Habermas y el materialismo histórico

Por Sebastián León

En los últimos años, Jürgen Habermas ha sido identificado principalmente por un fuerte compromiso con la institucionalidad democrática y un posicionamiento político cercano al de la socialdemocracia. Son muchos los que piensan que Habermas representa una moderación de la Escuela de Frankfurt con respecto a las posiciones de los miembros de la primera generación, como Theodor Adorno, Max Horkheimer o Herbert Marcuse[1]. Hoy pocos asociarían a Habermas con el marxismo, pese a la importancia de la Teoría Crítica al interior de la tradición del marxismo occidental.  Y, sin embargo, incluso después de la publicación de su obra maestra, La Teoría de la Acción Comunicativa (1981), Habermas siguió entendiéndose a sí mismo como un materialista histórico (si bien uno opuesto a la ortodoxia stalinista)[2]; pocos recuerdan, además, que su distanciamiento de Adorno y Horkheimer después de la década del 60 se debió principalmente a la frustración de Habermas ante el quietismo político que abrazaran sus mentores en sus últimos años[3].

Sin embargo, no es mi intención defender aquí a Habermas de las acusaciones de moderación política. Más bien, me interesa revisar muy brevemente su reinterpretación del materialismo histórico; soy de la idea de que habría intuiciones de gran provecho en su teoría de la evolución social, no solamente como herramienta para la comprensión y crítica del desarrollo de las sociedades modernas, sino también para ayudar a esclarecer algunos de los lineamientos generales del marxismo como teoría.

La interpretación habermasiana del materialismo histórico se opone a la interpretación ortodoxa en un punto fundamental: para comprender apropiadamente el desarrollo del ser humano en tanto ser histórico no bastaría con tomar en cuenta la posibilidad de una reproducción material de la sociedad abierta por el trabajo social; haría falta añadir una segunda innovación, que para Habermas sería igual o más importante, esta vez en el ámbito de la comunicación: el uso del lenguaje. La reproducción material de la sociedad requeriría de la observación de regularidades empíricas y de sus circunstancias particulares de modo que puedan hacerse predicciones sobre el desenvolvimiento futuro de dichas circunstancias, garantizando de ese modo un mayor dominio sobre la naturaleza; siendo el trabajo el medio por el cual la especie se reproduce a sí misma, hablaríamos de un progreso en el ámbito del trabajo social según el grado de eficiencia técnica alcanzado por los individuos en el corpus de saber utilizado para esta reproducción material (véase, el desarrollo de las fuerzas productivas). Sin embargo, vista únicamente desde esta perspectiva, la reproducción material no permitiría explicar los rasgos distintivos de la reproducción social humana. La innovación que distinguiría a los humanos del resto de las especies sería el desarrollo de una estructura social en la que fuera posible que los individuos asumieran múltiples roles sociales (y, al mismo tiempo, que diversos individuos pudieran asumir un mismo rol social). Ahora bien, estas nuevas posibilidades organizativas dependerían de un sistema de normas sociales simbólicamente mediadas, que a su vez estaría mediado por el uso del lenguaje. Sin lenguaje sería imposible pensar en actores capaces de asumir roles sociales múltiples; más aún, los actores sociales no podrían extender temporalmente sus expectativas recíprocas más allá de las consecuencias inmediatas de sus acciones, por lo que no podría hablarse de roles sociales propiamente. Finalmente, sin lenguaje sería imposible mediar los mecanismos de sanción que en parte controlan los motivos de las acciones en el mundo social. Es así que, para Habermas, el lenguaje cumpliría un papel fundamental en la reproducción de las sociedades humanas y la transmisión de su saber sociocultural. Asimismo, la consideración del lenguaje permitiría dar cuenta entre los seres humanos, aparte de la actitud instrumentalizante exhibida en los procesos técnicos del ámbito de la reproducción material, de una actitud cooperativa manifiesta en los procesos comunicativos mediados lingüísticamente[4].

La mirada de la ortodoxia stalinista, exclusivamente centrada en el momento productivo y ciega al rol fundamental de la variable lingüístico-comunicativa, llevó a una concepción de la producción como un ámbito de fuerzas puramente objetivas (siendo el resto del mundo sociocultural y la subjetividad humana poco más que espejismos) y, en consecuencia, a una comprensión determinista de la categoría marxista de modo de producción, en el que las transformaciones sociales respondían mecánicamente a la necesidad de las leyes de la producción material[5]. Habermas rechazará la unión del materialismo histórico con el determinismo histórico y económico, repensando el esquema base/superestructura de modo que la base pueda ser entendida como el núcleo institucional que regula el acceso a los medios de producción en una sociedad. La configuración institucional de las relaciones de producción determinaría la principal forma de integración social en el seno de dicha sociedad, por lo que los problemas sistémicos surgidos en el nivel de la base (las contradicciones entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción) forzarían a la sociedad a desarrollar innovaciones en el ámbito normativo-institucional. Así pues, para Habermas el motor de la historia no se encontraría únicamente en el desarrollo de las fuerzas productivas, sino que tendría una doble faz operando dialécticamente: un desarrollo en el ámbito de la producción generaría contradicciones o problemas que, para ser superadas, exigirían un aprovechamiento del saber sociocultural históricamente acumulado por parte de los individuos en la forma de nuevos medios de integración social, generando un desarrollo en el ámbito de lo normativo-institucional y dando paso a un nuevo grado de aprendizaje social en el que las contradicciones sistémicas puedan resolverse (lo que a su vez abriría la posibilidad de futuras innovaciones técnicas). No obstante, la concepción de progreso derivada de este modelo de desarrollo social sería paradójica: si bien el avance hacia nuevos niveles de aprendizaje incrementaría la capacidad de resolución de problemas de una sociedad, al mismo tiempo desencadenaría contradicciones más intensas que las encontradas en etapas previas, dando lugar a una compleja dialéctica entre momentos progresivos y regresivos en el desarrollo evolutivo de las sociedades (lo que impediría a Habermas comprometerse tanto con una concepción lineal del progreso histórico, como con algo así como un “fin de la historia”).

 Referencias

Habermas, J. (1992). La reconstrucción del materialismo histórico. Madrid: Taurus Ediciones.

Habermas, J. (1999). Teoría de la acción comunicativa, I: Racionalidad de la acción y racionalización social. Madrid: Taurus Ediciones.

Habermas, J. (1999). Teoría de la acción comunicativa, II: Crítica de la razón funcionalista. Madrid: Taurus Ediciones.

Owen, D. (2002). Between Reason and History: Habermas and the Idea of Progress. Nueva York: State University of New York.

Notas

[1] Por mencionar a algunos, Susan Buck-Morse y Peter Osborne.

[2] Tal como lo expusiera en una entrevista que le hiciera Nancy Fraser en el año 1989, Habermas se entiende a sí mismo como un marxista por su método. Todo posicionamiento crítico y/o político se derivará de un análisis riguroso de las condiciones materiales que echaría luces sobre las posibilidades emancipatorias disponibles (surge aquí la discusión sobre si el propio Habermas llega a ver el fondo de las posibilidades emancipatorias que sus análisis revelan). Amy Allen cita esta anécdota en The End of Progress (Columbia University Press: 2016).

[3] Rolff Wiggershauss, La Escuela de Fráncfort (Fondo de Cultura Económica: 2010) y Stuart Jeffries, Grand Hotel Abyss: The Lives of the Frankfurt School (Verso: 2016).

[4] Aquí se exhibe la diferenciación habermasiana entre una racionalidad instrumental y una racionalidad comunicativa (siendo la segunda condición necesaria de la primera).

[5] Habermas atribuye este problema directamente al pensamiento de Marx. Pienso que esa atribución es un error, pero para esta breve exposición es irrelevante el que tenga o no razón sobre ese punto, por lo que no argumentaré al respecto. También hay que mencionar que Habermas abandonaría por completo la categoría de modo producción en favor de una más abstracta, “principio de organización”, a fin de superar viejas discusiones sobre los modos de producción precapitalistas y sobre si podía calificarse a la Unión Soviética como un “capitalismo de Estado”, etc. Considero que esa discusión no es pertinente tampoco, pero sí quisiera señalar que, a mi juicio, se pueden recoger las intuiciones más interesantes de Habermas sin abandonar la categoría de modo de producción (sobre todo si se entiende que tal como Marx la desarrolla, no se referiría únicamente a la producción económica, ni a la material en desmedro de la simbólica).

Créditos de la imagen: http://bostonreview.net/

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