La ley del tacle: tránsito y socialidad peruana

Por Hernán Aliaga

Después de observar las encomiables muestras de solidaridad del pueblo mexicano en medio de los estragos del último terremoto que remeció su capital y otros cuatro Estados, uno no puede menos que preguntarse si las cosas serían iguales en esta hermosa tierra del sol. La suspicacia se diluye si consideramos la organizada respuesta de jóvenes y donantes a propósito del más reciente fenómeno del Niño Costero, pero vuelve a ganar viada cuando traemos a la mente el vuelco del bus descapotable de la empresa Green Bus mientras descendía a toda velocidad del Cerro San Cosme hace unos meses. Triste suceso en el que individuos con alma de coyote, lejos de socorrer a los heridos o guardar la mínima deferencia ante el cuerpo aún tibio del occiso, aprovecharon para realizarles pequeños hurtos.

Por alguna insospechada razón, lo peor de nosotros mismos viene siempre sobre ruedas. Si el modo en el que conducimos y nos conducimos en el asfalto es el reflejo de nuestra socialidad, estamos jodidos. Al incumplimiento de las normas mínimas que garanticen un desplazamiento que no ponga en jaque la vida de peatón, conductor y pasajero, debe sumarse la actitud beligerante de quien maneja con el cuchillo entre los dientes: a mí no me ganas, maldito.

El hombre-máquina que se desplaza por las calles de nuestras ciudades se hace un lugar a punta de trompazos, bocinazos y cruces intempestivos. Guarecidos por el relativo anonimato que otorga la intermediación de la cabina y la traslación a velocidad crucero -libre al fin del diálogo hipócrita y el regusto azucarado del diminutivo propio de la interacción nacional cara a cara- el peruano hombre-máquina se desvergüenza y convierte el tránsito en la mejor metáfora de nuestro sustrato social.

¿Quiere saber usted cómo somos los peruanos, señorita? No nos pregunte porque seguramente responderemos que somos cálidos, nostálgicos y nos gusta comer rico. Pase usted, siéntese amiguita, vea como manejamos y saque sus conclusiones: el otro nos importa un rábano. Pase usted y vea sin dobleces, diminutivos ni rímel lo que habita en el desván del alma peruana, esto somos. Pase usted, damisela encantadora, el tránsito es la más transparente ventana a nuestra endiablada socialidad, esa del empujón y el codazo, del abrirnos paso a como dé lugar. ¿Que eso era lo que quería decir García cuando hablaba de que “El Perú avanza” ?, pero ¡claro!, eso mismo señorita, los peruanos avanzamos a punta de tacle y bocinazo, señorita. Esta es nuestra idea de progreso y nadie nos para, señorita. ¿Se sirve un cafecito?

Si el tránsito es el reflejo de nuestra socialidad, el paradigma de la autoridad no es el suboficial de tránsito sujeto a un salario de hambre y siempre dispuesto a conversar un arreglo. No. El arquetípico límite a nuestros descontrolados impulsos de autoconservación y aprovechamiento es nada menos que una giba de entre 5 y 15 cm promedio, a veces pintada y otras camuflada en el gris del pavimento y el cielo limeño; heterogéneo mojón sujeto a los designios geométricos de la autoridad de turno: el rompemuelles. La señalética en sus formas varias: “Pare”, “Colegio”, “Cruce”, etc., son meros significantes vacíos, estrategia semiótica destinada al fracaso. El peruano -eterno ciudadano en sus doce abriles- funciona al golpe; la tradicional pedagogía materna del chancletazo extrapolada a los posibles despropósitos del motor de combustión. Nadie se resiste. No existe suspensión hidráulica ni dirección que quede a buen recaudo de un rompemuelles que se hace respetar. El ejercicio violento del poder como única solución: mamá no me pegues.

Una socialidad enferma no es, sin embargo, gratuita. Al crónico conflicto del peruano con el tiempo -ese que en honor a un expresidente prófugo quedo bautizado para la posteridad como “Hora Cabana”- se suma el crecimiento constante del parque automotor, la incapacidad municipal en la gestión de vías, la inexistencia de un sistema de transporte público, la humareda cancerígena escapando de vehículos que nadie entiende cómo pasan las “revisiones técnicas”, la privatización temporal de porciones de asfalto y calzada a cargo de empresas constructoras, el obsesivo y sospechoso mantenimiento mensual o bimestral de tuberías de agua, alcantarillado, electricidad, etc., alguna insulsa obrita municipal por aquí, algún choque por allá y desde luego, las insufribles escoltas gubernamentales con motorizados a disposición abriéndole el paso a Vexlers y D’Alessios, siempre dispuestos a empeorar lo que sus colegas vienen haciendo bastante mal. En fin, algo así como Melbourne o Ginebra. Si a eso le sumamos los recientes asaltos en moto: el mismo infierno. Uno entiende de pronto porqué tanto claxon y que para cuándo el servicio ese de teletransportación[1]. La urgencia como abuela del cordero.

Subyacente a todo lo anterior están los más de 25 años de neoliberalismo a la vena. Desregulando y soliviantando el vicio privado, pariendo a ese sujeto hiperindividualizado, ambicioso y tacleador, superviviente embrionario vislumbrado en las décadas del 70 y 80 en la figura del achorado, consagrado por el fujimorismo intelectual (valga el oxímoron) como el paradigma del self made man a la peruana. Hombre alguna vez urgido por la primaria necesidad de sobrevivir, que calculaba, golpeaba, empujaba, obtenía, huía y hoy tiene una curul en el Congreso. Frente a esos otros, los señoritos de la tenencia, del superávit y el confort, de la propiedad, la explotación y la mercancía, de la renta y el derecho; los arrinconados, los indignados, los amedrentados que ya no se dejan y hoy meten la 4×4 en cada cuadra. Una de las tantas respuestas al envalentonamiento del cholo liberto por el velasquismo.

Pero quizá lo más preocupante sea corroborar que una socialidad normativamente desestructurada tiene el efecto perverso de desestructurar a sus agentes. En corto: este tránsito deshumaniza. Haga el intento usted, apacible residente de algún lugar distante; usted a quien le diagnosticaron exceso de bondad, anímese a sacar el brevete y circule su vehículo por la vía pública. Al cabo de un año no será el mismo, se lo garantizo. ¿Ha comenzado a sentirlo?, sepa que no está solo. Todos los conductores connacionales albergamos sociopatías y acariciamos ideas indecorosas que apenas y logramos disimular. Respire, ponga en el reproductor algunos mantras tibetanos, respire. Reclámele a Castañeda, culpe al capitalismo, agradezca. Tanta bondad nunca fue sexy.

Y que el próximo desastre nos coja confesados.

[1] Hace pocos meses un equipo de científicos chinos logró la proeza de teletransportar una partícula de fotones desde la Tierra a un satélite. Soñar no cuesta nada.

Créditos de la imagen: RPP Noticias

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