La terruquización de la política

Por Enrique Sotomayor

Es curioso el uso que los hombres hacen del artefacto lingüístico. Un día, con espíritu analítico, multiplican palabras para dotarlas de significados sutilmente distintos entre sí. En las sociedades de aquellos días, quienes dominan el ostentoso vocabulario repleto de palabras, que son la una más precisa que la otra, son aquellos que reciben el reconocimiento y estima social. Al día siguiente, el afán analítico es reemplazado por un primitivismo lingüístico bastante práctico: de pronto, por ejemplo, la variedad de palabras que expresan la sensación de placer es reemplazada por un vocablo mediocre que a falta de precisión facilita el pensamiento fast food, porque “calla oe rctm”. Todos los hombres se entienden, y en la simpleza del nuevo lenguaje empobrecido los unos son iguales a los otros. ¡Acabaron los tiempos de los arrogantes eruditos!, piensa un espécimen humanoide excesivamente entusiasta. A los espíritus más elevados de esos tiempos se les ocurre la idea de que la condensación lingüística es el triunfo del principio de la igualdad, porque si no podemos ser iguales en la destreza con el lenguaje, lo podemos ser con la simpleza del dialecto primigenio, ¡Uga! ¡Uga! indexical.

Hubo un tiempo en que los hombres distinguían entre una numerosa variedad de ideologías políticas. Entonces los más certeros podían ensayar explicaciones sobre las diferencias entre anarquistas, socialistas y liberales. De pronto, esas mentes arrogantes y ociosas fueron expectoradas por el pragmatismo y constancia de quien quiere clavar una tacha con la culata de una pistola, mientras un martillo descansa en sus narices. Para las mentes de estos hombres de los últimos días, vocablos como “terruco” o “rojete” eran la expresión más elevada del ingenio humano: simples, potentes, esquivos y capaces de englobar a todo aquel que no considere que la Confiep es como un cónclave secular de ancianos nobles y bondadosos.

La operación de condensación de significantes flotantes ha sido meridianamente exitosa en nuestro país. Mientras que las protestas estudiantiles, sindicales y magisteriales recurren a la retórica de la vieja lucha de clases, la dicotomía terruco/patriota permite la convivencia armónica de Dionisio Romero y una familia de estrato socioeconómico C o D en el mismo bando; o consigue que una escena idílica en la que, por ejemplo, los Rodríguez-Rodríguez se sientan en la misma mesa, vaso de leche en mano, junto a una pareja de ancianos con osteoporosis, nos arranque unas lágrimas sinceras. En una operación ideológica propia del populismo de derecha, las tensiones y antagonismos mundanos son reconciliados mediante la apelación a una cruzada mesiánica que el pueblo peruano está destinado a librar: ya no se trata de lobistas contra trabajadores, ni de obreros contra empresarios, sino del evasivo pueblo peruano contra los terrucos, el chivo expiatorio de todas las taras nacionales. ¿Un aumento salarial al magisterio pone en riesgo las prácticas sistemáticas de evasión tributaria (conocidas, en el mundo de los bares in de abogados tributaristas, como “planificación tributaria”) de las mejores empresas para ejecutivos en el ranking Great Place to Work? No importa, llamemos a los amigos de los medios de comunicación para insinuar que los protestantes se mueven borreguilmente bajo el mando de un terruco; ¿un grupo de estudiantes demanda mejoras en las condiciones de una universidad pública? No importa, busquemos a alguno que tenga vínculos hasta el sexto grado de consanguinidad con el compañero de promoción de colegio de un ex terrorista, porque de seguro eso de lo terruco se transmite por vía sanguínea, “obvio pues huevona”.

Y así, entre el canto afónico del himno nacional cada vez que la selección salta al campo de juego y el frenético traqueteo verborreico del teclado cada vez que un líder social, sindical, o un político de izquierda se atreve a dar declaraciones en los medios, el país de los últimos días se mueve al último de los círculos del lenguaje: el del lenguaje binario. Tal vez mañana al amanecer todo sea ceros y unos, y todos seamos patriotas o terrucos, porque ¡tertium non datur pe` varón!

Créditos de la imagen: http://www.calvarybirmingham.com/

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