La publicidad de los crímenes. Sobre la irracionalidad de Occidente, el Estado Islámico y la nueva moral del mundo civilizado

Por Gianfranco Casuso

Asesinatos masivos, exterminio étnico o destrucción deliberada del patrimonio cultural –como los perpetrados por el ya debilitado Estado Islámico (EI)– son todos actos de violencia desproporcionada que, lejos de constituir acontecimientos singulares, la humanidad ha visto repetirse muchas veces, pudiendo decirse, incluso, que la historia de Oriente y Occidente ha estado marcada siempre por tales eventos.

Crímenes de guerra, así como formas modernas de esclavitud –como las que fomenta casi toda la industria textil del “primer mundo” (sí, también H&M, Forever21 y Wallmart) en lugares como Indonesia, Camboya o Bangladesh o como las que se dan en los campos de Costa de Marfil, de donde procede la mayoría del cacao que nutre a la industria de chocolate en el mundo– y muchas otras violaciones sistemáticas a los derechos humanos, muestran la perversa hermandad existente entre los países desarrollados de Occidente y el EI.

No obstante, una diferencia importante entre ambos es que mientras los gobiernos y las grandes empresas de Occidente y sus aliados utilizan todos sus recursos para ocultar sus crímenes (llegando incluso a reescribir la realidad jurídica y cultural para que tales crímenes dejen de serlo o lo parezcan menos), el EI se complace en exhibirlos como si encontrara un especial placer en la miseria humana. Pero –contrariamente a lo que se cree– ello no es solo una estrategia de publicidad orientada a generar terror ni un producto del delirio de seres irracionales. Lo que puede explicar este exhibicionismo desmedido es que la difusión orgullosa de sus actos forma parte del deseo por comunicar algo que se considera éticamente bueno y es consistente con los principios y valores que defienden.

Si bien soldados de la OTAN masacran civiles en los territorios ocupados y el ejército israelí desplaza poblaciones enteras de Palestina y destruye monumentos milenarios, ello debe mantenerse oculto, pues contradice los mismos principios que tales países dicen explícitamente fomentar. Mientras en el caso del EI las acciones son mayoritariamente consistentes con su propio sistema de creencias, en el segundo caso se trata de una contradicción entre ciertos valores y principios ampliamente aceptados –como los de dignidad, igualdad, libertad y democracia– y los actos que supuestamente deberían realizarlos. Es por tal motivo –para evitar la aparición de disonancias que podrían dar lugar a actitudes críticas y protestas masivas por parte de la ciudadanía– que tales contradicciones deben mantenerse ocultas.

Por lo general, cuando comienzan a revelarse tales contradicciones, la reacción natural del público –tan domesticado como está por los medios masivos– es de incredulidad o negación, puesto que lo normal es que la mente se rehúse a reconocer casos de inconsistencia tan extremos que pondrían en duda todo aquello en lo que hasta el momento uno ha creído y que generarían un estado de incertidumbre y desasosiego incompatible con la usualmente cómoda comprensión que se tiene de sí mismo y de la sociedad en la que se vive (que suele considerarse mejor y “más civilizada” que la de los “bárbaros de Oriente”). Por ello se prefiere entender a los actos de salvajismo cometidos por Occidente como hechos aislados, como excepciones llevadas a cabo por un particular (usualmente situado en los límites de la cordura, como Hitler o Trump) a quien se puede identificar y culpar, antes que como las consecuencias de políticas de estado y estrategias corporativas perfectamente organizadas aunque invisibles para el grueso de la población. Ello favorece a la conservación de las estructuras. Y así sucede hasta la siguiente ocasión en que las contradicciones normativas ya no puedan ocultarse y deba encontrarse a un nuevo responsable individual para sacrificar en nombre de la humanidad civilizada.

Al Estado Islámico podemos acusarlo merecidamente de muchas cosas, pero lo que no podemos decir simplemente –como una salida fácil a algo que se nos presenta como incomprensible– es que su comportamiento sea irracional. Pues si nos preguntamos qué resulta realmente irracional: ser consecuentes con los propios principios éticos (por más que estos nos parezcan execrables) o traicionarlos sistemáticamente y ocultar tal hecho de manera estratégica, la respuesta es más que obvia. Y este es el punto en que ser racional deja de ser sinónimo de ser moralmente correcto y en que ocultar la propia irracionalidad comienza a perfilarse como la nueva moral del mundo civilizado.

Créditos de la imagen: Nick Ut para Associated Press

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