Elogio al ocio, o del odio legítimo al trabajo

Por Enrique Sotomayor

 “Y también el proletariado, la gran clase de los productores de todos los países, la clase que, emancipándose, emancipará a la humanidad del trabajo servil y hará del animal humano un ser libre; también el proletariado, traicionando sus instintos e ignorando su misión histórica, se ha dejado pervertir por el dogma del trabajo.” 

Paul Lafargue, El Derecho a la pereza

 

El suspenso previo a la salida

 Son las 5.55 pm. El reloj avanza a un paso cansino y cada 9 segundos parece detenerse aferrado frente al terror de pasar a una nueva decena de segundos. Por la única ventana del ambiente se filtran los últimos rayos de sol de la tarde. Las personas a su interior han estado sentadas –con breves intervalos y un refrigerio de por medio– entre 8 y 9 horas. Es invierno y cuando los empleados salgan ya habrá anochecido. Todos miran sus pantallas con ensimismamiento. Algunos escuchan podcasts de autoayuda, “Todo pasará” les dice la cálida voz del audio, “todo esfuerzo tiene una recompensa”, “no hay camino fácil al éxito”, “los emprendedores son perseverantes”. Perseverancia es la palabra de moda, una amalgama de masoquismo y sonrisa estúpida, en suma, buena actitud. Por algunos instantes otros se ponen nostálgicos y piensan en lo que quisieron ser a los 20 años, las drogas que pensaban consumir, las fiestas a las que pensaban asistir, los viajes que esperaban realizar. Hoy el mundo termina en los confines del impreciso cubículo de contornos compartidos. Del otro lado, un desconsiderado colega mueve nerviosamente la pierna y con ello la taza de café amenaza con derramarse y desatar el caos en el tiempo suspendido del final de la tarde.

Nadie ama su trabajo, a todos les duele el culo, todos extrañan sus libros, sus amigos, sus amantes… De pronto entra furibundo el gerente de la subdirección adscrita a la vicegerencia del órgano técnico especializado en algo que ahora nadie recuerda, el jefe. Tiene a mano los flujogramas, estadísticas, infografías a todo color y resultados de una evaluación de eficiencia. La oficina ha salido mal parada y por ello hoy todos se quedarán hasta que la furia del serecillo trabajólico amaine[1]. Ningún indicador mejorará durante esas horas ni nadie, aun el que conoce mejor al jefe, se atreve a lanzar una predicción sobre la hora de salida. María llama a sus amigas del colegio, hoy no podrán cenar juntas; Daniel llama a su equipo de fulbito, hoy deberán buscar un reemplazo para su fina zurda; Ignacio sonríe levemente, es mejor interactuar a la fuerza con una pantalla que conversar con su abuela en las interminables horas que median entre la salida de la oficina y el horario de la última pastilla de la nona.

Todos odiamos el trabajo

Según cifras de un estudio del 2011 de la consultora Gallup en EE.UU., el 71% de empleados no están comprometidos con sus trabajos, y ello no ha cambiado mediante políticas de incentivos tipo bonos o nombramiento de trabajadores del mes. Si bien se podría argumentar que el desgano se debía a un contexto de tenue recuperación de la profunda crisis económica del 2009, las cifras hacia el 2017 no han mejorado sustancialmente. De acuerdo a un reporte de CBS News 100 millones de trabajadores a tiempo completo no están comprometidos con sus trabajos en EE.UU. Este número representa el 51% de la fuerza laboral del país. Los especialistas, consultoras y medios especializados en negocios culpan de este fenómeno a la falta de liderazgo y adaptación frente a una generación más etérea y desarraigada como la de los Millennials. A diferencia de generaciones anteriores como la de los Baby Boomers –continúa el argumento–, quienes valoraban positivamente la predictibilidad y estabilidad laboral (a fin de cuentas, la realización del sueño americano), las generaciones X y la de los Millennials huyen al compromiso laboral a largo plazo, y buscan realizar sus más nobles aspiraciones en entornos laborales libres de compromiso y estrés (más líquidos, diría Bauman). El remedio a la enfermedad sería, entonces, reenfocar la malla curricular de los cursos de liderazgo de los MBAs o reformular las estrategias de coaching ontológico para “alinear los intereses” entre las partes. Si el joven trabajador se siente asfixiado en un entorno laboral cubicular, continúan, liberemos su imaginación con muebles IKEA en espacios lúdicos sin escritorios y adornados con columpios y resbaladeros.

Ahora bien, la estrategia de convertir las oficinas en guarderías para adultos tiene poco tiempo para demostrar su éxito. Graeber y sus seguidores hablan de una suerte de síndrome de los trabajos de mierda: numerosos, absurdos y diseñados para mantener a las personas en sus oficinas. La abulia laboral se ha extendido como una pandemia global silenciosa y voraz. En el entorno europeo y hacia el 2015, una investigación de la London School of  Business and Finance señalaba que el 47% de trabajadores buscaban cambiar de empleo, y de estos, el grupo etario entre los 25 y 34 años mostraba un sorprendente 65% de trabajadores que buscaban cambiar de empleo y de carrera laboral en el corto plazo. Asimismo, se llevaron a cabo programas piloto en países como Suecia para reducir la jornada laboral a 6 horas y con ello se logró menos ausentismo, mejores condiciones de salud de los trabajadores y un incremento de productividad. Al día de hoy el piloto ha terminado y el futuro de la jornada laboral de 6 horas es incierto.

En el Perú la vida es más sabrosa

A la insatisfacción laboral como signo de los tiempos, se suma en el Perú una legislación diseñada para favorecer la fusión de la vida personal y laboral (aunque valgan verdades, no muy distinta a la de muchos países en la región y en el mundo), así como enormes cifras de informalidad. Nuestra legislación contempla jornadas laborales máximas de 8 horas diarias o 48 horas semanales, fuera de un conjunto de trabajadores excluidos de dicha jornada (para bien o para mal). Frente a ello, en promedio, los trabajadores daneses laboran 38.3 horas a la semana, los eficientes alemanes 40.8 horas y los festivos brasileños 43.5.

Fuera de los nobles ideales de las normas, hacia el 2012 la jornada diaria promedio de trabajo en el Perú era de 13 horas. Ello significa que un trabajador que entra a las 8 am., sale de su oficina o centro de labores a las 9 pm., cuando seguramente sus hijos están dormidos, las bibliotecas cerradas y los cafés vacíos. El entorno laboral peruano ha enarbolado el valor de la perseverancia y la cultura del emprendeurismo, por lo que los comprometidos trabajadores cometen una suerte de sacrilegio cuando exigen el pago de horas extras o un día libre en el cumpleaños de un familiar, “ponte la camiseta pues, pecho frío” le dicen sus colegas cuando se atreve a cuestionar la obligación de venir un domingo para doblar mil invitaciones que serán enviadas el lunes a primera hora.

Pero dentro de todo, el trabajador sometido a estas condiciones tiene suerte. La enorme diversidad que caracteriza al país no sólo permite enorgullecernos de las lenguas que se hablan en el territorio, ni del “crisol” de razas y culturas que habitan sus ciudades y pueblos; en el peor de los casos, en el Perú se puede trabajar encerrado con candado en un almacén infame, en el que las necesidades biológicas se descargan en bacinicas de plástico. También se puede trabajar como enfermera haciendo horarios imposibles en clínicas y hospitales (más que de work-life balance, como dicen los gurús de la autoayuda, aquí aplicaríamos la noción de work-work balance). O como profesor, recibiendo un salario que a duras penas alcanza para soñar con rellenar la canasta básica reajustada a la inflación del mes. Pero sobre todo, la informalidad laboral se traduce en relaciones de semiesclavismo que convierten en broma de mal gusto hablar de la separación entre vida laboral y personal, “qué se habrá creído el confianzudo este”. Y así, en el Perú se sufre a todo nivel: desde el elegante ejecutivo que anhela poder tener tiempo libre para dedicarlo a un costoso hobby o jugar un partido de fulbito con sus amigos, hasta los vendedores de Gamarra que anhelan tener al menos un día libre en la fecha de sus cumpleaños.

Vivir para trabajar, o trabajar para vivir

Es conocida la profecía que Keynes formuló en el 1930: para finales del Siglo XX, decía, las fuerzas productivas y el desarrollo tecnológico permitirían que los trabajadores de países industrializados gocen de jornadas laborales semanales de 15 horas. Esta profecía parece sumarse al profundo pozo de las ilusiones de la teoría. Los pesimistas sostienen que a su lado yace la profecía del advenimiento de una sociedad comunista y otras utopías y distopías sociales que van desde la esperanza en la humanidad hasta el maltusianismo más ramplón. Sin embargo, ¿Por qué la profecía de Keynes no se cumplió? La respuesta más evidente consiste en apuntar a un error de cálculo o un exceso de optimismo del economista inglés. Sorprendido por el vertiginoso desarrollo de los avances científicos de su tiempo, predijo que en un futuro cercano las labores esenciales para la productividad empresarial y fabril podrían ser automatizadas. Lo curioso es que en efecto esto fue así.

Los contradictorios resultados de la promesa keynesiana nos obligan entonces a voltear la mirada a hipótesis más paranoides. Es posible pensar que las jornadas laborales no se reducen porque de esa manera se ejerce una relación laboral de subordinación durante más horas al día, y con ello, se fomenta a la disminución del tiempo y espacio no sólo disponibles para el ocio sino también para el pensamiento, la lectura, la generación de opinión, la sindicalización y la crítica social. En un grupo de experimentos llevados a cabo desde el año 2009, Laura Van Berkel de la Universidad de Kansas identificó que las estructuras jerárquicas y basadas en la dominación de otras personas suelen mostrarse como estrategias de pensamiento rápido –lo que Kahneman y Tversky llamarían pensar rápido– propio de sesgos cognitivos. Estos hallazgos muestran que mientras más tiempo para la reflexión y el pensamiento crítico tienen las personas, más tendientes se muestran a relativizar el valor de la jerarquía, cuestionar la autoridad por su valor intrínseco o pensar en términos de igualdad. Si estos hallazgos pueden ayudarnos a realizar alguna conjetura, esta sería que desde el punto de vista de los empresarios capitalistas es mejor negociar pequeños incrementos salariales que ofrecer la posibilidad de reducir o flexibilizar las jornadas laborales.

Lamentablemente, a contracara con lo anterior, las demandas relacionadas a la extensión de la jornada de trabajo parecen haber cedido contemporáneamente su lugar frente a aquellas que pugnan por mayores salarios. Es una estrategia de repliegue comprensible frente a la crisis de sindicatos y uniones de trabajadores, pero muestra también los profundos efectos generacionales de una cultura más individualista y “orientada al éxito y resultados” que la de hace 50 o 60 años. Por ello, a una crítica económico-política sobre las condiciones laborales, urge sumar una crítica cultural sobre las condiciones de trabajo y la forma en la cual nuestras sociedades conciben la relación entre vida personal y laboral.

A diferencia de las generaciones que concebían sus intereses en cuanto a la jornada de trabajo como auténticamente contrarios con los de los empresarios capitalistas, y buscaban a partir de ello acuerdos de compromiso siempre inestables, un curioso mecanismo ideológico ha penetrado la cultura laboral contemporánea. Por tomar un ejemplo, en los entornos de “jóvenes y brillantes ejecutivos” en proceso de ascenso en jerarquías gerenciales privadas, se ve con malos ojos –malos, además de burlones y despreciativos– a aquellos que buscan salir temprano o utilizar sus vacaciones. La competencia se ha incorporado de tal forma a los esquemas mentales de estos trabajadores, que conciben como perezoso o mediocre al que osa salir mientras alumbran los rayos de sol. Los resultados de esta nueva cultura generalizada apenas se comienzan a vislumbrar pero precisamente por ello, una profunda crítica cultural sobre el trabajo se hace hoy más que nunca necesaria.

Nota

[1] “Para extirpar la pereza y doblegar los sentimientos de orgullo e independencia que ella engendra, el autor de An Essay on Trade and Commerce propuso encerrar a los pobres «en casas ideales de trabajo» (ideal workhouses), que se convertirían en «casas de terror, donde se obligaría a trabajar catorce horas diarias, de modo que, descontando el tiempo de las comidas, quedarían siempre doce horas de trabajo llenas y enteras».” Paul Lafargue, El Derecho a la Pereza.

Créditos de la imagen: El patizambo (El pie varo) de José de Ribera (1652). Museo del Louvre, París.

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