¿Qué Quijote?

Razones y sinrazones de la acción individual 

Por Gianfranco Casuso

Mientras los ejércitos de Napoleón ingresaban a Jena dispuestos a librar la batalla que terminaría con el Sacro Imperio Romano Germánico fundado por Carlomagno en el año 800, en esa misma ciudad y el mismo día de la capitulación, entre el tronar de los cañones y el crujir de los borceguíes, un todavía joven profesor de Filosofía daba fin a la composición de una de las obras más complejas y multiformes que la historia de dicha disciplina registra, cuyo solo título resulta desalentador para cualquiera que pretenda allanar sus herméticas páginas. El autor: G.W.F. Hegel, la obra: Fenomenología del espíritu. El libro, una descripción detallada de la experiencia de la conciencia que lucha por conocerse a sí misma en su dialéctica unidad, es no solo un monumental homenaje a la racionalidad, sino que, además, se presenta abiertamente como una crítica a todas las formas imperfectas en que esta ha intentado manifestarse en el mundo a lo largo de la historia. Así, más allá de lo intrincado del lenguaje, oculto tras oraciones interminables por lo denso de su contenido y lo dilatado de su extensión, lo que se va abriendo paso en sus páginas centrales es una de las pioneras y más lúcidas caracterizaciones de aquello que tiempo después sería ampliamente conocido como Modernidad. Por primera vez un pensador posibilitaba que una época tomara conciencia de su propio ser singular, incluyendo, con ello, a la historia como parte de la Filosofía misma.

La modernidad emergió allí donde el pensamiento veía agotadas sus fuentes de fundamentación en la autoridad externa, no pudiendo recurrir sino a sí mismo como único medio de autocercioramiento. De esta manera, la razón se volvía autónoma, todopoderosa y omniabarcante. Es comúnmente aceptado, en efecto, comprender a la Modernidad como la época que erigió a la razón en un ídolo. Pero esta razón, contrariamente a lo que se esperaba, lejos de mostrarse como aquel ámbito trascendental y universal desde el cual justificar la praxis y fundar el conocimiento, se traicionó a sí misma, quedando infelizmente reducida a una autoconciencia de carácter subjetivo, convirtiendo al arbitrio privado en criterio último de justificación moral y dando paso, con ello, al individualismo y al reinado del laissez-faire.

La crítica de Hegel a la Modernidad se dirige en buena medida a este punto, al hecho de haber renunciado a concebir al mundo social como una entidad articulada en la que el todo es mucho más que la mera sumatoria de las partes individuales. Con el advenimiento de la Modernidad, el mundo humano deja de ser visto como un organismo estructurado sobre la base de instituciones políticas y sociales de carácter normativo, las mismas que antaño solían dar sentido y valor a la existencia individual. Esta ruptura entre el sujeto y el mundo que conduce a la búsqueda de criterios de fundamentación ética, moral y política en el ámbito de la pura razón no es sino la respuesta a una situación de enajenación con respecto a las propias condiciones de existencia social: “cuando la realidad y las costumbres no pueden satisfacer al individuo, cuando el mundo de la libertad existente le ha devenido infiel, su voluntad no se encuentra a sí misma reconocida en los deberes vigentes, por lo que debe tratar de conquistar en la interioridad ideal aquella armonía que ha perdido en la realidad” –dice Hegel. Es, pues, la negación de una realidad considerada injusta y carente de significado lo que lleva a la conciencia a refugiarse en una esfera a partir de la cual –luego de concebir ideales nuevos y más acordes con su noción del bien– intentará reconstruir en el mundo aquello que considera como el mandato y el producto de su deber moral. Esta perspectiva es la del subversivo, aquel que –en su delirio absolutamente racional, que no reconoce aún que todo cuanto elucubra responde más a su visión particular de la realidad que a una razón universal– pretende, a través de un conjunto de acciones de carácter individual y revestidas de la apariencia de lo moral, cambiar una determinada realidad por otra. El problema con esto, dirá Hegel, estriba en que ambas “realidades” –la actual y la que se intenta imponer– valen exactamente lo mismo, siendo solo el criterio particular del revolucionario de turno lo que las dota de un mayor o menor significado.

Doscientos años antes de que se gestara la Fenomenología, en una región de España cuyo nombre no es necesario mencionar, otro hombre, tal vez con mayor dominio de la pluma –o al menos más considerado con el lector de lo que Hegel fue–, daba a conocer no las hazañas de la conciencia moral en su actividad liberadora y auto-cognoscente, sino las peripecias de un hidalgo viejo, mal nutrido y esquizoide –rasgos, por lo demás, ampliamente contrastantes con la majestuosidad del espíritu absoluto– que, armado con la fuerza de la sinrazón y con el corazón inflamado de toda clase de desvaríos épicos, se propuso enfrentarse y cambiar a su antojo una realidad que él encontraba imperfecta y carente de sentido, y de la cual se había enajenado al perder esta el espíritu de los tiempos heroicos que con pasión anhelaba recuperar. En su añoranza por una época perdida, real o ficticia, en donde creía que la felicidad se había extraviado, el Quijote se designa a sí mismo como encarnación del elemento que pondrá nuevamente en consonancia al ideal con la realidad, decide volver a un momento remoto de justicia regido por un orden moral garantizado por la acción de caballeros andantes. Este personaje asume, pues, la ejecución de una serie de actos que, según sus propias palabras, deben ayudar tanto “al aumento de su honra como al servicio de su república”.

Desde su alucinación, él logra concebir un estado ideal en donde la justicia y el bien imperan y cree estar en posesión, además, de los medios para realizarlo efectivamente. ¡Si tan solo hubiera más paladines como yo! –piensa haciendo gala de una ambigua lucidez. En efecto, la solución del Quijote está en la acción, en una praxis revolucionaria que responde a una meta preconcebida: la realización del bien. Para esta realización, como es obvio, se requiere la representación mental de un fin, y para tal representación se necesita estar en capacidad de elaborar y seguir un esquema lógico que permita sopesar y elegir los medios más convenientes –lo que la teoría de la acción, de la mano de Max Weber, llamará, mucho después, racionalidad conforme a fines o teleológica. Nadie podría acusar de loco a alguien que se muestra capaz de elaborar un plan de acción de esta naturaleza, mediante el cual lo que se espera alcanzar es nada menos que el bien y la justicia. ¿En qué consiste, entonces, la locura del Quijote? Pues creo yo que solo en la evasión de una realidad que es producto de su inconformidad, evasión paradójicamente tan radical como la del racionalista extremo vinculado a la Modernidad. Ambos comparten un mismo propósito: lograr, desde y por medio de sí mismos, una enérgica transformación de la realidad que devino infiel. Ambos representan la figura del subversivo que no está conforme con el statu quo y que, luego de la negación devastadora, buscan en la interioridad –ya sea bajo la forma de aquella ficción que se suele denominar razón pura o de la fantasía que dota de vida a toda suerte de héroes y seres míticos– modelos normativos de incuestionable valía. En cualquiera de los dos casos estamos ante el afán de reinventar el poder de la acción individual como forma de cambiar el mundo, como medium a través del cual poner en contacto una pretendidamente infalible voluntad moral con el mundo exterior. Ambos se consideran redentores y portadores de la verdad moral, ambos ven la necesidad de intervenir de modo avasallador en un entorno viciado.

Pero no olvidemos que, racional o no, la acción individual basada en el arbitrio privado ha mostrado en la historia política ser el origen y el sustento del terror y el totalitarismo. La acción individual suele regir, en efecto, en sociedades atomizadas, en las cuales los ciudadanos se encuentran aislados por la desconfianza y el miedo. Es aquella actitud lo que pensadores contemporáneos de la talla de Hannah Arendt y, posteriormente, Jürgen Habermas colocan como raíz de las tiranías modernas. Y es que este efecto disgregador suele ser propiciado por gobiernos que desean eliminar el poder comunicativo, aquella fuerza creadora de la comunidad humana que –a diferencia de la muda violencia– solo cobra existencia mientras está siendo actualizada a través del diálogo concertado y la acción común. Optar por la acción individual como medio privilegiado de transformación o integración de las sociedades es abogar a favor de la eliminación de aquel poder inaprensible e inagotable que se concibe como potencia pura, puesto que –literalmente– conserva en sí la potencialidad de materializarse en cualquier ley, norma o costumbre, garantizando con ello la auténtica libertad y la fuerza legitimadora de quienes reclaman para sí el estatus de ciudadanos.

La posición de Hegel y, con él, las del grueso de pensadores políticos contemporáneos apunta, pues, a la constitución de un modelo político en el que la justicia y la libertad no se reduzcan solo a su forma subjetiva; uno en el que la elección individual y la arbitrariedad no sean tomadas de manera exclusiva como medio de integración social; uno, en fin, en el que la concertación que descansa en una participación ciudadana en los asuntos públicos sea tenida como la única fuente legítima de existencia de las normas e instituciones que rigen el mundo social. Sea el caso que fuere, las críticas no se dirigen tanto al tipo de razones esgrimidas para justificar la irrupción en el estado actual de las cosas –ni a la solo aparente carencia de ellas, como podría pensarse que es el caso del Quijote–, ello es solo un derivado del verdadero problema de fondo, el cual se define como la pretensión falsamente heroica de estar en posesión de una verdad universalmente válida y de sentirse el instrumento a través del cual dicha verdad se plasmará en la historia configurando con total legitimidad el curso del mundo humano. Partiendo de esto podemos decir, considerando ahora ejemplos que quizá nos sean más familiares, que el subversivo romántico y el fanático terrorista (solo aparentemente irracional) parecerían compartir una común deficiencia: la incapacidad de respetar un modelo donde la acción sea más que el actuar aislado que apunta a la obtención de un fin dado, fin que, lejos de estar justificado a partir del ejercicio dialógico de todos aquellos a quienes concernirán los posibles efectos de la realización de tal acción, viene sustentado en representaciones subjetivas que parecen salidas –como Atenea en la teogonía hesiódica– “de la cabeza de Zeus”.

Esta acción concertada –comunicativa, dirán algunos– nos deja espacio aún para pensar en la frase que Brecht pusiera en labios, no por simple coincidencia, de uno de los fundadores del proyecto moderno, frase que en su tiempo quiso tener el efecto de cuestionar la pretendida supremacía de Führers o caudillos y que hoy nos recuerda con fascinante actualidad que en el mundo no hay espacio ya para acciones redentoras individuales. La frase a la que me refiero, y con esto concluyo, no podía ser otra: “Unglücklich das Land, das Helden nötig hat”*.

*Desgraciado el país que tiene necesidad de héroes.

Imagen: Die brennende Stadt, Ludwig Meidner

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