La minería somos nosotros

Por Nils Krauer

Octubre 2014. Es un día caluroso como a menudo ocurre en la selva peruana de Madre de Dios. Más aún porque no hay dónde encontrar sombra en las áreas deforestadas de la zona minera llamada Huepetuhe. Igual sigue el trabajo, los motores con su ruido monótono, y los mineros afanados en remover más cantidades de tierra pues en ella se esconde el oro. Son los ríos que salen de Cuzco y Puno los que trasladan y esparcen el metal más valorizado del mundo desde sus yacimientos primarios en los andes, a la selva, en forma de pepitas o, más abajo, convertido ya en polvo. El mismo que luego será extraído para insertarse en la corriente del mercado global que demanda anillos de matrimonio o transmisores para equipos electrónicos.

Es en razón de dicha demanda que personas como César, Félix y Juan dejaron su tierra en el altiplano peruano con la esperanza de tener una vida mejor. Donde ellos nacieron la pobreza no es la excepción sino la realidad que predomina. La tasa de pobreza de su región se encuentra muy por encima del promedio nacional; del mismo modo las cifras del Índice de Desarrollo Humano (IDH) de las Naciones Unidas (ONU) que consideran la salud, los ingresos económicos y la educación como factores clave para el desarrollo humano[1]. Ni César ni Félix ni Juan terminaron el colegio. La necesidad de sobrevivir no les permitió seguir el itinerario recomendado: “Estuve estudiando de noche, y de día me iba a chambear a las chacras.” comenta Juan (26 años). “Así es mi vida, no he acabado mi colegio porque me he ido a trabajar. Primero en las chacras y luego en las minas”

Juan y sus compañeros no son casos aislados. Las estadísticas oficiales del INEI señalan que los más afectados por la pobreza son mayormente gente que viene de la sierra y habla lenguas nativas[2]. Sus actividades económicas se concentran en minería, agricultura y pesca[3]. Si se tiene como trasfondo este panorama socioeconómico, se puede entender mejor el fenómeno de la minería informal e ilegal de Madre de Dios. Un doble castigo recae sobre estos trabajadores: primero porque la situación inicial en su lugar de origen no les permite satisfacer sus necesidades básicas, segundo porque las condiciones de trabajo en las minas informales e ilegales son precarias y peligrosas. Es claro que no están ahí por voluntad propia, sino por falta de alternativas, o como apunta Aníbal Quijano: “los individuos para ser libres requieren ser socialmente iguales”[4], no cabe duda.

Es cierto que la minería tiene impactos ambientales negativos, aún más que otras actividades económicas. Sin embargo, no hay que olvidar que la sociedad también forma parte del ambiente. Mientras el bosque es víctima de la actividad minera, los mineros pueden ser vistos como víctimas de una sociedad que no logró incluir a toda su población[5], de una sociedad que concentra la riqueza en lugar de redistribuirla. “El dinero no se gana fácil” dice César (24 años), “los que tienen el oro son los dueños, los que hacen trabajar y no los que trabajan”. ¿Pero quién pensará en César cuando, al mirarse la mano, se tope con su costoso anillo de matrimonio? Ese objeto esconde historias que muchos desconocen.

A nivel global, pequeños mineros producen hasta el 20% del volumen de oro. Asimismo, la pequeña minería genera más del 90% de los trabajos mineros para más de 30 millones de personas alrededor del mundo, alimentando a cerca de 100 millones de personas de manera indirecta. En el Perú se estima que unas 150,000 personas trabajan directamente en el sector aurífero de la pequeña minería; si además incluimos a todos los proveedores de servicios alrededor de las minas (talleres, restaurantes, tiendas, etc.) y las familias, los “beneficiarios” ascienden a más de 1 millón de personas.

En Madre de Dios, aproximadamente unas 30,000 personas encuentran una fuente de ingreso en la minería, produciendo unas 15 toneladas de oro por año. Trabajando en pequeñas minas –muchas veces informales o ilegales– encuentran mayores ingresos que en su lugar de origen, y un ambiente alternativo a su situación de marginación económica y social[6]. De modo que la pequeña minería puede funcionar también como motor de inclusión, fuente de redistribución de riqueza y de ciertos beneficios para la población más excluida y marginalizada de la sociedad. No obstante, para contrarrestar el estigma social que sobre ella recae se requiere la disminución de sus impactos negativos tales como la contaminación ambiental y problemas sociales vinculados, requiere además del adecuado ordenamiento de esta actividad, con frecuencia caótica e improvisada. Pero esa tarea es una responsabilidad compartida en la que deben participar todos los actores involucrados: del minero a los gobiernos locales y nacionales, desde los productores de oro, la industria de oro, los Estados en los cuales esta industria está presente, a los consumidores. No se puede pensar la minería aislada del mercado de consumo internacional.

En las crisis globales la gente suele invertir en oro. Por eso se incrementa su precio. A su vez aumenta también la actividad minera en las regiones auríferas del mundo.  La oferta y con ella la producción de oro, depende de la demanda, en buena cuenta de nosotros, los consumidores. Sin querer o sin importarnos, al ser parte de la economía global de consumo, somos “cómplices” de la extracción minera. Sea por nuestra confianza en el metal como “valor seguro”, o por pertenecer a una sociedad globalizada y altamente tecnificada, la responsabilidad es también nuestra porque el oro extraído de la tierra se vuelve a esconder en nuestra vida cotidiana, delante de nuestras propias narices. A pesar que más del 50% de la producción de oro es usada en la industria de lujo, igual seguimos vinculados de una manera u otra al metal precioso. Como ciudadano de un país con reservas de oro en el Banco Central, o hablando por el celular que contiene pequeñas cantidades de oro como transmisor, me conecto con las minas de oro en el mundo: Nosotros también somos la minería.

Es fácil criticar la situación de los trabajadores mineros ilegales e informales desde el escritorio, preparando un texto en los teclados de una computadora que, entre otros muchos minerales, también contiene oro. Pero no es fácil dejar de consumir todos los productos que son parte de nuestra vida cotidiana, del progreso social y económico. ¿Sin cambios radicales en el sistema económico predominante, qué respuesta pragmática puede surgir desde la sociedad civil para consumir sin hacer daño? Y ¿qué alternativas se plantean para producir sin destruir?

Pedir una pequeña minería que brille de impactos positivos, como la disminución de pobreza y desigualdad, es realista, pues existen operaciones mineras a pequeña escala que después de una transformación importante, lograron el certificado de comercio justo (Fairtrade y/o Fairmined). Esa certificación implica que los mineros reciben un premio importante por su producción de oro (el premio oscila entre USD 2,000 y 4,000 por kilo). Este premio sirve para inversiones sociales o para inversiones en el mejoramiento de la operación minera. Aún más importante que la certificación es el acceso directo al mercado de oro. Este mecanismo permite a los productores un mejor precio al desaparecer la presencia de intermediarios y a los compradores, la garantía de trazabilidad del producto. Una responsabilidad compartida.

Regresando a Huepetuhe. Ha caído la noche en ese día de octubre del 2014 y se descarga todo el vapor acumulado en una tormenta tropical. Truenos suenan y la lluvia baja del cielo con una fuerza como si quisiera alertarnos. Alertar que estamos explotando la tierra sin pensar en las consecuencias. Alertar que nosotros mismos nos estamos contaminando, que vivimos en un solo mundo. No pasa mucho tiempo antes de que nos alerten también los perros. Sus ladridos se mezclan con los disparos de los bandidos que están entrando al campamento minero para llevarse el oro extraído con el  sudor de los mineros, dejando herido a Félix, con una bala en su columna vertebral. El oro seduce, el oro confunde, el oro marea. Nosotros también somos la minería; la causamos, pero la negamos.

[1] En encuestas de propia elaboración, se determinó los distritos de origen de los mineros y se comparó dicha información con las cifras del IDH y la tasa de pobreza según MIDIS. Se detectó que la mayoría de los mineros nacieron en distritos que se encuentran significativamente abajo del promedio nacional del IDH y por encima de la tasa de pobreza nacional.

[2] La distribución de pobreza según proveniencia: En 2013 el 35% de la población de la Sierra y el 31% de la población de la Selva sufre de pobreza, mientras que en la costa solamente son el 16%. Otro indicador de la desigualdad estructural: en el 2013, el 36% de la población que habla una lengua nativa es afectado por la pobreza, mientras esa cifra es el 21% de la gente que habla Castellano. INEI (2013): Encuesta Nacional de Hogares, 2009 – 2013.

[3] Según INEI (2013), el 55% de la población pobre trabaja en agricultura, pesca y minería, pero solamente el 18% de la población no pobre trabaja en estos sectores.

[4] Cfr. Quijano 2013, p. 160

[5] Cfr. Matos Mar 1984.

[6] Económica porque el sueldo más bajo es de 1,000 PEN al mes, pero con frecuencia los mineros reciben un porcentaje de la producción diaria de la mina que normalmente supera los 5 gramos de oro valorizados encima de los 100 PEN (75% para el dueño de la maquina o el concesionario, 25% para los obreros que son entre dos y 4 dependiendo del tamaño de la operación). Social porque dentro de las minas informales existe una alternativa de movilidad social según su experiencia para quienes carecen de los recursos que les permitirían movilizarse socialmente en el ámbito formal (estudios completos, por ejemplo)

Créditos de la imágen: Andrey Gordasevich, www.quickgold.ru

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