Reflexiones sobre la experiencia de una vida unitaria

Por Maverick Díaz

Uno de los problemas de la sociedad occidental, moderna y capitalista es que tiende a fragmentar la experiencia humana: la fracciona en esferas de acción contrapuestas que se definen a sí mismas en la medida en que se excluyen. En esta dinámica, nuestro yo o no se vierte estoicamente o se disuelve hedonistamente en las caracterizaciones de las que participa a lo largo de su vital navegación. La experiencia del ocio individual excluye la de ser productivo colectivamente; la libertad privada no se reconcilia con la autonomía pública, ni el terreno de la subjetividad se refleja en el ámbito objetivo de los desempeños sociales[1]. O somos libres por nuestra propia decisión o estamos dominados por el mundo.

En este marco, la cuestión acerca de nuestra identidad personal (¿quién soy yo?) no es de fácil respuesta. Tal vez tenga que sostenerse aquí que, a pesar de que “todo fluye” en este mundo de elementos sucedáneos, nuestro yo tiende a lo unitario, y que esta unidad se construye progresivamente mediante el ejercicio responsable de mostrársela al mundo a través de variadas y múltiples performances. ¿En qué sentido hablamos de unidad? Como ha mostrado Alasdair MacIntyre, nos resulta familiar e intuitivo, es decir, nos resulta humano, hacer inteligible nuestra experiencia a través de la articulación causal y temporal de las diferentes maneras en que puede darse respuesta a la pregunta: ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué hace ella? ¿Qué hicimos?[2] Producimos la unidad en la diferencia mediante un relato integrador.

¿Por qué se trata de una responsabilidad con el mundo? Porque es el mundo el que nos exige dar cuenta de esa unidad discursiva. Son los otros a quienes tenemos que ofrecer un relato inteligible en el cual las caracterizaciones que se nos atribuyen adquieren sentido holístico. Cada uno de nosotros es el núcleo de su propia historia, y está en la obligación de hacerla valer sobre los fragmentos de uno mismo que los demás recolectan. No solo somos seres con la forma universal de la razón, ni tan solo animales de amor: nuestra razón práctica se distingue como un relato de búsqueda de aquello que es bueno para nosotros, y lo que es bueno para nosotros se compenetra con los relatos de búsqueda de nuestros coetáneos[3]. Aunque nunca sin conflicto.

Nuestras narraciones, en su dimensión última, se integran en las historias de las situaciones en las que participamos, en un trasfondo histórico de interpretaciones que nos precede y que continuará cuando nuestros relatos terminen. Al aceptar esta premisa, tenemos que reconocer que una investigación acerca de nosotros mismos exige dar cuenta también de cómo nos situamos en los escenarios que heredamos, y de cómo los transformamos a través del desarrollo de nuestro relato. Se trata, en último término, del ejercicio colectivo de hacer explícito lo que estaba supuesto, de aprehender activamente el pasado en relación con el futuro, de reflexionar críticamente sobre la medida en que podemos encontrar reflejado, en tales contextos que hemos asumido, nuestro propio proyecto de autorrealización.

Notas

[1] Cfr. MacIntyre, Alasdair, Tras la virtud, Barcelona: Crítica, 2000, p. 253.

[2] Cfr. ibid., pp. 254-257.

[3] Cfr. ibid., p. 269.

Imagen: Rene Magritte, Golconda

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