Padre “en conserva”

Por Enrique Sotomayor

Uno de los sketchs humorísticos más brillantes que se han producido en Latinoamérica en las últimas décadas es “Padre progresista” del argentino Diego Capusotto (que pertenece al programa “Peter Capusotto y sus videos”). El personaje principal sufre de la ambivalencia de la clase progresista en un entorno aplastantemente machista y conservador como el de nuestros países. Entonces, a pesar de mostrarse alturado, tolerante y comprensivo, muchos de los comportamientos y actitudes de miembros de su familia –esposa, hija e hijo– le generan reacciones instintivas de celos, ira y violencia. Sin embargo, Padre progresista maneja dichos impulsos animales y los canaliza a través de la metáfora espacial de su habitación, el sitio donde descarga la tensión contenida: “(…) con su juicio moderado siempre apela a lo racional (…)”, señala el pegajoso jingle publicitario del sketch.

Cuando el número de sacrilegios al pensamiento judeocristiano y machista exceden cierto límite, vemos que Padre progresista escapa a una habitación –convenientemente decorada con un retrato de Sigmund Freud– en la que desata la furia contenida durante sus interacciones sociales. En una de las secuencias mejor logradas, la esposa de padre progresista va a salir de casa con unas amigas y llegará muy tarde, por lo que pide a su esposo que no la espere despierto. En el escape a su habitación, padre progresista, frustrado, señala “(…) yo quería vivir con un ama de casa que suspendiera su vida después de mí (…)”.

Si el promedio del padre latinoamericano exhibiese el comportamiento público alturado de Padre progresista, la región sería la mitad de subdesarrollada –en cuanto a igualdad de género y tolerancia frente a otras formas de vida– de lo que hoy por hoy es. El problema es que precisamente el sketch muestra brillantemente una de las taras fundamentales en la cultura conservadora y machista latinoamericana y, en especial, peruana: Padre progresista no es el estereotipo de padre latino, sino el caso atípico de aquel en el que el juicio moderado vence a los impulsos animales que lo llevan hacia su habitación. En el machismo e intolerancia del hombre de a pie, el mundo ordinario y el escape a la habitación se han fusionado de forma tal que el desgarramiento en “múltiples yoes” no es necesario para mantener un comportamiento políticamente respetable. Así, mostrar celos en público no es la expresión de un pensamiento decimonónico, sino la reafirmación de la propiedad sobre la pareja; catalogar comportamientos de exploración de la sexualidad como inmorales no es una expresión de intolerancia y conservadurismo religioso, sino la reafirmación “del legado inmemorial que la iglesia” ha aportado a nuestra cultura. En otras palabras, Padre progresista es –como creo que Capusotto grafica convincentemente– un bicho raro en nuestros entornos sociales; es, en suma, una excepción que amerita un sketch humorístico.

Pero Padre progresista muestra una segunda cuestión interesante, que consiste en el desgarramiento en “múltiples yoes” de un sujeto, el mismo que se canaliza en espacios geográficamente diferenciados. Padre progresista es el “yo” público y, en tanto tal, su lugar es la interacción visible con los demás miembros de la sociedad. Por su parte, hay un “padre conserva” latente en el mismo individuo y cuyo espacio geográfico se encuentra en las profundidades del pensamiento y las reacciones físico-químicas frente a distintos comportamientos (aceleración del pulso, aumento de la temperatura corporal, falta de aire, entre otros). Así, Padre progresista es solo una parte del padre latinoamericano progresista, la punta del iceberg amable. Ejemplos de desgarramiento entre lados más pulsionales y más racionales los encontramos en otras expresiones de la cultura popular, como el ánime “Neon Genesis Evangelion”, curiosamente también fuertemente influenciado por el psicoanálisis.

En todo caso, lo que el desgarramiento de múltiples yoes muestra es el peligro de la duplicidad de identidades en la sostenibilidad del espacio público. ¿Qué ocurre cuando Padre progresista baja la guardia (por ejemplo, cuando se encuentra en estado de ebriedad)? ¿Es posible –como un lamentable sondeo de nuestras noticias del día a día muestra– que queme con ácido la cara de su esposa? ¿Es posible que golpee a sus hijos por desobedecer una orden o, incluso, por ser homosexuales? Si en el mediano plazo sketchs como “Padre progresista” nos siguen pareciendo graciosos porque nos retratan como sociedad es porque no se ha logrado –mediante largos procesos de socialización y discusión pública– modificar los estereotipos. Si bien tener padres progresistas es mejor que tener padres conservas unidimensionales, el objetivo debería ser el de lograr que el escape a la habitación se produzca por otros factores no vinculados a una cultura machista y conservadora. Y eso, vale la pena señalarlo, ya no está en el plano del psicoanálisis, sino de la discusión pública sobre los presupuestos de nuestras identidades y cultura.

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