¿Y si todos jugamos golf? (I)

Por Enrique Sotomayor [1]

Es una noche fría de invierno y la neblina apenas me deja ver más allá de 50 metros. Calo el cigarro barato que se desarma en mis dedos y escucho las bocinas estridentes de taxis y autos que pasan a toda velocidad. Ese es mi primer recuerdo de “El Golf”. Como todo espacio urbano, este es uno que pertenece a todos los ciudadanos, un territorio apropiado y reapropiado a través de vivencias y recuerdos personales. Para algunos representa la superación personal a través del esfuerzo por madrugar para salir a correr, para otros es el misterio de imaginar qué hay detrás de las mallas metálicas y arbustos que no dejan ver su interior, finalmente, para mí es el frío del invierno y las ganas de salir a caminar sin una ruta predeterminada. Planteado así este elusivo preámbulo, ¿cómo alguien podría plantear expropiar tan entrañable lugar?

El problema se comienza a aclarar dando un paso atrás, y consiste en que gran parte de la experiencia urbana de “El Golf” se encuentra privatizada y es inaccesible a los conciudadanos de los selectos socios del club.  Por ejemplo, “El Golf” es el lugar donde acontecen experiencias de padres e hijos, donde se forman los mejores recuerdos de muchas personas (los socios). Pero nuevamente, el acceso está vetado a la enorme mayoría.

Más aún, en una ciudad increíblemente extensa como Lima –donde el problema no sólo consiste en la gran población, sino en que dicha población se encuentra distribuida en un enorme espacio geográfico– y, por otra parte, con un sistema de transporte deficiente y sin visos de mejorar en el futuro inmediato (un ciudadano que viaja desde los extremos de la ciudad hacia barrios céntricos puede demorar más de dos horas en llegar a su destino); resulta por lo menos curioso que un área muy extensa en el centro del distrito financiero más importante del país no sea de acceso público. Pensando como yuppie financiero, ¿por qué no construir varios edificios de oficinas en la zona?, pensando como sindicalista, ¿por qué no construir ahí viviendas sociales para los trabajadores de San Isidro, aquellos [otros] cuyo principal problema no es encontrar estacionamientos por la mañana?; en fin, pensando como ambientalista, ¿por qué no dejar al parque ahí, pero hacerlo de acceso público?, en suma, ¿por qué no hacerlo nuestro Central Park, nuestro Parque Metropolitano? Creo que la razón principal de ello es una mezcla nociva de inercia e intereses particulares y egoístas.

Aquí no quiero enfrascarme en el debate jurídico. Seguramente es posible encontrar una “necesidad pública”, en concordancia con el artículo 70 de la Constitución, que es el referente jurídico para hablar de expropiaciones. Tampoco hay un problema con el pago de un justiprecio, seguramente este se debería otorgar a los socios del club. El problema, fuera de los formalismos y tecnicismos jurídicos, es más bien sobre cómo concebimos nuestra ciudad, y cómo concebimos nuestra interacción en dicho espacio compartido.

Para algunos Lima no es más que el indeseable escenario donde se produce la coordinación y realización de nuestras actividades cotidianas. Aquí el conciudadano es una molesta otredad que hay que tolerar pues el beneficio de vivir en una ciudad es mayor. Entonces, cuando se puede, se trata de aislar a dicha otredad y, cuando eso no es posible, invisibilizar o casi desaparecer la molestia de su presencia. Ejemplos abundan: rejas que separan barrios, muros que aíslan distritos enteros y prácticas de racismo y clasismo ante la “invasión” y “desborde” popular. Las reacciones iracundas de los vecinos (en redes sociales y en carne y hueso), frente a las políticas de uso de los parques y otros espacios públicos en San Isidro, implementadas por la presente gestión edil, son un buen ejemplo de ello.

En algunos casos, a esta primera postura frente a la ciudad como espacio compartido subyace una variante del síndrome “Sí, Pero Aquí No” (SPAN, pero más conocido por su equivalente en inglés Not In My Back Yard! – NIMBY). Lo triste de esta comparación es que al menos en el síndrome NIMBY la oposición vecinal se plantea respecto de proyectos grandes y con significativo impacto medioambiental, sobre la salud, entre otros; y, además, supone cierta forma de hipocresía benévola, “creo que esta es una buena obra o una buena acción, pero prefiero que se implemente o se lleve a cabo en otro sector de la ciudad”. En contraposición, la “externalidad” que denuncian los iracundos vecinos limeños es ilegítima: “me molesta interactuar con tal o cuál sector de la población”, o su versión más patética, “¡No más cholos cerca de mi parque!”.

Del otro lado del espectro se concibe a la ciudad como un espacio de confluencia de experiencias y vivencias. Aquí la interacción no es un subproducto compensado por los beneficios de la vida urbana, sino precisamente uno de los beneficios de vivir en una. Lamentablemente me temo que esta posición es más bien minoritaria, no sólo a nivel de los ciudadanos sino de sus propias autoridades.

Asumiendo una perspectiva crítica, nuestras ciudades son uno de los mejores reflejos culturales del país, y “El Golf” es la mejor metáfora de cómo funciona la exclusión made in Perú.

[1] Debo a Tania Herrera el título de este artículo.

Créditos de la imagen: https://limaeslinda.files.wordpress.com

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