Alfredo el Sublime

Por Hernán Aliaga

Los ingredientes del picarón peruano, según consigna la fenecida guisandera (como prefería ser llamada) Teresa Izquierdo, consisten en: harina de trigo, camote, zapallo, levadura, anís, azúcar, canela, aceite y miel de chancaca. Su preparación, nada sencilla para no iniciados, requiere: pelar, trozar, hervir, dejar enfriar, licuar, mezclar, amasar, tapar y dejar reposar los ingredientes antes mencionados, al menos por doce horas. Añade que la clave de unos ricos picarones está en la elasticidad de la masa y en el adecuado control del tiempo de cocción. Nunca debe faltar, concluye, una pizca de anís en la miel.

Otro tanto ocurre con el arroz chaufa según información recabada de las páginas del intermitente recetario facebookero de Gastón Acurio quien, a la sazón, señala: “chaufeable es todo”, pero en otro post acota algunas directrices que parecen estipular una cierta prescripción poiética: hay que saltear el arroz chancando con una cuchara de madera a fuego bien fuerte (sic), luego añadirle sal, pimienta blanca, azúcar, sillao y aceite de ajonjolí. Al final, aterrizan el tocino, la cebolla china -parte verde- picada y la tortilla de huevo, picada también. Mezclar, probar y listo.

A este par de suculentos objetos del disfrute culinario criollo, bien valdría apuntarles un par de criterios regulativos adicionales a fin de que puedan ser en toda ley lo que dicen ser. Al menos eso es lo que apunta con exquisita ironía Alfredo Bullard en su columna del pasado doce de Agosto[2]. Así, a nuestro almibarado postre, convenir que su agujero concéntrico no sea menor de 1.5 cm. bajo riesgo de que se deslice a la mera condición de donut; distinto en el caso del carbohidrático chaufa, para el que cabría precisar que de no cumplir con un 5% mínimo de cebolla china, simplemente no pueda llevar la denominación de marras. Eso no es lo único que brota del ilustrativo ingenio del autor, sino que precisa también la problemática situación identitaria del Cua-cua que no está hecho de pato, las orejas de chancho que no están hechas de cerdo, la Inca Kola que no es negra y la Coca Cola que no lleva coca. Como es el propósito, lo cómico de la situación salta a la vista y Bullard devela por recurrencia al absurdo, el dislate burocrático ensayado por el Ministerio de Agricultura de tratar de impedirnos denominar al pan, pan, al vino, vino y al Sublime, chocolate. O lo que es lo mismo, de tratar de velar por los intereses de los consumidores.

Luego de tan potente estrategia retórica, uno no puede menos que coincidir con Bullard. Las cosas son lo que son por lo que uno cree que son, no por lo que alguien dice que son o, peor aún, por lo que alguien dice que deben ser. Deberíamos recordarle a los funcionarios del Minagri, lo que el excelso trovador y poeta guatemalteco Ricardo Arjona señala en uno de sus más entrañables sonetos: quítate el complejo de teniente que el amor sin libertad dura lo que un estornudo. Y en esto del amor, todo peruano sabe que glotis y corazón van de la mano. Hay, sin embargo, un histórico afán del Estado, la sociedad civil, comunistas y demás “enemigos del capitalismo” (Giuffra dixit) por tratar de socavar esa libertad y establecer claros límites al intento de aprovechamiento o engaño de las empresas, sin considerar que su pretensión moral escatima nuestro legítimo derecho a dejarnos dar gato por liebre. No jodan, cada uno elige libremente su mentira. Ya lo dijo con lirismo quevediano, de nuevo, Arjona: una mentira que te haga feliz vale más que una verdad que te amargue la vida. Copla que se sintetiza muy bien en el título de las memorias aún inéditas de Alberto Fujimori, próximas a publicarse: El feliz enyuque.

No es la primera vez que, heroico, Bullard y unos cuantos espartanos[3] hacen frente a las huestes multitudinarias del pensamiento amañado. Hace pocas semanas se armó un escandaloso cargamontón contra una insignificante compañía de lácteos por promocionar su brebaje blanco como leche, pero sólo Bullard y unos pocos atinaron a observar que penalizar a la empresa por promocionar su brebaje como leche cuando es claro (por la atenta lectura de los ingredientes consignados en Arial 2 sobre la etiqueta) que en realidad es sólo algo parecido a la leche[4] (tan parecido que le podemos llamar leche y zampar una Holstein en la portada), sólo incita a que el connacional persevere en su obstinada pereza por leer, problema social que, se sabe, atiza la estupidez, evidencia de una inusitada y malsana confianza del consumidor. Felizmente tenemos a Bullard para recordarnos que uno no puede andar dejándose llevar por el figurín (el mundo no es lo que dice ser amigo pulpín, madura).

No obstante, estas no son ni de cerca las peores consecuencias de los arrebatos proteccionistas del Estado y de su mefistofélico brazo armado Indecopi. Lo peor, valgan verdades, es que se incrementarán errores “espontáneos” en los consumidores; es decir, que no faltará algún vivaracho que se auto-inflija daños por torpeza o premeditación desplazando la responsabilidad a la empresa, logrando recabar a la postre suculentas sumas de dinero como ejemplifica el caso de Stella Liebeck en EE. UU., quien torpemente dejó caer café hirviente en su entrepierna y demandó a McDonald’s para embolsillarse una indemnización de casi 3 millones de USD. Ningún gobierno razonable puede permitir que se amedrente así al gran capital privado que da trabajo, que es la razón del bienestar social y de que el sol salga cada día. A ellas, delicadas e hipersensibles mariposas benditas, como reza el dicho: ni con el pétalo de una rosa.

Felizmente el Perú se resiste a retroceder a la prehistórica situación de un mercado regulado gracias a bravos caudillos como Bullard. Por ahora, disfrutemos sin culpas de nuestro ají de gallina hecho de pollo, hagamos a un lado las expectativas, dejémonos llevar, saboreemos. Es posible que nunca hayamos probado gallina y es mejor así. La mentira tiene la carne más tierna.

Notas 

[2] Cabe precisar que en su más reciente columna (19.08), el autor vuelve a tratar el mismo tema con el mismo énfasis, agregando una nueva elucidación que no debería dejar lugar a duda: no tenemos que demostrar que la carapulcra es una cara bien lavada.

[3] Todos pertenecientes al Grupo el Comercio

[4] Según información consignada por la misma empresa en cuestión, contiene leche evaporada parcialmente descremada con leche de soya, maltodextrina, grasa vegetal, minerales (Hierro y zinc) y enriquecida con vitaminas (A y D).

Créditos de la imagen: http://files1.coloribus.com/

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