No somos libres

Por Gianfranco Casuso

Cuando hablamos de libertad, solemos referirnos a la posibilidad de elegir entre dos o más opciones. Así, quien en una tienda escoge entre los zapatos negros o los marrones, estaría ejerciendo su capacidad de decidir libremente según sus propias preferencias. El problema con este concepto de libertad es que asume que ninguna de las alternativas es particularmente problemática. 

La cosa cambia cuando las opciones son menos triviales. El ejemplo clásico es el de un parlamentario a quien, poco antes de una votación de relevancia nacional, le comunican que su hijo ha sido secuestrado y que morirá a menos que vote en contra de sus principios y ponga en riesgo la seguridad de su país. Una versión simplificada de esto es cuando tenemos que elegir entre matar al ladrón que amenaza a nuestra familia y nuestra propia concepción del respeto a la vida de todo ser humano.

Estos dos casos ponen de manifiesto lo que ya Schopenhauer identificó como un desafío a la concepción liberal de libertad: no somos libres solo cuando elegimos entre dos o más opciones, sino cuando podemos tener cierto control sobre las condiciones en las que elegimos. Esto significa que tendríamos que preguntarnos si en circunstancias más favorables hubiéramos escogido lo mismo: ¿Sin la amenaza de muerte a su hijo, el congresista hubiera votado de la misma manera? ¿Sin la amenaza a su familia, el padre hubiera atentado contra la vida de otro ser humano?

La situación se torna problemática cuando aplicamos a la política este modelo liberal de elección racional desarrollado por las ciencias económicas solamente para explicar el comportamiento de los actores sociales en el mercado.

Controlar las circunstancias en que elegimos exige en política complementar el modelo del egoísta racional que decide en solitario según sus propias preferencias con un proceso de autoconocimiento colectivo que nos aclare cómo se ha formado nuestra identidad en el seno de una comunidad cultural de normas y valores, y cómo aquella determina nuestros deseos y preferencias, posibilitando, pero también restringiendo, nuestras opciones y nuestra verdadera capacidad de actuar. Considerando esto, ¿podemos decir que somos realmente libres al elegir?

Yo creo que la libertad está muy lejos de significar únicamente la posibilidad de elegir entre alternativas disponibles. Afirmar esta estrecha noción de libertad, usada por los defensores de un Liberalismo mal entendido, significaría tanto como pretender que es libre aquel a quien el ladrón le da a escoger entre entregar el dinero o recibir un balazo en la cabeza.

Fieles a su tradición, las peores versiones del Liberalismo han buscado aplicar este modelo de decisión racional (propio de la Economía) a la Política. Y no solo ha asimilado la elección de un representante o gobernante a la actividad de escoger algún bien o servicio disponible en el mercado, sino que ha reducido la praxis ciudadana casi exclusivamente a esta actividad privada.

Esta forma de autonomía (privada) puede no ser completamente errónea, pero sí incompleta. A ella le falta un tipo de autonomía propiamente política, aquella que no parte de un solitario egoísta que, según sus gustos arbitrarios, busca en el “mercado” los medios para realizar sus intereses, sino de la actividad del ciudadano que debe –en el diálogo con los otros– aclararse cómo y por qué se han configurado para nosotros en la sociedad precisamente estos intereses, deseos y preferencias –así como las normas, valores e instituciones que les sirven de base– y en qué medida continúan siendo legítimos.

La Política es la esfera propia de la actividad ciudadana, pero esta ciudadanía no se agota en el acto de sufragio ni tampoco la ejercen únicamente los parlamentarios una vez electos. Esa es la visión estrecha de un Liberalismo simplón.

La ciudadanía –como la auténtica autonomía– es una actividad de autoconocimiento colectivo y, como tal, no puede ejercerse en privado ni ser delegada. Esta la realizamos todos en los espacios públicos y sub-públicos: en todo ámbito donde es posible deliberar y debatir sobre la legitimidad y validez de nuestras instituciones, normas y prácticas. Tales espacios públicos no suelen preexistir, sino que se crean al producirse situaciones sociales problemáticas que nos interpelan y exigen una solución. Ejemplos de estas situaciones son los recientes debates en torno a la Unión civil para personas del mismo sexo o a la Ley del régimen laboral juvenil. Cerrar la posibilidad de revisar críticamente los valores e ideales sobre los que se asienta nuestra sociedad es, pues, sinónimo de negar la autonomía ciudadana y, con ello, la libertad.

 

Imagen: “La ilusión de la libertad de elección”

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