La batalla por el parque Castilla

Por Brenda Galagarza

Defiende el Parque Castilla es una comunidad de Facebook que alberga a casi 3 mil personas y que se describe a sí misma como promotores del buen uso del espacio público, está en evidente oposición a la interpretación que hoy por hoy hace el Municipio de Lince de su Ordenanza 376 que prohíbe la recreación activa en el parque[1]. El domingo pasado, este grupo logró reunir a una cantidad importante de vecinos quienes tomaron las calles del distrito[2], sin embargo, en algunos programas radiales, linceños y no linceños han mostrado su pleno apoyo a la Ordenanza sosteniendo que los parques son espacios de drogadicción legal e ilegal y que el Municipio debe hacer cumplir la ley y reordenar el espacio público.

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El contexto

La Ordenanza fue publicada el 6 de julio de 2016. A la letra se lee que el Parque “además de las áreas verdes[3] de uso público, incluye infraestructura pública[4] que no exceden el 20% de una de las zonas físicas[5], la misma que están dirigidas esencialmente a la recreación activa”. Pese a la confusa redacción, parece haber un acuerdo entre este texto y uno posterior donde se estipula que “todo ciudadano tiene derecho al libre acceso y disfrute de las áreas verdes de uso público sin más limitaciones que las derivadas del orden público, la moral y las buenas costumbres”[6]. El punto más discutible aparece luego, cuando la Ordenanza prohíbe, entre otras cosas, la aglomeración de personas o manifestaciones y cualquier actividad que pueda inutilizar parte de una especie forestal o afectar su crecimiento como la recreación activa. Entiéndase, entonces, que si la actividad recreativa no afecta las áreas forestales y, teniendo en cuenta que las áreas verdes no forestales son públicas según la propia ordenanza, podríamos dar por cerrada la discusión. Procede la actividad recreativa. La Constitución misma, avalaría que así fuese. Sin embargo, el conflicto persiste. Las actividades que se realizan en los espacios que la propia Ordenanza designa como infraestructura o áreas verdes públicas y que se utilizan para la recreación activa tienen una peculiaridad que vale la pena remarcar: se producen usualmente por la tarde y noche de los sábados y se trata básicamente de jóvenes que imitan las boy bands coreanas, las conocidas K-pop.

Por otro lado, Defiende el Parque Castilla sostiene que Príncipe, alcalde de Lince, ha ido privatizando paulatinamente el parque en los últimos años además de ejercer varios mecanismos de maltrato en contra de profesores de baile, de meditación o de intervenciones urbanas. Su última partida se la ha jugado en contra de los muchachos amantes del pop coreano. Sin embargo, si nos centramos en el tema de la privatización de aquello que la Ordenanza declara como ‘público’, la zona de juegos recreativos que ahora tienen un costo y la destrucción de una cancha de fútbol para la construcción de la piscina municipal administrada no por el Municipio sino por Aqualab (una empresa privada), deja entrever una discusión que esconde, además de intereses que no quedan evidenciados sobre el destino final del parque, una interpretación “emprendedora” de lo público.

 Confusión en torno a ‘lo público’

Es bastante claro que ni el Municipio, ni Defiende el Parque Castilla ni los vecinos que buscan el cumplimiento estricto de la ley para evitar el uso equivocado del parque, coinciden en aquello que entienden por ‘público’. Desde una visión colectiva o común de lo público en oposición al interés privado, los promotores de Defiende el Parque Castilla, según sus propias declaraciones[7], consideran que el apropiamiento de este espacio como lugar de distensión, conversación y actividad física por parte de la comunidad linceña, lo convierte en el lugar de la interacción social por antonomasia donde tiene lugar lo común. La gratuidad está presupuesta en esta concepción de lo público. En tal sentido, la posesión colectiva del parque hace que la voz del grupo sea una que debe escucharse dado que goza de representatividad, la representatividad surgida del espacio vinculante en el que se convirtió el Parque Castilla. El Municipio, por su parte, no reconoce la voz del colectivo como una voz representativa de todo el distrito ni la apropiación simbólica que durante años se ha gestado en el uso del parque, considerando que ‘lo público’ no es simplemente lo común o, en todo caso, lo común no está libre de lo privatizado. Además, la declaración de normas corre por cuenta del Municipio.

La dificultad que surge es más compleja, porque lo público es también el espacio abierto y es un hecho innegable que el Parque Castilla es un espacio totalmente disponible a cualquiera. Esa disponibilidad se evidencia en que todo lo que acontece ahí puede resultar común y observable por cualquiera, por lo que cualquier prohibición física (colocación de cercas, rejas o muros) o legal no haría más que sustraer lo abierto convirtiéndolo en espacio privado, cerrado al colectivo y al uso común. En este punto coinciden todos los vecinos pese a sus interpretaciones manifiestamente proteccionistas de la libertad o del orden. Ambos grupos consideran que el parque es un espacio público, tanto común como preferentemente gratuito. La diferencia fundamental se sostiene en la interpretación de la accesibilidad del espacio público. Y es que, lo público alude inevitablemente a lo visible por todos en oposición a lo secreto. Los vecinos de Defiende el Parque Castilla apuestan por una manera particular de ejercer el uso de este espacio, uno que podríamos relacionar al ejercicio de la libertad, libertad que no está siendo resguardada por la Municipalidad que, más bien, restringe y coacciona. Para los otros vecinos, lo público no siempre debe ser observable y accesible para todos. Son partidarios del secreto: ciertas actividades deben realizarse única y exclusivamente en espacios cerrados. El uso de parques en una sociedad post Conflicto Armado Interno y palpablemente desconfiada y estereotipadora como la nuestra sigue siendo un fenómeno que ha marcado la pauta de cómo se asume la interacción en el espacio público (Romero, 2001). Así, estos vecinos pueden tolerar observar a adultos mayores bailar o meditar en el parque muy temprano por la mañana, pero no les parece igual de tolerable ver por la noche a jóvenes bailando o conversando en el mismo espacio. Como un asunto bascular, lo que resultaba siendo público, común y observable a las 6.00 a.m. resulta perder esta condición para pasar a ser oculto y privado: bailar, conversar, besarse en la banca del parque y fumar son actividades que preferentemente deben realizarse en espacios cerrados, ocultos a la vista del colectivo. La defensa del orden y de algo que ellos llaman ‘buena moral’ queda evidenciada. El Municipio muestra su incapacidad al dejarse amedrentar y no imponer la ley con mano dura y proteger a la juventud. Nuevamente, ni el Municipio ni estos vecinos que apoyan la restricción del espacio público, encuentran contradicción alguna –al menos así parece– en declarar al parque en la misma Ordenanza como espacio público para luego suprimirlo del uso colectivo. Sin embargo, hay un punto en el que se bifurcan sus caminos: mientras el Municipio no encuentra contradicción entre lo público y lo privatizado, los vecinos que apoyan la restricción de la recreación activa consideran que lo público es de libre acceso y no debe privatizarse bajo ninguna circunstancia, pues, ahora sí, habría una contradicción flagrante en la concepción misma de lo público.

 Democracia emprendedora

No es una novedad que las ciudades se han creado al margen del Estado, aisladas en muchos casos de la formalidad (Takano & Tokeshi, 2007). Pese a ello, su gestación y supervivencia ha fomentado el encumbramiento de un mito popular, una nueva versión del Inkarri, en donde el individuo angustiado por el desdén del Estado, se sobrepone a la orfandad y se funda a sí mismo creando sus propias condiciones de supervivencia, generándose un entorno y proporcionándose, sobre todo, aquellos bienes que le fueron negados por el Estado. Así, la figura del emprendedor se ha configurado como sinónimo de heroicidad, de ejemplo a seguir. Sin embargo, el emprendedor es también el síntoma de una sociedad fraccionada que empuña como ícono de guerra al sobreviviente. La manera en que el nuevo héroe demuestra su renovado lugar es forzando al Estado a acogerlo con lógicas administrativas y financieras que lo encaucen a la formalización y con la adquisición –por sus propios medios- de los bienes antes lejanos. “No le debe nada a nadie” y “nunca le regalaron nada” son frases que suelen asociarse a esta figura. Pagó lo que tuvo que pagar para llegar al lugar en donde se encuentra. Y aunque esto no deje de ser cierto, nuestra apenas democrática sociedad parece atravesada por esta tendencia emprendedora incluso en el entendimiento del espacio público ya sea a nivel de sociedad civil o de poder político. El Municipio de Lince lo sabe muy bien, por eso puede considerar público al parque y, sin embargo, cobrar por su uso. Los emprendedores suelen estar acostumbrados a no deberle nada a nadie y, desde su experiencia, si es privado es mejor. Y así, lo público va acogiendo a lo privado.

Más allá de las simpatías que pueda generar el colectivo Defiende el Parque Castilla lo cierto es que se maneja en la misma lógica dicotómica que la de sus vecinos defensores de la buena moral. Lo individual y lo público está recorrido por la tendencia emprendedora de asignarse el valor de sobrevivirle a la política en todas sus representaciones. Pero no solo eso, en general ambos grupos tienden a individualizar su postura como representantes de lo correcto sin tomar plena conciencia que hacer esto es invisibilizar a la sociedad civil. Lo que no podemos criticar es su permeabilidad a estas polarizaciones dado el propio registro del debate político actual. Defiende el Parque Castilla podría sostener que el espacio público es un espacio de entendimiento intersubjetivo, de vínculo social que genera una corriente de opinión que tiene razones suficientemente universalizables para legitimar su crítica al Municipio, que son de cierto modo representantes de una sociedad civil ilustrada. Sin embargo, aunque esta lectura habermasiana los coloca en una mejor situación que sus pares detractores de la recreación activa que se ven a sí mismos como representantes de la moralidad y las buenas costumbres, ambos grupos se autoproclaman intérpretes correctos de ‘lo público’, habitantes ejemplares de la sociedad civil. Ninguno existe para el otro.

Quizá es que los consensos normativos surgidos del espacio público no muestran un tipo de vínculo privilegiado ni una lectura superior sobre la moralidad. En el mejor de los casos, como dice Luhmann, reducen la contingencia de lo políticamente posible y evitan que algunos probables caminos de las decisiones vinculantes ocurran (Rabotnikof, 1997). Pero los vecinos de uno y de otro bando parecen dialogar solo con el enemigo, el Municipio y, éste, por su parte, parece mirarse el ombligo todo el tiempo. No olvidemos, además, que hay un grupo de vecinos al que tema le es completamente indiferente y que en la democracia emprendedora son los políticos los que sacan partido tanto de la desarticulación del espacio público como del individuo acostumbrado a pagar por absolutamente todo porque “nunca le regalaron nada” y le debe buena parte de su cosmovisión al enemigo-Estado en todas sus manifestaciones.

Notas

[1] http://www.elperuano.com.pe/NormasElperuano/2016/07/06/1399873-1.html

[2] https://goo.gl/HNawim   https://goo.gl/cuCREL   https://goo.gl/1WGSBJ   https://goo.gl/eVRpqk

[3] Espacios que son habitáculos de aves

[4] Vivero, oficinas, biblioteca y laguna artificial

[5] Equipamiento deportivo público confinado y áreas acondicionadas para actividades de esparcimiento al aire libre y meditación

[6] Por cierto, la Constitución Política del Perú dice que todo ciudadano tiene derecho a reunirse pacíficamente sin armas, que las reuniones en locales privados o abiertos al público no requieren aviso previo. En este punto, la Ordenanza no pone en riesgo un derecho constitucional.

[7] https://goo.gl/OqV1Fp

Referencias

Habermas, J. (1997). Teoría de la Acción Comunicativa. Madrid: Cátedra.

Rabotnikov, N. (1997). El espacio público y la democracia moderna. México D.F.: Instituto Federal Electoral

Romero, C. (2001). Viviendo con el enemigo: la confianza en los otros en el Perú. Páginas 26 (168), pp. 57-66.

Takano, G. & Tokeshi, J. (2007). Espacio público en la ciudad popular: reflexiones y experiencias desde el Sur. Lima: Desco.

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