los dominados[3].

Afortunadamente, lecturas menos herméticas también son posibles.

Complementaria, aunque esencialmente discordante a esta mirada reductivista y con frecuencia ideológica, que oculta más de lo que revela y que implica la aceptación ineludible de un proceso alienatorio, Norbert Elias y Eric Dunning[4] plantean una comprensión sociogenética del deporte en lo que se da por llamar el “enfoque figuracional”. Desde esta perspectiva, la práctica deportiva y el fútbol en particular no supondrían un desarraigo individual ante el predominio de la racionalidad burguesa y las policías estatales (formas de recreación y entretenimiento como prácticas diseñadas para el óptimo desempeño de los trabajadores), sino -hegelianamente- realizaciones de la conciencia reflexiva.

En la lectura de Elias, el deporte surge en la modernidad con el impulso a la institucionalización propia de un Estado centralizado, dinámica que pondrá en marcha estrategias de control que lo llevan a participar de la exigencia moderna de sustentarse en una normatividad generalizada. El control emerge como elemento clave de la necesidad de calibrar y aplacar los periodos de violencia sometiendo al deporte, tal como en las primeras lecturas contractualistas del Estado, a la demanda de una conciencia intersubjetiva por poner coto al caos del conflicto y la degradación física. De este modo, el fútbol y los deportes de competencia se traducen en espacios en los que se permite la confrontación al interior de marcos simbólicos pautados por normas e instituciones. Se trata de una cesión del ejercicio de la violencia de parte de los agentes individuales en favor de la implantación de equilibrios sociales, mutación decisiva que configura la trama normativa de las sociedades modernas.

Como demuestran Elias y Dunning, la aparición de normas e instituciones que abren la posibilidad de lidiar con el conflicto entre los distintos grupos parlamentarios ingleses por la supremacía del control político al interior de los marcos simbólicos, sin riesgo de exterminio o daño entre los contrincantes, irá paralela a la institucionalización, difusión y generalización de la práctica del fútbol en la Inglaterra del siglo XIX. Esta pausa en los “ciclos de violencia” traerá consigo la emergencia de modos inéditos de significación de la experiencia que se expresan en morfologías y disciplinas de los cuerpos, tanto como en transformaciones de los regímenes de la sensibilidad.

Así, la civilización no implicará la desaparición de la violencia sino su sublimación o desplazamiento. El rasgo cardinal del proceso civilizatorio se evidencia en este incremento paulatino y sostenido de la perturbación de los sujetos ante la destrucción, la aniquilación corpórea, el asesinato, la degradación del cuerpo y las identidades. La violencia física genera repulsa afectiva, exclusión emotiva y exige la intervención jurídica. Incapacitados para presenciar o admitir la tortura o el exterminio, se reclama la contemplación vicaria: la violencia como espectáculo, el despliegue del simulacro y la fabulación teatral.

Eduardo Galeano en una de sus conocidas citas dirá que el “gol es el orgasmo del fútbol”. El paralelo no es arbitrario. El esquema típico del acto sexual supone el tránsito de la tensión agradable, la excitación placentera, el clímax de placer y el relajamiento tensional. Sucedáneas de las fuerzas naturales implicadas en dicho acto pueden considerarse la tensión y emoción arrobadora de la batalla, tanto más, pero no necesariamente, si culmina en victoria. Debido a su arraigo mundial y a la intensidad de los regímenes afectivos comprometidos, el fútbol es esa batalla mimética por excelencia capaz de producir la placentera emoción-excitación del combate real con un mínimo o nulo daño para los participantes. El emblema de esa continuación de la guerra “por otros medios”, rasgo civilizatorio y catalizador de fuerzas que requieren ser exteriorizadas. Elias señalará al respecto: “(…) la sociedad que no proporcione a sus miembros (…) las oportunidades suficientes para que puedan experimentar la agradable emoción de una lucha (…) puede correr el riesgo de embotar ilícitamente la vida de los mismos; puede que no les ofrezca los escapes complementarios suficientes para las tensiones sin emoción producidas por las rutinas recurrentes de la vida social” (Elias y Dunning 1986: 105)

Ya lo sabe amable lector, el fútbol no es como señalaba Valdano, “lo más importante entre las cosas menos importantes”; en la rutinarizada y amansada sociedad capitalista, es imprescindible. Ad portas de una posible clasificación mundialista, entréguese a él sin culpas y sin cinismo. Hágase el favor.

Referencias

Elias, Norbert y Eric Dunning (1986), Deporte y ocio en el proceso de civilización, 3era ed. Trad. De Purificación Jiménez, FCE, México, 2014

Vinnai, Gerhard (1970), El fútbol como ideología, 7ma ed. Siglo XXI, Madrid, 2003

Rigauer, Bero (1969), Sport und Arbeit. Soziologische Zusammenhänge und ideologische Implikationen, Frankfurt/Main Suhrkamp Verlag.

Notas

[1] Ya diría Hegel sobre el juego en la antigua Grecia: “si contemplamos ahora la naturaleza íntima de esos juegos, entonces el juego se opone en primer lugar a la seriedad de la dependencia y la necesidad. Esas luchas, carreras y combates no eran en serio, no había en ellos la necesidad de defenderse, la urgencia de la lucha”

[2] La edad promedio para el pase al retiro futbolístico son los 35-36 años

[3] Cfr. Vinnai, Gerhard 2003. Otro libro clásico en esta línea es Sport und Arbeit de Bero Rigauer.

[4] Cfr. Elias y Dunning 2014.

Créditos de la imagen: www.irishtimes.com

La imagen fue tomada durante uno de los clásicos entre el Estrella Roja y el Partizan, los dos equipos de la ciudad de Belgrado. Este partido es uno de los clásicos futbolísticos más famosos del mundo.

 

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