Una reflexión sobre el amor y el goce

Por Luz Ascárate

Filósofos y pensadores han pensado la irreconciliación entre el amor y el goce, o más bien, han pensado sus sentidos como irreconciliables: para Sartre, el goce pleno puede ser expresado mediante la disolución del cuerpo del otro en mí, lo que llamaríamos sadismo, o la disolución de mi cuerpo en el cuerpo del otro, lo que llamaríamos masoquismo. Según Lacan, justamente, tener sexo nunca es hacer el amor, tener sexo es más bien una masturbación de a dos: cada cuerpo quiere llegar a la plenitud de su goce y el cuerpo del otro es un instrumento para lograr este objetivo. Con Badiou, sin embargo, podemos intentar pensar en una reconciliación. Él respondería a Lacan señalando que hay una diferencia entre tener sexo y “hacer el amor”; en el primer caso estamos, efectivamente, realizando una masturbación de a dos; en el segundo caso, renunciamos a un goce pleno personal, la posición del uno, para acceder al infinito mediante el dos disyuntivo.

Las historias de emancipación de nuestro imaginario pueden ser vistas como metáforas de este salto al infinito desde nuestra posición finita (que se nos permita aquí una alusión figurativa a Feuerbach). Pensemos en nuestras religiones, en la alquimia, en la mística medieval, en nuestras historias de superhéroes, en Star Wars. La eternidad a la que se accede expresa una temporalidad que no se dirige a su “por siempre” temporal, sino, antes bien, se retrotrae a una temporalidad cero. La anulación de la linealidad difusa de los mortales es el acceso al tiempo infinito: la piedra filosofal, dios, la fuerza. ¿Qué ha pasado con el acceso a este tiempo eterno al que nos guía el sacerdote, el alquimista, el maestro Jedi? Hemos olvidado aquello desde donde hemos caído, afirma Borges, en La rosa de Paracelso, la verdadera caída es el olvido.

Pero el amor se constituye, como Badiou nos dice, en la explicitación de la promesa misma. Esta promesa, creemos, puede no siempre implicar un prístino salto al infinito. Y es aquí que se presenta la otra cara del goce: la que surge de la imposibilidad del amor. El amor puede pues ser aquel intento cuya imposibilidad nos hiere pero donde la herida nos gusta: sabes que aquel que te ama te miente, y también por eso gozas su mentira (“some people wanna fill the world / with silly love songs”, Paul McCartney). Estas canciones que nos mandamos en plan gileo, todo aquello que nos decimos en el sexo, todo aquello que le escribes en el muro de Facebook al “amor de tu vida” de este momento, algunas veces son mentiras, promesas al vacío, son goce de un amor irrealizable. ¿Por qué entonces elegimos creer? ¿Por qué, como diría Daniel F, “no queremos dejar este suicidio placentero”? Y la respuesta es porque, en este intento, en ese salto al vacío que es el amor, en esa promesa de llegar al otro, en esa falacia logicopragmáticoneoestructuralista que es el concebir el sexo con amor, las otras veces (aquellas en las que el goce es efecto del amor realizado y no es simplemente producto de la imposibilidad del amor) ocurre un tipo de emancipación, una redención particular (escuchar aquí, Redemption song de Bob Marley). Recordemos a este respecto a Francesca y a Paolo, los cuales relatan, en el quinto círculo del infierno de la Divina Comedia de Dante, su fragante pecado. Su intento por lograr el acto gozoso del amor fue pecado y sin embargo, ¿no los hemos ya redimido en nuestro imaginario como metáfora insigne del amor pasional? Tanto así que podríamos caracterizarlos, a partir de “Balada para un loco” de Piazzolla, como “los locos que inventaron el amor”.

Justamente, pensado como acceso al infinito, el amor hace posible que el movimiento del uno al dos, se convierta en una reflexión sobre la libertad. Creemos, en ese sentido, que, en estos tiempos de fariseísmo político, de temporalidad técnica en el que nuestra vida transcurre linealmente y velozmente dirigida por la monotonía de los mismos días y las mismas noches, en los que paradójicamente podríamos recitar los versos de Verlaine que eran mensaje encriptado de guerra en los tiempos de la resistencia francesa “Los sollozos largos de los violines del otoño hieren mi corazón de una languidez monotona” (“Les sanglots longs des violons de l’automne / Blessent mon cœur d’une longueur monotone”), más urgente es pensar la reconciliación del amor y el goce: libertad amorosa. Me comprende quien ha pasado todo un día en la cama con quien ama, el amor es lo opuesto a la fábrica (Escuchar aquí Amanda de Victor Jara, pensar en los cinco minutos de libertad).

Con esta reflexión libre, hemos intentamos hacer pensar la relación entre el amor y el goce, y en su potencial para la emancipación social. Iluminador es aquí el hecho de que, para Badiou, el resultado de la fórmula del amor es el inicio de la fórmula de la política. Tal vez, muy probablemente, de vez en cuando y casi siempre, nuestro goce en el amor, que es algo que en esta sociedad todos buscamos, “es lo más cercano que hemos llegado al socialismo en este país”, como diría Montalbetti sobre una figurilla del Che puesta en la luna posterior de un taxi.

 

Créditos de la imagen: Casablanca (1942), Michael Curtizhttp://kirkbystephencommunityarts.co.uk/

One thought on “Una reflexión sobre el amor y el goce

  1. Querida Luz,
    Este es un texto muy simpático, con muchas ideas interesantes. Sin embargo tengo algunas discrepancias fundamentales sobre la forma de comprender el amor que aquí presentas, y que me gustaría exponer para abrir la discusión.

    Creo que las diferencias surgen de tu interpretación de Badiou (que yo no comparto). Habría que partir de las raíces lacanianas de este autor: el goce es algo del orden de la pulsión. Es algo dado, un imperativo de lo fáctico, de lo corpóreo, transitorio y finito (lo meramente humano). Creo que la forma en que interpretas la concepción badiousiana del amor la hace ver como un mero ideal irrealizable: pareciera que no podemos salir de la lógica del goce, que estamos destinados a su fatalidad (finita), y el ideal del amor no es más que una ilusión que nos moviliza (¿un ideal regulativo?) que nos dignifica pero sin poder escapar realmente de la transitoriedad. Me parece que entendido así, colapsas los niveles del goce y el amor que en Badiou están bien diferenciados (y mantienes un posicionamiento místico que no existe en Badiou: que lo infinito se encuentra en el instante, en la propia transitoriedad del goce).

    Para Badiou, precisamente, el amor en tanto condición de verdad abre la posibilidad de trascender a la pulsión (tanto de muerte como de vida o autoconservación). Es pasar de la lógica del Uno a la del Dos no por un fundirse en el goce, sino por la construcción de un nuevo modo de vivir mi individualidad en consonancia con la individualidad enteramente distinta del otro; es pasar de la fugacidad del encuentro sexual o de los primeros meses de encaprichamiento a la construcción conjunta de una temporalidad nueva (infinita). Creo que podemos apelar aquí a Lacan para entender esta idea: una cosa es el goce (pulsional) y otra cosa es el deseo, que debe ser sostenido militantemente; para comprender la concepción badiousiana del amor, es crucial el concepto de duración, de superar la contingencia a partir de una ética militante cuyo imperativo es siempre “continuar”, no desfallecer ante la dificultad ni ante los vaivenes del goce sexual, sostenerse, perseverar (producir la realidad del amor). Es ahí que se pone algo del orden del infinito (de lo verdadero) en el orden de lo finito, ahí cuando realmente se escapa a la lógica de la mera repetición y la monotonía pulsional y se abre la posibilidad de lo nuevo.

    Se puede fallar, por supuesto, un amor siempre puede fracasar, puede ser traicionado por alguna de las partes involucradas (o por ambas), pero no se trata de un mero ideal regulativo, de una ilusión que disfraza el goce; para Badiou, el amor es realizable efectivamente (del mismo modo que la política revolucionaria es realizable efectivamente [en la forma de instituciones y prácticas emancipatorias, etc.], y no sería una mera ficción sazonadora de la existencia), en tanto que el sujeto amoroso permanezca fiel al amor y a sus consecuencias. No hay, de por sí, nada malo con el goce (“está más acá del bien y del mal”, diría Badiou), en principio incluso es compatible con el amor; la cuestión está en que amor y goce sexual no pueden reducirse a una cosa y la misma, y la vivencia del amor estaría ciertamente por encima.

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