Superado el modelo representacional de la teoría, ¿deconstrucción o dialéctica?

Por Sebastián León

Para los grandes pensadores de la modernidad, los seres humanos, dotados por la naturaleza de racionalidad, éramos capaces de representarnos el mundo de manera fiable y adecuada. Esto es, no solamente podíamos conocer la realidad tal cual era a través de nuestras representaciones, sino que podíamos distinguir correctamente la veracidad de la falsedad. Fue tratando de salvar esta concepción representacional del saber teórico del escepticismo que Immanuel Kant inició el proyecto de una “crítica de la razón”.

Para Kant, nuestra capacidad de conocer adecuadamente la realidad no se debía a una relación transparente entre nuestros conceptos y el mundo, ni nuestra capacidad de discernir entre lo verdadero y lo falso dependía de alguna forma de intuición, sino que para ser consideradas adecuadas nuestras representaciones de la realidad debían, en primer lugar, respetar ciertas reglas, ciertas categorías metaconceptuales o criterios lógicos de inferencia. Eran estos criterios los nos permitían evaluar la corrección o incorrección de los enunciados de nuestro saber y, en ese sentido, eran la condición necesaria para la producción de toda forma legítima de conocimiento.

Sería Friedrich Nietzsche, sin embargo, quien sembrara las semillas del descredito en que hoy por hoy ha caído el modelo representacional del saber en un segmento importante de las humanidades y las ciencias sociales alrededor del mundo. Como sabemos, Kant habría dado a los criterios normativos del conocimiento el estatuto de “conceptos a priori”, anteriores a toda experiencia particular, con la intención de garantizar su necesidad y universalidad; no habrían sido criterios propios de una cultura específica como la occidental en el contexto histórico de la Ilustración, sino leyes eternas del pensamiento racional en general (una “subjetividad trascendental”). Nietzsche habría buscado evidenciar la arbitrariedad en ese gesto: si las categorías kantianas precedían a toda experiencia de la realidad mundana, esto es, si no mantenían ningún contacto con ella, eso implicaba que ningún concepto elaborado sobre la base de sus criterios podía aspirar a representar esa realidad (ya fuera adecuada o inadecuadamente). Detrás de la pretendida universalidad kantiana Nietzsche revelaba la voluntad de poder de los ilustrados europeos y su cultura, la imposición arbitraria de sus criterios sobre los de otros individuos y otras culturas. Así pues, el saber teórico ya no debía ser entendido como la representación de una realidad distinta de él, sino como la expresión cultural de una forma de vida entre otras; la pretensión ilustrada de alcanzar el conocimiento de un mundo independiente de las culturas particulares debía ser abandonada.

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La principal implicancia de este “antifundacionalismo” (la imposibilidad de fundar el saber sobre algo distinto a la propia cultura) sería una reducción de la totalidad de la realidad al estatuto de mero constructo discursivo; el mundo, desde esta concepción, aparece como desprovisto de toda estabilidad y toda necesidad, siendo su principal atributo una radical contingencia. Para la nueva ola de críticos radicales, entonces, toda pretensión de descripción y explicación de leyes necesarias sobre la realidad debe entenderse siempre como una labor ideológica, que al aferrarse al modelo representacionalista del saber no haría otra que defender la necesidad del estado actual de cosas: las ciencias naturales serían cómplices de la explotación capitalista al reducir la naturaleza a meros recursos; el marxismo (y, por supuesto, toda forma de sociología y de teoría económica), en su pretensión de dar cuenta de constantes transculturales propias del sistema socioeconómico global, generalizaría sesgos culturales de carácter eurocéntrico, ignorando visiones emancipadoras periféricas (e incluso, para sus críticos más severos en el nietzscheanismo de izquierda, sería cómplice de perpetuar las relaciones de producción capitalistas al no ir más allá del economicismo), etc. El escape frente a la dominación pasaría por la aceptación de la equivalencia entre cada cultura y sus respectivos saberes, siendo el gusto estético de los individuos el único criterio para valorar, el verse reflejados en ciertos discursos y no en otros, la consideración sobre si son expresión adecuada de la propia particularidad.

La función de la teoría aquí sería lo que autores como Deleuze y Foucault han llamado “pragmática”[1]: puesto que la realidad independientemente del discurso sería inexistente, sus conceptos no representarían estrictamente nada, y en consecuencia no sería relevante hablar de una interpretación correcta de los contenidos teóricos. Se buscaría, más bien, que cada receptor del saber teórico se lo apropiase y le diera el uso que le resultara más conveniente para su propia comprensión singular de su emancipación, para su propia reelaboración subjetiva de la realidad. Así entendida, la teoría sería una “caja de herramientas” altamente versátil en sus posibilidades de uso; el problema, no obstante, sería que el quehacer teórico así entendido se vería liberado de toda exigencia de rigor descriptivo-explicativo. La elaboración conceptual acabaría siendo indistinguible de la producción literaria o retórica, sin mencionar el profundo voluntarismo implícito en una concepción de la realidad que la reduce producto estético (y que ve toda elaboración conceptual como una intervención sobre la realidad).

Habría, sin embargo, una ruta alternativa a la inaugurada por Nietzsche, que reconocería los problemas del modelo representacional pero que trataría al mismo tiempo de mantener la posibilidad de hablar de los criterios sólidos de objetividad que el esteticismo antifundacionalista disuelve. Se trataría de una comprensión dialéctica de la teoría, tal como fuera inaugurada por G.W.F. Hegel y perpetuada por el marxismo entre otras corrientes de pensamiento. Desde el punto de vista dialéctico, los criterios que hacen posible la elaboración de saber teórico no serían trascendentales, sino que serían producidos dentro de una cierta comunidad, en un cierto contexto histórico; sin embargo, a diferencia del esteticismo, el acto de elaborar dichos criterios no sería un gesto arbitrario, realizado de espaldas a una exterioridad inaccesible, sino que se llevaría a cabo siempre en confrontación con una realidad problemática, esto es, en base a una cierta experiencia de la que se quiere dar cuenta, representando la teoría un cierto aprendizaje sobre esa realidad. Esto no quita el hecho de que un cuerpo de saber pudiera encerrar dentro de sí cierta medida de unilateralidad, ciertos sesgos, supersticiones o intereses ocultos; la cuestión es que no puede reducirse a ello, puesto que son los propios problemas (técnicos, morales o de otra índole) surgidos en la realidad los que exigen a los individuos una explicación y/o prescripción de los mismos para su eventual superación por medio de la praxis. Al enfrentarse a nuevos problemas particulares que desafían las expectativas, los individuos no tiran por la borda el acervo de saber acumulado, sino que se ven obligados a renovar sus criterios, a refinarlos y depurarlos de contenidos ideológicos para poder explicar mejor los nuevos casos y las nuevas situaciones, haciendo posible un eventual progreso del conocimiento, entendido como un aprendizaje exitoso. Esta forma de entender el quehacer teórico como un proceso de ampliación y renovación crítica por medio de la confrontación permanente de la teoría con la realidad (de una dialéctica entre la teoría y la praxis) permitiría escapar a los impasses a los que han llegado ciertas corrientes en las humanidades y ciencias sociales contemporáneas, aficionadas a un eclecticismo desprovisto de método y a la apariencia de radicalidad que otorga el filo retórico. Permite pensar la representación no como una abstracción negadora de otras posibles realidades, sino como un mapeo paulatino de la realidad, siempre provisional, que poco a poco iría ampliando nuestra capacidad de maniobra sobre la misma (esto es, nuestras posibilidades de agencia).

Nota

[1] No pretendo sugerir que Deleuze o Foucault comprendan la teoría en los términos que aquí critico. Pongo en cuestión, más bien, cierta interpretación bastante difundida de la noción de “pragmática”.

Créditos de la imagen: http://www.kultur-port.de/

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