Revisitando la base y la superestructura

Por Sebastian León

El esquema marxista de la base y la superestructura quizá sea la herramienta analítica más utilizada por el llamado marxismo ortodoxo durante el siglo XX, así como la más criticada por sus detractores intelectuales tanto dentro como fuera del marxismo.

Como sabemos, el materialismo histórico propuesto por Marx postula que los seres humanos, en su actividad social, interactúan con la naturaleza para producir sus condiciones de vida (ahí el materialismo), y que los productos de dicha actividad, las relaciones, prácticas e instituciones que van produciendo a lo largo de las generaciones, se convertirían en fuerzas materiales a menudo tan determinantes como las de la naturaleza (ahí lo histórico). Puesto que la actividad productiva se hallaría a la base de la producción del mundo social, Marx empleó (sobre todo en sus textos de juventud) la metáfora de la base y la superestructura: las relaciones sociales vinculadas a la producción (la organización social de las fuerzas productivas: de la mano de obra disponible, los recursos naturales y tecnológicos, etc.) tendrían una predominancia sobre y en cierto modo determinarían al resto de las relaciones sociales.

Ahora bien, la ortodoxia establecida por Stalin mantenía una interpretación particular de dicho esquema. Para el marxismo ortodoxo, todo eventual cambio o transformación del mundo social dependía de un desarrollo de las fuerzas productivas, respondiendo la configuración de todos los ámbitos sociales superestructurales a las exigencias materiales de la base económica. En esta interpretación del esquema, se incluyen al interior de la superestructura las manifestaciones “simbólicas” o “culturales” de una sociedad, como el arte, la moral, la religión, la filosofía, la política y las leyes (los “contenidos de la conciencia subjetiva”); la base económica, por su parte, estaría compuesta por las fuerzas productivas disponibles al interior de esa sociedad y las relaciones de producción, es decir, las relaciones sociales mediante las cuales se organizarían y gestionarían las fuerzas productivas. La peculiaridad de esta forma de concebir el esquema es que acaba creando una oposición entre lo social y lo estrictamente económico o productivo, en la que la base aparece como un ámbito puramente técnico, aséptico, de fuerzas objetivas que serían la causa efectiva de las manifestaciones simbólicas en el nivel de la superestructura[1]; el movimiento histórico, entonces, respondería a la necesidad de las leyes de la producción, formándose las voluntades de los agentes sociales en función de las contradicciones entre la organización de las relaciones de producción y el estado de desarrollo de las fuerzas productivas (viéndose determinada la superestructura por la base). La constitución del proletariado como un sujeto revolucionario capaz de derrocar al orden capitalista vigente no sería tanto un proceso político como el resultado inminente de un cierto “mecanismo” de la historia.

El mecanicismo determinista del marxismo ortodoxo habría sido en parte la causa de la migración de varios grupos de intelectuales hacia nuevas concepciones del mundo social en las que se buscaba darle una mayor importancia al papel de lo “cultural” y lo “discursivo” por sobre lo económico, a la contingencia frente a la necesidad histórica y, en última instancia, al lugar de la agencia en la vida humana, a lo indeterminado. Aquí podríamos incluir a buena parte del llamado posmarxismo y al postestructuralismo. Lo interesante es que estos posicionamientos teóricos suelen aceptar implícitamente las concepciones ortodoxas de la base y la superestructura, aunque de modo invertido: lo que primaría sería la indeterminación simbólica o discursiva de la esfera cultural (en la que se incluye a la política), y de ahí, de la configuración cultural específica que todavía se insiste en llamar capitalismo, se seguiría la apariencia de necesidad u objetividad de la esfera económica. Bajo este punto de vista, parecería asumirse que solo existirían dos formas de concebir el horizonte histórico y social: o un economicismo determinista y mecanicista o un culturalismo radicalmente aleatorio. Para oponerse a la vieja ortodoxia, no quedaría otra alternativa que la de esta segunda mirada, para la cual el futuro aparece como una pura posibilidad, radicalmente abierta e indeterminada. Así comprendidas las cosas, ya no habría lugar (más allá de la mera apariencia) para realidades sociales más bien estables, como lo serían la clase o las estructuras económicas. De hecho, mi posición es que, desde ese punto de vista, se hace realmente difícil pensar en condiciones, relaciones o procesos históricos en general; cuesta pensar en cómo se podría hablar seriamente del capitalismo como el resultado de una serie de procesos y condiciones históricas específicas que, si bien por ser históricas habrían surgido de la acción humana y tenido cierto grado de contingencia, habrían sido el resultado de la progresiva clausura de ciertas posibilidades tanto como de la apertura de otras (esto es, al tiempo que contingencia, habría cierto grado de necesidad histórica). Pensar la historicidad del mundo social implica poder rastrear los procesos, las continuidades y las discontinuidades, que evidencian la transformación de la praxis humana.

Entonces, comprender adecuadamente el esquema de la base y la superestructura (y dar un primer paso hacia una comprensión materialista de la sociedad) exige romper con el dualismo que pretende forzarnos a pensar en los ámbitos económico y sociocultural como si fueran compartimentos estancos. Para esto habría que reconocer que la esfera de lo económico no es un espacio aséptico de fuerzas objetivas, escindido de lo cultural, sino que, como Marx nunca dejó de señalarlo, por estar atravesado por diferentes experiencias subjetivas, por conflictos entre los diversos agentes con intereses, creencias y valores enfrentados (por trabajadores y capitalistas relacionados de distinta manera a la producción), sería un ámbito social, en permanente disputa[2]. Siguiendo esta misma línea, habría que rechazar la mirada abstracta para la cual el sistema económico capitalista existiría a parte de instituciones políticas, burocráticas y jurídicas, separado de las leyes, prácticas y normas que lo hacen operativo en tanto modo de producción, y que, por tanto, tendrían su lugar a la base del esquema marxista de la sociedad. Nada de esto entraría en contradicción con la intuición central de que en el capitalismo la esfera de la producción determina al resto de los ámbitos de la sociedad, ni implica que, por ejemplo, no hayan partes considerables de la esfera legal en el nivel de la superestructura (esto es, que no sean necesarias para el funcionamiento del capitalismo)[3]. Es cierto que esta mirada hace bastante más complicado el esquema de la sociedad y sus dinámicas, pero esto se debe a que ofrece una comprensión bastante más compleja y sustancial (y, en última instancia, más precisa) del funcionamiento de las mismas.

 Referencias

Meiksins Wood, E. (2000). Democracy Against Capitalism. Cambridge: Cambridge University Press.

Thompson, E.P. (1989). “Folklore, Antropología e Historia Social”, Historia Social n°3: Universidad de Valencia.

Notas

[1] Algunos autores, como Ellen Meiksins Wood, han señalado la ironía por la cual el stalinismo compartiría con el liberalismo esta aproximación a lo económico como una esfera eminentemente técnica, “objetiva”, bien diferenciada de ámbitos “subjetivos” como el de la política.

[2] Aquí se hace patente la operación abstracta típicamente liberal, por la cual se busca diferenciar entre intereses estrictamente económicos, objetivos, frente a intereses políticos, ideológicos y subjetivos, como a menudo se pretende al descalificar desde el poder fáctico las demandas de los trabajadores.

[3] Una comprensión de la base y la superestructura en esta línea antidualista ha sido desarrollada por autores anglosajones como E.P Thompson, Robert Brenner y Ellen Meiksins Wood (estos dos últimos pertenecientes a la escuela del llamado “marxismo político”). Asimismo, considero que habrían cercanías con la comprensión del cambio histórico de la teórica crítica Rahel Jaeggi, que ha calificado su proyecto como un “materialismo pragmatista”.

Créditos de la imagen: Hubert H. Humphrey Building, Washington DC https://theculturetrip.com

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