¿Qué significa estar excluido?

Por Gianfranco Casuso

Es común que el término “exclusión” aparezca en campañas electorales, planes de gobierno, programas sociales y en nuestras conversaciones cotidianas. Por exclusión suele entenderse una forma de “estar fuera” de la sociedad y no participar en sus beneficios. Creo que esta es una manera, sino errónea, al menos sí limitada de entenderla, puesto que no abarca el núcleo del problema ni permite darle una solución efectiva. 

Al entender el problema de la exclusión como la no participación en la sociedad se está afirmando implícitamente que aquello de lo cual se está excluido es incuestionablemente bueno y deseable. La solución consistiría simplemente en que los hasta el momento “excluidos” reviertan su situación y se conviertan en su opuesto. Que yo sepa, el grueso de los programas sociales de naturaleza redistributiva enfocados en este aspecto del problema no han logrado dar con una solución efectiva y sostenible.

Pero la exclusión tiene un segundo sentido mucho más fundamental que rara vez suele tomarse en cuenta en los análisis. Este sentido se hace visible cuando preguntamos, por ejemplo, por qué los homosexuales, las mujeres o las personas de rasgos típicamente andinos tienen que enfrentar en nuestro país más obstáculos sociales y barreras culturales que los hombres heterosexuales y blancos. Lo que ocurre es que a aquellas tres condiciones van asociados de manera tácita ciertos valores negativos conservados y reforzados a través de los años, tales como exhibir ciertas perversiones sexuales, ser débil y tener un desempeño laboral bajo, ser taimado y traicionero, etc.

Según esto, exclusión significa aquí no participar en la constitución de los significados y valores que poseen ciertas categorías tales como “homosexual”, “mujer” o “indígena”. Esto es, exclusión se refiere a no tener el control sobre qué valores se asocian a qué condiciones sociales y, por supuesto, no poder controlar la transformación de tales significados. Esta situación –que podemos llamar exclusión “discursiva” o “simbólica”– da como resultado que aquellos que pertenecen a tales grupos sociales terminen aceptando e incorporando en su propia identidad aquellos significados negativos. Y esa imagen de sí mismos, por su parte, refuerza el hecho de que tengan peores sueldos, de que no tengan los mismos derechos que los grupos hegemónicos, de que su acceso al mercado, la salud o la educación sea restringido, etc.

Puede decirse, entonces, que esta forma de exclusión discursiva es la raíz de aquellas otras muchas formas de exclusión indicadas arriba. Por tanto, una política que realmente pretenda atacar el fondo del problema para convertir las exclusiones en inclusiones debería considerar, en primer lugar, cómo se producen y, eventualmente, cómo podrían transformarse los significados sociales.

Para luchar contra esta exclusión fundamental no existe todavía ningún ministerio ni programa social efectivo. Lo único que puede revertirla son las demandas y protestas públicas –las luchas simbólicas– que lleven a dotar de nuevos significados a las categorías con las que entendemos a la sociedad y a sus miembros; esto es, que posibiliten que el vínculo conservador que mantiene unidos a ciertos valores con ciertas categorías sociales se haga explícito, se rompa y, en consecuencia, que los imaginarios sociales se transformen para beneficio de los hasta el momento excluidos.

Créditos de la imagen: “The Potato Eaters” de Vincent van Gogh

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