Re-imaginando la Economía: política y representación de los indicadores económicos

Por Stephan Gruber [1]

Una de las consecuencias más importantes de la crisis mundial de 1929 fue un cambio decisivo en nuestra comprensión de cómo funciona la economía. Ahora entendemos que medidas que tomamos como individuos que benefician nuestras finanzas individuales pueden tener un efecto inverso sobre la economía si muchas personas actúan de la misma manera. El mejor ejemplo es el del ahorro. Si una persona ahorra un 40% de su ingreso, puede en algunos años invertir ese capital y aumentar su nivel de vida en general. No obstante, en caso que todo el país actuara de la misma manera, el consumo caería,  la economía se tambalearía, y habría desempleo y crisis. Este caso entraña una lección general que da cuenta de las consecuencias que trae la complejidad a la que ha llegado el sistema económico. Con el capitalismo contemporáneo, las experiencias cotidianas en donde compramos bienes, ofertamos trabajo y ahorramos dinero poco tienen que ver ya con lo que determina el sistema en su conjunto.  La última crisis económica no hizo más que demostrar esta idea: una jerga elaborada e impenetrable, la increíble incapacidad para dar cuenta de por qué y cómo la crisis sucedió,  los incomprensibles dictados del mercado.[2]

Ante esta dificultad, los indicadores económicos son postulados como una tecnología estadística disponible para tomar el pulso a la economía nacional y mundial. Datos agregados como el PBI per cápita, el nivel de pobreza, los déficits fiscales y comerciales, entre otros, nos darían (ya seamos ciudadanos normales o autoridades políticas) la capacidad informacional  para comprender el complejísimo sistema. De esto también se sigue que, como electores, somos sensibles a estas representaciones globales de nuestra economía: criticamos a un presidente que disminuya tal o cual indicador, votamos por aquel que nos dé más seguridad de aumentarlo. Por su parte, la prensa y otras organizaciones reaccionan a este tipo de indicadores, y ejercen presión en base a ellos.

Todo lo anterior da cuenta de una política de los indicadores, es decir, del papel político que tienen estas abstracciones estadísticas que nos dan la reconfortante impresión de entender la complejidad macroeconómica. Aquí el problema no es que sean “abstracciones”, ni que estas supongan algún tipo de manipulación de la opinión pública con malabares matemáticos y poder mediático. Optar por esta crítica conspirativa puede dar voz a un descontento popular ante el hecho de que no se observa un retorno económico tangible que corresponda a la felicidad de los indicadores, pero prescindir totalmente de estos solo debilitará a cualquier proyecto que busque alterar el rumbo de la economía. Más bien, es necesario tomar consciencia de que ciertos indicadores económicos se fetichizan en la prensa, los grupos fácticos y, eventualmente, en la opinión pública. Esto genera una fuerte presión sobre el poder político que se ve obligado a satisfacer la estabilidad de aquel indicador, y por tanto dejar sin atención otros sectores de la economía o bloquear cambios necesarios ante el riesgo de afectarlo. Ante esta situación, la solución pasa por aumentar nuestro conocimiento de estos indicadores: ¿cuál es su naturaleza?, ¿qué implican?, ¿cómo se construyen? ¿qué otros indicadores dan cuenta de aquello que dejan de lado los más conocidos?, etc.

El caso de la medición de la desigualdad es un ejemplo actual de cómo un cambio en la utilización de indicadores permitió mapear mejor y apoyar la visibilización política de problemas económicos urgentes. El indicador tradicional de la desigualdad ha sido el coeficiente Gini. Este  calcula el nivel de varianza existente en ingresos a través de postular un número 0 como la perfecta igualdad y el 1 como perfecta desigualdad. Hay dos problemas con este indicador. El primero es que, al originarse en base a las encuestas nacionales de hogares, suele sub-representar a las grandes fortunas que no suelen ser encuestadas; el segundo es que el indicador Gini es inexpresivo, es decir, difícilmente puede conectarse con la experiencia real de la desigualdad vivida cotidianamente. Por eso, las movilizaciones recientes, nacidas de la indignación frente a la desigualdad (Occupy, 15 M, etc.) se apropiaron de indicadores alternativos, como el que recoge el porcentaje de riqueza que posee el 1% más afluente de la población (trabajado por Piketty, Saez, Atkinson y otros). Esto ha permitido que la desigualdad sea representada con mejor claridad en el sentido común de nuestra época como un problema a resolver (“somos el 99%”). Por otro lado, también las opciones de visualización de datos pueden contribuir al éxito político de un indicador. En el caso de la desigualdad también, recientemente se han producido herramientas interactivas para ver las dinámicas de salarios a lo largo de los años para contar una historia – de estancamiento y desigualdad – que se hacía invisible con la gráfica del ascenso de PBI per cápita global desde los noventa.[3] La lección aquí es que una alianza entre movimientos sociales y mejores tecnologías de representación económica (la medición de los ingresos altos en este caso) dejó una huella más allá de la protesta al impulsar a la política a tomar otras direcciones en el largo plazo.

En el caso peruano considero que estamos necesitados de ese tipo de empresas. Un ejemplo es el indicador de pobreza, que ha sido fetichizado como el baremo de la política social de los gobiernos. Este indicador no nos permite dar cuenta de la precariedad que puede tener una salida de la pobreza (una población que no califica de ‘pobre’ según el indicador pero que está muy lejos de gozar de bienestar), o la debilidad que tiene nuestra clase media. Salir de la pobreza, tal como la define el indicador, no debería considerarse necesariamente una victoria social. Más allá de la pobreza, se necesita también dar cuenta de asuntos como la calidad laborales, o la gran brecha que en los últimos 15 años se ha creado entre aumento de productividad y estancamiento de salario.[4]

Existen las estadísticas e indicadores para medir casi todos los casos mencionados. Lo que se necesita es un importante trabajo político e intelectual para facilitar que estos indicadores alternativos ganen mayor visibilidad y se hagan manejables en la imaginación cotidiana. Este trabajo nace de establecer conexiones entre la innovación académica, las tecnologías de diseño y el activismo político. La política no solo consiste en protestar en contra de un sistema económico que parece no responder a nuestras penurias, sino de fortalecer a la opinión pública con tecnologías de representación alternativas que puedan expresar a mayor escala preocupaciones populares de manera articulada y operativa.

Notas

[1] Esta es una versión actualizada de una columna que apareció en la plataforma web esahora.pe – ahora desaparecida de la web – el primero de mayo del año 2016.

[2] Ver cómo esta impenetrabilidad se vio reflejada en las películas y documentales sobre la crisis en https://disonancia.pe/2017/08/22/de-la-crisis-de-la-representacion-a-representacion-de-la-crisis/

[3]Ver https://www.nytimes.com/interactive/2017/08/07/opinion/100000005343517.mobile.html?_r=0

[4] Ver el trabajo de Javier Herrera y Angelo Cozzubo sobre la vulnerabilidad de los hogares pobres, http://files.pucp.edu.pe/departamento/economia/Javier-Herrera-4-oct-Gesti%C3%B3n.pdf

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