La clave socrática del reconocimiento de la ignorancia

Por Maverick Díaz

Sócrates conducía públicamente su vida mediante el ejercicio continuo de examinación y refutación de los miembros de la comunidad ateniense. Era un “tábano” y “un pez torpedo” porque perturbaba a sus interlocutores. Pero era también el que “cuidaba su alma”, el que “vivía muriendo” y el “amante de la belleza”. La estructura lógica de tal interacción requería que el interlocutor socrático exponga una primera creencia (A) acerca del tema en cuestionamiento (por ejemplo, la definición de una cualidad moral o el imperativo sobre un problema práctico). Mediante un intercambio dialógico conducido por Sócrates, el interlocutor sostenía adicionalmente otras afirmaciones que, vinculadas de manera inferencial, ofrecían una conclusión que contradecía a (A). Ya que tal proceso requería la honestidad del interlocutor, este tenía que percatarse, en el momento en que era refutado, de que se encontraba en la posesión interior de creencias contradictorias, de que su alma estaba confundida.

El real éxito del proceder socrático no puede medirse lógicamente, sino éticamente. “Sé que no sé” puede resultar una paradoja en términos lógicos, pero corresponde, existencialmente, a la experiencia subjetiva de la mesura antropológica. Reconocer que se ha creído saber lo que no se sabe, y que interiormente no se ha tenido ni se tiene la respuesta pertinente a una pregunta de fundamental importancia, es hacerse cargo de una posición realmente humana. Para Sócrates, hacer del reconocimiento de la propia ignorancia un modo de ser corresponde a hacer explícita la distancia constitutiva que separa el conocimiento humano de la ciencia divina, la diferencia determinante entre el hombre y Dios.

En tal distancia también está contenida la posibilidad de aquella experiencia que para Sócrates es la más decisiva. No hay relación sin distancia. El amor, en sus distintas manifestaciones, es siempre una relación. La experiencia psicológica de las propias limitaciones y de la lejanía con respecto a una ciencia suprema inaugura el mejor de los bienes humanos: el amor a la sabiduría. Una relación erótica con la sabiduría solo puede originarse en el alma de cada hombre bajo la condición de un reconocimiento existencial de su posición en el mundo, de una menesterosidad de su razón cuyo remedio consiste en recorrer la distancia a través de la proyección de un camino. El Sócrates más “socrático” de los diálogos platónicos buscaba esta meta mediante el “examen racional” de las creencias de los hombres, y por ello decía también que le hacía un gran bien a la comunidad.

Todo ejercicio positivo de fundamentación requiere del reconocimiento de la ignorancia, y a esta experiencia contribuía Sócrates mediante un nuevo sentido de pedagogía, que él distinguía tanto de la tradicional como de la sofística. Mientras a la segunda lo distanciaba su creencia de que la verdad no es relativa, la primera parecía carecer de una disposición hacia la evaluación de los presupuestos, a hacer de los pre-juicios los objetos de una investigación. La incompatibilidad entre nuestras creencias acerca del mundo se hace explícita cuando es tematizada mediante un ejercicio de esclarecimiento. El poder socrático es transformador: conduce a sus coetáneos a abrir el horizonte de las razones en el cual vienen actuando irreflexivamente, y los obliga a tematizar dialógicamente juicios previos asumidos como operativamente válidos.

Desde la clave platónica, tal experiencia posibilitará la búsqueda de los conceptos universales y necesarios de la justificación, a cuya realidad objetiva había que acceder dialécticamente: una ontología y una epistemología de corte metafísico. Sin asumir la carga de esta referencia, inviable en tiempos deudores de una comprensión materialista, Sócrates continúa siendo el crítico de los asuntos humanos que exige de sus contemporáneos aquella disposición reflexiva que la Ilustración también demanda de los tiempos modernos con el adagio “Sapere Aude”, y que Kant exige hacer efectiva mediante un uso público de la razón. Porque implica una concepción de lo que es la naturaleza del hombre, nunca una empresa humana de crítica y fundamentación puede darse sin el impulso de un agente que asume responsablemente la aporía.

Cuadro: Rafael (La escuela de Atenas, 1512-14)

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