Un espíritu difícil de domesticar

Por Mijail Mitrovic

El documental Valley Uprising (Mortimer y Rosen, 2014) muestra la historia de la escalada en roca en el Yosemite National Park en California desde los 50 hasta la actualidad. Visita los procesos que inicialmente hicieron de la escalada una aventura hacia la naturaleza –en clave Beat–, luego un proyecto hippie y, finalmente, un deporte de aventura con mercado propio. Pero hay una lógica que moviliza esta historia: se trata del deseo de ampliar los límites de la práctica humana.

Al inicio fue una búsqueda de la belleza natural a través de una cierta ética del escalar, enfrentada a los chicos malos que ascendían cargados de alcohol. La siguiente generación condensaría ambas tendencias al entender que la disciplina y el entrenamiento corporal serían las bases de la escalada, pero expandiendo los límites de la conciencia con cócteles psicodélicos. Más adelante sería John Bachar quien sinceraría el asunto, bautizando como free solo al estilo que prescinde de cualquier equipo. La escalada hoy se define como un palimpsesto que funde la destreza individual, el romanticismo, la búsqueda por superar los límites del cuerpo y, además, la mercantilización global del deporte.

El auge del turismo en Yosemite ha producido cambios en la estructura institucional que regula la práctica, elaborando nuevas reglas para el parque que condenan recientes prácticas como el base jump (saltar desde una superficie fija con paracaídas). Es decir, lo que empezó como una superación de los límites físicos y mentales de los escaladores hoy se enfrenta, además, a ciertos límites normativos. Bajo estas condiciones, su nueva forma sintética y terminal combina la escalada a mano limpia con un paracaídas en la espalda: el free base, así bautizado por su creador, Dean Potter. “Al practicar free base en Yosemite, Dean está rozando el límite de lo legal. Si se cae de la pared y abre el paracaídas, salvará su vida, pero infringirá la ley.” La tragedia se encargó de anudar esta historia una vez que Potter, en plena faena, encontrara la muerte el año pasado, convirtiéndose en creador y víctima del arriesgado estilo. Aquel ciclo de invención y puja que empezara en los 50 se cerraría como empezó: dialécticamente.

La historia anterior sirve como analogía para discutir uno de los lugares más comunes sobre cómo opera el motor de la historia del arte contemporáneo: como una constante búsqueda por superar sus límites y, de esa forma, alcanzar progresivamente la libertad. Así como la escalada, muchos sostienen que el arte está –y siempre ha estado– movilizado por el deseo de expandir sus limitaciones tanto sensoriales como prácticas, es decir, de superar los constreñimientos que le impone su institucionalización. El arte sería lo opuesto a la institución, una suerte de ejercicio de libertad que la segunda se encargaría de absorber y domesticar.

El proceso de superación de los límites en la escalada llegó a poner en juego el peligro de morir en el acto, mientras que en el arte –salvo en ciertas coyunturas complicadas– la muerte no asoma al primer traspié. Pero esto no es lo más interesante del paralelo. Al saltar, los que practican free base tienen dos opciones: o abren el paracaídas, “caen en la institución” y se preparan para escapar de la ley, o simplemente abandonan este mundo. La montaña de la que saltan es tan institucional como el suelo, pues la ley regula la forma en la que uno puede conectar ambas cosas. Subir y bajar por la pared es aceptado, pero saltar no. Es decir, el salto es el afuera de la norma institucional, el resquicio que permite al free base “resistir a su normalización” e inventar “nuevos modos de hacer, sentir y experimentar el mundo.” Queda clara la situación límite en la que hoy se encuentra aquella disciplina.

Al entender el arte como lo opuesto a la institución queda heroicamente presentado como una especie de salto en el que nadie abre el paracaídas. Las prácticas artísticas movilizadas por la superación de sus límites apuntaron siempre, como en el free base, a tocar el suelo, pero lo peculiar es la forma en que el mundo del arte narra su aterrizaje: ya en tierra firme, los artistas corrieron para eludir la ley, pero al ser capturados se escudaron en que una fuerza inexplicable los llevó a abrir el paracaídas y aterrizar vivos. Esposas en mano, declararon a la prensa que su  objetivo “real” había sido la muerte –es decir, salir de la institución para siempre. A la ley poco le importaron sus razones. Tras pagar la multa, los artistas recordaron vivamente esa sensación de libertad que transitoriamente encontraron en el salto. Y se dedicaron, de ahí en adelante, a contarla en los cócteles de inauguración, instando a los jóvenes a replicar sus hazañas una y otra vez.

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