Señores de la ira

Por Hernán Aliaga

Gonzalo Calmet Otero: 24 años, músico, publicista y actor con 8922 seguidores en Facebook, actual integrante de la veinteañera banda de pop rock Cementerio Club, amante de la guitarra, el cabello largo y la ley, se convirtió hace unas semanas en insigne vengador ciudadano al dejar grabada para la posteridad la avispada imagen de ciertos choferes que ingresaban en contra por una calle próxima a la avenida Velasco Astete en Surco, agravando –si ello es posible– el perenne aniego vehicular que es Lima. El video que colgó en su página se “viralizó” rápidamente generando una serie de reacciones de apoyo y rechazo, así como una insospechada exposición en la nunca suficientemente anodina prensa nacional. El punto central del debate pareció concentrarse en el airado comportamiento del joven músico contra un infortunado y lacónico miembro del serenazgo de la zona: el efectivo Romero, quien –impávido– escuchaba música mientras los infractores pasaban raudos por su costado.

En encuestas llevadas a cabo en Estados Unidos en los últimos años[1], se observaron importantes correlaciones entre mayor nivel educativo y menores índices de enfado. Quienes tenían mayor educación, tenían menores dificultades económicas, mayor sentido de confianza y vivían en casas con menos personas; estaban expuestos, por tanto, a menos “provocaciones”. Por su parte, la percepción de desigualdad social, más presente en las clases trabajadoras menos educadas, gatillaba niveles más altos de frustración, descontento e ira.

A partir del caso del joven Calmet y acudiendo a una casuística –no exhaustiva– de situaciones recientes de ira explícita en la vía pública, tenemos como sintomático corolario que los protagonistas de estas erupciones de “rebeldía” juvenil y diablos azules son personajes mesocráticos, con niveles educativos superiores al promedio y posibilidades económicas favorables[2]. Es decir, no siendo quienes están más intensamente expuestos a irritaciones objetivas, sí son quienes más frecuentemente las expresan públicamente. Uno podría sentirse tentado a pensar que se trata de casos aislados y si no, que tire la primera piedra quien no caería víctima de una explosión de furia pública. Ya lo sabemos: Lima es dura. Pero los casos citados son sólo una muestra de un comportamiento que creemos sistemático y que se caracteriza por la actitud matonesca de personajes que comparten condiciones de clase y estatus semejante. Subgrupo al que se le ha dado por llamar, con acierto, pitulumpen y que estaría conformado por individuos que tratan de reproducir una especie de atávica prerrogativa al gritoneo, el insulto y el golpe a todo aquel que ose contravenir su voluntad.

A pesar del sedimento biológico, toda emoción y toda extroyección emocional está sujeta a normas culturales (control social que determina qué se debe sentir, en qué circunstancia y cómo expresarlo[3]). La expresión de ira es, en ese sentido, otra de las tantas manifestaciones de la incorporación del entramado de poder social que evidencia –a diferencia de la envidia, por ejemplo– una direccionalidad descendente en el escalafón: uno sabe a quién le grita. Equivoca garantía de que siempre evitarás pegarle a tu jefe, desde luego, pues la normatividad a la que están sujetas las emociones deja espacio para la disonancia emocional y al conflictivo esfuerzo por tratar de sujetar la emoción a la norma. El poder erige mundos físicos, sociales y emocionales, jerárquicos, pero siempre permeables.

buscaglia

Puede parecer un tanto injusto situar al joven músico junto a los otros desadaptados, finalmente, el primero erupcionaba por una “buena causa”. Es posible. Pero la intención no es reflexionar sobre el valor social de su reclamo, si no sobre la inequitativa distribución de recompensas afectivas y mandatos de contención emocional que su reclamo y el modo de transmitirlo manifiestan. Gonzalo Calmet es otra evidencia –encubierta– de que mayor poder social faculta a los agentes para el ejercicio de ciertas expresividades[4] que están restringidas para los estratos inferiores. Estas funcionan como emblemas de clase, su sólo ejercicio provee dote reputacional lo que a su vez se condice con el aspecto pragmático del acto: el reclamo, el enfado, la ira o la queja participan de las múltiples estrategias de control del entorno; en otras palabras: expresarlas funciona tanto como táctica de ascenso y afirmación simbólica, como de dominio objetivo. En ese sentido, el joven Calmet alza la voz, insulta e increpa porque son parte de las propiedades que faculta su pertenencia de clase; su ejercicio (incluso contra los de su misma clase) es una reafirmación de dicha pertenencia, posee prestigio, otorga distinción y ratifica su estatus, a la vez que le permite introducir un control positivo sobre el contexto.

Por si ello fuera poco, lo interesante del caso es que además ejemplifica el modo en que la corrección moral puede funcionar perfectamente al modo de capital cultural y ser, por tanto, capaz de emplearse como instrumento de dominación. A diferencia de otros casos de obscena explicitud de dominio, el caso de Calmet está recubierto de delicadas pero abundantes grageas de corrección moral. El músico no sólo grita al serenazgo desde su posición de joven mesocrático (clase), ni de blanco educado (estatus), sino además desde la seguridad de estar del lado correcto. Como evidencia el progresismo evangelizador en las democracias liberales, los abanderados de la moral se autocomplacen en el ejercicio público y mediáticamente furibundo de su virtud. Autoidealizados, demonizan al antagónico en una reedición de cruzada medieval contra los malos de la película: “¡Ese es el ejemplo que usted le quiere dar a su familia!”, brama Calmet. La perfecta incorporación de los más anodinos tópicos ideológicos del liberalismo no acaba ahí, sino que se traduce en ejercicio de ciudadanía en clave consumidor: “¡con mis impuestos pago tu sueldo y no haces nada!”; a la vez que expía toda culpa sobre los agentes individuales: “¡por gente como tú el Perú está como está, cagón, eres un cagón!”

Se reproduce el histórico carácter cosmético, reaccionario y apolítico de la ira nacional al servicio del sistema: el cambio inicia y acaba en uno mismo. Ya lo sabe.

Notas

[2] Otros sucesos en los que la irritación se exterioriza para (des)ventura de los protagonistas: (a) Alejandra Humeres Otoya y Kurt Heinz Lundstrom en el 2011 fueron intervenidos por la policía por generar escándalo en la vía pública. Al momento de su detención insultaron a los efectivos policiales, llegando a patear el rostro de uno de ellos. (b) En el 2012, jóvenes agrediendo a un reportero y la policía en las inmediaciones de la calle Dasso en San Isidro, profiriendo el popular: “¡Me llega al pincho tu filtro, me llega al pincho tu vida, cholo de mierda!”. (c) A fines del 2015, Silvana Buscaglia agrede física y verbalmente en el aeropuerto Jorge Chávez al agente de la PNP Elías Quispe Carbajal. (d) Recientemente Martha Patricia Cruz Gonzales es filmada insultando y profiriendo insultos discriminatorios a una madre con bebé en brazos en las instalaciones del Banco Ripley. En todos los casos, los agredidos suelen ser por regla, suboficiales de policía o personas con determinados atributos de clase. El sueldo de un suboficial de policía está alrededor de los 2700 soles.

[3] Cfr. Hochschild, 1981

[4] Complejas dinámicas microsociológicas de afirmación, posicionamiento y exclusión en la jerarquía social: tuteos, entonaciones, acentos de procedencia, articulación lingüística, postura y gestualidad, estilo de vestimenta, mirada, etc.

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