Habermas y las paradojas de la modernidad

Por Sebastian León

En el último artículo que escribí para este portal abordé brevemente el tema de la interpretación que el teórico crítico Jürgen Habermas hace del materialismo histórico. Por razones de espacio, sin embargo, quedaron fuera algunas cuestiones centrales de la interpretación habermasiana de una teoría materialista de la historia que, si bien se hallan implícitas en esa breve presentación, es necesario desarrollar para hacer justicia a la peculiaridad del pensamiento de Habermas tanto al interior de la Escuela de Frankfurt como en la tradición del marxismo occidental en general (por supuesto, realizar dicha tarea dentro de los constreñimientos de este espacio es imposible, pero quizá se puedan considerar este y el texto anterior sobre Habermas como una breve introducción a su pensamiento).

Decía entonces que para Habermas una adecuada comprensión del ser humano como ser histórico no puede limitarse a una consideración del papel del trabajo social en la reproducción material de las sociedades, sino que también hace falta tomar en cuenta el rol fundamental del lenguaje en el desarrollo de estructuras sociales complejas, en las que los individuos pudieran asumir diversos roles sociales y organizarse institucionalmente a partir de normas sociales mediadas lingüísticamente. La reproducción simbólica de dichas estructuras organizativas y la transmisión del saber sociocultural desarrollado por los individuos requiere necesariamente del uso del lenguaje.

La explotación de los recursos naturales para garantizar la reproducción material de la sociedad exigiría un aumento del dominio técnico, dando lugar, eventualmente, a problemas que, por presentarse como un desafío a la comprensión vigente del mundo, darían lugar a crisis o contradicciones en el seno de la sociedad. Estas crisis, sin embargo, ya no podrían resolverse apelando al dominio técnico. Los individuos se verían obligados a aprovechar los recursos socioculturales disponibles, la experiencia albergada en la tradición, para lidiar con la situación en la esfera de lo normativo-institucional, transformando el entramado organizativo de modo que pueda darse una solución adecuada a este tipo de problemas, restaurando así el equilibrio social. Las innovaciones en el ámbito normativo-institucional necesariamente darían lugar a una reestructuración de la comprensión de la realidad en su conjunto, abriendo la posibilidad de nuevos desarrollos técnicos.

El dominio técnico de la naturaleza suele generar progreso social en términos de bienestar material. Cabría preguntar, sin embargo, cuál sería para Habermas el indicador de un progreso en la esfera de lo normativo-institucional. Este sería la libertad entendida en términos de autonomía: la capacidad de los individuos de actuar de acuerdo a normas de su autoría. Aquí cabría hacer un paréntesis para señalar que, tal como lo entiende Habermas, el crecimiento de las fuerzas productivas que va de la mano de un mayor control sobre la naturaleza traería como consecuencia una progresiva diferenciación entre el mundo natural (su progresivo desencantamiento y reducción al estatuto de recursos naturales) y el mundo de la comunidad humana y sus costumbres dentro del imaginario social: esto es, entre las causas naturales y los conceptos o normas sociales. Dicha comprensión del mundo diferenciada en ámbitos sería crucial para el desarrollo del método científico y el grado de dominio técnico que caracteriza a las sociedades modernas. No obstante, como hemos mencionado, la posibilidad de ese salto en el desarrollo de las capacidades técnicas y científicas habría sido inaugurada por transformaciones normativas e institucionales.

Haciendo un ejercicio de abstracción y ciñéndonos únicamente a la ciencia, la clave de su prestigio como productora de teorías de alto valor explicativo en lo referente al conocimiento de la realidad empírica (esto es, verdaderas) descansaría sobre la garantía de objetividad que ofrece su método, sobre las regulaciones y normativas que aseguran que la validez de los postulados científicos recaigan exclusivamente en la evidencia de hechos empíricamente constatables, y no sobre valores y costumbres. Por supuesto, la absoluta objetividad es más un ideal regulativo que una realidad (siendo todo enunciado verdadero susceptible de crítica y revisión), pero el método científico serviría como un filtro para garantizar un debate racional y un progresivo refinamiento de las teorías al interior de la comunidad científica, ayudando a mantener este espacio más o menos libre de la intromisión de intereses e idiosincrasias particulares[1].

Lo que permite la cooperación al interior de esta comunidad es precisamente la capacidad de sus miembros de entenderse mutuamente, y sus pautas y regulaciones buscarían hacer del lenguaje de la ciencia algo universal y justificado racionalmente, independiente de los puntos de vista subjetivos. Es decir, en su búsqueda conjunta de la verdad los científicos necesitan cooperar, y la posibilidad de esa cooperación, del intercambio de razones para validar teorías, recaería en la comunicación. La separación del ámbito natural y el ámbito social permitiría que las normas que regulan la praxis social ya no se amparen en instancias externas a la práctica social misma (Dios, la naturaleza, etc.); su validez descansaría exclusivamente sobre su aceptación general, siempre que estén garantizados ciertos estándares de imparcialidad. Así pues, la diferenciación entre mundo natural y mundo social implicaría también una diferenciación entre una racionalidad instrumental, que permite aprovechar instrumentalmente los objetos empíricos, y una racionalidad comunicativa, que permite actuar conjuntamente sobre la base de principios reconocidos por los actores involucrados en la interacción social. Este hecho constituiría al mismo tiempo la grandeza y la problemática de la modernidad, pues en la medida en que van depurándose de fundamentos externos, van aumentando las probabilidades de que los consensos sociales se cuestionen. Si bien la crítica y eventual transformación de las normas e instituciones cumple un papel renovador de la sociedad, es al mismo tiempo desestabilizante, por lo que se generaría una tendencia de los mecanismos sistémicos que garantizan la reproducción material (como el mercado capitalista y el Estado) a forzar la conducta de los individuos en ciertas direcciones, supliendo los procesos comunicativos y dando la apariencia de naturalidad a ciertas prácticas sociales (instituyendo la racionalidad instrumental en el mundo social y ofuscando las posibles resoluciones de las crisis económicas y políticas).

Una vez más se haría patente por qué para Habermas no habría un progreso histórico lineal, sino una compleja dialéctica entre momentos progresivos y regresivos en el desarrollo de las sociedades. Para concluir, la autonomía que hace posible hablar de un progreso en el ámbito de lo normativo-institucional, permitiendo que los actores sociales actúen en base a normas cuya validez derive exclusivamente de su reconocimiento de las mismas, dependería del potencial comunicativo presente en el saber sociocultural de la sociedad. Este potencial tendría que desplegarse e institucionalizarse para asegurar un flujo de comunicación no distorsionada entre políticos y expertos y el resto de la sociedad; las razones a considerar, sin embargo, ya no apelarían a la verdad o falsedad de los hechos empíricos, como en el caso de la ciencia, sino a la corrección o incorrección de las normas que regulan la vida social[2].

Referencias

Habermas, J. (1992). La reconstrucción del materialismo histórico. Madrid: Taurus Ediciones.

Habermas, J. (1999). Teoría de la acción comunicativa, I: Racionalidad de la acción y racionalización social. Madrid: Taurus Ediciones.

Habermas, J. (1999). Teoría de la acción comunicativa, II: Crítica de la razón funcionalista. Madrid: Taurus Ediciones.

Owen, D. (2002). Between Reason and History: Habermas and the Idea of Progress. Nueva York: State University of New York.

Notas

[1] La ciencia no existe como un ámbito puramente discursivo; como prácticamente todo emprendimiento humano, necesita recursos (institucionales, económicos, etc.), los cuales obtiene sobre todo de financiamientos públicos o privados. Esta necesidad imbrica necesariamente a la ciencia con poderes cuyos fines no necesariamente coinciden con la búsqueda cooperativa de la verdad. Sin embargo, esto no reduce a la ciencia a una mera manifestación de los poderes fácticos, como se sugiere a menudo dentro del horizonte posmoderno; las regulaciones y normas de la comunidad científica buscarían mantener las intromisiones del poder a raya, manteniendo ciertos estándares de objetividad en la producción del saber teórico. Pienso que la apuesta habermasiana sería que se puede medir el progreso normativo en función de instituciones que garanticen una análoga producción de las normas sociales (de saber práctico-moral), según estándares de imparcialidad.

[2] En sus trabajos posteriores a la década del 80, Habermas elaboró la propuesta una alternativa política a la de la actual democracia parlamentaria, una variante de la democracia radical a la que llama “democracia deliberativa”, en la que quedarían institucionalizados espacios de deliberación pública para la producción de normas sociales que luego serían transmitidas al Estado central, el cual se encargaría de darles positividad en la forma del derecho, pasando a ser el poder fáctico estatal una expresión legítima de poder popular. No argumentaré a favor ni en contra de esta propuesta, pero sí señalaré que no sería la única alternativa para desarrollar las intuiciones de habermasianas sobre el aprovechamiento de los recursos comunicativos de una sociedad con fines transformadores. Por dar algunos ejemplos: es sabido que durante el gobierno de Mao Zedong en China, en los procesos de industrialización del campo, una de las formas del gobierno central de lidiar con la corrupción entre los funcionarios provinciales fue abrir canales de participación de los campesinos en la política local y fomentar mecanismos de fiscalización popular; otro ejemplo histórico sería el del proyecto Cybersyn en Chile, durante el gobierno de Salvador Allende, que buscaba implementar un sistema informático para descentralizar la planificación económica, conectando al gobierno central con la red nacional de trabajadores fabriles para dar a estos últimos voz en el proceso; finalmente, la propuesta del economista Stephan Gruber, publicada en esta página, de invertir trabajo político e intelectual para hacer accesibles a las mayorías populares indicadores económicos alternativos que les permitan representarse más adecuadamente los procesos económicos, ayudando a formar una opinión pública informada que pueda ser más operativa políticamente. Pienso que cada uno de estos casos, de distinta manera, es coherente con el espíritu de las intuiciones aquí expuestas sobre el potencial radical de la comunicación en la transformación de la sociedad.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s