“La crítica al populismo es insustancial”. Entrevista de Beate Hausbichler a Oliver Marchart.

Con el término “populismo”, las alternativas políticas son denunciadas frecuentemente, según dice Oliver Marchart. El científico político nos habla sobre la agitación como un rasgo de la democracia y sobre por qué esta debe ser aún más radical.

STANDARD: En la actualidad, la crítica a los partidos o a la política en general muy pocas veces aparece sin el término “populismo”. Pero, ¿qué tan útil es este, realmente, para el análisis?

Marchart: En la academia impera un acuerdo bastante general sobre la idea de que el populismo no es ninguna ideología ni defiende ningún contenido determinado. Mientras que, por ejemplo, el socialismo aboga por la igualdad social o el liberalismo lo hace por los derechos individuales, en el caso del populismo no hay una asociación de tal tipo. El populismo es, más que todo, una lógica de movilización bajo la cual “el pueblo” se moviliza en contra de una élite o un bloque de poder. Con “el pueblo”, me refiero, ante todo, a los votantes; pero también a la instancia soberana de la democracia: la soberanía popular. Naturalmente, esta es una ficción política y jurídica, pero es indispensable. En este segundo sentido, entonces, algo así como el populismo pertenece esencialmente a la democracia, pues una democracia sin “demos”, incluso si se trata de una figura discursiva, termina por no ser una democracia. La democracia no puede deshacerse de esta sombra del “demos”; en caso contrario, se degeneraría en un dominio oligárquico de las élites funcionales.

STANDARD: Usted investiga acerca del liberalismo antipopulista y también lo ve bastante críticamente. ¿Por qué?

Marchart: En los medios, mayormente, encontramos una crítica general al populismo per se. Si es cierto, sin embargo, que el populismo en sí mismo no tiene ningún contenido ideológico, entonces dicha crítica general es insustancial, porque, de esa manera, solo una forma en particular de la movilización resulta criticada. El para qué concretamente se moviliza resulta secundario. Hay, sin embargo, una desconfianza no injustificada a toda la oferta política que se presenta. El populismo proporciona una expresión a esta desconfianza. Sobre las otras alternativas ofrecidas, se puede discutir. Pero la crítica al populismo a través de medios y partidos tradicionales aparece a menudo como crítica a cualquier alternativa diferente al statu quo neoliberal. Con la advertencia “populismo” no puede ser denunciada tan simplemente cada alternativa independientemente de su contenido, igual si es que se definiera esta como una alternativa de izquierda o de derecha. Así no se puede diferenciar entre un populismo autoritario y, posiblemente, antidemocrático y movimientos de democratización que pueden hacer uso, también, de la semántica “pueblo” versus gobierno – como por ejemplo Podemos en España y, desde hace algún tiempo, Syriza en Grecia.

STANDARD: Entonces, ¿la crítica al populismo quiere mantener un statu quo neoliberal?

Marchart: Exactamente. Yo hablo de un “antipopulismo liberal” porque aquí se ha hecho el intento de deslegitimar cualquier forma de política popular. Y, con eso, también, cualquier forma que pase por los intereses de clases más extensas. Esta es una forma de luchar defensivamente en contra de alternativas – sin ocuparse de los contenidos de estas alternativas.

STANDARD: ¿No se subestima a las y los votantes si es que se acepta que solo los mensajes muy simplificados son los que los movilizarían?

Marchart: La reducción de la complejidad es legítima en la política. Es, en sí, un rasgo de los discursos políticos – la política no toma lugar, después de todo, en un salón de clase donde un objeto es iluminado en todos sus aspectos. En la política, se trata de una agudización de posiciones y de exigencias. Si estas exigencias deben servir como un manual de instrucciones para la gobernanza, tendrían que ser, ciertamente, formuladas programáticamente. Idealmente, también deberían apoyarse en análisis complejos, pero deben ser formulados de una manera absolutamente agudizada. Incluso, se deja ver así: mientras más agudo es el conflicto, más reducida es la complejidad. El grado de complejidad política expresable tiene que ver algo con la situación de conflicto objetiva.

STANDARD: ¿Y con qué situaciones de conflicto concretas tiene que ver?

Marchart: Nos encontramos en una crisis social omniabarcante en la que, según dice el filósofo italiano Antonio Gramsci, muere lo viejo y lo nuevo aún no ha podido nacer. Parece como si la política neoliberal de los últimos años hubiera dirigido a la separación de la sociedad en dos campos de aproximadamente el mismo tamaño: una mitad pertenece a los perdedores o teme que pueda pertenecer a ellos. Se siente aterrorizada a través del régimen del miedo de la precariedad y de la inseguridad del futuro, y entonces reacciona. La otra mitad es la de los ganadores o que cree que pertenece a ellos. Esto está en correlación tanto con pesimistas como con optimistas expectativas a futuro. Es muy interesante que, en las disputas electorales pasadas o en la votación del Brexit, apenas se tuvo mayoría y estos campos irreconciliables chocaron. Estos campos se desintegran tanto que ya no pueden estar en la base de la misma comunidad política de ninguna manera. Se consideran como enemigos que tienen una idea muy diferente de la sociedad en la que viven. La Gran Bretaña que defendió al Brexit es un país totalmente distinto al que lo rechazó. Y la causa es, finalmente, el rompimiento de los fundamentos económicos: la anulación del compromiso del Estado de bienestar de las décadas de posguerra.

STANDARD: Los actualmente muy leídos autores franceses Édouard Louis y Didier Eribon escriben sobre su origen en el ambiente obrero y sobre por qué, hoy en día, sus padres votan por el Frente Nacional. Louis contó en una entrevista que su mamá no estaba molesta con él porque la haya descrito como racista, sino porque la describió como pobre. Es por eso que ella se avergonzó. ¿La idea de que uno es culpable de su propia pobreza todavía está intacta, entonces?

Marchart: Sí, se podría denominar: la gobernanza a través de la vergüenza. La vergüenza social es un instrumento de poder. Avergonzar a la gente es una de las maneras más efectivas de mantenerla callada, porque así, también, puede esta internalizar su propia posición subordinada. Esto muestra que mucho ha cambiado históricamente: se ha pasado de un discurso ligado al entorno de los trabajadores que fue acuñado a través del orgullo de la posición del proletario – igual si está relacionado con la pobreza o no – hacia la internalización de la vergüenza. La pobreza o el desempleo son representados a través de la política de los últimos años siempre más y más como si fueran causados por culpa de uno mismo. Pero también la vergüenza de los así llamados electores de derecha como racistas masculinos y blancos resulta contraproducente. Eso lo probó el presidente de los Estados Unidos Donald Trump: su oferta era: “Elíjanme y ya no deberán avergonzarse más, pues yo encarno todo aquello que a ustedes les reprochan. Yo encarno la total falta de vergüenza.”

STANDARD: Usted investiga acerca de la “democracia radical”. ¿Qué significaría esto?

Marchart: Hablábamos de alternativas. La actual oferta política me parece insatisfactoria. Tanto Bernie Sanders como Jeremy Corbyn, los proponentes más exitosos de una política alternativa, ofrecen, de base, solamente un popurrí de exigencias de la izquierda de las décadas pasadas. Poseen una alta credibilidad a través de la fidelidad a sus principios, pero no desarrollan ningún proyecto nuevo político y dirigido hacia adelante.

STANDARD: ¿Cómo debería verse un proyecto tal?

Marchart: Debería comenzar con la democratización de la democracia. Para eso, debemos volver a las raíces de la democracia que es el significado literal de “radical”. Históricamente, la Revolución francesa, sobre todo con la Constitución de 1793, que se convirtió en un punto de referencia en el siglo XIX del radicalismo democrático. Existió como una ideología independiente ya en el siglo XIX al lado de las tres grandes ideologías clásicas: liberalismo, socialismo y conservadurismo. En la historia de las ideas, en la mayoría de casos, se toman solo estas tres grandes ideologías, mientras que, en el mejor de los casos, el radicalismo democrático le fue adjudicado al liberalismo – más que a su ala izquierda. Sin embargo, el liberalismo se ha defendido vehementemente en contra de un aumento del derecho de votación y ha defendido el derecho a votación surgido del censo a un pequeño grupo de propietarios. El liberalismo no es, per se, de ninguna manera, democrático. El radicalismo democrático ha luchado, no obstante, por el derecho de voto general, libre e igualitario y tiene una conexión transversal con las corrientes socialistas del siglo XIX. Ya para los demócratas radicales del siglo XIX era claro que la igualdad política debía ser apoyada por la igualdad social. Si no, la democracia no funciona.

STANDARD: ¿En qué fracasa la democracia sin igualdad social?

Marchart: En el filósofo Karl Marx, se encuentra la denominación de la democracia como un “régimen de la agitación”. Esta agitación se origina porque, en una democracia – a diferencia de los tipos de regímenes autoritarios –, la disputa política se da en el escenario público. El conflicto es legítimo en la democracia. La sociedad se encuentra en un proceso de negociación permanente. No hay hombre fuerte como instancia de la última decisión. No es fácil vivir con esta agitación política producto de la democracia. Por ello el desconcierto político necesita una protección social.

STANDARD: Es, entonces, un modelo que necesitaría aquella condición, que usted ha descrito, hace un momento, como el conflicto reinante: los fundamentos económicos que se están despedazando.

Marchart: Exacto. Si se niegan o se rompen las seguridades sociales, la democracia misma entraría en un estado de peligro. Después de eso, el régimen de la agitación es puesto en duda y se busca nuevas seguridades. Se busca al hombre fuerte que promete brindar estas seguridades. La democracia radical significaría, por lo contrario, comprometerse con la incertidumbre. Pero significaría, también, una extensión del horizonte democrático y una profundización en los valores democráticos de la libertad, igualdad y solidaridad. En vez de asegurar las ya logradas instituciones democráticas, deben ser producidos amplios efectos de igualdad – tanto en el ámbito económico como en cualquier otro. Debe haber una ampliación de ámbito de la libertad, pero también de instituciones solidarias y una ética solidaria. A esto subyacen valores referidos, todos, a una revolución democrática.

STANDARD: ¿Qué tan poco democrática es nuestra democracia?

Marchart: No diría que es poco democrática. Pero hay un déficit democrático – y con este diagnóstico no me encuentro solo. La democracia puede ser reactivada con elementos de la democracia directa. Pero eso no significa que debemos despedirnos de la democracia representativa y regresar a la democracia directa de asambleas de la Antigüedad. Una parte del movimiento Occupy se ha vuelto en contra de cualquier tipo de representación política – algo así lo tomo yo como un fantasma y como algo realmente descuidado. Recientemente, en los parlamentos se han aprobado leyes que intervienen en todas nuestras vidas. Por esta razón sería un error ponerse en contra de una representación parlamentaria. Donde la crítica a la representación encuentra un punto, sin embargo, es en que los partidos políticos del espectro tradicional no representan más a los grandes grupos poblacionales y no velan por sus intereses. Pero este no es un argumento en contra de la representación como tal, sino uno a favor de otra política.

 

(Beate Hausbichler, 9.8.2017)

Oliver Marchart (1968) es profesor de Teoría Política e Historia de las Ideas en la Universidad de Viena desde marzo de 2016. Sus líneas de investigación son, entre otras, la teoría de la democracia, la precarización y el análisis del discurso político. En 2018 será publicado su nuevo libro El horizonte democrático. Política y ética de la democracia radical por la editorial Suhrkamp.

Fuente (original en alemán): http://derstandard.at/2000062428651-629/Die-Kritik-am-Populismus-ist-inhaltslos?ref=article

(Traducción de Juan Francisco Osores Pinillos)

Créditos de la imagen: https://derstandard.at/

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