Cargar con los huesos: La hija de Marcial de Héctor Gálvez

Por Alexandra Hibbett

*Advertencia: la siguiente reseña revela aspectos de la trama de la obra de Gálvez*

Hay una escena en Lucanamarca (2008), documental de Héctor Gálvez y Carlos Cárdenas, cuando el hermano de Olegario Curitumay, el senderista de la comunidad que fue asesinado por esta, mientras le habla a la cámara desde su pobrísima casa, revuelve entre sus cosas y saca el cráneo de su hermano. Con el hueso entre sus manos, explica que el alcalde, al hacer las obras para una plaza taurina, botó el cuerpo de su sepultura. Solo pudo rescatar el cráneo. No pudo volver a sepultarlo, porque sabía que la comunidad lo maltrataría. “Me da pena mi hermano. Por eso lo tengo aquí”. 

Este tipo de historia es uno de los menos contados de nuestra violencia política. La hija de Marcial, la obra teatral recientemente estrenada de Héctor Gálvez en el Centro Cultural de la Universidad del Pacífico, es un paso para remediar esa falta. Junto con los libros testimoniales de José Carlos Agüero y Lurgio Gavilán, esta obra abre paso a reflexiones que van más allá de la figura de la víctima-inocente, y a reconocer experiencias que han quedado al margen; en este caso, la de los hijos o familiares de senderistas que perdieron la vida durante la violencia.

La obra cuenta la historia de Juana, la hija de un senderista desaparecido durante los 80, y comienza cuando el cuerpo de este es hallado por accidente en su pueblo 20 años después de su muerte. Juana quiere darle un entierro digno, con músicos contratados; eso le había prometido a su madre. Pero el Estado central, el alcalde local y los miembros de su comunidad, cada uno a su modo, se lo impiden.

Tal historia enfrenta a su audiencia con varias verdades que, probablemente, habían estado ignorando. Primero, la existencia de sujetos como Juana, invisibilizados por la mayor parte de la producción cultural y discurso mediático sobre la violencia política. Segundo, que personas como Juana deben cargar, simbólicamente (o literalmente, como hemos visto) con los huesos de sus muertos senderistas; no pueden darles una sepultura satisfactoria, es decir, no pueden llevar a cabo un duelo completo porque la sociedad no ofrece un lugar, simbólico o físico, para su entierro. Tercero, por tanto, que la historia de la violencia política que hemos dejado atrás: aún hay tareas pendientes, historias sin resolución.

La obra termina con Juana caminando, yéndose de su pueblo con el cráneo de su padre en una bolsa. ¿En qué lugar, en qué agrupación social, encontrará Juana el apoyo que necesita para enterrar por fin a su muerto, y para reconocerse y encontrarse ella misma? Ante esta pregunta, vale recordar el caso en curso del mausoleo en un cementerio de Comas que alberga los cuerpos de militantes de Sendero Luminoso que perdieron la vida en El Frontón. Hace pocos días, el Poder Judicial ha dado el último fallo faltante para permitir el traslado de los cuerpos y la destrucción del mausoleo. ¿Dónde pondrán ahora los cuerpos? ¿Qué lugar puede haber para alguien que solo ocupa, ante nuestros ojos, la categoría de enemigo?[1]

En el contexto actual donde la presencia y actividad visible del MOVADEF, así como la salida de la cárcel de senderistas que han cumplido sus penas, escandaliza y perturba a muchos, estas preguntas son claramente vigentes. Agrupaciones como el MOVADEF no deberían ser el único espacio social en el cual personas como Juana puedan encontrar reconocimiento y validación de su experiencia y derechos. En lugar del morbo que nos lleva a una compulsiva fascinación con las caras más visibles del senderismo, deberíamos estar pensando en cómo asimilar socialmente a los que han cumplido sus penas, en escuchar a personas como Juana, y en reconocer sus derechos. Esta obra es entonces un buen paso en esa dirección, y ojalá pueda escenificarse más allá del Centro Cultural del Pacífico y convocar a audiencias diversas.

Ahora bien, es notorio que la obra, aun cuando se está alejando de la tendencia de la memoria cultural limeña de excluir del recuerdo al sujeto senderista y sus familiares, sigue dentro de su misma línea en cuanto propone que la manera en que nos podemos acercar a estos temas es a través de la compasión. La empatía y las emociones suscitadas en la audiencia hacia un personaje que es, como tantos antes que ella, una mujer inocente, son el único puente que se nos permite para acercarnos al tema de la violencia política; no es una obra que llame a la comprensión histórica, y temo que podría no llegar a generar cuestionamientos en su audiencia, que podría quedarse en el nivel de la impresión emotiva.

También sigue en la línea de la producción existente sobre la violencia política en cuanto su horizonte se ciñe al pasado de la catástrofe. La obra nos puede llevar a cuestionar cómo debemos responder, ahora, al pasado violento; sin embargo, como las producciones que lo anteceden, no aborda el problema de cómo pensar ahora, desde el posconflicto, un futuro de emancipación. Dado que pareciera que cualquier iniciativa política de izquierda en nuestro país es tildado de “terrorista”, me encantaría ver alguna producción que rete esta tendencia, abordando la memoria de la violencia política sin dejar de lado un horizonte de cambio político desde la izquierda.

Nota

[1] En este artículo, Gianfranco Casuso expone los equívocos que llevan a la opinión común de que el mausoleo debe ser destruido, y las consecuencias problemáticas que tiene esta propuesta.

Créditos de la imagen: Universidad Pacífico

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